Aromas de tabaco y caos Capítulo 7
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Capítulo 7

Cargada de angustia, Aurora iba pasando las jornadas.

No conseguía quitarse de la cabeza aquel turbador descubrimiento.

Se sentía desde entonces como una persona sin vida propia; como si hubiera estado engañando a su familia, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo.

Como si aquel mundo no le perteneciera, como si hasta su nombre hubiera usurpado.

El día del entierro de Doña Rita, solo cuatro días después de su visita, su tía Juana, tras dar sepultura a la anciana, a la salida del Cementerio de Ciriego, intentó sonsacar a la joven sobre el contenido de la charla que estas habían mantenido.

Aurora no estuvo en disposición de dar ningún tipo de información sobre la misma.

Bastante tenía ella con haberse quedado con aquellas escasas palabras que, en ocasiones, le parecía haber soñado.

El problema era que no tenía más que abrir su cartera y aquel papel fino y amarillo le indicaba que todo era cierto.

No se atrevía a hablar con su madre. Si realmente no sabía nada, la idea de pensar que iba a producir en ella dolor, la horrorizaba.

Bastante había sufrido ya la mujer; trabajado y aguantado sola con cuatro hijos.

Ella no era quién para darle un disgusto semejante.

Pero... ¿qué podía hacer? Si sus hermanos fueran personas con las que poder hablar, todo ese asunto sería más sencillo pero.

.. esa posibilidad no cabía, lo único que podía encontrase era con cualquier tontería como respuesta.

Otro problema que estaba apareciendo en casa era el de Juanín.

Al quedarse solo, sin la compañía ni la complicidad de sus hermanas, las paredes parecía que se le fueran a caer y, en lugar de acudir con su madre, al menos por la mañana, a la venta de pescado, se quedaba en casa durmiendo “la mona” del día anterior.

Alguna mañana había acompañado a la mujer pero, a la menor oportunidad, dejaba a su madre de lado, y se apoyaba en la barra de cualquier tasca para iniciar tertulia con hombres que, como él, desocupados, encontraban en los bares una válvula de escape.

Carmen tenía que continuar sola el recorrido, dejando por imposible a su hijo.

Él, en respuesta al reclamo de la mujer, contestaba dando alaridos, envueltos en palabras mal sonantes contra su madre.

Además, ya no era solamente eso, la convivencia con él se estaba convirtiendo en una pesadilla.

Las dos mujeres intentaban hacerle ver que estaba echando su vida a perder pero él, completamente embriagado, apartaba a las dos mujeres de un empujón y continuaba su camino.

A los problemas de alcohol, ahora había que añadir su afición al juego. Carmen se había enterado de sus andanzas por casualidad.

Caminaba días atrás por su calle y, al llegar a la altura del portal de casa, un hombre fornido y alto la abordó.

Agarró a Carmen del brazo y le increpó con descaro.

La mujer, a quien no se le ponía nada por delante, agarró la escoba que Luisa, su vecina, tenía entre las manos y le partió de un solo golpe el mango sobre el brazo.

Fue sobre el brazo, porque este lo puso para defenderse; si no, hubiera sido sobre su cabeza.

—Anda y que te den, guapín, ¿Con quién coño crees que estás tratando?

¡Con “La Manca” te equivocaste, ¿eh? Y..

. ¡arranca de aquí o te muelo a palos! — gritaba Carmen, que conocido en la calle de sobra su carácter, era animada por sus vecinas, las cuales, entre insultos y algún que otro empujón, increpaban al supuesto acosador que, sin esperarlo, se convirtió en acosado.

Aquel hombre se había acercado a ella y al oído, muy bajito, le había dicho:

—Dile al tonto del cojo de tu hijo que, o paga, o se queda sin la otra pierna.

Después de aquello, “La Manca”, preocupada, comenzó a preguntar a unos y otros, con cuidado, sobre los amigos que frecuentaba su hijo.

Como en el barrio todo se sabía, enseguida se enteró por Poldo, el de Tetuán, de que el muchacho andaba en partidas ilegales y que incluso en alguna ocasión el mismo Poldo había salido en su defensa.

“La Manca”, encolerizada, se acercó hasta Puertochico a esperar a Aurora.

Quería que esta, antes de llegar a casa, se enterase de lo que había.

Según la información que el hombre le había dado, aquella gente era de muy mala calaña, forasteros que se dedicaban a montar timbas.

Conseguían, primero, la confianza de personas influyentes y con posibles para, luego, involucrar a gente de la clase trabajadora, a los cuales ya se encargaban ellos primero de hacerles tragar el cebo, con dos o tres partidas ganadas.

Los casos de dos pescadores de San Martín, a los que Carmen conocía, le pusieron los pelos de punta. Habían perdido lo poco que tenían, y se habían visto envueltos en problemas con la Justicia. Otros fueron detenidos en varias ocasiones, con las consiguientes palizas que ello acarreaba.

Aurora se quedó pegada al suelo. Su madre, totalmente fuera de sí, gritaba por el camino mil y un insultos. Maldecía el día que nació como si ella, y solo ella, fuera la culpable de los chanchullos de su hijo.

Al entrar en casa, “La Manca”, como si alguien le estuviera diciendo al oído lo que había pasado, se dirigió a su habitación y buscó bajo el colchón la bolsa de tela donde guardaba las pesetas del día de venta.

La mujer se arreglaba, a un día, fiado. Con lo que obtenía de la venta diaria del pescado pagaba al día siguiente la compra del mismo y, solo en ese momento, separaba la diferencia como ganancia obtenida.

Sus peores presagios se cumplieron y, al buscar en el saquito, no encontró ni un solo céntimo.

Advirtió al momento a Aurora, para que comprobara si también había sido víctima de Juanín.

La muchacha se subió en una silla y buscó sobre el armario el sobre marrón de la quincena.

Cuando cobraba, le entregaba a su madre una cantidad para los gastos de la casa y, el resto, lo guardaba para ella.

Parte en aquel sobre y parte en el cajón del armario, junto a las medias.

Allí tenía, en una pequeña cartera, las pesetas de las que disponía para gastar al mes.

Tampoco hubo suerte. No estaban. Ni el sobre, ni el contenido de la cartera.

Eso sí, su hermano había tenido el detalle de dejar el pequeño monedero tal y como la chica lo colocaba, pero. .. vacío.

Juan les había robado todo el dinero que tenían en casa.

Ahora, Carmen, tendría que adquirir la mercancía de la jornada de fiado, y pasarían unos cuantos días hasta poder cubrir con la ganancia de las ventas la deuda; además, tendría que pagar los intereses por la demora que le pidieran, ya que así estaba acordado.

Se habían quedado sin una peseta para los gastos diarios, con lo cual la semana y media que restaba hasta la fecha de cobro de Aurora, iba a ser muy larga y dura.

Aquella noche, cansada y desesperada, Carmen, “La Manca”, cerró la puerta de su casa por dentro.

Al día siguiente bajaría a la ferretería a comprar una nueva cerradura.

Seguro que Nando la colocaría sin ningún problema.

Era un buen amigo, un amigo de esos de toda la vida; bueno, más que eso, desde hacía unos años.

La Manca y Nando, en ocasiones calmaban mutuamente su sed de caricias, besos y sexo, refugiados en la trastienda de la ferretería.

En silencio, a escondidas, como si de dos chiquillos se tratase, hicieron de aquel lugar inapropiado un espacio donde se respiraba pasión.

Donde los días de frío sus cuerpos tomaban temperatura y, al contrario, los días de calor, sus organismos emanaban tal cantidad de sudor que parecía que fueran a derretirse.

Durante el tiempo que llevaban juntos, muchas veces Nando le había pedido matrimonio a Carmen, pero ella prefería seguir como estaba. La desaparición de Lipe aún no estaba legalmente reconocida y, además, ella, de alguna manera, albergaba la ilusión de que volviera a aparecer algún día.

A Nando, el tiempo le jugó una mala pasada.

Cuando su padre murió, la preocupación por sacar adelante el negocio y cuidar de su madre hizo de él un solitario.

Los años habían ido cayéndole encima, sin apenas darse cuenta.

Cuando quiso poner fin a su soltería, se encontró con que las mozas ya estaban cogidas.

Todas, incluso Carmen, quien desde cría había sido una de sus preferidas y a quién él había pretendido durante años, con más vergüenza que empeño.

Algo que nunca se había perdonado. El poco arranque que tuvo, le hizo perder la oportunidad.

Cuando Lipe apareció en la vida de la redera, los ojos verdes y avispados de aquella “mozuca” ya no miraron más que en una dirección y Nando vio como aquel tren de mercancías, lleno de vida y alegría, se alejaba sin remedio de su lado.

Al desaparecer Lipe, y pasados unos años, el hombre volvió a la carga.

Puso todo su empeño en intentar recuperar a “La Manca”.

Pero la época no acompañaba; la guerra, los niños pequeños y sobre todo, el orgullo de la mujer, que pensaba que cada vez que un hombre se acercaba a ella lo hacía por pena, iban poniendo trabas a lo largo de un camino que cada vez le resultaban más difíciles de sortear.

Un día, como suelen ocurrir estas cosas, la casualidad quiso que se encontraran los dos en la trastienda de la ferretería.