Arruinada Capítulo 23 Kai
83%

Capítulo 23 Kai

Como siempre, ha desaparecido. Llevo una eternidad vagando por los oscuros pasillos de esta mansión, abriendo puertas sin fin.

Las náuseas me revuelven las tripas, el miedo me atenaza.

¿Será hoy el día en que la pierda? Como en el Infierno de Dante, detrás de cada puerta que abro se despliegan placeres hedonistas.

Esta noche me largo. Dejo todo esto atrás para siempre.

Tengo un pie fuera cuando sus brazos tiran de mí hacia atrás.

—¿Te vas sin mí, Kai? —sus ojos reflejan inquietud, su voz suena necesitada.

—No puedo seguir con esto, Jada. Si continúas así, ya sabes cómo acabará.

—¿Es porque ya no me amas? —me agarra del brazo y la aparto. Es como si me hubieran cortado la lengua; no me salen las palabras. No encuentro la manera de decirle que la amo.

Una lágrima le resbala en silencio por la mejilla.

—Ahora la amas a ella. Pero es igual que yo, Kai. Es peor. Porque ella no te ama como yo.

Me despierto sobresaltado, con la piel cubierta de un sudor frío. Es la primera pesadilla que tengo con Jada en mucho tiempo. Solo que esta vez es diferente. Esta vez Jamie se ha colado en mi pesadilla.

Me doy la vuelta y me tapo la cabeza con la almohada mientras vuelve a golpearme la certeza de que Jamie se ha ido.

Y lo peor es que se ha ido por mi culpa.

Me duele todo el cuerpo al incorporarme y contemplar la escena que tengo delante.

Hay cuerpos semidesnudos esparcidos por todo mi dormitorio.

Botellas vacías de tequila y whisky por el suelo.

Ceniceros rebosantes. Billetes enrollados en cada superficie plana, prueba de la cantidad de cocaína esnifada.

El concierto de anoche pasó como un borrón.

En cuanto Jamie salió por esa puerta, me propuse colocarme todo lo posible.

Ahogar el dolor. Joder, en cuanto vi la heroína, la odié con todas mis fuerzas.

No puedo volver a pasar por eso. Pero quizás, solo quizás, si se aleja de esta vida, estará bien. Vivirá la puta vida que se merece.

Después del concierto, tengo un vago recuerdo de haber invitado a todo bicho viviente a mi casa, lo que acabó siendo la fiesta más grande que ha visto esta calle desde que me mudé.

Al levantarme, hago una mueca por el dolor sordo que me martillea el cráneo, como si el cerebro se me hubiera hinchado al doble de su tamaño.

Las rendijas de luz que se cuelan bajo las persianas me perforan los ojos como láseres.

Me los protejo con la mano, localizo unas gafas de sol y siento un pequeño alivio al ponérmelas.

Salgo de mi dormitorio y el resto de la casa presenta una escena similar.

Parece el escenario de una masacre; casi tropiezo con más cuerpos inconscientes.

Al oír ruidos en uno de los dormitorios de invitados, abro la puerta de golpe y me arrepiento al instante: Trent está recibiendo una mamada de dos tías que se turnan con entusiasmo para tragársela entera, como si fueran medallistas olímpicas en el arte de chuparla.

No me molesto en abrir más puertas; de todas se filtran gruñidos y gemidos idénticos.

Llego tambaleándome a la sala de estar. Mi hermano pequeño está tirado en el sofá, con al menos cinco tías dormidas encima de él. Me da pavor pensar en qué estado estará para su partido de fútbol esta tarde, y no digamos lo que hará su sufrido entrenador si se entera: lo colgará por los huevos.

Voy directo a la cafetera y me alivia ver que al menos aquí no hay nadie.

Mientras se prepara el café, me bebo un vaso grande de agua de un tirón; con las prisas, algo se me derrama por la comisura de la boca hasta el cuello.

Me tomo un expreso doble para rematar y por fin me siento vivo.

Me lío un porro y lo fumo con los ojos cerrados, intentando acallar el ruido que me atormenta la mente.

Sintiéndome algo más humano, subo a ducharme.

Harto de los invitados no deseados en mi dormitorio, los echo a todos y los mando a cualquier otra habitación menos esta.

Por fin solo, suspiro aliviado mientras el agua tibia me calma los músculos doloridos y la espuma jabonosa me lava las manchas de anoche.

Mientras me aclaro el champú del pelo, me tenso al notar unos dedos delicados en la cintura.

Abro los ojos alarmado y me encuentro con una rubia completamente desnuda, con unas tetas de silicona enormes, infladas como globos a punto de reventar.

Se arrodilla y me agarra la polla. Casi la dejo.

Pero parece que Jamie se ha llevado también mis huevos, y no encuentro fuerzas para seguir adelante.

—Sal de mi puta ducha antes de que te eche —gruño, y ella se escabulle a toda prisa.

Hay mucha otra gente que quiere que le chupen la polla, así que no me siento tan mal.

Cierro la ducha cabreado porque Jamie sigue jodiéndome la cabeza, y oigo el timbre incesante de mi móvil.

Suena, para, y vuelve a sonar de inmediato.

Un mal presentimiento se apodera de mí mientras agarro una toalla y contesto.

—Más te vale que sea jodidamente importante, Mark, o juro que esta vez sí que acabo contigo, pero antes te torturo lentamente.

—Es jodidamente importante. Coge a Trent y venid al hotel ahora. Tenemos que reunirnos —el tono de su voz me asusta; una oleada de adrenalina me hace aferrar el teléfono con todas mis fuerzas mientras la aprensión me pone los nervios de punta.

—¿Qué pasa, Mark? Dímelo.

—Ven aquí ya —cuelga de golpe y trago la bilis que me sube por la garganta.

Me pongo lo primero que pillo y voy al dormitorio de invitados a buscar a Trent.

Decir que no le hace gracia que lo interrumpan es quedarse corto: una tía le está cabalgando la polla mientras la otra le tiene la cara enterrada entre las piernas.

—Vale, señoritas, se acabó la fiesta. Trent, nos vamos. Mark quiere vernos. Dice que es urgente. No pinta bien. Tienes cinco putos minutos antes de que te saque a rastras de aquí. Te espero en el coche.

Salgo por la entrada principal y me sorprende ver un pequeño grupo de paparazzi merodeando fuera. Me subo la capucha, me pongo las gafas de sol y mantengo la cabeza gacha mientras entro en el coche, ignorando todas las preguntas que me lanzan.

—Kai, ¿algún comentario sobre la actuación de Jamie? —no tengo ni puta idea de qué hablan, pero eso no alivia el nudo de pavor que me atenaza las tripas. Por suerte, Trent sale bastante rápido, y arranco derrapando antes de que apenas haya cerrado la puerta.

—Más vale que merezca la pena —se queja Trent.

—Hay coño de sobra, solo quítate de encima esta reunión y en nada estarás enterrado hasta el fondo. —Le dedico una sonrisa lasciva para apaciguarlo, lo que parece mejorar su humor.

—Por cierto, ¿qué te pasa, Kai? ¿Por qué no estás disfrutando de los frutos de nuestro trabajo? No hace tanto te tiraste a tantas tías en una noche que casi se te cae la polla.

—Sí, no exageres. —Al ver que el semáforo pasa de verde a ámbar, acelero como un piloto de rally en la salida y Trent sale disparado hacia delante en su asiento.

—Bueno, ahora puedes pasar página con lo de Jamie. O sea, no querrás volver a pasar por esa mierda. —Sorbe por la nariz como quien se ha metido demasiada coca y baja la ventanilla para echar el humo de marihuana.

—Tampoco es que tú seas un modelo de virtud, Trent.

—Le dedico una sonrisa burlona y añado—: Para serte sincero, no me lo habría creído si no hubiera sido por la noche en París.

Es un poco raro que desapareciera durante un día.

Exactamente el tipo de cosa que habría hecho Jada.

—La cara de Trent se vuelve verdosa, y supongo que la juerga de anoche le está pasando factura, así que pasamos el resto del trayecto en silencio.

De nuevo, cuando llegamos al hotel, hay una multitud aún mayor de paparazzi.

—Entra tú, Trent. Voy a esperar al aparcacoches. —Entra corriendo y aparta a los fotógrafos a codazos. No tarda en aparecer el aparcacoches, que se disculpa por su ausencia.

Me abro paso entre la multitud e ignoro todos los comentarios sobre Jamie.

Cada vez me cuesta más ignorar que algo ha debido de pasar con ella.

Si algo sé de Jamie después de la firma de libros, es que no se irá sin hacer ruido, y no puedo evitar la sonrisa irónica que se me dibuja en los labios.

En cuanto pongo un pie en el hotel, oigo gritos.

Las recepcionistas estiran el cuello alarmadas, intentando averiguar a qué viene el alboroto.

Más adelante veo a Jason, con una rabia incandescente que emana de él como vapor.

Acelero el paso cuando empuja a Trent con la mano.

Es desconcertante que Trent no haga nada por defenderse; simplemente se encoge, dócil y débil.

Casi corriendo hacia la sala de reuniones, el pulso empieza a latirme ferozmente con un pesado presentimiento.

Cuando me acerco, Jason deja de gritar un segundo y su mirada se posa en mí con el mismo asco que ha dirigido a Trent.

Los empujo a los dos dentro de la sala de reuniones y cierro de un portazo.

—¿Queréis que todo el hotel se entere de nuestros putos asuntos? Además, hay paparazzi hasta en la sopa. —Horrorizado, miro alrededor: todos parecen enfermos. Shauna incluso parece haber estado llorando.

—Que alguien me diga ahora mismo qué coño está pasando. ¿Mark? —Es como si el mundo se hubiera detenido mientras espero a que hable.

—Es Jamie. Cantó una canción en Instagram Live dedicada a ti. Como era de esperar, se volvió viral. Más viral que nunca. —Mi corazón vuelve a latir con cautela; esto puedo manejarlo. Pero eso no explica por qué todos se comportan como si el Armagedón estuviera a la vuelta de la esquina.

—Vale, eso no es bueno, pero seguro que se pasa. —Miro a Mark porque él siempre sabe qué hacer. Pero lo único que veo ahora es pánico. Jason se desploma en una silla con la cabeza entre las manos, y estoy a punto de retorcerle el cuello a Mark para que hable.

—Tituló su publicación: «Adiós, me voy para siempre». Y esta mañana su teléfono ha aparecido en la orilla del Támesis. Los medios se han hecho con la historia en tiempo récord y... —hace una pausa y toma aire bruscamente.

—Sigue hablando, Mark, o voy a perder la puta cabeza —digo apretando los dientes.

—El rumor es que le ha pasado algo, o que se ha hecho daño, porque nadie la ha visto. Ha desaparecido de la faz de la tierra.

Incapaz de procesar la magnitud de sus palabras, tartamudeo:

—¿Con hacerse daño te refieres a... quitarse la vida?

Shauna rompe a llorar y mi mente se congela de horror, incapaz de procesar lo que está pasando.

Entonces, como un tsunami surgido de las entrañas del infierno, toda la ansiedad que he sentido desde que nací hasta este momento me atraviesa de golpe, me agarra el cuello con puño de acero y me asfixia.

Me tambaleo hacia un lado mientras un dolor que nunca había sentido me aplasta el pecho. Como un poseso, Jason salta de su asiento y se planta delante de Trent.

—¿Por qué no le cuentas a todos, Trent, lo que pasó en París? Por qué Jamie acabó golpeada y magullada en el hospital. —Trent se limita a mirar al suelo con gesto sombrío, incapaz de mirar a Jason a los ojos.

—Ya que eres un cobarde de mierda y no vas a hablar, se lo cuento yo.

Le ordenó que le comprara drogas sola. En un país en el que no había estado en su vida.

Esta es la clase de escoria que tienes en tu banda.

Y ojalá hubiera estado en la reunión de seguridad de ayer, porque os habría dicho que esa heroína no era de Jamie ni de coña.

Se marea con una sola calada de un porro.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que esto es justo lo que haría Trent: esconder su alijo en la bolsa de otra persona para escurrir el bulto.

Estoy jodidamente atónito. Sabía que Trent estaba perdido, pero esto me deja sin palabras.

Y lo que es peor: eché a Jamie de esa habitación como si fuera basura.

Todas las emociones negativas que llevo dentro me empujan a enfrentarme a Trent.

Estoy tan ciego de furia que no puedo ver ni oír nada; lo único que siento es la rabia líquida que me bombea furiosa por las venas.

—¿Pusiste esas drogas en la bolsa de Jamie, Trent?

—Mi voz es más fría que el Ártico mientras espero su confirmación.

Cuando me ofrece un sí en voz baja, estalla la guerra.

Le llueven puñetazos, uno tras otro, hasta que lo único que veo es su sangre.

Pero no es suficiente. Se desliza al suelo y me lanzo encima de él, golpeándolo hasta dejarlo inconsciente.

Hacen falta Mark, Mickey y Jason para apartarme.

He perdido todo control. Quiero destruirlo todo; no quiero vivir en un mundo en el que Jamie no exista.

La fuerza de mi ira es tan intensa que me zafo de ellos sin esfuerzo.

Ya no soy humano, solo una bestia cegada por la rabia.

Me dedico a destrozar cada mueble de la habitación.

Cuando no queda nada que destruir, destrozado yo también, me acurruco en una esquina, con las rodillas pegadas al pecho, mientras gruesas y feas lágrimas de remordimiento me escuecen en las mejillas.

Joder, la amo, y la destruí. No soy mejor que todos los demás cabrones que la decepcionaron.

Apenas soy consciente de que los de seguridad nos rodean como un sarpullido molesto. No siento ningún remordimiento cuando los paramédicos se llevan a Trent. Si tuviera energía para levantarme, lo mataría ahora mismo. Al final, llega la policía a por mí. Me ponen las esposas y me sacan de allí.

Jason me observa marchar, con el rostro desfigurado por el odio puro. Lo único que me llevo son sus palabras, que resuenan en mis oídos:

—Nunca le diste una oportunidad. No merecías ni un segundo de su tiempo.

Nunca se ha dicho nada más cierto.