Arruinada Capítulo 3 Jamie
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Capítulo 3 Jamie

Subo en silencio en el ascensor con el gerente del hotel hasta mi suite. Estoy agotada y lo único que quiero es meterme en la cama. Me lleva a mi habitación y, como una pueblerina, me quedo boquiabierta ante la suite, que parece más un apartamento que una habitación de hotel.

Por fin consigo librarme del gerente del hotel, que ha estado merodeando nervioso en la puerta. ¿Qué se piensa que voy a hacer, tirar un televisor por la ventana al más puro estilo rockero? Lo único que he tirado en mi vida es una página de un libro, no voy a pasar a los electrodomésticos.

—El Sr. Taylor fue muy claro: no debe abandonar la suite esta noche. Vendrá a recogerla por la mañana.

—Que yo sepa, vivimos en un país libre, pero no tiene de qué preocuparse, no tengo intención de ir a ninguna parte. —Me callo el deprimente hecho de que no tengo adónde ir; a él le importa un bledo.

—Le deseo buenas noches entonces. —Cierra la puerta en silencio y me tumbo en la cama, mirando al techo, intentando entender la locura de las últimas veinticuatro horas.

Una pesadilla kafkiana de proporciones épicas.

Sin embargo, basta echar un vistazo a mi alrededor para ver que mi suerte ha cambiado.

Un sudor frío y persistente me empapa la nuca a medida que el efecto de la droga empieza a desaparecer.

La sensación de soledad se multiplica por diez cuando empiezo a aterrizar de nuevo en la realidad.

Una ansiedad paralizante destruye los últimos restos de mi confianza mientras la paranoia empieza a devorar mi bienestar.

Voy hacia el minibar con las piernas temblorosas, necesito algo que me calme la mente agotada.

Me siento en el suelo con el minibar como único compañero y arraso rápidamente con la colección de botellitas de whisky y vodka.

Respiro aliviada cuando mi mente por fin se queda en silencio, y un entumecimiento placentero me arrulla hasta sumirme en una falsa calma.

No tardo mucho en perder la batalla contra el cansancio.

Cierro los ojos y apoyo la cabeza en la alfombra.

La cama superdeluxe está a solo un par de metros, pero no encuentro fuerzas para moverme y pierdo el conocimiento enseguida.

En mi estado actual, la lujosa moqueta es muy superior al sofá de mi hermana.

Unos golpes impacientes en la puerta es lo primero que me despierta de mi sueño, que de pacífico no tiene nada.

Antes de que me dé tiempo a despertarme del todo, oigo el pitido de la tarjeta en la puerta y el clic al abrirse.

Quienquiera que sea, va directo a las cortinas y las abre de par en par.

Tardo unos segundos en recordar dónde estoy, hasta que la tragedia de anoche se reproduce en mi frágil mente.

—Madre mía, chiquilla, pagamos por una de las mejores habitaciones y ni siquiera pudiste llegar a la cama.

Me incorporo despacio y las botellitas de cristal vacías resbalan y caen de encima de mí.

—Vale, tranquilo, ¿a qué viene despertarme a estas horas intempestivas?

—Es mediodía, y yo ya he ido a una entrevista de televisión con la banda mientras tú te dedicabas a vaciar el minibar.

—Oh, Dios. La banda. La reunión.

—Exacto, y tenemos una hora antes de que tengan que estar en el estudio de grabación, así que date una ducha y prepárate ya.

—Ah, sí, sobre eso, he cambiado de opinión. Creo que me voy a casa. —Hecha polvo como estoy, no tengo claro si no habré saltado de Guatemala a Guatepeor. Ya he tenido suficiente fama viral para toda la vida, y quiero dejarlo ahora antes de que se me acaben los quince minutos de gloria.

Ante la perspectiva de que alguien no haga exactamente lo que él dice, la personalidad de Mark se transforma de inmediato: pasa de ser un tío alegre e inofensivo a ser capaz de congelar el infierno con una sola mirada gélida.

—Muy bien, si pagas la factura de la suite de esta noche, el coste del minibar y el viaje en limusina hasta aquí, hemos terminado. —Mierda, quienquiera que fuera el genio que dijo que nadie da duros a cuatro pesetas tuvo que habérselas visto con este tipo más de una vez.

—Eh, ¿y cuánto es eso exactamente?

—Bueno, cinco mil dólares solo por la suite, el minibar unos cien dólares, y la limusina es una ganga a cincuenta. —Me sonríe con la suficiencia de quien sabe que me tiene completamente acorralada. Me levanto con cuidado, lo que me provoca un mareo y una oleada de náuseas que me sube a la garganta.

—Bueno, pues me ducho y bajo enseguida a reunirme con la banda.

—Sabía que no me fallarías, Jamie.

—¿Adónde tengo que ir?

—Cuando estés lista, la recepcionista te llevará a la sala de reuniones.

Me escabullo al baño con el rabo entre las piernas. La mayoría de la gente mataría por tener un encuentro cara a cara con Razor Shade, entonces ¿por qué siento que estoy a punto de que me arrojen a un tanque de pirañas, como un simple aperitivo antes del plato principal?

Gimo al ver mi reflejo mortalmente pálido en los espejos de suelo a techo.

Tengo unas ojeras enormes que enmarcan mis ojos hinchados y sin vida.

Por suerte, alguien ha dejado artículos de aseo, maquillaje y ropa en el baño, así que al menos puedo intentar disimular la multitud de imperfecciones de mi cara llena de manchas.

Algo más fresca después de la ducha, me embutí en la ropa que me dejaron: unos pantalones de cuero y una camiseta minúscula que luce orgullosa el logo de la banda.

Si el look buscado era el de groupie quemada, lo clavo.

Lo remato con un pintalabios rojo brillante y empiezo a parecerme de nuevo a un ser humano funcional.

Bajo a recepción frotándome las manos sudorosas contra los pantalones de cuero, nerviosa.

Baste decir que sudar y pantalones de cuero no son buena combinación.

Al salir del ascensor, no puedo evitar fijarme en el enjambre de paparazzi que merodea fuera de las puertas principales. Seguro que ha corrido la voz de que Razor Shade está por aquí. Antes de que me dé tiempo a decir nada, la recepcionista se levanta y me saluda como si fuera una VIP.

—Señorita Lux, buenos días. Espero que haya descansado bien en nuestra suite. El Sr. Taylor me pidió que la acompañara a la sala de reuniones, si es tan amable de seguirme.

Asiento con torpeza, intentando contener un síndrome del impostor galopante que me brota por todo el cuerpo en pequeñas gotas de sudor.

La sigo, sintiéndome como si me llevaran al despacho del director para decidir mi castigo.

Tras guiarme por un laberinto de pasillos, se detiene frente a unas enormes puertas dobles y llama tímidamente.

Las tripas se me revuelven con los restos del whisky y el vodka de anoche; el estómago me ruge en protesta por no haber llegado a tiempo al desayuno. La voz autoritaria de Mark nos invita a pasar. Tomo una enorme bocanada de aire, agarro el pomo, empujo la puerta y doy un enorme salto de fe.

Por supuesto, él es lo primero que veo.

Kai Reed, el señor oscuro en persona, apostado en su trono de espinas.

¿Cómo puede provocar a la vez ganas de salir corriendo y de fundirte con él?

Luce el mismo ceño fruncido y desinteresado de antes, los ojos azules oscuros como el centro del océano más turbio, con un peligro inexplorado al acecho en sus profundidades.

—Vaya, vaya, vaya, si no es la G.I. Jamie.

La voz de Kai me saca del hechizo que su mera presencia parece haber lanzado sobre mí.

—¿Eh?

El comentario de G.I. Jamie me deja desconcertada un segundo, hasta que recuerdo la sudadera del US Army Corps de mi hermana y me encojo al acordarme de su disgusto.

—Bueno, la cosa es que en realidad no estoy en el ejército. Es la sudadera de mi hermana…

Noto que estoy a punto de irme por las ramas, así que me siento algo aliviada cuando me interrumpe con impaciencia.

—Sí, creo que es bastante obvio que no estás en el ejército.

Me erizo ante lo que percibo como un desaire y replico:

—No hay ninguna razón por la que no pudiera estarlo. Cumplo todos los requisitos físicos y mentales para alistarme, y además sé manejar un arma con soltura. Es solo que…

—Jamie, aunque sería fascinante escuchar todas las razones por las que deberías unirte al ejército, y créeme, ahora mismo estoy tentado de alistarte yo mismo, resulta que tenemos cosas que hacer, así que ¿podemos ir al grano?

Me descarta con una última mueca desdeñosa y mira a Mark, que observa nuestro tira y afloja con diversión.

Es irritante lo que me cuesta apartar la mirada del rostro perfecto de Kai. Me obligo a centrarme en Mark y a mantener la boca cerrada antes de que me salga otra sarta de tonterías.

—Siéntate, Jamie. No hace falta que estés de pie todo el rato.

Me siento pequeña mientras me arrastro hasta la silla vacía y me siento, algo que estos malditos pantalones de cuero convierten en toda una hazaña.

—Vale, primero déjame presentarte a todos. Ya conoces a Kai, nuestro vocalista.

Le echo otra mirada furtiva y él me dedica su mejor sonrisa falsa, de esas que pones cuando alguien suelta el peor chiste del mundo.

—Este es Mickey, nuestro baterista, y Shauna, la teclista.

—Hola, Jamie.

Hablan al unísono, y no es difícil darse cuenta de que son pareja por cómo se miran, como si adoraran el suelo que pisa el otro. De momento son mi tabla de salvación: ambos me dedican una sonrisa amable.

—Y por último, este es Trent, nuestro bajista.

—Qué pasa, nena.

Sonríe con lascivia mientras me repasa las tetas sin ningún disimulo. Aunque tengo que admitir que hoy lucen espectaculares con este intento de camiseta.

Este tipo apesta a serpiente por los cuatro costados.

Algo no cuadra. Aparte de que parece puesto hasta las cejas, tiene una energía oscura.

El aura de alguien a quien demasiada fama ha podrido por dentro.

Sus ojos me recorren de arriba abajo y me hacen sentir sucia y barata.

No es una sensación agradable, y me propongo mantenerme lo más lejos posible de él.