Capítulo 13 Jamie #2
—Más o menos. ¿Te suena de algo? —Me dedica una sonrisa astuta, ignorando mi comentario.
Diez minutos después de empezar el episodio, se levanta a coger un porro del cajón de la mesita y lo enciende.
—Vale, si vamos a ver el resto del episodio, voy a necesitar refuerzos —inhala profundamente, retiene el humo en el pecho y exhala una nube enorme.
—Bien, creo que ahora puedo aguantarlo —dice con la voz ronca por el humo.
Se me escapa una sonrisa de oreja a oreja, por fin relajada en su compañía. Me tumbo boca abajo a los pies de la cama, con la barbilla apoyada en las palmas, y mastico la pizza encantada.
Es tan diferente del tipo distante y frío que creía que era. Tiene un lado divertido y entretenido que poca gente ve. Lo he visto así con el resto de la banda, pero nunca conmigo. Me río cuando me pregunta por enésima vez qué está pasando.
—Si dejaras de hablar y lo vieras, no tendrías que seguir preguntándome —le tomo el pelo, aunque, siendo sincera, preferiría escucharlo a él.
No estoy concentrada en la tele. Es imposible teniéndolo sentado a mi lado.
Cuando aparecen los créditos, miro el reloj y pienso que tenemos que ponernos en marcha para el concierto de esta noche.
—Bueno, supongo que debería irme. Mark me necesitará pronto y tú tienes la prueba de sonido.
—Sí, supongo que sí —parece un poco decepcionado de que me vaya, y el corazón se me hincha de alegría.
—Siento lo de mi estúpida pelea con mi madre ayer; espero no haberte arruinado la fiesta —me ha estado dando vueltas desde anoche, así que prefiero ser clara.
—Sí, bueno, yo también lo siento por ti. Por tener una madre así —la suavidad de sus palabras y la compasión que brilla como un zafiro en el azul de sus ojos me descolocan. Maldigo para mis adentros cuando unas lágrimas inesperadas me anegan los ojos. Se incorpora de inmediato, frunciendo el ceño.
—Maldita sea, no quería hacerte llorar —avergonzada, me limpio las lágrimas con rabia antes de que caigan más.
Esta vez, cuando alarga el pulgar para secarme las lágrimas, no me resisto. Dejo que me lo pase por la mejilla, recogiendo mis lágrimas. Limpia una gota posada en el borde de mi labio superior y desliza el pulgar suavemente por toda mi boca, haciéndome jadear cuando lo introduce dentro.
Esto se ha convertido rápidamente en algo mucho más que una simple caricia de consuelo.
Me sostiene la barbilla con la otra mano mientras mi lengua le acaricia el pulgar.
A medida que sus labios se acercan a los míos, la oscuridad de sus ojos engulle el azul.
Retira el pulgar, esparce la humedad por mi mejilla, me acerca el rostro y me muerde el labio inferior contra el suyo.
Se me escapa un gemido mientras una necesidad ardiente estalla en mi interior como dinamita.
Como si respondiera a mis plegarias silenciosas, hunde la lengua en mi boca y me devora con sus labios. Siento el metal del piercing que lleva en la lengua acariciarme y rozarme los labios. Es tan jodidamente excitante que podría correrme solo con el beso.
Arrastra la lengua por mi cuello con tortuosa lentitud, chupa y me marca salvajemente con su sello.
Me quita el sujetador con manos expertas y traza círculos con los pulgares sobre mis pezones dolorosamente hinchados.
Baja la cabeza y me muerde suavemente un pezón entre los dientes, lame y provoca mientras arqueo la espalda hacia él, suplicándole más.
Casi grito cuando la explosión de sensaciones detona como fuegos artificiales en mi vientre.
Se mete el pezón en la boca, desliza la lengua sobre los picos duros, y el metal frío del piercing me vuelve delirante.
Mientras continúa su bendito asalto sobre mis pechos, gruñe:
—¿Te excitó verme antes?
Joder. Sí me vio. El recuerdo hace que un calor abrasador de excitación me recorra el cuerpo.
—La próxima vez, quiero verte jugar con ese dulce coño tuyo.
Estrello mis labios contra los suyos con avidez, desesperada por volver a saborearlo. Me tiene tan excitada que estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por él.
Hasta que la realidad llama a la puerta. El teléfono suena: la llamada de atención que necesito.
El sonido estridente me devuelve algo de sentido común.
Me quedo paralizada. Es como si hubiera perdido la cabeza por un momento. Y ahora solo oigo la advertencia de Jason. La ristra de chicas obsesionadas con Kai. El rastro de corazones rotos que deja a su paso. La imagen abrumadora de Natalia en el suelo, llorando, destrozada.
Me retuerzo para apartarme de él e intento ponerme la camiseta con una expresión de horror y disgusto en el rostro. Como era de esperar, parece totalmente desconcertado mientras tropiezo con mis propios pies al recoger mis pocas pertenencias.
—Oye, ¿todo bien, nena?
—Tengo que irme. Esto ha sido una idea estúpida. Lo siento. No sé en qué estaba pensando. Este trabajo es importante para mí. Ahora mismo es todo lo que tengo.
La dura verdad es que no voy a tirar otra oportunidad por la borda por culpa de un tío que se cansará de mí.
Su postura se vuelve fría, la luz de sus ojos se apaga como si alguien hubiera tirado del interruptor.
—Vale, no te rayes. Solo es un poco de diversión, nada más. Su tono es despectivo, y me recuerda oportunamente que no soy nada para él, solo un poco de diversión.
Con una mano en el pomo de la puerta, me despido. Quiero asegurarme de que las cosas no se vuelvan incómodas.
Antes de girarme para irme, se digna a murmurar un rápido adiós y levanta la vista un instante. Quizás sean imaginaciones mías, pero por un segundo parece… herido. Es fugaz —solo un destello—, pero está ahí.
Hasta que la dureza regresa, y me quedo con el recordatorio de que Kai no siente dolor. Él solo lo causa.
La que sale herida soy yo.
Pues esta vez no. Nunca más.