Arte y placer Prólogo
2%
Arte y placer

Arte y placer

Por Kris Buendia

© inepub.com

Prólogo

Miller

DE NIÑO LA VI JUGAR CON UNA RIDÍCULA MUÑECA de cabello castaño. Era la versión diminuta de ella. Como si había otra más bella que ella misma.

​ Llevaba coletas, dos. Con una cinta ridícula color rosa. Su piel era la mezcla de un perfecto helado de vainilla y chocolate, y su atuendo era perfectamente colorido y hacía que se viera como una niña rica. Lo cual no lo era en absoluto. Al menos no tanto como pensé en ese entonces.

​ Su madre la dejaba todos los días en el colegio. Siempre sonreía y le daba un beso en su mejilla. La primera vez la vi llorar y se enjugó las lágrimas sin que nadie la mirase.

​ Pero yo la vi.

​ En cambio yo, caminaba solo al colegio. Con ocho años. Pocas veces mi padre tenía tiempo de llevarme al colegio y la excusa era que estaba a dos calles después de casa. Y mi madre, ella brillaba por su ausencia siempre y mi hermana había sido dada en adopción.

​ Los odié por ello.

​ Se supone que es trabajo de tus padres no hacer mierdas como esas. Pero al menos estaba tranquilo de que la niña más hermosa que había visto nunca tenía unos padres más responsables que los míos.

​ Su nombre era Vianka.

​ Vianka, Vianka, Vianka.

Creo que me repetí ese nombre mil veces en los próximos segundos, horas, días y años. En mi cabeza lo sabía y la jodida vida lo sabía también.

​ Ella sería mi esposa.

​ Y lo fue.

​ Lo era . Y lo seguiría siendo hasta que yo dejase de respirar, hasta que la luz abandonara mis ojos.

​ —¿Cómo te llamas?

El chico nuevo estaba queriendo hablar con ella. Era un rubio mimado. Lo sabía, se le notaba hasta en la ropa. No tenía que hablarle. No quería que le hablara.

​ — Vianka.

Ella respondió sin prestarle atención. Su atención la tenía en su muñeca.

​ —Es una hermosa muñeca. Como tú.

​ Ella hizo un gesto en su cara, con su nariz como si le disgustara. Aprendí a reconocer eso con los años. Cuando algo le molestaba y no quería decirlo por no ser grosera, te lo decía su nariz.

​ —Ella no quiere hablar contigo.

​ Me acerqué a ellos. Era la primera vez que ella me sonreía. Se sonrojó y parecía tímida, pero me di cuenta que me tenía miedo. Dolía en mi pecho que ella me tuviese miedo, todos los demás lo hacían.

​ —Contigo tampoco hablará. Das miedo con esa camisa de calavera que usas. ¿Eres de alguna pandilla o algo?

​ —Tengo ocho. ¿Podría pertenecer a alguna? Creo que el que pertenece a la pandilla eres tú, pero de los idiotas.

​ Vianka sonrió por lo bajo. El chico mimado se fue corriendo hacia el patio. Si me mandaban a detención no me importaba. Al menos no se volvería a acercar a mi Vianka.

​ —A mí me gusta tu camisa.

Su voz era suave.

​ —Hablas.

Ella me miró como si no entendiera nada.

​ —No sabía que me podías hablar. Todos aquí me tienen miedo.

​ —Yo no te tengo miedo—Dijo con firmeza y continuaba peinando a su muñeca—Eres raro, pero eso es bueno. Te hace… diferente.

​ Me enamoré de ella desde que me dijo eso. Podía besarla si se me fuese permitido o siquiera supiera cómo hacerlo en ese entonces.

​ —Vianka. ¿Quieres ser mi esposa?

Ella abrió sus grandes ojos color avellana. Creo que eso no se lo esperaba. Nos quedamos mirando unos minutos más hasta que respondió.

​ —Sí.

Y sin conocerme. Y sin saber que los años que seguían, la vida nos volvería a unir de nuevo. La hice mi esposa. La hice mi mujer.

​ —No lo olvides. Porque yo no olvidaré.

​ —Mientes.

Acaricié la cinta rosa de su cabello. De una de sus coletas. Eran tan suaves como seguro lo era su piel.

​ —Las mentiras roban el alma.