Asesinato con sabor a canela (Los misterios del Caffè delle Ortensie 1)
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1 - El Caffè delle Ortensie
A las seis de la mañana, Monti todavía es un barrio normal.
En los callejones se cruzan comerciantes peleándose con las persianas, jóvenes que van al trabajo y algún vecino que saca a pasear al perro. Los turistas, en cambio, siguen durmiendo.
Es un martes gris de noviembre. Ha llovido durante la noche y el aire está fresco y húmedo.
Marta Lattanzi recorre via dei Serpenti con un bolso al hombro y un vaso de cartón en la mano. Apura el último sorbo de café al doblar por vicolo delle Ortensie.
El nombre es, desde luego, mucho más romántico que el lugar.
Una calle estrecha, ligeramente en cuesta, entre viejos edificios de colores cálidos, apartada de las rutas turísticas.
A Marta le gusta sobre todo por eso.
Delante del Caffè delle Ortensie encuentra a Biscotto acurrucado sobre el felpudo.
El enorme gato pelirrojo la ve llegar, se pone en pie y empieza a maullar de inmediato.
—Buenos días a ti también.
Otro maullido.
—Sí, ya lo he entendido. Tienes hambre.
La joven busca las llaves en el bolso. —Son las seis de la mañana, Bisco'. Podrías fingir al menos un poco de gratitud.
Abre la puerta y el gato entra primero. —Adelante. Tú como si estuvieras en tu casa. Y, de hecho, eso es exactamente lo que lleva años haciendo.
Enciende las luces. Paredes de color verde salvia, barra de madera clara, ocho mesitas ligeramente distintas entre sí y una pequeña librería junto a la ventana.
La tía Amelia había reunido aquellos muebles a lo largo de veinte años, entre mercadillos, liquidaciones y oportunidades que solo ella era capaz de considerar irresistibles.
Marta había pensado en cambiarlo todo, pero al final no lo hizo.
Deja el bolso detrás de la barra y enciende la cafetera.
Biscotto se dirige a uno de los dos silloncitos verdes.
—Que sepas que ese es para los clientes.
El gato salta encima y cierra los ojos.
—No he dicho nada.
Marta se quita el abrigo fucsia y se pone el delantal.
Treinta y cinco años, el pelo castaño recogido con una goma y una cara a la que le vendrían bien otras dos horas de sueño.
Seis meses antes jamás habría imaginado que aquella acabaría siendo su vida. Trabajaba en una agencia de comunicación y se pasaba los días entre llamadas, reuniones y clientes convencidos de que cualquier problema era una emergencia nacional.
Luego la tía Amelia enfermó y ella empezó a echarle una mano. Cuando la agencia no le renovó el contrato, el Caffè delle Ortensie se convirtió primero en un trabajo y después en algo más.
Hasta que una mañana Amelia no volvió a despertarse y el bar quedó en sus manos. Junto con las deudas.
Marta llega al fondo del local y abre la puerta de cristal.
El patio sigue mojado por la lluvia. En el centro crece un viejo limonero rodeado de macetas de terracota. A un lado hay seis mesas de hierro y una fuente de piedra que lleva perdiendo agua tanto tiempo que ya nadie considera necesario repararla.
Al patio también dan los otros comercios: la sastrería de Serena, la tienda de antigüedades de Cesare, la imprenta de Gabriele y la floristería de Livia.
En el lado opuesto, una verja conduce directamente al callejón.
Marta permanece unos segundos en el umbral. Ese es el lugar que más le gusta.
—¿La contemplación mística la hacemos en horario de trabajo?
Se vuelve.
Camilla Fabbri acaba de entrar con el casco de la moto bajo el brazo y el largo cabello negro suelto sobre los hombros.
—Hoy has llegado pronto.
Camilla mira el reloj. —Son las seis y treinta y dos.
—Precisamente.
—Tú, en cambio, estás aquí desde las seis.
—Es mi local.
—Pensaba que tendrías a alguien que abriera por ti.
—Qué graciosa.
Camilla se quita la chaqueta acolchada azul petróleo, con un suave cuello de piel sintética, y la cuelga.
Tiene veintinueve años, es alta, delgada y consigue parecer elegante incluso con vaqueros, botines y un jersey cualquiera. Una cualidad que Marta considera profundamente injusta.
Camilla repara en el vaso de cartón junto a la caja. —¿Otra vez?
—¿Qué?
—Has bebido café de la competencia.
—Es un control de calidad.
—También podrías preparártelo en casa.
—También podría hacer gimnasia nada más levantarme, tener un perro o irme de vacaciones. Hay muchas cosas que podría hacer y que he decidido evitar.
Camilla sonríe y entonces ve a Biscotto. —¡Cariño!
El gato empieza a ronronear de inmediato.
Marta los mira. —Esto me ofende.
—¿El qué?
—¡Conmigo siempre parece estar a punto de llamar a un abogado!
—Depende de cómo lo trates.
—Le doy de comer.
—Eso no lo es todo.
—Para un gato de ocho kilos, diría que cuenta bastante.
Camilla se vuelve escandalizada. —¡No hables de peso delante de él!
Biscotto deja de ronronear.
Marta lo señala. —¿Lo ves? Hasta él lo sabe.
—No la escuches, cariño. ¿Han llegado los cruasanes? —la provoca Camilla, cambiando de tema.
—Todavía no.
—Los de crema siempre se acaban antes.
—Porque tú te comes uno todas las mañanas.
—Yo también controlo la calidad del producto. He aprendido de ti.
A las siete menos diez llegan los cruasanes y Camilla coge uno.
—Naturalmente —la pincha Marta—. Podría estar envenenado y tú te sacrificas.
—Es mi trabajo.
Marta gira el cartel de la puerta: ABIERTO . La mañana empieza de verdad.
Entran los primeros clientes y el Caffè delle Ortensie se va llenando poco a poco de voces, tazas y olor a café.
Un hombre mayor quiere el capuchino templado y sin espuma. Una chica pide un americano y se sienta en la mesa junto a la librería. Dos oficinistas toman el café de pie y discuten sobre la Roma.
Marta se mueve detrás de la barra casi sin pensar. A estas alturas sabe quién quiere el vaso de agua, quién toma media cucharadita de azúcar y quién considera una afrenta personal encontrar ocupada su mesa.
La tía Amelia siempre decía que un bar no vende solo café, vende costumbres.
Poco antes de las ocho entra Armida Marcucci.
Marta la ve llegar a través del escaparate y comprende de inmediato que su mañana tranquila se ha terminado.
Abrigo rojo, pañuelo de seda y cabello blanco cortado en un bob perfecto. A sus setenta y ocho años aún camina con una postura que muchas mujeres con la mitad de edad podrían envidiarle.
Llega a la barra y mira a Marta. —Has dormido mal.
—Buenos días a ti también, Armida.
—Tienes los ojos cansados.
—Me he despertado pronto.
—Te despiertas pronto todas las mañanas.
Camilla coge una taza. —¿Capuchino?
—Hirviendo. Y el cacao solo a la derecha.
—Como siempre.
Marta mira a Armida. —Quizá simplemente estoy cansada.
La mujer se acomoda en el taburete. —A los treinta y cinco años una nunca está simplemente cansada.
—¿Y qué está, entonces?
—Preocupada, enamorada o decepcionada.
—Sigo prefiriendo cansada.
Camilla deja el capuchino delante de Armida. La mujer comprueba la espuma y el cacao y luego asiente, satisfecha. —Has vuelto a pensar en él.
Marta coge una tacita para secarla. —¿En quién?
—En ese.
—¿Cuál?
—Ese con el que lo dejaste hace dos meses.
—Precisamente. Lo dejé.
—Dos meses son unas pocas semanas.
—Son exactamente dos meses.
Armida sonríe. —¿Ves? Los vas contando.
Camilla contiene una carcajada.
Marta abre el grifo del vapor con más fuerza de la necesaria. —¿No tienes nada que hacer, Armida?
—Estoy bebiéndome el capuchino.
—Me refería en la vida.
—A los setenta y ocho años, por fin no.
Biscotto se acerca al taburete y estira una pata hacia el cruasán.
Armida aparta el platito. —Ni lo intentes.
El gato la mira fijamente.
—Y no pongas cara de víctima.
—No ha hecho nada —observa Marta.
—Lo conozco mejor que tú.
Camilla se inclina para acariciarlo. —Quizá todavía tenga hambre.
—Siempre tiene hambre.
—Está creciendo.
Armida mira al gato. —¿Hacia dónde? ¿A lo ancho?
Camilla le tapa teatralmente las orejas. —Tú no la escuches.
Marta se ríe y su mirada cae sobre la fotografía de la tía Amelia, colocada entre dos estantes de la librería.
Armida sigue su mirada. —No le habría gustado.
—¿El qué?
—Cómo has colocado los tarros.
Marta mira la barra. —Están perfectamente alineados.
—Precisamente. Amelia los tenía desordenados.
Camilla asiente. —Lo confirmo.
—Sois insoportables las dos.
Armida da un sorbo al capuchino. —Pero estaría contenta.
Marta se detiene. —¿Por qué?
—Porque no has vendido.
—Todavía no he decidido qué hacer —responde, bajando la mirada hacia la tacita.
Camilla deja una bandeja sobre la barra. —Llevas seis meses diciendo eso.
—Tengo deudas que pagar.
—Lo sabemos.
—Y un bar no se saca adelante con cariño.
Armida sonríe. —No. Pero ayuda.
Marta mira a su alrededor. Las mesas distintas, las tazas desparejadas, la librería, Biscotto intentando de nuevo alcanzar el cruasán. —Al principio pensaba quedarme solo el tiempo necesario para poner las cuentas en orden.
—Y, sin embargo, sigues aquí —dice Camilla.
—Porque las cuentas no están en orden.
Armida sonríe. —Naturalmente...
Marta la mira fijamente. —¿Qué significa ese «naturalmente»?
—Nada. Solo digo que a estas alturas conoces los gustos de todos los clientes habituales.
Camilla señala a un hombre que acaba de entrar. —¿Por ejemplo?
Marta le echa un vistazo. —Espresso largo, agua sin gas, un solo azúcar.
El hombre llega a la barra. —Buenos días, Marta. Lo de siempre.
Quizá tengan razón. Cada mañana, el Caffè delle Ortensie le parece un poco menos de la tía Amelia y un poco más suyo.
El gato vuelve a estirar la pata hacia el cruasán.
—¡Biscotto!
Y huye definitivamente hacia el fondo del local.
Marta niega con la cabeza. —Ahí lo tienes. Esa es la verdadera razón por la que no vendo.
—¿El gato? —pregunta Camilla.
—No. Nadie compraría un local con esta clientela.
Armida le da un mordisco al cruasán. —No seas desagradecida.
Fuera, mientras tanto, el callejón se ha despertado. Se levantan las últimas persianas y desde el patio llegan las voces de los comerciantes.
Armida termina el capuchino y deja la taza. —Ah, casi se me olvidaba.
Marta la mira con recelo. —¿Qué?
—Hoy viene Arturo Bellini.
Marta deja de secar la tacita y Camilla se vuelve.
—¿El administrador de la comunidad y además propietario de casi todo el edificio?
—Exacto, él mismo. Viene a las once.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Armida se arregla el pañuelo. —Lo sé.
—¿Y para qué viene?
La mujer baja del taburete. —No tengo ni idea, aunque me lo imagino.
Camilla cruza los brazos. —¿Y no vas a decírnoslo?
Armida sonríe. —Necesito otra infusión para pensarlo.
Marta abre mucho los ojos. —¡Acabas de tomarte un capuchino!
—Precisamente. La infusión es digestiva. —Abre la puerta y sale.
Marta se queda mirándola mientras cruza el callejón.
Camilla se acerca a ella. —¿De verdad sabe por qué viene Bellini?
—Naturalmente.
—¿Y crees que nos lo dirá?
Marta mira el reloj; faltan algo más de dos horas para las once. —No. Pero probablemente no haga falta.
—¿Por qué?
Coge una bandeja y coloca encima cuatro tazas de café, leche fría y azúcar. Después abre la puerta de cristal que da al patio. —Porque ahora voy a llevarles el café a los comercios.
Camilla sonríe. —Y esperas que hablen.
—Yo no interrogo a nadie. Solo llevo café a nuestros vecinos, como todas las mañanas.
Biscotto aparece junto a sus pies.
—Tú te quedas aquí.
El gato la adelanta y se cuela en el patio.
Marta suspira y va tras él.