Aromas de tabaco y caos Capítulo 12
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Capítulo 12

Adela y Laura llevaban una vida tranquila.

Despreocupadas de todo, y ajenas por elección de lo que pudiera pasar en su casa, habían establecido una barrera con el mundo exterior.

Se sentían seguras, protegidas, convencidas de que formaban parte de aquella familia y de que nada, ni nadie, iba a enturbiar aquella situación.

Hacía semanas que no iban a visitar a su madre. Desde el incidente de la tienda, ninguna de las dos lo propuso. Adela no lo haría nunca, su orgullo no se lo permitía, y Laura, a pesar de las ganas que tenía, respetaba la decisión de su hermana para evitar enfrentarse a ella.

Las tardes que libraran, las ocupaban en pasear alegres y confiadas por Santander. Los domingos, acostumbraran a ponerse sus mejores vestidos y a salir a la caza de algún posible pretendiente.

Aquello no era tarea sencilla, ya que las muchachas aspiraban a “pillar” a algún joven con dinero.

Sin ser rico, sí lo justo y suficiente al menos para quitarlas de trabajar y permitirles vivir como señoras, ocupándose de las labores de la casa y de los hijos que tuvieran.

No tenían intención de seguir los pasos de su madre, quien había tenido que vivir con un salario escaso y mucho trabajo, ni de verse obligadas a prescindir de algún capricho.

Sus pretensiones se antojaban como una empresa difícil.

De ello eran conscientes, pero antes de casarse con un obrero cualquiera, preferían quedarse solteras.

Los aires de grandeza que habían ido creciendo en la cabeza de aquellas dos muchachas respondían en gran medida al complejo de inferioridad que Adela siempre había tenido.

Desde pequeña, intentaba aparentar lo que no era. Ya en el colegio, había sido castigada en incontables ocasiones por las mentiras que contaba y los problemas que esos embustes originaban.

Laura no era igual, su único problema era que se dejaba influir por su hermana.

Su carácter introvertido y fácilmente manipulable la llevaba a dejarse dirigir por ella, sin medir las consecuencias que pudieran tener las decisiones o los actos que Adela, de una manera sibilina, le indicaba.

Ella era consciente del poder que su hermana ejercía sobre ella.

Intentaba superar aquella situación, pero el miedo que tenía a las contestaciones, los reproches y los enfados de Adela le hacían desistir y obedecer a su hermana.

A ella, realmente, le importaba poco que los muchachos que se acercaran tuvieran o no dinero, ella solo buscaba el cariño y la comprensión, la compañía y el amor.

Pero sabía que, mientras su hermana estuviese cerca, nunca podría cumplir su sueño.

Se quedaría para vestir santos igual que su tía Juana.

Eso, o enfrentarse de una vez por todas a Adela.

Lo que significaría perder su amistad, posiblemente de por vida.

Cuando todos habían desayunado, Laura se arreglaba un poco y se encaminaba tranquilamente hasta el mercado. La plaza le quedaba a unos diez minutos.

Verdad era que le encantaba ir a comprar.

Adquiría las mejores viandas. Tanto en las carnes como en los pescados, los tenderos siempre tenían apartada para la casa donde servía lo mejor de lo mejor.

En cuanto a las frutas, verduras y demás, las conseguía en el puesto de Fonso.

El hombre siempre la recibía con la mejor de las sonrisas e intentaba agradarla.

Le lanzaba, un día sí y otro también, encubiertas pero decentes proposiciones, que no molestaban a la chica.

Laura le sonreía a la vez que escondía la cara entre su pecho y, sin decir una palabra, contestaba con su mirada.

Fonso se encargaba de llevar la compra hasta la casa.

Incluso recogía la carne o el pescado y lo llevaba en su motocarro para que la chica no fuera cargada.

Era curioso aquel vehículo. Alguna que otra vez, le había ofrecido el transporte a la chica, sobre todo los días de lluvia, pero Laura, con una gran sonrisa, siempre se disculpaba y buscaba cualquier pretexto para no volver en aquel motocarro.

No lo hacía por ella. En realidad, con placer hubiera aceptado en más de una ocasión la invitación, pero la sola idea de pensar que Adela pudiera verla sobre aquel “trasto”, como ella lo llamaba, hacía que sus mejillas enrojeciesen de vergüenza y temor, por lo que su hermana pudiera decirle.

De vuelta a casa, comenzaba a preparar la comida. Disfrutaba con aquel trabajo, incluso se permitía hacer pruebas en algunos platos, añadiendo ingredientes impensables que aportaban a los guisos sabores refrescantes y nuevos que sus señores agradecían. Después de comer, Laura se acostaba un rato.

Marcela salía todas las tardes. Bien iba con la Señora de compras, o bien a pasear con sus amigas. Eso, si no se esperaba visita en la casa. De ser así, Marcela no se movía y estaba pendiente de todo lo que pudieran necesitar Doña Fátima o Don Nicanor.

Don Nicanor. Personaje curioso donde los haya.

Por las mañanas se dirigía a su oficina y permanecía en ella un periodo bastante corto de tiempo.

No más de cuatro horas dedicaba a sus labores en la empresa.

Todos los días regresaba a casa a comer.

Eran raras las ocasiones en las que no lo hacía.

Si, por algún motivo, tenía que comer fuera, siempre iba acompañado de Doña Fátima, que engalanada de pies a cabeza agarraba el brazo de su hombre hasta para ir de la puerta de la casa al coche.

Era como... si no fuera capaz de llevarle al lado sin demostrar a todo el mundo que era una de sus pertenencias.

Él era un hombre aparentemente campechano y divertido.

Eso sí, siempre que Doña Fátima no estuviera cerca.

En más de una ocasión, Laura había escuchado los gritos que le daba por cualquier diferencia que pudiera surgir entre ellos.

En contestación a los mismos, Nicanor encendía un gran habano que provocaba la tos forzada y molesta a su señora y, con un libro bajo el brazo, se dirigía hacia el solárium de la casa.

Con esta acción, daba por finalizada la disputa.

Laura y Don Nicanor se entendieron perfectamente. A los pocos días de comenzar a trabajar en la casa, la chica recibió la visita del señor en la cocina.

Aprovechando la ausencia del resto de personas en la casa, Nicanor comenzó hablar con la cocinera.

La conversación fue fluida entre ellos, hablaron de muchas cosas pero, principalmente, de comida.

Él se interesaba por quién le había enseñado a cocinar, por cómo preparaba tan ricas las croquetas, por esto, por lo otro.

.. Así fue como un día sí, y otro también, la cocina de la casa de los Faz de Trebyllente se convertía en un acogedor salón de té, donde los dos iban abriéndose el uno al otro e intercalando experiencias vividas con sueños por realizar.

Por supuesto, estas visitas siempre estaban contenidas en el más profundo de los secretos, solo se producían los días en los que en la casa no hubiera ningún ser humano capaz de enterarse y poder contarlo.

Durante aquellas conversaciones, Adela dedujo, por lo que su hermana le contaba, las pretensiones que Fonso tenía.

Buscó la manera de acompañar a su hermana y, con el pretexto de que venía cargada e iba un poco escasa de tiempo para preparar la comida, le hizo a Laura pedirle a Marcela aquiescencia para que esta todos los días la acompañara al mercado a fin de aligerar las compras y disponer de más tiempo para cocinar.

Marcela accedió a la petición de Laura, la mujer sentía cariño por ella y le gustaba protegerla, y ayudarla, sin que esta lo notara en exceso.

Le encantaba su manera de ser y disfrutaba viendo cómo trasteaba en los fogones.

De ese modo, Adela confirmó las sospechas que tenía sobre la relación que Fonso pretendía con su hermana.

Observó, para su disgusto, que ella no le ponía reparos a las insinuaciones que el hombre a veces le hacía.

Con soberbia, y despreciativamente, comenzó a bombardearla con comentarios, le repetía hasta la saciedad que ese no era el tipo de hombre que ellas buscaban, que se dejase de tonterías, que cortara por lo sano, que le dejara claro que no le interesaba su cortejo, que era mayor para ella, que.

.. Cualquier disculpa servía, con tal de conseguir que su hermana desistiera de relacionarse con el frutero.

Laura, cuando estaba su hermana delante, lo intentaba, pero le dolía hacerlo.

A ella también le gustaba Fonso y sentía cómo, día a día, el hombre iba perdiendo el interés por ella.

Una tras otra, las respuestas burlonas que en ocasiones le daba cada vez que este le hacía un guiño, habían ido restringiendo el cortejo que el muchacho había iniciado.