Arrogante: El libro de mentalidad de Isra Bravo 4. Los tres tipos de dudas más frecuentes al empezar y por qué las cabezas desproporcionadas pueden arruinar la vida de un hombre decente
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4. Los tres tipos de dudas más frecuentes al empezar y por qué las cabezas desproporcionadas pueden arruinar la vida de un hombre decente

Los tres tipos de dudas más frecuentes alempezar y por qué las cabezas desproporcionadas pueden arruinar lavidade un hombre decente

Mi amigo conducía. Yo iba detrás. En una Vespino.

Nos saltamos un semáforo y un coche nos arrolló.

Salimos varios metros disparados. No te diré que vi pasar mi vida en un segundo ni nada de eso, simplemente, me levanté después del golpe como si no hubiese pasado nada.

Fue extraño, parecía poseído por unos superpoderes o algo así.

Rompí la luna con la cabeza, me tuvieron que dar varios puntos detrás de una oreja y escayolarme la pierna izquierda.

Pero no notaba ningún dolor, estaba de pie, entero y a salvo.

Lo de mi amigo parecía peor, estaba tirado en el asfalto, como un perro, con la cara ensangrentada.

Lo vi respirar mientras se empezaba a arremolinar gente a nuestro alrededor.

El tipo que nos atropelló salió pálido de su coche y balbuceaba: «Se lo han saltado, se lo han saltado».

Me llevaron en volandas a una clínica que estaba cerca. Ahí me cosieron detrás de una de mis orejas, la que te decía antes. Preguntaba por mi amigo: «Está bien, está bien, tranquilo». Poco después vino una ambulancia y nos trasladó a un hospital, a los dos, a mi amigo y a mí.

Aél le cosieron allí, en frío, ya habían pasado unas cuantas horas y gritaba mucho.

No sé si es que era algo flojo o si dolía de verdad, pero gritaba mucho, tenía la piel del lado izquierdo de la cara totalmente levantada.

No era una cicatriz con la que poder presumir ante las chicas, era como si le hubiesen pasado la cara por una parrilla, un lado de la cara parecía normal y el otro parecía un filete.

Dicen que la mayoría de nosotros tenemos un lado bueno y un lado malo, pero que está sólo en nuestra cabeza, que los demás nos ven igual por los dos.

No sé qué hay de cierto en una cosa u otra, pero en el caso de mi amigo, nadie podría negarlo, tendría un lado bueno y uno malo.

No había duda. Entonces me imaginé a Julio Iglesias con la cara como mi amigo.

Siempre que pienso en el lado bueno y el lado malo, me imagino a Julio Iglesias, quizá sólo fueran imaginaciones mías, pero me había parecido leer que Julio Iglesias estaba obsesionado con su lado bueno y su lado malo.

Mi amigo seguía gritando. Los hospitales son sitios extraños.

Puedes estar ahí sentado, viendo gritar a un amigo con media cara quemada por haber sido arrastrado por el asfalto mientras piensas en Julio Iglesias. Eso sólo puede pasar en un hospital.

Una voz de pito interrumpió mis pensamientos:

—Hay que hacerte unas pruebas para ver las posibles lesiones internas.

Me llevaron a una sala y me metieron en un tubo.

Me dijeron que cuando te das un golpe en la cabeza, los siguientes días pueden ser mortales; cuando crees que ya ha pasado todo, en realidad, puede que estés a punto de morir.

Eso me contó el «señor voz de pito» con su bata azul.

No me cabreé con él, yo sólo estaba ahí como espectador manso, observando como si no fuera conmigo, sólo lo pensé con cierta indiferencia.

¿Por qué me cuenta esto el «señor voz de pito»?

Acabo de ser atropellado por un coche, estoy en un hospital y antes de meterme en un tubo para ver si tengo la cabeza lesionada me dice que en los próximos días podría morirme.

No me lo dijo con esas palabras, pero me lo dijo.

Incluso me puso un par de ejemplos de gente que ya estaba en su casa, que ya estaba tranquila y, de repente, muerte.

Desplomados y muerte. Me explicó con detalle los días críticos posteriores.

Podrías salir del hospital pensando que te has librado y en realidad no te has librado de nada.

¿Por qué me cuenta esto el «señor voz de pito»?

Con esa voz horrible contándome esas cosas de las que creo que me he librado, pero que a lo mejor no me he librado.

Hablándome de lesiones internas que se manifiestan pasados los días.

Dejé de pensar en Julio Iglesias y empecé a pensar en la muerte.

Tenía quince años. La muerte me resultaba lejana, ni siquiera me parecía un rival digno para una pelea de barrio.

Era diminuta y yo un gigante. En mi familia, casi todos centenarios y ese señor con voz de pito y bata azul de mangas cortas hablándome de la muerte.

Que se joda la muerte. Eso no era para mí.

Pero estaba claro que «señor voz de pito» me odiaba, no le encontraba otra explicación.

No me estaba informando de nada, quería que pasara miedo (como las noticias), pero yo era lo suficientemente inconsciente como para no tener ningún miedo.

Sólo me quería largar de allí, que «voz de pito» acabara de confirmar que mi cabeza estaba bien o mal y me dejara irme de allí.

Al rato me sacó de la habitación. Mi cabeza parecía estar bien, pero una de mis piernas no.

Me tenían que llevar en silla de ruedas.

Me acercó a otra sala y «voz de pito» desapareció para siempre.

Esta vez era una enfermera. Resultó decepcionante.

Iba con su traje de enfermera, con su voz de enfermera, con sus piernas de enfermera, con sus tetas de enfermera y, sin embargo, no me hizo ninguna felación.

No me puso su culo en la cara. No hizo nada de eso.

Años viendo porno para que, a la hora de la verdad, sea todo mentira.

Eso me jodió más que las tonterías de «voz de pito» sobre mi cabeza y morirme unos días después.

Lo de la enfermera sí que fue un revés. ¿Cuándo se quitaría la ropa?

¿Cuándo me pasaría la mano por el paquete mientras me decía: «¿Necesitas que te cuide?

»? ¿Cuándo empezaría la música chunga de «estamos a punto de empezar a follar»?

No pasó nada de eso, la vida era una estafa.

Sólo me dijo: «Tienes el tobillo mal, hay que escayolar hasta la rodilla».

Pero nada de chupármela, nada de follar, nada de tríos con otra enfermera que pasaba por allí, nada de nada. Ni una insinuación.

Un rato después me sacó de aquella sala en silla de ruedas, pero esta vez con una de las piernas escayolada. Me aparcaron en una sala aún más grande, con una máquina de café y gente que parecía estar esperando algo. Me dejaron horas allí.

Aquello fue lo peor, pero no por esperar horas.

Fue porque había un cabezón en la sala. Los cabezones son la gente que más me aterra.

Hay gente que les tiene miedo a las serpientes o a las cucarachas, a mí me pasa con los cabezones.

No me puedo concentrar si tengo un cabezón delante.

No puedo evitar pensar: «Puto cabezón, no puedo pensar en nada que no sea tu cabeza.

Tu cabeza es como un inhibidor de frecuencia cerebral.

Todo queda bloqueado por tu puta cabeza de cabezón».

Yda igual si me está contando algo interesante.

Si su cabeza es desproporcionada a su cuerpo, me hace sentir que nada merece la pena.

Que mi tiempo en el mundo ya pasó. Un cabezón puede amargarme el día o la vida.

Puedo estar en una terraza, frente al mar, viendo a mujeres en bikini, con la vida eterna por delante sin tener que hacer nada más que sentir el mar y mirar mujeres, que si se cruza un cabezón, todo se convierte en un infierno.

Yaquel día, en aquella sala, había un cabezón.

Un tipo con una cabeza tan grande que su frente podría tener una de esas frases de «anúnciese aquí».

Quizá eso era lo que le pasaba. Quizá iba por la calle y le detuvo la policía por cabezón y le llevó al hospital.

¿Qué diría el «señor voz de pito» si viera esa cabeza?

Esa cabeza estaba al borde de la muerte constante, y lo peor es que esa cabeza hacía que los demás nos quisiéramos morir.

¿Qué sentido tiene estar en un mundo de cabezones donde las enfermeras no te la chupan?

Aquella sala de espera fue peor que el atropello.

¿Yqué pensé?

Joder, éste no es el momento. No quiero estar aquí con este cabezón.

¿Qué sentido tiene? No es el momento para que te atropellen, para que casi te maten, para ir con escayola todo el verano.

No es el momento para que el «señor voz de pito» me diga que cuidado la próxima semana, que podría darme un derrame cerebral.

Tampoco es el momento para que las enfermeras no se comporten como verdaderas enfermeras y no te la chupen y, desde luego, no es el momento de pasar tiempo en una sala de espera con un cabezón.

Sencillamente, nunca es el momento para eso.

Otal vez sí, quizá siempre sea el momento.

1. Éste no es el momento

Ésta es la primera de esas tres dudas frecuentes que tienen muchas personas cuando se plantean empezar (o terminar) algo.

Hablemos del «éste no es el momento». ¿El momento para qué?

Para sacar un negocio, o un nuevo producto, o empezar a enviar un email diario, o para subir los precios.

..; para cambiar las cosas. Nos pasa si es para abrir un negocio o para mejorarlo o hacer un cambio de rumbo, pero también afecta en muchos otros aspectos de nuestra vida, como tener un hijo o divorciarnos o pedirle una cita a la chica de la tienda de fotocopias.

Esto lo he visto mucho y espero aportarte mi visión y mi experiencia sobre ello.

Cuando escucho «no es el momento», me resulta algo infantil, inocente, absurdo.