17. Amigos disfrazados
Amigos disfrazados
L os días después de mi cita con Cooper pasaron demasiado rápido y pronto llegó la noche de la fiesta de Halloween.
Aunque me había cruzado con Cooper un par de veces de pasada, había estado tan ocupada con los preparativos de la fiesta que apenas habíamos tenido la oportunidad de hablar, aunque no hay mal que por bien no venga.
Su beso me ayudó a darme cuenta de que no sentía nada más que amistad por Cooper, y no tenía ganas de encontrar la manera de decírselo.
—¿Los cupcakes? —preguntó María mientras le dábamos un último repaso a la tienda.
—Nancy los dejó hace una hora —dije por encima del sonido de Monster Mash que sonaba de fondo—.
Están en la mesa con los bocadillos de dedos de Frankenstein y el ponche de poción de Edgar Allan Poe que preparaste.
Por cierto, gracias por el consejo de cambiarle el nombre a la bebida.
La sidra de manzana recién hecha llenaba la tienda con un aroma dulce y especiado.
—No hay de qué. ¿Y la máquina de humo?
—Junto a la caja, con la pequeña cabina de fotos. —Señalé hacia el mostrador de decoraciones.
Gigi se acercó y olfateó el gato negro de peluche.
—¿Los juegos? —preguntó María mientras enchufaba la guirnalda de luces moradas y naranjas que colgaba del techo; también habíamos decorado las estanterías para animar a la gente a que mirara los libros.
—Jessie y Kyle se encargan de ellos en el segundo piso.
Gigi maulló y se contoneó entre mis piernas, completando mi disfraz de Kiki, que había logrado improvisar con un vestido negro y un lazo rojo. La acaricié y miré alrededor de la tienda. Todo estaba en su lugar, y era hora de ver cuánta gente vendría.
—Entonces, esperemos que esta noche vaya bien —dijo María.
—De acuerdo.
Porque mi reunión con el banco era en solo dos días y todavía no había progresado mucho en encontrar el dinero desaparecido de mi Nana.
Después de ver lo equivocada que estaba con Nancy, había decidido dejarle a la policía la búsqueda del asesino.
Cooper y Nancy tenían coartadas, pero eso no explicaba su comportamiento extraño.
¿Podría tener algo que ver con lo que me había prometido contarme?
Quizá todavía podía averiguarlo, pero sospechar constantemente de mis amigos y de los que me rodeaban me estaba volviendo loca.
Una mujer con sus dos hijos vestidos como un fantasmita y una pequeña bruja entró, sacándome de mis pensamientos turbulentos. —¿Me da mi calaverita? —gritaron los niños.
—¡Qué disfraces tan geniales! —Señalé hacia el esqueleto que sostenía el caldero de dulces—. Creo que esos atuendos se merecen unos cuantos dulces.
Chillaron y corrieron hacia allí, dejándome con la madre, que miró alrededor de la tienda vacía. —¿Oímos que había una fiesta, todavía sigue en pie?
—Acaba de empezar. Ustedes son los primeros en llegar. —Le di una amplia sonrisa—. Hay juegos para niños arriba, bocadillos aquí al frente y lugares para tomar fotos o echarles un vistazo a algunos libros.
Los dos niños se dispersaron; uno corrió hacia la escalera y el otro a la mesa de libros infantiles de Halloween que había puesto cerca de la comida.
—¿Y este volante? —La mamá sonrió con cariño a la brujita de coletas que ya estaba devorando los libros infantiles—. Dice aquí que puedo usarlo para obtener un veinticinco por ciento de descuento en una compra. ¿Es solo para los libros en exhibición?
Mi sonrisa se ensanchó. —Para nada. El descuento es para cualquier libro de la tienda. Tengo algunas lecturas de otoño divertidas para adultos en aquella esquina y una variedad de libros infantiles en el segundo piso.
—Gracias. —La madre corrió tras sus hijos.
Otro grupo de gente entró y dirigí mi atención a los recién llegados.
María tenía razón. Ser anfitriona era una excelente manera de conocer a más gente, pero me sorprendió la cantidad de personas que ya había conocido en mi loca búsqueda del dinero de mi Nana.
Y ahora muchos de ellos aparecían para apoyarme.
O quizás habían venido por los cupcakes de Nancy. De cualquier forma, estaba agradecida.
La tienda estaba llena, la música y la conversación se escapaban a la calle cada vez que se abría la puerta, y los juegos estaban en pleno apogeo.
Bastantes personas ojeaban los libros en exhibición y yo ya había hecho unas cuantas ventas, lo que me hizo agradecer haber pedido libros de más.
Los acogedores misterios de Halloween eran particularmente populares.
Una niña intentó agarrar lo que pensó que era una decoración de un gato negro, pero Gigi se escabulló de su mano.
La niña chilló y persiguió a la gata, pero la perdió rápidamente entre el humo que serpenteaba por el suelo.
Le daba a la tienda una atmósfera deliciosamente espeluznante, ya que la luz negra hacía que la niebla cobrara vida con un brillo casi etéreo.
—Feliz Día de Muertos—dijo una voz grave detrás de mí.
Me di la vuelta y me encontré a Sebastian en el mostrador.
Se me subió el corazón a la garganta. —¿Qué haces aquí?
Sus cejas se dispararon. —¿No debería haber venido?
Agradecí que la habitación estuviera a oscuras, lo que ocultaba mis mejillas sonrojadas. —No, por supuesto que no, no quise decir eso. —Inhalé profundamente y solté el aire lentamente—. Estoy sorprendida, dijiste que no te gustaba el Halloween.
¿Acaso no podía tener una sola conversación con Sebastian en la que no estuviera inesperadamente usando medio suéter, rociándolo accidentalmente con gas pimienta, acusándolo injustamente de asesinato o, en general, avergonzándome enormemente?
—Lo sé, pero como estás haciendo una fiesta de Halloween, me pareció apropiado —dijo—. Y dije que no era el mayor fan de decorar para Halloween, no que no me gustara.
—Ya veo. —Miré por encima de su hombro, tratando de encontrar la familiar cabellera negra de Cooper entre la multitud que se movía por la tienda a oscuras. Los nervios se retorcían en mi estómago al pensar en verlo ahora que había decidido que no me interesaba.
—Coop no ha llegado todavía, si es a quien buscas. —Sonrió con aire arrepentido—. Tenía algunas cosas que resolver, pero quería que te dijera que pasaría más tarde.
—¿Esa es la razón por la que viniste?
—Eso no fue lo que dije. —Bajó la mirada y se frotó la mandíbula—. Tu gata me encontró de nuevo.
Rodeé el mostrador y encontré a Gigi enroscándose entre las piernas de Sebastian, su cola envolviéndolo antes de levantarse en el aire. —Debes de caerle bien. Normalmente no hace eso.
—Fantástico. —Sebastian hizo un gesto y dio un paso atrás. Gigi lo siguió y la punta de su cola sobresalía por encima del humo.
Solté una risita. —Parece que Cooper tenía razón. Los gatos deben tener una forma de localizar a quienes no les agradan, parece decidida a conquistarte.
—A algunos les resulta más fácil que a otros.
—Me miró de reojo y luego volvió a mirar a Gigi—.
Puede intentarlo todo lo que quiera, pero no cambiará mis alergias.
—Sacudió la cabeza—. Por eso los gatos son ridículos.
Solo lo intentan cuando a uno no le importa, pero en cuanto los quieras, se hacen los difíciles.
Un toque de amargura tiñó su tono, recordándome cómo me había sentido tras la traición de Tate. Parecía que hablaba de algo más que gatos.
—Bueno, fue amable de tu parte venir —le dije—. Si te gusta una buena lectura espeluznante, siéntete libre de echar un vistazo a algunos de los libros en las mesas.
—Soy más un lector de fantasía que de terror —admitió.
—Entonces estás en buena compañía.
Las luces se apagaron de repente, sumiendo la tienda en la oscuridad. La música se detuvo y una asfixiante ola de silencio se apoderó del lugar. Alguien gritó y luego un niño pequeño empezó a llorar.
—¿Qué está pasando? —preguntó Sebastian.
—No lo sé. Esto no era parte del plan. —Mi corazón latía con fuerza mientras la oscuridad me oprimía en una ola asfixiante—. Tal vez se fue la luz. Debería revisar…
Un fuerte crujido sonó frente a mí y se me encogió el estómago. Me acerqué a Sebastian y sus fuertes dedos envolvieron los míos. Mi pulso acelerado disminuyó un poco.
La luz negra parpadeó y volvió a encenderse, era la única fuente de iluminación en el lugar. Alguien gritó de nuevo. —¡Hay alguien en el suelo!
—¿Está herido? —gritó alguien—. ¡Llamen a una ambulancia!
Desde donde estaba, lo único que podía ver era un par de licras extendidas en el suelo, parcialmente ocultos por el humo. La escena me recordó demasiado a la mañana en que encontré el cuerpo del señor James en el suelo. Mi respiración se volvió superficial y no pude moverme.
—Está bien, Harp. Estoy aquí. —El pulgar de Sebastian rozó el dorso de mi mano a juego con su tono de voz bajo y reconfortante.
Otro fuerte crujido llenó el lugar, provocándome escalofríos. Dirigí mi atención bruscamente hacia la puerta principal, pero no estaba abierta.
Sebastian me apretó la mano, pero mi pulso estaba desbocado.
El pesado golpeteo de unos pasos resonó por el lugar, seguido del estruendo de un trueno.
—Un momento —murmuró Sebastian mientras sonaba un aullido—. ¿Esto es…?
Las piernas bajo la mesa se crisparon y, lentamente, la persona se puso de pie. El humo ocultaba la mayor parte de sus piernas, y caminó hacia el centro de la tienda con movimientos espasmódicos.
El principio de la canción de Thriller comenzó a sonar, y una extraña risa aguda se me escapó cuando la tensión del lugar se disipó de repente. No pasaba nada malo. Alguien, probablemente María, había organizado una sorpresa para la fiesta.
—Supongo que no estabas al tanto de esto —murmuró Sebastian en voz baja mientras más personas comenzaban a arrastrarse y a caminar rígidamente hacia el centro del lugar.
—Para nada.
Sonrió con suficiencia. —Cooper mencionó que no eres la mayor fan de las sorpresas.
¿Habían hablado de mí después de nuestra cita? Lo miré y luego mi atención se posó en nuestras manos, que todavía estaban unidas.
—Ah, perdón. —Sebastian soltó mi mano, y de inmediato extrañé el calor de sus dedos.