Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Charlotte Lins

Aterricé en el aeropuerto de San Francisco.

Ya hacía cinco años que mis padres se habían mudado a la ciudad por el trabajo de mi padre.

Cuando le ofrecieron una gran oportunidad en el San Francisco Hospital, supimos que no podíamos dejarla pasar, aunque eso significara dejar atrás nuestra querida Dakota del Norte.

Poco después surgió la propuesta de becas universitarias para los chicos en nuestro antiguo estado, y se trazó un plan: todos entraríamos en la Dnort para quedarnos juntos.

Una pena que yo tuviera que irme al otro lado del país.

No me arrepentía de haber entrado en la Cast. Había madurado estos últimos años, dejé de ser la niñita protegida por mis hermanos y pasé a ser más yo misma.

Me gustaba mi versión actual y sabía que no la habría conseguido si hubiera seguido bajo las alas de aquellos tres armarios.

Al pasar por la zona de llegadas, los vi a los tres esperándome con sonrisas de oreja a oreja.

Llamaban la atención allá por donde pasaban: guapísimos, altos y fuertes.

Sonriendo, bajé la escalera mecánica saltando los escalones, deshaciéndome de felicidad.

Salté, lanzándome al aire, sabiendo que me atraparían.

Los brazos fuertes de Jensen me cogieron en el aire; giramos entre risas.

Brazos cálidos se cerraron contra mí. Casi me quedé sin aire por la presión aplastante de los trillizos.

Echaba tanto de menos que me acunaran así que simplemente me dejé llevar por el momento, conteniendo las lágrimas de felicidad por estar por fin con mis queridos hermanos.

Los echaba tanto de menos que sentía que una parte de mí se curaba de una herida dolorosa.

—Ni me creo que estemos juntos —oí decir a Craig.

Reí al ser arrancada del abrazo colectivo hacia su abrazo calentito. Craig olía a menta y a café recién hecho. Levanté la cara para mirar al trillizo del medio.

—Estás distinto, déjame analizarte bien —pedí, sujetándole los brazos y poniéndome de pie.

Craig se rio, flexionando los brazos para enseñarme sus músculos descomunales.

El trillizo del medio tenía el pelo negro cayéndole sobre la frente, en perfecta armonía con su rostro rectangular.

La mandíbula, dibujada por un auténtico artista, con un mentón recto, la barba negra cubriéndole hasta las mejillas.

La nariz respingona combinaba con la forma de sus ojos alargados, la boca sonrosada y el labio inferior carnoso.

Craig tenía las cejas gruesas, igual que su pelo liso.

Mi hermano era un cúmulo de músculos, empezando por el trapecio marcado. Hombros anchos como el pecho, y unos bíceps más grandes que mi cabeza. No conseguía juntar los dedos al abrazarle la cintura; era ancho, grande, un auténtico gigante frente a mí. De los tres, Craig siempre fue el más grande.

—Has crecido —constaté al terminar mi análisis.

No iba a mirarle las piernas anchas ni el culo redondo y duro. Siempre le tuve envidia a esa parte del cuerpo de mi hermano.

—Puro músculo —flexionó el pecho, haciéndome reír.

—Deja de manipular a Enana, que ahora me toca a mí —Jensen tiró de mí, haciéndome reír.

—¡Enana es tu culo!

—Menos mal que sabes que eso es lo único pequeño que tengo; es lo único que se escapa del tamaño colosal de mi cuerpecito —solté una carcajada. Jensen me abrazó, levantándome del suelo.

Jensen se había teñido el pelo de un tono castaño; sonreí al notar su cambio de estilo. Igual que Craig, tenía el rostro rectangular, la mandíbula cuadrada y el mentón recto, una armonía facial perfecta. Los labios de Jensen eran más finos, con una capa de barba rodeándole la boca.

La nariz afilada, tras una operación por rompérsela jugando, le daba un aire de galán al trillizo mayor.

Los mechones negros de siempre en su cabeza ahora eran castaño claro, peinados en un tupé con estilo, hacia atrás, los laterales rapados y una raya cortada en el nacimiento del pelo.

Sus ojos negros se veían más intensos con el nuevo estilo, como si llamas oscuras rondaran su iris.

Jensen, a pesar de ser el mayor, no conseguía ser tan musculoso como Grant. La complexión física de mi hermano mayor se parecía mucho a la de Callum. Cuerpo bastante grande, pero nada exageradísimo. El gigante me dejó en el suelo, despeinándome con una sonrisa pícara.

—¡Para ya! —levanté las manos, intentando protegerme. Él, como era de esperar, subió la intensidad, metiéndome las manos en el pelo.

Me quejé, corriendo a esconderme detrás de Grant, el más pequeño y siempre mi favorito.

Grant era más cariñoso, comprensivo y amable.

Mientras Craig era un auténtico vendaval de testosterona, Jensen se creía el Soldado del Invierno [9] , queriendo mandar sobre todos.

Grant era calma, paz y todo el amor del mundo entre sus brazos gigantes.

—Ven aquí, mi princesita —dijo Grant, abrazándome con todo el cariño del mundo.

Casi me derretí de amor al sentirme envuelta en el cariño de mi hermano.

Hundí la cara en su pecho ancho, disfrutando del aroma amaderado con un toque cítrico de fondo.

Le apreté las manos alrededor de la cintura mientras Grant me llenaba la cabeza de besitos y arreglaba el estropicio que había hecho Jensen.

—Me he muerto de ganas de verte —confesé, levantando la cara.

Grant tenía el pelo negro como Craig, cortado corto, con la parte de arriba de punta, con un aire un poco rebelde.

Era el único sin barba cubriéndole el rostro rectangular perfecto, lo que dejaba ver lo bonita que era la curva de su mandíbula y resaltaba sus labios carnosos con un ligero tono rosado.

Nariz respingona, bien alineada con la forma de sus ojos y sus cejas gruesas.

Grant tenía una belleza surrealista; su alma parecía brillar, envolviendo su rostro y convirtiéndolo en el trillizo más guapo.

Como los otros, Grant era enorme: trapecio, hombros y pecho anchos como una pared gigantesca.

Brazos repletos de músculos que recorrían su piel clara, las manos, con venas subiéndole por los antebrazos, que yo sabía volvían locas a las mujeres.

Las piernas largas y los muslos gruesos le daban el equilibrio perfecto a su forma física.

—Yo también te eché de menos —dijo, acariciándome la barbilla.

Grant pasó el brazo sobre mis hombros y echamos a andar. Los otros dos caminaban detrás, charlando animados y metiéndose con nosotros.

—¿Viste eso, Jensen? Solo tiene ojos para la florecita de Grant —se burló Craig. Puse los ojos en blanco, sabiendo que llamaban así a mi hermano cuando querían provocarlo.

—No le importamos nada, nacimos de la misma madre, pero es al desgraciado a quien prefiere —respondió Jensen.

—Si supierais tratar a una dama, a lo mejor querría hablar con vosotros, brutotes —fue la respuesta de Grant, que me hizo soltar una carcajada.

—Uy, se lo tiene creído, el ligón —provocó Jensen.

—Ni parece que el lunes le dieron calabazas —Craig soltó la frase dirigida a Grant, y sentí a mi hermano quedarse helado.

—¡No me dieron calabazas ni nada de eso! —Grant se giró, encarando al trillizo del medio—. Fui yo quien terminó con ella.

—Después de que ella dijera que no quería ser tu novia —Jensen empezó a reírse.

—Delante de todo el equipo —completó Craig.

—¿Qué? —pregunté, deteniendo nuestro paso.

—Mierda. No hacía falta que te enteraras de esto —Grant soltó un suspiro pesado, retomando la marcha y llevándome con él.

—Te equivocas, querida Cha Cha —Craig se acercó a mi lado, y le di un puñetazo en la barriga por el apodo ridículo—. Si piensas que nuestro Grant es un caballero, este mierdecilla no vale nada.

—Igual que nosotros —presumió Jensen.

—Sois ridículos, presumiendo de no valer nada.

—Si presumimos de nuestras habilidades en el hockey, te quejas igual —Jensen se encogió de hombros, resignado.

—Tiene que haber algo que no te moleste, querida Cha Cha —dijo Craig, y le di otro puñetazo en la barriga.

—Dejad de fastidiar a Charlotte —pidió Grant, dándole un capón a cada uno.

Los chicos empezaron a armar jaleo y casi montan una guerra de collejas en medio del aeropuerto, y yo solo quería meter la cabeza en un agujero.

Sabía que estaban acelerados, comportándose como adolescentes por lo mucho que me habían echado de menos.

Normalmente conseguían ser más controlados.

Llegamos a la camioneta y me tiré al asiento del copiloto para no acabar aplastada en el de atrás por alguno de los trillizos, tan expansivos como Craig.

Jensen se puso al volante y los otros dos se pelearon por el espacio de atrás.

—Estáis más críos que nunca, Dios mío —me quejé cuando el coche se puso en marcha.

—No jorobes, Cha Cha, también es nuestro día libre —protestó Craig.

—En la universidad se portan bastante bien, ¿sabes? —aseguró Grant—. Jensen se hace el genio serio porque estudia Economía. Y Craig adora ser el profesor de educación física de las gatitas.

—Y tú, el mayor empollón de la física —acusó Craig.

—La física es un arte, hermano, que además nos ayuda muchísimo en los partidos —se defendió Grant.

—Es un plasta de tomo y lomo —me susurró Jensen.

Me reí, notando que los trillizos empezaban a calmarse mientras seguíamos rumbo a casa de nuestros padres.

Las calles de San Francisco estaban soleadas, y las diversas cuestas nos hacían subir y bajar, dejándome disfrutar de la vista de la ciudad, sentir el sol calentándome la piel y viéndolo despeinarme el pelo, porque a Jensen le gustaba conducir con el codo fuera de la ventanilla.

—¿Cómo va el inicio de temporada? —pregunté.

—Todavía estamos en los entrenamientos iniciales, haciendo que los novatos se acostumbren al ritmo —respondió Jensen.

—Los amistosos empiezan el mes que viene, tendremos tres partidos antes de que empiece la temporada —añadió Craig.

—Y mira qué buena noticia, princesa —Grant se estiró en el asiento, haciendo que lo mirara—. ¡Nos vamos a Boston! Tenemos un partido contra Harvard. Ven a vernos jugar.

Abrí los ojos como platos ante esa información.

—No es contra la Cast, puedes venir —insistió Jensen.

—No seas miedica, Cha Cha —pidió Craig—. Ven a ver a tus hermanos jugar aunque sea un partido —hizo pucheros.

¿Cómo iba a decirles que no?

Suspiré. Las probabilidades de que alguien de la Cast fuera a ver ese partido eran pocas, casi nulas.

Nunca me exigían presencia en los partidos contra mi universidad, pero este era en Harvard, en otra ciudad.

Podía ir y volver sin que nadie de la Cast se enterara de que había salido a animar a mis hermanos.

Y siempre había gente que viajaba con ellos para animarlos, así que podía mezclarme entre la multitud, ponerme el abrigo y una mascarilla, y todo saldría bien.

—Vale, iré —dije. Los gritos de celebración me hicieron encogerme en el asiento, riéndome de su felicidad.

Nos peleábamos, nos fastidiábamos, pero siempre haríamos cualquier cosa el uno por el otro.

—¿Qué estáis planeando para ganar este año? ¿Vais a usar la misma táctica de siempre?

—Mientras no nos descubran, sí —admitió Jensen.

—Oye, princesa —llamó Grant, tocándome el hombro—. ¿Cómo está la Cast sin Boris? ¿El equipo se ha ido a pique?

—No estoy segura —dije la verdad—. No he visto ningún partido ni entrenamiento, y solo he oído rumores sobre el nuevo capitán.

—¿Quién es? ¿El gilipollas de O’Brien? —Grant arrugó la nariz con rabia.

—¿Todavía lo odiáis? —pregunté, sabiendo ya la respuesta.

—¿Odiarlo? Joder, Charlotte —se quejó Craig—. Recuerdo perfectamente cómo salí molido del último partido por culpa de ese desgraciado. El tío sabe cómo hacer daño a los jugadores sin que le piten falta. El puto árbitro debería haberlo expulsado después de lo que me hizo.

—Y Jensen casi le rompe la nariz como venganza —apunté—. A mí me parece que salisteis en tablas.

Grant se echó a reír y a aplaudir.

—Princesa, hablando así, parece que lo estás defendiendo en vez de picarnos a nosotros.

—¡Eso es verdad! —Craig me apretó el hombro—. ¿Qué pasa aquí, Cha Cha? ¿Estás haciendo amiguitos en el hockey?

Menos mal que estaba sentada, o mis hermanos me habrían visto temblar las piernas al ser pillada in fraganti.

Como se les ocurriera siquiera sospechar sobre mi relación con Callum, no quedaría nada de mi amigo para el próximo partido.

Eran capaces de volar los tres a la Cast, ponerse máscaras y perseguir a Callum solo para asustarlo.

Tragué saliva, decidiendo que no mentiría, porque sería peor. Mis hermanos siempre sabían cuándo intentaba engañarlos.

—Estamos en la misma clase este semestre, solo creo que seríais unos amigos estupendos si no fuerais tan maníacos asesinos del hockey. Ese ego inflado que tenéis los cuatro sería una desgracia para el hockey.

Se rieron tan fuerte que tuve que taparme los oídos para no acabar con dolor de cabeza por las carcajadas.

Intenté no pensar demasiado en lo que pasó entre Callum y yo en su cuarto, el abrazo en el aeropuerto, cómo me hacía sentir y las locas ganas de besarlo.

La reacción de mis hermanos con solo mencionar a Callum era suficiente para saber que una relación entre nosotros nunca funcionaría.

Estábamos condenados al fracaso antes incluso de empezar.

—No me imaginaba que Cha Cha volviera tan graciosilla —provocó Craig, dándome un golpecito en el hombro.

—Tenía que aprender algo —intenté defenderme, fingiendo que era una broma.

—Princesa, no hay ni una sola posibilidad en el universo de que nos llevemos bien con Callum —dijo Grant. Si mi hermano más amable decía eso, ni siquiera él podría llevarse bien con Callum; no había ni la más mínima esperanza a la que mi corazón pudiera aferrarse.

—Enana —me llamó Jensen, con sus ojos serios estudiándome la cara—. Luego hablamos a solas —su voz grave sonó bajita, para que los otros no lo oyeran.

Joder, sospechaba algo.

Estoy jodida.