Arte para no artesanos
© inepub.com
1. Audición
AUDICIÓN
Al que madruga, Dios lo jode primero.
SOL
El hombre que más he detestado en toda mi vida será mi compañero de trabajo.
Se me ha roto el vestido.
Y estoy perdida en el edificio.
El día no es el mejor, pero tampoco es el peor de mi vida. Una cosa buena que te da crecer, es que nunca vuelves a tener diecinueve. Eso es una bendición.
—Esto es mi culpa por no hacer caso a Dolores, debí comprarme un vestido nuevo, pero no... Yo tenía que usar mi favorito, joder, debería haber dejado de creer en supersticiones hace al menos siete años.
Pruebo soltarme el cabello, el vestido rosa de satén se ha roto en la espalda y, al ser diseñado para sostenerse con su propio ajuste de corsé, ahora siento que se me caerá en cualquier momento.
Traje mi abrigo conmigo, pero dentro de este edificio la calefacción a treinta grados no me deja pasar desapercibida con una bola de pelos sintéticos encima.
Gracias a Dios, el baño de mujeres del último piso está vacío. Intento atar la tela con mi liga de cabello, pero no alcanzo. Mi corazón late con rapidez, siento nervios, demasiados.
Ya firmé mi contrato. Me aceptaron como actriz protagónica, mi sueldo es bueno, mis exigencias fueron cumplidas y mi vida está, por primera vez, exactamente donde la quiero.
Sin embargo, incluso con mi maquillaje perfecto hecho por mi mejor amiga y mi estilismo acorde, solo veo un desastre cuando me miro al espejo.
Como toda mi vida, me gusta negarme la verdad. Sí, estoy nerviosa, tanto que voy a la terraza del edificio a tomar aire antes de la reunión. La vista está por completo gris tras la tormenta, el piso aún está mojado.
Estoy nerviosa porque sé que estará él . No lo veo desde hace años, antes de que me dijera que era una ridícula que no lograría nada si no cambiaba.
Lastimosamente, Malek ya no es solo un chico callado en el club de teatro. Ahora, es una estrella. Y yo estoy a minutos de estrellarme contra su cabeza dura, su mirada juzgante y recuerdos que no necesito revivir hoy.
—Pareciera que estás por tirarte. —dice una voz masculina.
No me había percatado de que un hombre abrigado hasta las narices, con gafas y cabello oscuro algo largo, está justo detrás de mí. Grito del susto.
—Lo estoy considerando, eh. —bromeo, intentando no sonar tan aterrada. Pero me arrepiento al instante, no debería hacer chistes sobre morir a extraños.
—No lo recomendaría, hoy hace un frío que te cagas y, ya sabes lo que dicen, al infierno solo se entra en verano.
Eso me hace reír porque no tiene ni un tipo de sentido. Giro un poco la cabeza para verlo por completo. Es alto, me hace no sentirme tan loca por tener el abrigo gigante, puesto que pareciera que él se está congelando. Se baja las gafas, sus ojos verdes se encuentran con los míos.
—¿Qué?
—Eso. Que el infierno no trabaja en invierno. Y bueno, supongo que tienes libre albedrío, puedes escoger el cielo, pero ¿te han dicho que en el cielo no hay vino, y cerveza, ni milanesas?
Me toma por sorpresa. Estallo en una carcajada y eso mueve mi vestido debajo del abrigo, cruzo mis brazos encima de mi pecho para sostenerlo. Una llovizna ligera empieza a caer.
Checo la hora en mi reloj inteligente. Faltan diez minutos para la reunión.
—Aprecio que esta sea tu forma de responder y no llamar a la policía porque una loca se metió a la terraza y tiene comportamientos alarmantes.
Él ladea la cabeza.
—Sé lo que es tener un mal día.
—No es solo un mal día, es que ya la felicidad me huye.
—Lo dudo.
—Creo que estoy muerta por dentro.
—¿Y? ¿Quién te ha dicho que los muertos no pueden divertirse?
—¿Como esqueletos o como zombis?
—Como fantasmas, he oído que arman unas fiestas en casas abandonadas que... Ponen los pelos de punta.
—Ese chiste ha sido malísimo.
—Dirías que el chiste te ha... ¿dejado muerta?
—Como ves, morí de la risa. —digo con una expresión seria.
—Pff, público difícil.
—En fin, ¿cómo sabes que tengo un mal día?
—Nadie que ande muy bien sale bajo la lluvia con dos grados a respirar.
—A ver, la verdad es que se me ha roto el vestido y necesito estar un par de horas bajo calefacción, así que intento enfriarme lo suficiente para usar esto. —Sacudo mi abrigo—. Aunque creo que así no funciona.
—Sospecho que no.
—Mejor cambiemos de tema, cuéntame, ¿tú tampoco estás teniendo un buen día? Porque ambos estamos parados aquí, al borde de la tormenta.
—Me has pillado. Bueno, digamos que me he arruinado mi propio día empezándolo con canciones de Adele.
—Joder —exclamo sorprendida—. ¿Estás atravesando un divorcio, quizá?
—Para nada. Pero ya sabes lo que dicen, no dejes que nadie arruine tu día, hazlo tú mismo.
—Tienes un sentido del humor...
—¿Lamentable?
—Peculiar. Gracioso, es gracioso si consideramos que yo empecé leyendo las cartas de mi... algo , de hace como cinco años.
El extraño se ríe, pero lo disimula tosiendo y yo río más alto al darme cuenta de que intenta ser educado conmigo.
—Oh, no, está bien —afirmo, dándole dos palmaditas en el hombro—. Lo leí con mi café.
—Disculpa si es imprudente preguntar esto, pero ¿por qué diablos te harías eso a ti misma?
—Es una larga historia.
Vuelvo a mirar el reloj. Faltan cinco minutos.
—Tengo tiempo en la tarde, si quieres podemos ir a por un café y me cuentas. —ofrece él.
—Créeme, no quieres intentar ligarme. Me he vuelto loca hace ya tiempo. Me contactaré con tu ex para validar tus referencias laborales.
—No tengo ex.
—Tranquilo, no hay nada que ocultar, con siete minutos me vale, eh. Que tampoco es maratón.
—Lo digo en serio, no tengo ex.
—Ah. —Se me borra la sonrisa—. Perdón, por la barba te veías más mayor, ejem...
—Soy mayor. No estás hablando con un adolescente, rubia. —Se aclara la garganta—. Además, ¿quién te dice que yo no estoy loco también y por eso es que no he tenido pareja?
—Sí, eso tiene sentido. —Suspiro—. Mas no todo está perdido, galán, ¿tu familia tiene dinero?
, ¿posees una casa con cine?, ¿un caballo?
Podría hacerte el favor. A cambio de una pequeña gran compensación monetaria, podrías tener una esposa que te amargue la existencia, queme tus huevos duros y te folle cada cuatro meses.
Esta vez es su turno de carcajearse tanto que empieza a toser y debe bajarse la bufanda. Su sonrisa es brillante.
—Maldita sea, qué buenas ofertas y yo perdiendo mi tiempo en apps de citas.
—¿Las usas?
—En realidad no.
—¿Sueles salir de noche?
—Soy más un hombre de casa.
—Eso suena a que te las llevas a tu departamento.
—¿Estás interesada?
Entorno los ojos.
—Mira, amigo. Si nunca has tenido una novia, no te recomiendo empezar conmigo, voy a dejarte una herida horrorosa y tal vez el hechizo de una bruja que garantice que ninguna otra mujer se te acerque.
—Suena a mi mujer ideal.
—No puedes saberlo, no has experimentado cuál sería.
—No hace falta, sé lo que quiero. Esa es la razón por la cual no me ha interesado nadie que no sea mi ideal, respondiéndote a lo anterior... mis abuelos tienen una estancia con caballos y yo tengo un departamento en la costa.
—Interesante negociación.
—Todo eso y un café con una galleta. Última oferta, tómalo o déjalo.
—Depende, ¿la galleta es de chocolate?
—Como Dios manda.
Estoy por estrecharle la mano para seguirle el rollo, pero la alarma en mi reloj indica que ya es momento de ir a la reunión. La sonrisa se me borra al recordar con quién me tendré que encontrar y simplemente empiezo a caminar hacia el ascensor.
—Tengo que irme, lo siento. —farfullo.
—Mierda, sabía que debí ofrecer dos galletas.
Entro al ascensor. Él me sigue y eso me molestaría de no ser porque me ha caído bien. Consiguió hacerme olvidar por un segundo que me siento tan pequeña en este inmenso lugar.
Su humor, su forma de decir cosas que no piensa y cómo va escalando. Me encanta. Y ni siquiera me detengo a pensar que no siento una complicidad remotamente similar desde que conocí a Terrence...
«Mierda, lo acabo de hacer».
—Estoy en un apuro, lo siento.
—Relájate, rubia, no me debes nada. Tendré que buscar novia en otra terraza.
—¿Novia? Pensé que íbamos a lo grande. Qué decepción, joder.
—Lo lamento, es que hoy no traje mi anillo para proponer matrimonio. Eso es solo martes y jueves. Aunque podríamos llegar a un acuerdo.
—Lo dudo. Pero si estás buscando a la primera persona que rompa tu corazón, llámame.
—¿Segura? Sospecho que no tengo.
—Con que tengas algo que te palpite y bombee sangre, me vale.
Lento, su boca se abre en una 'O' gigante. Me doy cuenta de lo mal que suena lo que acabo de decir y me pongo completamente roja.
—No soy así siempre; me teñí el pelo apenas ayer y creo que los químicos de la decoloración me dañaron la cabeza. —me excuso.
—¿No es natural? Pues te queda estupendo.
—Gracias, por cierto, no me has dicho tu nombre... —murmuro.
La puerta se abre de par en par, dando directamente a la sala de la reunión. Las paredes son de vidrio, la entrada está abierta y tanto el director como el resto del equipo ya están en la mesa. Trago grueso.
—Soledad, estábamos ansiosos por conocerte —dice una señora que sale a recibirme.
El extraño detrás de mí se tensa. Yo me pregunto por qué no ha cerrado ya el ascensor. De reojo, noto que se quita los abrigos de encima y pese al pelo largo y al increíble cambio físico, lo reconozco. Se me eriza la piel.
—Malek Cooper —responde—. Soy el actor protagonista y veo que tú eres... —Me escudriña—. El nuevo amor de mi vida, al parecer. Bienvenida al equipo, Soledad.
Todos los presentes en la sala se ríen por su carisma.
Menos yo.
Yo no porque reconozco el disgusto en su mirada. El sarcasmo sucio en su tono. Cierro los ojos por un instante.
Maldita. Sea.