Capítulo 25 Kai
Esta celda es el mejor lugar para mí. Que me dejen aquí pudriéndome el resto de mi vida.
Si Jamie se ha ido, no me queda nada, solo un nuevo montón de escombros.
Lo mejor que me ha pasado en la vida lo tenía justo delante.
Y lo destruí. Su sonrisa. El sabor de sus labios.
Ese espíritu ardiente que irradiaba desde dentro hacia fuera.
Su corazón puro. Todo lo que la hacía ser la mujer que amo, y lo tiré por la borda sin pensarlo.
Todo por el miedo cobarde a que la historia se repitiera.
Y en vez de enfrentarlo, usé ese miedo para alejarla. Ahora tengo que vivir con eso.
No dejo de preguntarme por qué no me contó lo que pasó en París.
Y la única respuesta que se me ocurre es que era demasiado jodidamente buena para este mundo.
Una lealtad mal entendida para proteger a Trent.
Aunque viviera un millón de años más y recorriera el mundo entero, no encontraría a nadie como ella.
Oigo el clic de una llave y el cerrojo al descorrerse. Una ráfaga de aire frío me golpea cuando la puerta de mi celda se abre con un chirrido. No me molesto en levantar la vista. Me da igual.
—Señor Reed. Es libre de irse. El señor Taylor lo espera para acompañarlo a casa. —La sombra del hosco guardia de antes se proyecta a mis pies, pero permanezco inmóvil. Puedo oler su fuerte olor corporal.
—Me quedo. No me voy. —Las palabras me salen ahogadas, incapaz siquiera de levantar la cabeza.
—Bueno, por desgracia para usted, señor, esto no es un hotel, y hay otras personas que lo merecen más. —Normalmente, su comentario me habría arrancado una risa burlona. Ya no. No cuando estoy muerto por dentro.
—Nadie merece esta celda más que yo.
—Vaya, esto sí que es nuevo. No suelo tener que discutir con la gente para que se vaya. Permítame recordarle que esto no es una petición, es una orden. Tiene que irse. De lo contrario, no nos quedará más remedio que usar la fuerza.
Me arrastro hasta ponerme de pie y lo sigo. Actúo mecánicamente, un pie delante del otro. Se hace a un lado para dejarme pasar y abre la puerta de una sala de espera. Anuncia con brusquedad:
—Si puede esperar aquí, iré a buscar sus pertenencias y luego podremos tramitar su salida.
Mark está de cara a la ventana, de espaldas a mí. Se gira, y mi primer pensamiento es: ¿siempre ha parecido tan viejo? Tiene ojeras oscuras, las arrugas de la frente más marcadas.
—Kai —lo dice como si fuera una pregunta, como si ahora yo fuera un extraño para él.
—No voy a destrozar la habitación, si es eso lo que te preocupa.
—Todo está arreglado, Kai —continúa como si mi jodido mundo no se hubiera derrumbado.
—Todo —escupo con amargura—. ¿Puedes devolverle la vida a Jamie? ¿Puedes sacudir un fajo de billetes hacia el cielo para que la devuelvan? —Solo pronunciar su nombre me provoca una nueva oleada de bilis en la garganta.
Apoya las manos con fuerza sobre la mesa y deja caer la cabeza, derrotado.
—Es solo un rumor, Kai, alimentado por Twitter.
A los tabloides les importan un bledo los hechos.
Quieren la historia más jugosa, y ahora mismo es esa.
No conozco muy bien a Jamie, pero lo que sí sé es que esa chica tiene corazón de león.
En ese video no parecía alguien que quisiera morir.
Parecía desafiante, como si estuviera lista para levantarse y luchar.
Dentro de mi caparazón árido, diminutos brotes de esperanza germinan, y su cosquilleo se extiende desde las puntas de los dedos hasta los pies.
—Parece que todo el mundo ha visto ese video menos yo, que era a quien iba dirigido.
—Sí, bueno, no puedo negar que tiene talento.
—Lo dice como si fuera una revelación. Pero lo habría sabido si hubiera prestado atención un solo segundo.
Me irrita que todos hayamos sido tan ciegos.
Deberíamos haber visto lo que Trent tramaba.
Pero era más fácil fingir que no pasaba nada para poder seguir con la gira, daba igual a quién nos lleváramos por delante.
—¿Cómo nos las arreglamos para salir de este último desastre? —pregunto sin rodeos. Me da igual, pero no hay nada más que decir.
—Le pagué al hotel una suma generosa por los daños —vacila, cauteloso, antes de añadir—: Trent no quiere presentar cargos. —Se nota que anda con pies de plomo, asustado de que pueda explotar, observándome como un padre ansioso cuyo hijo está al borde del colapso.
Solo oír su nombre hace que todos mis músculos se contraigan con furia. —Sigue vivo. Lástima que no lo rematé de una vez antes de que lo hagan las drogas. —Ya no me queda nada que sentir por Trent. El chico con el que crecí ya no existe.
—Está destrozado, Kai. En cuanto llegue a Estados Unidos, ingresará en rehabilitación. Dice que va a arreglar esto. —Se retuerce las manos. Su tono es suplicante. Al oír las mismas excusas de siempre, exploto:
—Si a Jamie le ha pasado algo, jamás podrá arreglar esto. Dedicaré el resto de mi vida a destruirlo. Nada de lo que haga cambiará nada. Qué bien por él, tiene la oportunidad de ir a rehabilitación y arreglar su vida de mierda.
Mark me agarra del brazo en un gesto conciliador.
—Lo entiendo, Kai. Cálmate, por favor.
Con el corazón latiéndome de forma errática, me presiono las palmas contra los ojos, deseando que mi respiración se calme. La ira sigue igual de intensa, a fuego lento bajo la superficie, lista para desbordarse en cualquier momento.
Me alegra la distracción cuando la puerta se abre de golpe.
El oficial entra a grandes zancadas, me mete el móvil en la mano y saca los papeles para tramitar mi salida.
Dejo que Mark los lea en mi nombre antes de firmar.
Mark ha planeado mi huida con su meticulosidad habitual y ha organizado que salgamos por la puerta trasera.
Los paparazzi ya abarrotan la entrada. Me da igual.
Si quieren su libra de carne, que se la queden.
Es lo que merezco. Me siento en un silencio sombrío, ignorando la cháchara de Mark.
Cuando el coche se detiene, agarro la manilla de la puerta, desesperado por refugiarme en la soledad de mi casa. Pero antes de que pueda salir, Mark habla con ese tono vacilante que usa ahora conmigo:
—La gira queda suspendida mientras Trent vuelve a Estados Unidos e ingresa en rehabilitación. Emitiré un comunicado de prensa.
—Sí, bueno, no estoy seguro de que vaya a volver.
—Se le demuda el rostro, y me produce un placer enfermizo verlo sufrir.
Intenta convencerme de que todo irá de maravilla, pero lo corto en seco y le cierro la puerta del coche en las narices.
No quiero que nadie intente hacerme sentir mejor ni que ponga excusas patéticas para aliviar la carga.
La horda habitual de buitres me espera apostada con sus flashes en la puerta de mi casa. Me abro paso a empujones, espantándolos como a alimañas. Ignoro las preguntas incesantes sobre la posibilidad de que Jamie esté muerta, como si esto fuera una puta telenovela y no la vida de una persona.
Cierro de un portazo, echo el cerrojo y recorro la casa corriendo todas las cortinas.
Me sirvo un whisky hasta el borde, me tumbo en la cama y me lo bebo de un trago como si fuera zumo.
Entonces hago lo que llevo deseando todo el día.
Cojo el móvil, abro Instagram, busco la página de Jamie y le doy al vídeo.
El corazón me da un vuelco cuando veo que tiene la guitarra que le regalé, y me aferro a ese detalle como a la última tabla de un naufragio.
Me quedo hipnotizado mientras toca los primeros compases.
Siento cada nota. Cada suave vibración. Se me eriza la piel y me dejo llevar por el ritmo de la música.
Aunque en el fondo está diciendo que está mejor sin mí, me da igual.
Podría estar cantando una nana y aun así me dejaría sin aliento, porque es un ángel.
Es tan hermosa que duele físicamente. Cada gramo de su dolor es ahora mi cruz. Le doy a repetir al menos cien veces, y solo paro cuando pierdo el conocimiento.
Sumido en una nube tóxica de whisky y marihuana, abro los ojos con dificultad, sin saber cuánto tiempo llevo fuera de combate. Busco el teléfono a tientas, miro la hora y me doy cuenta de que he dormido el resto del día y también la noche.
Si no salgo de casa hoy, me temo que voy a perder la cabeza. Decido ir a ver a mi padre al gimnasio de boxeo, con la esperanza de desahogarme a puñetazos. Estoy a punto de meterme en la ducha cuando el teléfono empieza a sonar sin parar. Resoplo con irritación y acepto la llamada.
—Más te vale que merezca la pena, Mark.
Se hace un silencio en el que solo oigo su respiración agitada. Se le quiebra la voz cuando dice:
—Está viva, Kai. Joder, está viva.
Se me doblan las rodillas cuando por fin suelto el miedo que me atenazaba.
Incapaz de mantenerme en pie, me desplomo en el borde de la cama, abrumado, el pecho agitándose en jadeos de alivio.
Estoy demasiado emocionado para hablar; no tengo palabras para describir la euforia.
Me siento como un condenado a muerte al que le conceden el indulto en el último momento.
Solo tengo un pensamiento: necesito verla, joder.
—¿Cómo? —Es lo único que consigo decir.
—Su hermana ha contactado con la prensa. Ha hablado con ella. Está bien.
—¿Dónde está? —Las palabras me salen entre dientes, como un poseso, dispuesto a ir a buscarla y asegurarme de que no vuelva a separarse de mí.
—La hermana no ha dado esa información. Mira, Kai, creo que es mejor que te mantengas alejado un tiempo, al menos hasta que se calmen las aguas. —En un instante ha vuelto a su tono profesional de siempre.
—Mark, como me digas una vez más que me mantenga alejado, voy a perder la puta cabeza —traga saliva ruidosamente y redoblo la amenaza—. Y si descubro que sabes dónde está, te mato otra vez.
—No lo sé. Es la verdad —dice con sinceridad. Recupera el aliento y añade—: Te garantizo que los medios están en ello. La encontrarán antes que el FBI y la CIA juntos.