8. Villano
VILLANO
DIECISIETE AÑOS
Cría cuervos y te escribirán un Best Seller.
Todo el mundo quiere volver a tener diecisiete.
Siento que hay cierta magia que uno solo tiene en el final de su adolescencia. Hay cierto espacio en la biblioteca de la vida para guardar los sueños, noches y deseos de aquellos que viven esa etapa.
Antes de esa edad, tu libro está en blanco y, justo después, la tinta se vuelve invisible a tus ojos. Es como si esos relatos estuvieran en otra dimensión. Es como si pudieras ser una estrella fugaz.
Siempre supe que esa época de mi vida debía "ser fascinante", me lo advirtieron profesores, amigos, los extraños en la calle, los conocidos cercanos de la familia, los vídeos en internet e incluso mi hermano justo antes de irse.
Debía saborear los primeros tragos de la libre e inocente juventud como si nunca los fuera a probar otra vez. Porque no lo haría.
Lo único cierto es que estaba profunda, tortuosa, lamentablemente enamorada. De un chico que no me quería, pero a veces sí y a ratos demasiado. Vivía para los demás. Yo vivía por amarlo, mi amor era tan grande que creía poder abastecer el de los dos.
Un crush no correspondido lo tiene cualquiera.
“Ejem, él era mayor, tenía novia y no sabía de tu existencia. Y estaba loco, ¿ya agregaste que estaba loco? Creo que es importante que...”
Cállate, voz interior. No es como si te hubiera escuchado en ese tiempo.
“Se te olvidó un detallito, eh”.
Oh, eso. Bueno. A los diecisiete estaba enamorada, sí, como cualquier niña, pero eso no era ni una pizca de lo más interesante sobre mí en esa época. Joder, que era una absoluta maravilla, sonreía tan brillante como el sol, ¿a quién demonios le importa por quién lloraba bajo la luna?
Estaba insoportablemente viva, ardientemente enérgica y sedienta por expresarme. Si bien en algún punto fui la chica callada al final de la clase, salí del instituto siendo presidenta del club de debate y ganadora de todos los torneos.
Ágil, perspicaz, habladora profesional. No recuerdo haber pasado un solo día con una frase triste saliendo de mi boca.
“Yo sí lo recuerdo”.
Pasaba mis días entre ver películas, fangirlear sobre actores, leer y convencerme a mí misma de que es divertido estar sola. No era malo para mí. No estaba triste por mí, de hecho, estaba bastante contenta con quien era.
Tengo el pensamiento de que uno es uno mismo no «debido a» las cosas malas que le ocurrieron, sino «pese a» ellas. No soy más fuerte por mis batallas, sino que soy fuerte pese a ellas. Sigo viva.
Ese es un privilegio que no todo el mundo puede presumir.
Estaba sola el primer día de la universidad. Odiaba que nos obligaran a asistir antes de la fecha a clases para que nos "familiarizáramos". No quería conocer los pasillos, ya tendría tiempo para ello. Quería saber de mi carrera.
Parada allí con un vestido a motas, el cabello recogido y mis medias rojas me preguntaba si debí haberme quedado en casa. Me escapé del resto del grupo para ir directo a la biblioteca.
No necesité un tour para llegar, es el edificio más grande de Amoris.
Puedes pasar horas allí perdida entre los estantes de libros, es una jungla, es fácil pasar desapercibido en su laberinto de conocimiento y había al menos ochenta estudiantes dentro.
Poca probabilidad de que yo llamara la atención.
Trataba de alcanzar una copia de "El cuervo" de Edgar Allan Poe cuando me cayó en la cara, luego al piso, rompiéndose la tapa dura.
—Oh, no, ¿estás bien?
—Estoy... —Me toqué la cara—. Viva. —Sonreí, dándome vuelta para ver quién me habló.
—Le estaba hablando al libro —bromeó un chico de cabello negro, su sonrisa se borró cuando vio que le creí—. ¡No! No, era broma. Obvio te estaba preguntando a ti.
—Estoy bien. Gracias.
—El libro no puede decir lo mismo. —Frunció sus labios—. Es uno de mis favoritos.
—¿En serio? También es de mis favoritos, aunque todos me dicen que eso es algo pretensioso y deprimente.
—Bueno, ¿qué hay de malo con ser deprimente y pretencioso? —Sonrió—. Yo creo que eso te da carácter.
Eso me hizo reír tan alto que tuve que taparme la boca antes de que nos llamaran la atención.
—Escóndelo antes de que te hagan pagar por él, es una edición especial, vale una fortuna —aconsejó el chico.
—Tienes razón. —Lo puse de vuelta en el estante.
Observé a mi alrededor, su asiento vacío en la mesa de lectura. El libro en su espacio era "Metro 2034", había una lata de coca cola zero justo al lado y un separador de Harvel.
Él se fijó en que estaba curioseando sus cosas, regresó a la mesa para tomar su lata y bebió un sorbo mirándome fijo.
—¿Eres nueva?
—¿Tanto se nota?
—En realidad, esperaba que me digas: "No, llevo años aquí, déjame presentarte a mi cool grupo de amigos lectores de misterio"; porque yo sí soy nuevo. Este es mi primer día.
Me crucé de brazos y elevé una ceja, divertida.
—¿Entonces por qué no estás con el grupo de bienvenida en el tour , pequeño rebelde?
—Eh... Tengo una buena excusa.
—Adelante.
—Soy alérgico y el doctor me ha prohibido arriesgarme de más.
—Oh, ¿a qué eres alérgico? —pregunté preocupada, acortando la distancia entre nosotros.
—A las personas.
Elevé mi mano hacia su rostro, él fingió estornudar. Su estornudo fue tan convincente que me lo replanteé por un segundo.
—Nos van a regañar por estar riendo tanto aquí —advertí en un susurro.
—¿Quieres salir al jardín?
—No quiero interrumpir tu lectura.
—Iba a ir a comprar otra lata de todos modos, puedes acompañarme. —Recogió sus cosas en su totebag —. Tengo una fuerte adicción a esta bebida.
—He leído que la zero no es tan mala para tu salud.
—En realidad es porque es malo para mi economía, mi salud está bastante bien.
—No la he probado.
—Deberías. Aunque no, porque te atrapará en su hechizo también. Solo se la recomendaría a mi peor enemigo.
—Solo me has hecho desear comprarme una. Gracias. Acabas de arruinar mi vida.
Empecé a caminar hacia la salida, él me siguió a paso lento.
—Por favor, ni siquiera has dado un sorbo todavía.
—¿Te queda algo en la lata?
—Un par de gotas, tal vez.
Hice una seña para que me la entregara, se vio algo tímido e incómodo de primeras, pero cedió.
Tiene buen sabor.
Seguimos el sendero decorado por flores hacia la cantina, los parlantes reproducían "I think we are alone now" y él movía sus hombros ligeramente.
Es raro. Se ve que es raro, a simple vista.
Es como si una personalidad enérgica estuviera atrapada en el cuerpo de alguien que no quiere ser percibido.
Sus gafas caían con delicadeza sobre su nariz, tenía el cabello casi rapado y un suéter morado.
Compró dos refrescos, uno para mí también. Nos sentamos por un rato detrás de la cafetería, escondiéndonos de los profesores que acechaban a estudiantes de primer semestre.
—¿Quieres que te acompañe a algún sitio luego? —cuestionó—. Estoy escapando del grupo de iniciación e irán a la biblioteca en un rato según el itinerario.
—Voy a ir al centro de estudiantes, quiero inscribirme en un club.
—¿Un club?
—Es como unas clases de teatro, actuación. Las dará un amigo de mi familia y no quiero que esté en un salón sin tantos alumnos.
—Qué dulce de tu parte.
—Va, y también es que me gusta todo ese mundillo.
Él ladeó la cabeza, me observó como si acabara de decir un chiste de buen gusto.
—¿Me crees si te digo que a mí también o pensarás que solo soy un raro que te está siguiendo por todo el campus?
—Pruebas ahora o te patearé.
Divertido, sacó su teléfono del bolsillo y me mostró un vídeo corto de él recitando los diálogos de una película de drama. Se le daba bien, a mis ojos, aunque lo cortó antes de que pudiera llegar a la parte emocional de la escena.
—Te voy a ser sincera, te creía desde antes.
—O sea que me humillé por nada.
—En realidad, creo que tú cuelas como actor. —Fingí que mis manos eran una cámara—. Tienes el porte. A ver, quítate los lentes y vístete de negro. Me das un aire a...
—¿Un payaso?
—A Loki, el de Harvel, ¿lo conoces?
Él estalló en una carcajada, arrugó un poco su lata nueva entre sus manos.
—Estás alucinando o mintiendo para caerme bien.
—¡Te lo juro!
—Pfff.
—¡En serio! Tienes pinta de chico malo, eh, y no la estás aprovechando, ejem... ¿Tu nombre? Es extraño que pregunte recién, disculpa.
—Malek Cooper. Pero en realidad Malek no me gusta demasiado.
—Porque suena a nombre de villano —dije y él asintió—. Pero yo te gano, me llamo Soledad. —Chasqueé la lengua—. Soledad Clemencia. Sí, mis padres me odian. Larga historia.
—¿Te digo Sol entonces?
—¿Yo te digo Cooper?
—Nadie me ha dicho Cooper antes.
—¿Cuál es tu segundo nombre?
—Dylan.
—Sí... Mejor te digo Cooper.
Elevó su lata, yo la choqué como si fuera un brindis.
—Ahora que sé tu nombre completo, te inscribiré conmigo en el club de teatro.
—No, no, yo no tengo lo que se necesita para ser un actor.
—Yo creo que sí.
—No me conoces.
—No hace falta. Solo lo sé. —Me encogí de hombros—. ¿Qué puedo decir? Soy el hada de los buenos deseos. Si te llama la atención, deberías al menos intentarlo.
—A ver, en realidad sí lo he intentado. —Suspiró—. No suelo contarlo porque es patético, pero realmente me gustaría ser actor. —Rio—. Aunque ya es tarde, la mayoría de talentos son descubiertos temprano y yo ya tengo dieciocho.
—Patrañas. —Bebí un largo sorbo—. Cuéntame, ¿con intentado te refieres a castings ?
—Desde que tengo memoria soy fan del cine, sí, como el tipo de cinéfilos insoportables que uno normalmente odia. Me gusta leer y estudiar guiones. A los trece quizá empecé a participar de pequeñas obras en mi secundaria y a audicionar para papeles pequeños en shows locales.
—Es diferente ahora, los papeles para niños suelen ser reñidos. Tu piscina es más grande ahora.
—Sí, supongo. Pero no tengo mucho tiempo, debo estudiar, cuidar a mi madre y soportar al otro lado de la familia.
—¿Qué otra familia?
—Mi padre tuvo otro matrimonio, pero la realidad es que, ningún tipo de familiar ha sido de ayuda. Estamos solo nosotros dos.
—Lo siento.
—Meh, la vida es así. Es parte de crecer. Hablemos de otra cosa, ¿qué estábamos comentando?