Aromas de tabaco y caos Capítulo 50
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Capítulo 50

Manuel, después de dar muchas vueltas, no había conseguido encontrar a Elías. Por lo tanto, decidió esperar en las inmediaciones del edificio.

—¡Tío, tío Elías! — Manuel salió a su encuentro en cuanto le reconoció al doblar la esquina de la Cuesta del Gas.

—¿Qué coño pasa? ¿A qué vienen esas voces? ¿Qué piensas, que estás en esa fábrica tuya o qué?

—Tío, Aurora está en su casa. No he podido evitarlo. Le ha contado todo a Margarita. No he podido evitarlo, ¡lo siento!

—¡Aparta, inútil! Te dije que te alejaras de ella. Te lo advertí. ¡Mira lo que has conseguido!

—No, espere, no suba, déjelas. Lo único que va a conseguir es escuchar los reproches de ambas. Total, qué le importa ya, deje que su hija sea feliz. Ahora que por fin la ha encontrado...

—¿Encontrado? ¿Qué ha encontrado? ¡Qué coño sabrás tú!

Elías apartó a su sobrino con un empujón que le hizo tambalearse. Pulsó insistentemente el botón de llamada del ascensor hasta que este acudió.

Al llegar frente a su puerta, comenzó a aporrearla, a la vez que tocaba incansable el timbre.

Las dos mujeres apenas tuvieron tiempo de reaccionar.

Elías apareció dando gritos en la estancia.

Estaba fuera de sí. Tenía los ojos enrojecidos y la cara totalmente amoratada.

No se fijó ni en su hija, dirigió sus pasos y sus palabras a Aurora, la cual se quedó totalmente paralizada.

—¡Fuera de aquí! ¡Vete con tus mentiras a la calle! ¡Lárgate, raquera! ¡No eres más que jarcia del muelle! ¡Oportunista, mentirosa!

Aurora reaccionó. Se levantó altanera y, antes de que Margarita pudiera decir palabra, se arrimó a él, lo agarró por la solapa del abrigo y dijo:

—¡Es usted el ser más despreciable que pisa la tierra!

No tenga miedo, no quiero nada de usted.

No merece que le llame padre. Esa es una palabra que no es digna de usted.

Intentó matarme. Hacerme desaparecer, ocultó su culpa y solo Dios sabe qué le hizo a la pobre mujer que me parió.

¡Es un cerdo sin escrúpulos! ¡Ojalá le parta un rayo!

Y... dé gracias de que yo no soy jarcia de esa que dice usted porque, de ser así, ya le había arrastrado por todo Castelar.

Manuel miraba asombrado a la chica, no entendía lo que esta decía. El timbre de la puerta volvió a sonar. Toñuca, asustada con lo que estaba sucediendo en la habitación, se asomó con temor para anunciar la visita.

—Y tú, ¿qué quieres ahora?

—Señor, la policía pregunta por usted.

—¿Por mí? Y, ¿qué coño quieren esos ahora?

Antes de que terminara la frase, los tres agentes ya estaban dentro del salón, dispuestos a cumplir con el trabajo que hasta allí los había llevado.

—Buenas tardes. El Señor Abascal del Río... supongo.

—Sí, yo soy, ¿qué pasa? ¿Quiénes creen que son para presentarse en mi casa así? Ahora mismo llamaré al Comisario. ¡No saben con quién están tratando!

—No se moleste. El señor comisario está al tanto de esta visita. Es más, él mismo nos ha entregado esta orden de registro y esta otra de detención.

Elías observó con suma atención los documentos que le mostraba el inspector.

—Pero... ¿Qué significa esto? ¿Qué tipo de broma es esta?

El inspector hizo un gesto con los hombros. Otro de los policías que lo acompañaban se situó por delante del primero y tomó la palabra:

—Elías Abascal del Río, queda usted detenido por el asesinato de Felipe Guzmán y por el de su hermana, Engracia Guzmán. Acompáñenos. ¡Guardia, espósele!

El hombre dirigió la mirada hacia su hija Margarita.

Esta no daba crédito a lo que estaba sucediendo.

No podía permitir que su padre se fuera sin hablar con él.

Había perdido la oportunidad de hacerlo con Felipe y no estaba dispuesta a que saliera de su casa sin saber lo que pensaba de él.

Necesitaba hablar a solas con su padre, aunque solo fura un instante.

Tenía que decirle lo que sentía y, por una vez, aunque fuera solo por una vez en su vida, expresar todo el odio que durante tantos años había crecido en su interior.

Sin pensar, se acercó a uno de los agentes y, en voz baja, le solicitó permiso para hablar con su padre:

—Agente, perdone, ¿le importaría dejarme hablar con él un instante? Si me hacen ese favor, es muy importante para mí. Les estaría muy agradecida. Después, pueden llevárselo.

Los agentes se miraron y, con un gesto, concedieron autorización para ello.

Padre e hija salieron del salón y se adentraron en el despacho de Elías. Mientras, uno de los policías se acercó a la mesita donde aún los dulces estaban posados y, pidiendo permiso a Aurora, tomó un pastel.

—¡Qué bien viven los ricachones!, ¿eh? Chicos, tomad uno, seguro que a la señorita no le importa ¿verdad, guapina?

—Por mí, como si se comen la bandeja entera...

Los tres agentes disfrutaban de los pasteles. Uno de ellos vigilaba desde la puerta que no saliera nadie de la estancia contigua.

Un estruendo hizo que todos se sobresaltaran. Los agentes, pistola en mano, se dirigieron al despacho de Elías, de allí provenía el sonido ensordecedor de un disparo.

Al abrir la puerta, la escena era dantesca. Elías yacía sentado en uno de los sillones del despacho. Margarita estaba tirada a sus pies.

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Apoyada en el Popular Victoria, con la mirada puesta en el bello paisaje que desde aquel lugar se veía, Aurora intentaba digerir todo lo que había sucedido.

Sacó de su bolsillo los guantes y, con cuidado, los colocó en sus manos.

Allí no daba el sol y hacía frío. Decidió tomar rumbo, ya que Lola no llegaba, y caminó unos metros buscando, al menos, la calidez del sol.

Todo lo que había pasado la tuvo durante días en cama, pero debía reponerse.

Por eso, aquella mañana en la que el sol, desde muy temprano, había llenado de luz su habitación, decidió que era el momento de poner fin a aquella historia.

Ya no servía de nada dar más vueltas a lo mismo, la vida continuaba.

De aquello había sacado muchas conclusiones; no todas buenas, pero tampoco malas.

Por desgracia, lo que más le había dolido de todo, había sido comprobar que la persona que amaba había sido cómplice, desde el primer día, de los devaneos e intrigas de Elías.

Pero, de aquello, se iba a reponer, estaba segura.

Manuel decidió alejarse de Santander. La relación con Aurora no tenía ningún futuro. Por una parte, eran familia, primos carnales, y, por otra, una vez destapado todo, y a pesar de los intentos por acercarse a la muchacha y pedir su perdón, ella no quería saber absolutamente nada de él.

Como siempre, Aurora tuvo el apoyo de su madre, Carmen, “La Manca”. La mujer que nunca le fallaba. No era su madre, cierto, pero para ella era la única y la mejor del mundo. Nunca le estaría lo suficientemente agradecida por lo que había hecho.

Margarita tardó en reponerse. Como consecuencia del shock que le había ocasionado presenciar el suicidio de su padre, sufrió un desvanecimiento que alteró su corazón y le hizo estar ingresada durante unos días en el hospital.

Cuando las dos mujeres hablaron, lo primero que le dijo a Aurora fue que quería ayudarla a encontrar a su madre, pero ella declinó tal ofrecimiento.

Había decidido no buscar jamás a su madre biológica.

Era consciente de que también su “hermana” sentía remordimientos por el daño que su padre le había ocasionado a aquella persona, pero no quería participar de ello.

Es más, le rogó que si, en algún momento, daba con su paradero no le diera razón de ella.

El sol cegaba sus ojos, comenzó a sentir calor.

Allí sentada, mirando al mar y observando la bahía, por primera vez en muchos días Aurora dibujó una sonrisa al escuchar como unos chiquillos que apenas tenían trece años, al pasar junto a ella, la piropeaban como si de hombres hechos y derechos se tratase.

Aquello le hizo ver que el mundo seguía su camino, que no había cambiado nada, que el sol lucía, que el mar conservaba su espléndido color azul, que las montañas que tenía delante seguían verdes y esplendorosas y que.

.. su amiga Lola, como siempre, no era capaz de llegar a la hora.

Respiró como le gustaba hacerlo, absorbiendo hasta la última gota de aire que sus pulmones admitían, y disfrutó con ello. Cerró los ojos y dejó que el nordeste revolviera su cabello, que recorriera su cuerpo, que le hiciera sentir que estaba viva; más viva que nunca.

—¡Qué!, ¿vamos? — la voz cantarina de Lola la hizo volver de nuevo a la realidad.

—¡Venga, vamos! ¿Qué hora es, nunca vas a bajar a tiempo, hijuca?

—¡Joder! Se me olvidó otra vez el reloj.

Yo creo que vamos bien. Ahora, al pasar por Correos, lo vemos.

Y, chica... no pretenderás que a estas alturas de la película cambie, ¿verdad?

Ya sabes, soy una mujer muy ocupada, requerida en tantos frentes que no doy abasto, hija.

No sé cómo lo hago, pero siempre, a última hora, alguna cosuca se me cruza y.

.. ¡no me queda más remedio que venir corriendo!

Entre carcajadas, Lola agarró el brazo de su amiga y, juntas, pusieron rumbo a la fábrica.

Como todos los días, desde hacía años, pasito a pasito, con el bocadillo envuelto en papel de periódico, las dos caminaban a paso ligero.

Esa era su rutina. Esa era, sin lugar a dudas, su vida.

La que les había tocado vivir, la que no querían cambiar por nada, la que iban a seguir teniendo y, por qué no, de la que iban a disfrutar siempre.