Capítulo 7 #2
Nando buscaba una cacerola que su madre desde el piso de arriba le pedía, y no daba con ella.
Carmen, “La Manca”, por su parte, y con la confianza que tenía con el ferretero, al entrar en la tienda y ver que este no estaba tras el mostrador, mientras le llamaba a gritos, bordeó el tablero e irrumpió en el almacén.
Él la invitó a pasar y le pidió que cogiera ella misma los plomos y los corchos que necesitaba.
Una vez allí, la estrechez de los pasillos, la cercanía de los cuerpos y la luz tenue que apenas les dejaba ver, hicieron de complemento perfecto.
La timidez de Nando se desvaneció y dio paso a una pasión contenida durante largos años.
Desde entonces, aquel lugar se convirtió en su sitio íntimo, el espacio donde celebrar sus encuentros furtivos, la zona marcada por ambos para dejar volar la imaginación y el deseo, y donde los prejuicios quedaban totalmente aislados sin levantar ningún tipo de sospechas.
A partir de ese momento, la relación de los dos se fue estrechando.
No obstante, Carmen se negaba a olvidar por completo y esperaba, a pesar del tiempo transcurrido, que quizás algún día aparecería por la esquina del muelle su querido Lipe.
De momento, los dos se ofrecían sus cuerpos y se confiaban uno al otro problemas, sueños, aventuras y desventuras diarias.
Aquello era como un acuerdo tomado entre ambos, que jamás fue dicho.
Solo ellos conocían sus andanzas y solo ellos decidirían el camino.
Mientras tanto, lo que pasaba entre cajas, bidones de aguarrás, pinturas, herramientas y estanterías llenas de cachivaches y artilugios, era el producto de la soledad que ambos sentían y de la necesitad de cariño que los dos requerían.
Carmen, tumbada en su cama con los ojos abiertos, esperando la llegada de Juanín, había tomado una decisión.
Ya eran muchas las oportunidades que le había dado a su hijo.
Ya no estaba dispuesta a trabajar más, por y para él, ni tampoco a soportar sus gritos y sus golpes. Lo echaría de casa sin contemplaciones.
Lo que la mujer esperaba, no tardó mucho en ocurrir.
Los golpes que Juanín propinó en la puerta, cuando pasadas las dos de la mañana pretendía entrar en su casa, despertaron a todo el vecindario.
Aurora, que no disfrutaba del aguante y el coraje de su madre, le suplicaba una y otra vez que le abriera, pero esta se negó en rotundo y le exigió que ella tampoco lo hiciera.
Las dos volvieron a meterse en la cama mientras escuchaban los gritos de unos y otros, protestando por el escándalo.
Juanín, cansado de montar bronca, y a la vista del resultado, entendió que su madre no iba abrir.
Bajó las escaleras hasta el portal y salió a fumar un cigarrillo.
Sentado en el peldaño de la puerta, estuvo un par de horas hasta que la borrachera se disipó.
Entonces, su cabeza comenzó a mostrar con claridad la situación en la que se encontraba.
Muy de mañana, antes de que su madre y su hermana salieran de casa, recogió la chaqueta que había tirado en el suelo.
Había dormido debajo de la escalera. Colocó de nuevo el felpudo que le había servido de almohada en la puerta de Luisa y estiró sus huesos.
No había sido una noche cómoda ni nada por el estilo.
Su cuerpo estaba destemplado, la cabeza dolorida, la espalda molida y sentía frío, mucho frío.
Pero no se planteó, ni por un momento, volver a subir las escaleras.
Podía haber intentado entrar aprovechando que ellas salían, y haberse tumbado en la cama sin más; como si nada hubiera pasado.
Pero eso no lo iba hacer. También él tenía su orgullo.
Se subió los cuellos de su chaqueta, roídos por el uso, y sacó del bolsillo un pañuelo que enroscó a su garganta.
Bajaría hasta Peña Herbosa, seguro que Lita ya tenía abierta la tasca.
Allí tomaría un café con leche a cuenta y sentaría sus posaderas en una silla cerca de la cocina.
Seguro que su cuerpo recibiría el calor que salía de la lumbre y conseguiría templar sus huesos y sus carnes heladas.
Eso hizo, pero descendiendo por López de Vega, ya que si bajaba por Molnedo el gentío que a esas horas era numeroso, congregado alrededor de la lonja, rápidamente al escuchar el sonido acompasado de sus muletas sobre el suelo haría fijar todas las miradas en él.
No tenía ganas de dar explicaciones a nadie, de a qué se debía aquel madrugón, al que él no acostumbraba.
Pasó unas horas en la taberna. La calidez de la misma hizo que se quedara dormido un buen rato sobre la mesa.
Lita agitó su cuerpo hasta que despertó y le pidió con malos modos que saliera del local.
Juan, que había conseguido entrar en calor, se desperezó y se levantó sin rechistar, le pidió a la mujer que anotara la deuda y, con el cuerpo entonado, decidió buscar solución al problema.
No tenía muy claro qué era lo que podía hacer, ni a quién recurrir.
Únicamente, una persona. Su tía Engracia.
De camino, y a medida que iba dando vueltas al tema, como si de un fugaz pensamiento se tratase, una cuestión le rondó.
—¡El fallecimiento de mi abuela! — exclamó, en voz alta.
Doña Rita tenía tierras, casas en el pueblo, la de la capital y.
.. dinero. Ni qué decir que dinero debía de tener.
Realmente, eso era lo que él quería; dinero.
Si tenía suerte y le salían unas cuantas manos buenas durante la timba, podría pagar la deuda que había contraído y, así, quitarse de encima el agobio diario de sus acreedores.
Se centraría en ello. En ese momento, para nada le interesaban ni las tierras, ni los animales, ni las fincas.
A él, lo que le solucionaba el problema era el efectivo, las “perras”.
Unas buenas pesetas que le ayudaran a apostar en una partida y que esta, con un poco de suerte, le hiciera llenar los bolsillos y aliviar el asunto de una vez por todas.
La plaza de la Esperanza, a las ocho de la mañana, estaba en pleno bullicio.
Un ir y venir constante de comerciantes, vendedores y abastecedores de diferentes productos que entraban y salían con rapidez.
Pronto, las mujeres acudirían a la compra y los puestos debían estar llenos de ricos y brillantes pescados, frescas y sangrientas carnes rojas, quesos y dulces recién hechos, y frutas y verduras de mil colores que alegraban la vista de quien las contemplaba.
Poco a poco, se iba notando el aumento de productos nuevos y diferentes en el mercado.
A pesar de que la compra de algunos de ellos no estaba a disposición de la inmensa mayoría de los bolsillos que por allí discurrían.
Juanín sabía que su tía, después de colocar el puesto, bajaba con otros tenderos a tomar un café a uno de los bares de alrededor del mercado.
Después de mirar en un par de ellos, asomó la cabeza por la puerta de un tercero y allí estaba, sentada tranquilamente, sola, leyendo El Diario Montañés.
El bar estaba abarrotado de paisanos que, como ella, desayunaban deprisa para volver a retomar sus ocupaciones.
La larga barra de mármol blanco sostenía cafés, copas de aguardiente y bollos de leche que estaban siendo ingeridos por el gentío que colmaba el local.
Engracia, al fondo, en la última mesa, sujetaba en una mano un trozo de pan con mantequilla mientras con la otra pasaba las grandes hojas del periódico, sin apenas prestar atención a lo que en ellas ponía.
La boca de Juan comenzó a segregar saliva.
Estaba hambriento, solo había conseguido que Tina le diera un vaso de leche y la caminata hasta allí había abierto aún más su apetito.
Al llegar a la mesa donde Engracia se encontraba, se paró esperando que esta le saludara, pero la mujer no hizo ni un solo gesto.
Juan tiró del respaldo de la silla hacia él para sacar su asiento.
Apoyó sus muletas al borde de la mesa y dejó caer su cuerpo sobre la madera pintada de negro y desgastada por el roce de las posaderas que, durante años, había soportado aquel solio.
Engracia, sin levantar la cabeza del diario, alzó los ojos y verificó que, tal y como pensaba, el sonido que producían sobre el suelo los sostenes de palo no pertenecía ni más ni menos que a una persona.
En efecto, era él, su sobrino, quien tomaba asiento frente a ella.
Sin saludo inicial, volvió a dejar caer su mirada sobre la prensa y continuó leyendo durante un momento. Al instante, sin levantar la vista hacía su pariente, dijo:
—Muy pronto andas por ahí, ¿te han echao de casa o qué?
—Más o menos.
—Y... ¿qué traes en el gaznate, no me vayas a decir que vienes de visita tan temprano?
—Más o menos.
La mujer cerró el periódico y cruzó los brazos, echando su espalda sobre el respaldo.
—¿Qué quieres, gañán? Tengo que subir al puesto.
—Necesito perras, y he pensado que... la herencia de la abuela... andará por ahí pululando ¿no? ¿No es cierto?
—Más o menos — contestó ella, en claro gesto de burla por las respuestas que él le había dado primero, y añadió:
—¿Por?
—¡Porque vengo a por lo mío! Bueno, a por lo mío y... lo de mis hermanas. O... ¿acaso pensabas que te ibas a quedar con todo?
La carcajada de Engracia hizo que la gente del bar se volviera a mirarla.
—Tú, niñuco... ¿qué crees? ¿Qué yo nací ayer? ¿O qué me chupo un dedo?
—No te rías tanto, ni te hagas la graciosa. Quiero las perras que nos corresponden. Pa que veas que no soy egoísta, solo las pesetas y me conformo de momento. Las tierras y otras historias te las puedes quedar. Pero mañana, a más tardar, me das el dinero que nos toca.
—¡Vas tú listo! y las resabidas de tus hermanas, ¡apañadas están! El dinero de mi madre nos corresponde a los hijos. Y esas somos nosotras, así qué... ¡puerta!