Rowan
Yo arreglo cosas.
En eso consiste todo. El hijo de alguien estrella un Bentley contra una fuente delante de una embajada extranjera, yo lo hago desaparecer.
La amante de un CEO amenaza con hablar, yo la hago reconsiderar.
Una junta quiere que un fundador problemático desaparezca antes del amanecer, y lo tengo firmando los papeles al alba con una sonrisa en el rostro y gratitud en la garganta.
No hago citas falsas.
Estoy frente a la ventana de mi oficina a medianoche, con su itinerario abierto en mi pantalla, e intento entender por qué dije que sí.
La mujer entró en mi oficina como un cordero que se adentra en un matadero, disculpándose con mis muebles. Divagó. Retorció esa bolsa de lona hasta casi romper la correa. Y entonces el veneno de su madre llegó por el teléfono, y lo silencié, y algo en mí se volvió muy silencioso y muy seguro.
He pasado quince años rodeado de monstruos. Conozco el sonido de un depredador acechando a una presa más débil. Simplemente nunca antes había querido interponer mi cuerpo entre los dos.
Su expediente es escueto. Berkely Shawnson, veintiocho años. Tiene un estudio de restauración de libros raros, pequeño, respetado, discretamente exitoso. Sin deudas. Sin escándalos. Sin enemigos, salvo los que le tocaron de nacimiento.
Busco a la familia. Ese expediente es más grueso.
La madre, Cordelia, se casó dos veces con hombres de mejor posición y se abrió camino a zarpazos hacia el dinero viejo a base de pura crueldad.
El padre, ausente, un hándicap de golf donde debería haber una personalidad.
Dos hermanos que heredaron los colmillos de la madre.
Y el exprometido, Preston Ashford, cuya familia administra un fideicomiso al que la madre de Berkely quiere echar mano.
Ahí está. La reunión es una fusión. Quieren vender a la chica a su ex para asegurar un linaje adinerado, y la chica va sola a meterse en una habitación llena de tiburones sin armadura.
Solo que ahora me tiene a mí.
Hago tres llamadas antes de la una de la madrugada.
Primero, cambio su billete de clase turista por un vuelo chárter privado. Vuela conmigo. No va a sentarse en un asiento estrecho con las rodillas pegadas a una bandeja mientras el estómago se le hace un nudo por una familia que no la merece.
Segundo, construyo la leyenda. He hecho trabajos encubiertos más profundos por apuestas menores.
Al amanecer soy Rowan Higginbotham, capitalista de riesgo, discreto y reservado, un hombre que compra empresas en dificultades y las desmantela pieza a pieza, el tipo de riqueza que pone nervioso al dinero viejo porque no puede rastrearse ni predecirse.
Cordelia Shawnson lo olerá en mí en cuanto entre, y no sabrá si temerme o cortejarme. Bien. La confusión es una correa.
Tercero, llamo a mi sastre. Si voy a estar junto a esa mujer durante siete días, pareceré algo digno de estar a su lado.
No duermo. Rara vez lo hago.
A las nueve le mando un mensaje.
Rowan: Te recojo a las once. Haz la maleta para días cálidos, noches frescas. Un vestido, como te indiqué.
Berkely: No tienes que recogerme, puedo quedar contigo en el aeropuerto, no quiero ser una molestia, mi apartamento queda algo apartado y hay obras y
Rowan: Berkely.
Berkely: ¿sí?
Rowan: Tú eres el trabajo. No hay molestia.
Los tres puntos aparecen y desaparecen cuatro veces. No envía nada. Me la imagino sentada en el borde de la cama, con el móvil entre las manos, sin saber qué hacer con una frase así.
Paro en un sitio a tres manzanas de su apartamento y compro un matcha latte, leche de avena, poco endulzante, porque en la página de reseñas de su estudio alguien menciona que se toma uno cada mañana, y otro comentario cuenta que una vez lloró cuando le prepararon mal el pedido en un día difícil.
Archivo eso. Lo archivo todo.
Su edificio es un bloque sin ascensor encima de una lavandería, y en el momento en que abre la puerta, replanteo todos mis planes.
Lleva un vestido de un amarillo suave y un cárdigan dos tallas más grande, el pelo recogido de cualquier manera y ya soltándose, y parece la primera mañana templada después de un largo invierno. Todo mi cuerpo reacciona, un motor primitivo que arranca, y lo bloqueo con fuerza.
Es la clienta. Es suave y preciosa y ya le han hecho bastante daño. Estoy aquí para ser un muro. Los muros no desean.
—Hola —dice, sin aliento—. Me entró el pánico e hice cuatro maletas, luego deshice tres, luego volví a hacer dos, así que ahora tengo tres maletas otra vez y lo siento mucho, sé que es demasiado.
Miro las tres maletas. Cojo las tres.
—Oh, no hace falta, puedo llevar la...
Le doy el latte.
Se queda en silencio. Baja la mirada hacia la taza, hacia el hilillo de vapor, y se le humedecen los ojos.
—Es matcha —dice en voz baja.
—Leche de avena. Poco endulzante.
Levanta la mirada hacia mí, y hay algo en ella que deshace una puntada de mi cuidadoso control. Asombro. Como si la amabilidad fuera un idioma extranjero que oye por primera vez.
—¿Cómo lo sabías?
—Te lo dije —me vuelvo hacia las escaleras, maletas en mano, para que no vea lo que pasa en mi cara—. Soy minucioso.
Me sigue escaleras abajo, dando sorbos, y la oigo hacer un ruidito de placer con el sabor, y tengo que agarrarme a la barandilla.
Siete días.
El coche nos lleva a la terminal privada. Ella mira el jet como si fuera a morderla.
—Esto es demasiado —susurra—. Rowan, esto es demasiado, reservé en turista, no puedo dejarte...
—No me estás dejando hacer nada —la guío escaleras arriba con una mano en la espalda—. Esto es un gasto de empresa. Siéntate. Abróchate. Te he traído una manta, a esta altura hace frío.
Se sienta. Se abrocha. Le pongo la manta sobre las piernas y me mira con esos ojos enormes y pregunta:
—¿Por qué eres tan amable conmigo?
Me agacho junto a su asiento para quedar a su nivel. De cerca huele a papel y vainilla, y a algo dulce debajo.
—Porque durante los próximos siete días —le digo—, nadie va a hacerte sentir menos. Ni tu madre. Ni tu ex. Ni tú misma. —Le acomodo la manta alrededor de la rodilla—. Ese es el acuerdo.
Traga saliva. —¿Y después de los siete días?
No tengo una respuesta profesional. Así que me levanto, me siento frente a ella y digo: —Bébete el matcha, Berkely.
Lo hace. En algún momento, mientras sobrevolamos la costa, se queda dormida, la mejilla contra la ventanilla, la mano aún floja alrededor de la taza vacía, y me quedo muy quieto para no despertarla, y comprendo con total claridad que estoy metido en un buen lío.