Aromas de tabaco y caos Capítulo 50 #2
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Capítulo 50 #2

—¡Que no te he contao ! No veas la que se montó el otro día en el taller de habanos.

¡Ah! Y verás cómo han pintao los baños. Y, ¿sabes?

, dicen que nos van a dar nuevas batas y que también nos van a quitar los delantales.

Ya podían quitarnos las cofias esas tan feas, hija.

Me aplastan el tupé todos los días, coño.

.. ¡Aaaahhh! Lo mejor de lo mejor, ha entrao un chavaluco, ¡con unos ojazos!

¡Unos labios carnosos divinos!... Un pelo moreno.

.. Así, rizaduco, ya sabes, como a mí me gusta.

Bueno, fíjate lo que te digo, mira cómo será, que hasta la Soledad, con esa cara de vinagre que tiene, le pone ojitos.

.. ¡ pa que veas! Le han puesto en el tres, no veas qué solicitao está el taller, hija.

.. En cuanto hay libre un hueco, por la falta de alguna, hay voluntarias a porrillo.

Pero, es que... ¡hay que ver cómo está el niñuco, guapina!

Ya verás. Ahora, también te digo que no sé ni cómo se llama, pero mira.

.. ¡tiene unos andares...! anda así, mira — y se puso a emular el caminar del joven mecánico.

Aurora miraba de reojo a su amiga y sonreía con la imitación.

Estaba contenta. Sabía que iba a ser capaz de salir adelante.

Estaba convencida de que el futuro le tenía reservado algo bueno.

“Todos los años no pueden ser igual de malos”, pensaba.

Pero, ¿y si no era así? Pues... peor para el año, porque ella iba a intentar ser feliz.

De momento, se encaminaba a su trabajo, a ese otro mundo suyo que tantas penas le había quitado y que tantos ratos buenos le había dado.

A ese edificio lleno de historias, de vida, de amores, desamores, pesares, penares, alegrías, risas, canciones y cientos y cientos de cosas y casos que hacían que su vida estuviera plena.

Ese lugar que la había visto crecer, donde había puesto los pies siendo una niña y donde, poco a poco, se había hecho mujer.

Esas horas, muchas al día, más a la semana, y cientos al mes, donde todo quedaba limitado a aquel espacio.

Ese, sin lugar a dudas, era su refugio, su medio de vida, su acompañante, su alegría y su pena.

Su fatiga. Era algo tan simple como su vida.

Eso, y aquella bahía que la acunaba a diario mientras dirigía sus pasos.

Se paró, miró otra vez el mar que llegaba casi hasta el borde del muelle y volvió a respirar el aire frío del Cantábrico.

Aspiró todo lo que pudo hasta que sus pulmones estuvieron colmados.

Su cuerpo se agitó al sentir un escalofrío que recorría todo su ser.

Cerró los ojos en busca de aromas, aquellos que llenaban su vida, y percibió, bien diferenciados, los aromas del tabaco y del mar.

Dos olores, inseparables para ella, que representaban todos y cada uno de los momentos de su vida.

—Aurora, ¿estás bien?

—Claro, Lola. Creo que jamás he estado mejor.