Aromas de tabaco y caos Capítulo 13
26%

Capítulo 13

Como todos los días, las dos muchachas caminaban ágilmente en dirección a la fábrica.

Aurora notó apagada a Lola. Tenía mala cara, algo que no debería de ser raro teniendo en cuenta la hora que era, pero el semblante de la chica, en esta ocasión, denotaba tristeza, malestar, algo extraño que a Aurora le llamó poderosamente la atención.

El sonido de una motocicleta que se acercaba por detrás rompió el silencio que acompañaba el marchar de las chicas.

La bocina de la misma comenzó a sonar repetidas veces y ambas, asustadas con la cacofonía, se volvieron a la vez.

Una preciosa Vespa reluciente, de color gris azulado, se paró junto a ellas.

—¡Buenos días, preciosidades!

—¿Manuel? — preguntó Aurora, sorprendida.

—¡Pues claro! ¿Quién voy a ser, mujer? — dijo el muchacho mientras se bajaba las gafas de motorista que cubrían casi toda su cara.

—¿Y, esto? ¿De dónde has sacado esto?

—¡ Cuidao ! Esto... como tú la llamas, es... una Vespa. Mira, lo pone aquí, Ves-pa. — le dijo con un tono irónico y alegre, mientras señala la parte superior derecha en donde se podía ver la marca del vehículo.

—Eres un loco, chico. Esto...esto tiene que costar... ¡una burrada! — Comentó Lola.

Manuel alzó los hombros y sonrió en clara señal de despreocupación. Aquello estaba allí y lo que costara no había sido ningún problema.

—Eso no importa. Y te diré más, seguramente sea el único que la tiene, no solo en Santander, qué de eso estoy seguro, sino también en España. Esta Ves-pa viene directa de Italia. Me la ha regalao mi tío. Pero venga, deja la cháchara y sube, te llevo — le dijo a Aurora.

Esta, perpleja, moviendo la cabeza hacia ambos lados, le contestó:

—¡Tira anda! Ya... otro rato me llevas, ¿eh? Otro ratuco .

Aurora, dentro de su estupefacción, no podía más que sentir satisfacción.

Intentaba disimular con Dolores la ilusión que había sentido al verle.

¡Y además motorizado! Ahora podrían recorrer lugares más lejanos, visitar pueblos cercanos, o acudir a las playas escondidas y poco concurridas de las afueras de la ciudad.

Al acercarse a la entrada, vieron como los compañeros se arremolinaban sobre Manuel, era toda una novedad.

Admiraban los detalles de la moto e indicaban las diferentes cualidades que esta tenía.

Unos y otros preguntaban sobre el precio de la misma, dónde la había comprado, cómo la había conseguido.

.. Preguntas, todas ellas, que también Aurora se hacía.

Tina, intrigada por lo que estaba pasando fuera, se acercó a los muchachos que continuaban interrogando al chico y elogiando las virtudes de la moto. Al comprobar cuál era el motivo de tal revuelo, disolvió el grupo con dos palmadas y voz de reclamo.

—Venga, todos pa dentro ¡Que ya es la hora, carajo! Luego tendréis tiempo de contemplar ese invento.

—Bueno Tina, cómo te pones. Dile al Manuel que te dé una vuelta y verás como el aire te lleva el carácter agrio que tienes — contestó Ricardo a la portera, quien, enojada con la respuesta, se dio la vuelta aceleradamente mientras miraba de reojo al muchacho y mascullaba alguna frase ininteligible.

Ricardo era uno de los chicos nuevos, había entrado hacía poco más de un mes.

Desde el primer día, dejó notar que él no estaba por causalidad en la fábrica.

Era recomendado del Ingeniero Jefe y aquello le daba alas para contestar como lo había hecho a Tina o a cualquier otro mando que a él se dirigiera.

Se rumoreaba por los talleres que era hijo de una sobrina muy querida del Ingeniero.

Tan querida, tan querida, que más que sobrina pudiera ser otro el parentesco que ambos tenían.

Cierto era que el desparpajo que aquel joven demostraba y la falta de educación hacia sus jefes inmediatos, denotaba la protección superior de la que disponía.

No obstante, Ricardo, no caía mal a sus compañeros.

Su trabajo como mecánico, sin ser brillante, lo cubría con su simpatía y su labia.

Tenía encandilada a media fábrica. Su cara alargada, sus ojos expresivos, su altura, su tez morena y su porte atlético, adornado todo ello con su soltura en el verbo, embobaban a las cigarreras, quienes suspiraban inconscientemente cuando él estaba cerca.

—Es como un galán de cine, el Clark Gable de la fábrica — se decían unas a otras entre risas y suspiros.

Manuel y Ricardo eran buenos amigos. Se conocían desde hacía años, ya que habían estudiado juntos en el Colegio La Salle.

Aurora lo sabía porque, en días pasados, cuando paseaban por los alrededores del centro escolar, Manuel se sorprendió del colegio que encontró y comenzó a contarle a la muchacha momentos allí vividos.

Las instalaciones que ahora ocupaban en la Quinta Hoppe, una finca situada en General Dávila, propiedad de un cónsul alemán, no tenían nada que ver con las que él había conocido en la calle Pedrueca.

Fue allí, precisamente, donde desde niño había compartido pupitre con Ricardo.

Los dos habían desarrollado su formación y habían sido educados bajo la atenta, estricta y dura mirada de los frailes, que a pesar de su empeño nunca consiguieron doblegar a los muchachos.

Desde la máquina, Aurora le hizo una seña a Lola. Esta dejó lo que estaba haciendo y salió detrás de su amiga, que se dirigía al servicio.

Después de un rato de conversación, Aurora seguía notando extraña a su compañera. Sin más preámbulos e interrumpiendo la oratoria de Lola, la muchacha le preguntó:

—¿Qué te pasa? Casi no me has hablado en todo el camino. ¿Otra vez el Paco, no?

—Sí, ya sabes. Ahora me dice que se va.

—¿Que se va? Y... ¿dónde va a ir ese pobre que más valga?

—A Alemania. Ya sabes que su primo Zacarías se marchó hace dos años. Pues, por lo visto, montó un bar allí que le va de maravilla y le ha dicho que por qué no va a trabajar con él.

—Ah, y dices... ¿que va a trabajar?

—¡Joder, Aurora! mira que eres, le tienes manía de siempre. ¡Pues yo le quiero! ¡Y no quiero que se vaya! Estoy pensando en irme con él.

—¿Qué? ¡Tú te has vuelto loca de remate! ¿Qué te falta a ti? ¿Qué se te ha perdido a ti en Alemania? ¡Tienes un trabajo fijo aquí, familia, amigos! ¡No! ¡No voy a dejar que te vayas! ¿Me oyes?

Con el acaloramiento de la pequeña disputa que las dos mujeres mantenían, no escucharon abrirse la puerta. Lola se quedó pegada y levantó las cejas indicando a Aurora que, tras ella, había alguien.

—¡Qué!, ¿No hay nada que hacer? No pensaréis que esto es un salón de té, ¿verdad? ¿A vosotras quién os ha dicho que aquí se viene a paliquear? Aquí no se tratan los asuntos personales. Y tú —dijo la mujer mirando a Dolores — si quieres irte a Alemania, ya sabes..., estás tardando.

Sin que las chicas se dieran cuenta, Ernesta, la maestra del taller, había entrado en el baño y, a juzgar por el comentario, llevaba un rato escuchando la conversación.

Las dos, con la cabeza baja y sin decir ni media palabra, salieron en dirección al taller.

Aquello podría ocasionarles algún que otro problema.

Habían demorado en exceso la pausa. Seguramente, Ernesta las había visto salir y había estado pendiente del tiempo que llevaban fuera de su puesto de trabajo.

Aurora se sentía mal por la falta cometida, nunca se sabía muy bien qué podía pasar. Si Ernesta daba parte, podrían tener algún castigo. Si, por el contrario, esta no decía nada, todo quedaría en una anécdota. Pero eso era algo que no sabrían hasta pasados unos días.

Otra jornada estaba a punto de terminar. Aurora estaba deseando salir. Por un lado debía seguir hablando con Lola sobre aquella locura que quería cometer y, por otro, le gustaría ir en la moto con Manuel. Al cual, por cierto, no había visto en toda la mañana.

Como siempre, Aurora iba retrasada en la salida. El recoger y rellenar su parte de trabajo diario le llevaba un rato. Esperaba encontrarse por los pasillos con Manuel, pero en esta ocasión no fue así.

Lo que sí que acertó a divisar frente a la puerta de entrada de fábrica fue la moto. Allí seguía, de lo que dedujo que Manuel aún no se había marchado.

Mientras se cambiaba, una compañera con la que apenas tenía relación se sentó junto a ella en la bancada de madera.

La conocía solo por referencia de otras cigarreras, era del otro turno y no había coincidido muchas veces con ella.

Tenía fama de chismosa y no caía demasiado bien.

Había ocasionado algún que otro percance en el taller, contando algo sobre algunas bateas que había escondido a otra compañera y que intentaba apuntarse como su labor.

—Oye, tú eres novia del ese... del Manuel, ¿no? — Le dijo “La Chinche”. Apodo que recibía por ser pequeña y regordeta, además de picajosa.

—Sí, ¿por?

—No, por ná . Es que el otro día, en la verbena de San Antonio, ya sabes, en el Río de la Pila... Es que yo vivo en la calle Arrabal y esa verbena es como si fuera de mi barrio. Pues me pareció verle bailar con una muchacha monísima. Altuca y delgada, muy guapina, vaya.

—¿Y...?

—No, nada mujer, yo te lo digo porque... estaban muy acaramelados. Fíjate que de no saber que eres tú su novia, hubiera pensado que ella lo era.

Tras las taquillas donde se cambiaba Aurora, Lola escuchaba toda la conversación. Terminó de vestirse rápidamente y se plantó delante de “La Chinche”.

—¡Guapa! ¿No tienes otro pito que tocar? ¡Pues aire! ¡Qué en esta fiesta la banda no toca pa ti! ¡Venga, hijuca, que corra el aire!

“La Chinche” recogió su bolso con gesto altanero y, cuando iba a salir por la puerta, se volvió y dirigiéndose a Aurora le dijo, señalándola con el dedo:

—¡Qué lo sepas, ¿eh? Luego, cuando los cuernos te peguen en los marcos de las puertas y tengas que agacharte, no vayas a decir que no lo sabías. ¡Avisada quedas!