Arruinada Capítulo 13 Jamie
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Capítulo 13 Jamie

Algo no cuadra nada más abrir los ojos. La resaca era de esperar, bebí suficiente vodka como para mantener a flote la economía rusa, pero no tengo ni idea de dónde estoy.

Sabes que ha sido una noche dura cuando no recuerdas cómo llegaste a casa.

De hecho, lo último que recuerdo es salir del club con Jason y acabar en una fiesta en un almacén, donde repartían MDMA como si no hubiera un mañana.

Todavía llevo la ropa de anoche, aunque la falda se me ha subido hasta la cintura.

Cojo la botella de agua de la mesita de noche y me la bebo de un trago.

La vista se me aclara y miro alrededor de la habitación alarmada, cayendo por fin en la cuenta de que esta no es mi habitación.

La única explicación que se me ocurre es que es la habitación de Jason.

Incorporo el cuerpo destrozado hasta quedar sentada y dejo caer las piernas cansadas por el borde de la cama para dirigirme hacia el sonido del agua en el baño.

Camino de puntillas, con una mueca de dolor a cada paso que me martillea la cabeza.

Me asomo por el borde de la puerta del baño y me sobresalto al distinguir la silueta de un chico en la ducha, con las nubes de vapor que le impiden verme.

Empujo la puerta un poco más y consigo ver mucho mejor, ya que uno de los lados del cristal es transparente.

Contengo la respiración al contemplar su cuerpo.

Debo de estar soñando todavía. Seguramente es la única explicación para el Adonis que mi imaginación ha conjurado.

Este tío está increíblemente bueno. Cada centímetro de su cuerpo de tonalidad dorada es una obra de arte.

Los músculos firmes se le flexionan y ondulan mientras se enjabona la melena oscura.

Los tatuajes de tinta negra que recorren cada contorno, abultándose como un escudo de armas, solo le añaden atractivo.

Parpadeo varias veces, tratando de disipar el espejismo que tengo delante.

Se me pone la piel de gallina por todas partes cuando gira ligeramente y me ofrece una vista frontal completa. Joder, joder y más joder, menudo paquete. El tío es una bestia. Se aclara el jabón del pelo y le veo el perfil con claridad.

Me tapo la boca con la mano para ahogar el grito que casi se me escapa.

El hombre al que he estado mirando embobada como una mirona es el maldito Kai.

Si pensaba que estaba bueno vestido, no tiene ni punto de comparación con él desnudo.

Necesito que alguien me arranque esta imagen de los ojos.

Ningún hombre, ni ahora ni en el futuro, podría competir con lo que acabo de presenciar.

Estoy tan cachonda ahora mismo que me dan ganas de irrumpir ahí y lamerle cada gota de agua del cuerpo.

Avergonzada por estar mirando tan descaradamente, estoy a punto de escabullirme.

Me convenzo de que es lo mejor, pero me quedo congelada en el sitio, con los ojos a punto de salírseme de las órbitas cuando lo veo empalmarse del todo.

Apoya la cabeza contra la pared de azulejos y se la agarra, recorriéndola con largas caricias.

Joder, no debería estar viendo esto, pero no puedo apartar los ojos.

Es lo más caliente que he presenciado en mi vida, y un calor implacable se me acumula entre los muslos.

Ahora jadea con fuerza, con la respiración entrecortada, y sus caricias se vuelven más urgentes.

Los rasgos se le contraen en una agonía dichosa.

El pulso del cuello le palpita mientras echa la cabeza hacia atrás y gruñe a punto de correrse.

De repente, tengo un momento de lucidez.

¿Qué demonios estoy haciendo, espiándolo así?

No debería estar viendo este momento tan íntimo.

Muerta de vergüenza, me escabullo de vuelta al dormitorio, corro hacia la puerta y la abro con mucho cuidado, nerviosa ante cada crujido y roce.

No puedo enfrentarme a Kai. No creo que pueda volver a mirarlo a los ojos.

No sin correr el riesgo de arrancarle la ropa.

Casi tengo los dos pies fuera cuando me llama.

—Jamie, ¿escabulléndote sin despedirte?

Me giro con una sonrisa forzada y casi me tambaleo al verlo apoyado en el marco de la puerta del baño, con solo una toalla blanca alrededor de la cintura y el pelo todavía mojado de la ducha.

—Eh, no quería molestarte sabiendo que estás ocupado.

Tartamudeo, y un rubor nervioso me sube a las mejillas.

—Así que estas son las gracias que me das por subir tu culo borracho hasta aquí anoche.

Sonríe con suficiencia y camina hacia mí. Retrocedo y me apoyo contra la puerta, necesito agarrarme a algo.

—¿Por qué tan nerviosa, Jamie? No muerdo.

Entrechoca los dientes, disfrutando al verme retorcerme, casi como si conociera mi pequeño y sucio secreto. Luego pasa junto a mí, va hacia la cafetera y la enciende.

—Quédate a tomar un café conmigo. Será agradable ponernos al día.

Sigo pegada a la puerta, con la respiración entrecortada mientras la resaca me cae encima como una nube oscura. Los ojos parecen tener voluntad propia y se me van a la ajustada toalla blanca. Una imagen vívida de lo que hay debajo ocupa el primer plano de mi mente.

La cafetera burbujea y echa vapor de fondo mientras intento recomponerme.

—¿Cómo lo tomas?

—pregunta.

—¿Eh, qué?

Balbuceo nerviosa, con la mente sucia malinterpretando su pregunta.

—Tu café.

Me sonríe con inocencia, pero el brillo diabólico en sus ojos dice otra cosa.

—Ah, sí, claro, solo con dos de azúcar.

Me brotan gotitas de sudor en la frente; el alcohol intenta salir de mi cuerpo a base de sudor.

—¿Por qué no te sientas? No pareces muy cómoda ahí colgada de la puerta.

Camina hacia la zona del sofá y deja el café en la mesa de al lado. Desaparece en el baño y reaparece con solo unos pantalones de chándal grises. No es ninguna mejora respecto a la toalla blanca. La tableta de chocolate de sus abdominales sigue provocándome, retándome a acercarme más.

Me siento en el borde del sofá como si tuviera un palo metido por el culo, e intento sorber el café hirviendo lo más rápido posible para poder largarme de aquí.

Se sienta lo bastante cerca como para que pueda olerle el aroma a recién duchado, a pino y menta fresca.

No tiene ningún derecho a oler tan bien.

Me deslizo un poco hacia un lado para mantener la distancia entre nosotros.

—No follamos anoche, por si eso es lo que te pone nerviosa.

Le brillan los ojos divertidos cuando casi me atraganto con el café.

Como una idiota, me río histéricamente, como si fuera lo más gracioso que me han dicho en la vida. No puedo quitarme de encima la sensación de que sabe perfectamente que lo estaba espiando. Logro recuperar la compostura y añado:

—No creo que anoche estuviera en condiciones de hacer nada, así que no me sorprende.

—No parezcas tan decepcionada —sonríe burlón, y mis mejillas se encienden aún más.

—Bájate de la nube. No estoy ni remotamente decepcionada —insisto con vehemencia.

—Tranquila, solo te estoy tomando el pelo —me deslumbra con una de sus sonrisas letales, y se me derrite todo por dentro.

Hay unos segundos incómodos en los que mantenemos la mirada.

Sé que debería apartar los ojos, pero soy incapaz.

Irritada conmigo misma por mirarlo embobada como si me hubieran hecho una lobotomía, me levanto de golpe y me tiro de la minifalda, de pronto consciente de lo corta que es.

Me pilla desprevenida, me agarra la mano y tira de mí de vuelta al sofá.

—Pidamos algo de comer. Debes de tener hambre —dice con firmeza, como si diera una orden. No entiendo por qué está tan empeñado en pasar tiempo conmigo. Normalmente, es como si verme le provocara migraña.

Me pasa el menú y el estómago me ruge solo de pensar en comida. No recuerdo cuándo fue la última vez que comí, así que acepto.

—¿Quieres que compartamos una pizza? —pregunto esperanzada. Asiente y coge el teléfono para hacer el pedido.

—Oye, ya que te ha poseído el espíritu de Jimi Hendrix, quería pedirte un favor —sonríe y continúa—: Estoy trabajando en una canción nueva y quiero oír cómo suena en directo.

¿Puedes tocarla para mí? —Coge su guitarra y arquea las cejas oscuras en gesto interrogante.

La acepto encantada, aliviada de no tener que quedarme aquí sentada sin saber qué hacer.

Saca el móvil y me pone la versión instrumental de una canción.

Es una balada lenta, hermosa y melancólica.

Incluso sin letra, me conmueve. Es dolorosa y triste, pero también esperanzadora.

Me mira hechizado mientras toco. La energía chispeante entre nosotros es visceral.

Le devuelvo la guitarra. Es mucho mejor que la barata con la que solía tocar yo.

Cuando la coge, su mano roza la mía como una descarga eléctrica. Me mira pensativo antes de añadir:

—¿Sabes qué, Jamie? Tienes un talento increíble. No lo olvides nunca, ¿eh? —Me regodeo en su halago, incapaz de articular palabra.

Me alivia que el servicio de habitaciones interrumpa el momento con unos golpes fuertes en la puerta.

Mientras le da propina al botones, cojo el mando y hago zapping, buscando una excusa para evitar el contacto visual.

Mi estómago no aguanta tanto aleteo. No hay gran cosa, pero al final me decido por «The Bachelor».

Es un episodio antiguo, pero cualquier cosa es mejor que el sonido de mi corazón desbocado.

Echo un vistazo a Kai, despatarrado en el suelo, devorando su pizza.

Frunce el ceño mirando la tele, con cara de no entender nada:

—¿Qué demonios es esto?

—«The Bachelor». El tío tiene que salir con un montón de mujeres y al final elige a una. ¿Cómo es posible que no hayas oído hablar de él?

—Quizá porque tengo vida.

—Ah, perdona, se me olvidó por un segundo que eres un rockero buenorro —digo con retintín, dedicándole una sonrisa sarcástica mientras él mira la tele fascinado.

—¿O sea que este tío tiene a todas esas mujeres compitiendo por su atención?