Capítulo 20 Lluvia y sal
Darian
El peso de Liora entre mis brazos no era el de una fugitiva ni el de una intrusa de alcázar.
Era el de un cuerpo que había gastado hasta el último gramo de médula en cruzar una acequia para no morir de rodillas.
La nieve del prado crujía bajo mis botas con un sonido sordo y húmedo mientras cruzaba la explanada de armas hacia la tienda médica.
A mi alrededor, doscientos hombres de la infantería real mantenían el muro de escudos con las moharras inclinadas hacia la noche, bloqueando el avance de los jinetes de Thorne que se arremolinaban junto a la empalizada.
El aire estaba saturado de una marea aromática que golpeaba mi pecho como un oleaje bravío: lluvia densa sobre piedra caliente, la dulzura oscura de las flores que solo abren entre la niebla marina y esa sal ancestral que mi lobo primal reconocía en cada fibra de mis músculos.
Mi bestia arañaba mis costillas por dentro, exigiendo derribar las lonas, clavar los colmillos en el aire frío y aullar hasta que todo el valle supiera que la compañera de mi sangre estaba bajo mi custodia.
Apreté los dientes hasta sentir el crujido de las muelas y me obligué a caminar con la frialdad de un soberano que no tiene derecho al desvarío.
—¡Abrid la lona! —bramó Iven Ardel a mi espalda, corriendo con el maletín de cuero golpeándole el muslo—. ¡Preparen el catre bajo el tiro de la chimenea y traigan agua hervida con sal marina!
Dos camilleros apartaron los faldones encerados de la tienda y entré en el recinto caldeado.
El calor de las brasas de carbón de encina me golpeó en el rostro, mezclándose con el olor a vinagre de hierbas, tintura de opio y lana seca que impregnaba el puesto de socorro.
Deposité a Liora sobre el jergón cubierto con lino blanco con una lentitud milimétrica, cuidando de no rozar la piel enrojecida de su hombro izquierdo donde el vestido gris de estameña se había desgarrado.
Su cabeza cayó hacia un lado sobre la almohada de plumas; los labios, partidos por la escarcha, dejaban escapar un vaho caliente y entrecortado.
Tenía los dedos agarrotados sobre el pecho, como si aun en la inconsciencia temiera que alguien le arrancara los dos pliegos de pergamino que acababa de entregarme en el fango.
—Vael —dije sin levantar la vista de su rostro, con la voz ronca por el esfuerzo de contener el temblor de mis manos.
El anciano escribano dio un paso al frente desde la sombra del arcón de cancillería, ajustándose las lentes con dedos trémulos:
—Aquí estoy, señor de Vhal.
Le entregué los dos documentos empapados de aguanieve: la cláusula original arrancada del testamento de Elayne Valen y el anexo sellado con las tres olas proscritas de la Marea Gris.
—Sécalos con paños de lino y enciérralos en la caja de hierro con el triple sello de la Corona —ordené con tono tajante—. Si una sola gota de humedad borra una línea de esa tinta, responderás ante el tribunal de Asteria con tu propio patrimonio.
—Así se hará, mi señor —asintió el jurista, recibiendo los pliegos con una reverencia solemne y retirándose hacia la mesa de trabajo.
Di medio paso para acercarme de nuevo al catre, pero la mano huesuda y firme de Iven se interpuso en mi pecho como una barra de hierro.
El médico me miró a los ojos con la severidad implacable de quien no reconoce coronas cuando hay un cuerpo quebrado sobre la mesa de operaciones:
—Atrás, Darian.
Mi bestia soltó un gruñido sordo y bronco en el fondo de mi garganta ante el contacto físico, pero sostuve la mirada del médico sin dar una orden de mando:
—Está ardiendo, Iven.
—Lo sé —respondió el médico con una calma gélida, sacando de su estuche un par de tijeras de acero y varias tiras de lienzo limpio—.
Y si te quedas a medio palmo de su garganta proyectando la presencia de un Alfa primal en celo territorial, sus glándulas colapsarán antes de que pueda bajarle la temperatura.
Sal de aquí ahora mismo y encárgate de Thorne.
Yo soy el único que da órdenes dentro de esta tienda.
Tragué saliva, sintiendo la humillación saludable de la disciplina médica, y di dos pasos atrás hacia la salida.
—Mantenla viva, Iven —susurré antes de empujar la lona.
—Para eso he venido —contestó el médico sin volverse, cortando con un chasquido limpio la manga ensangrentada del vestido de Liora.
Fuera, la cellisca golpeaba las antorchas con chasquidos húmedos y el vapor de los caballos formaba nubes densas en la linde del campamento.
El capitán Riven Thorne estaba desmontando frente a la guardia de prevención, con la capa militar manchada de barro hasta las corvas y cuatro jinetes con ballestas terciadas a la espalda.
Al verme salir de la tienda médica con la túnica empapada y la espada ceñida al costado, el capitán avanzó con paso marcial sobre la nieve:
—Mi señor —dijo con una reverencia rígida que apenas disimulaba la rabia que le crispaba las mandíbulas—.
La señora Valen ha tocado la campana de rebato de la hacienda.
Denuncia que una sirvienta demente ha intentado asesinarla con un candelabro, ha forzado el secreter familiar y ha huido con documentos privados de la casa.
Exijo permiso para entrar en la tienda médica con dos guardias y poner a la sospechosa bajo custodia militar en la torre de la parroquia.
Me detuve a tres pasos de él, dejando que el frío de la noche me templara la sangre.
El aroma de la lluvia y la sal seguía flotando alrededor de mis ropas, tan denso y evidente que los caballos de la escolta de Thorne bufaban y reculaban sobre el fango, reconociendo la presencia de una casta que ningún decreto de intendencia podía tapar.
—El estado de alerta sanitaria y aduanera que dicté en Asteria sigue en pleno vigor en este distrito, capitán —dije con una frialdad que resonó en toda la explanada—.
Toda persona hallada en flagrante intoxicación por supresores clandestinos o venenos de plomo queda sujeta a la jurisdicción exclusiva del médico real.
Thorne apretó los puños enguantados:
—Esa mujer es una criada Beta acusada de robo con violencia, mi señor. El Consejo de Ancianos no admitirá que el soberano use el fuero médico para sustraer a una delincuente común de la justicia ordinaria.
Di un paso hacia él.
Mi sombra cayó sobre su pecho bajo la luz dorada de las teas:
—El doctor Ardel acaba de certificar que la mujer que yace en esa tienda es Liora Valen, única heredera legítima de Lady Elayne y una Omega de estirpe pura cuya casta fue ocultada mediante envenenamiento continuado durante diez inviernos.
Los soldados que formaban la escolta de Thorne contuvieron la respiración.
El capitán palideció bajo el viento helado, abriendo los ojos con una mezcla de desconcierto y pánico táctico:
—¿Una… Omega?
—Una Omega que acaba de entregarme el testamento completo de su madre con la cláusula de mayoría de edad y el anexo patrimonial sellado por la cancillería de Vhal —añadí, bajando la voz hasta convertirla en una sentencia inapelable—.
A partir de este instante, la casa grande de la finca Valen queda bajo arresto domiciliario estricto.
Vuestras compañías se replegarán al flanco sur del prado y no cruzarán la acequia sin una orden firmada por mi mano.
Si un solo hombre vuestro pone un pie en la tienda médica o intenta hablar con la señora Maevra antes de la audiencia de mañana, lo colgaré de las almenas por insubordinación en tiempo de alerta. ¿Ha quedado claro, capitán?
Thorne tragó saliva con dificultad, miró el muro infranqueable de la infantería leal que lo rodeaba en semicírculo y bajó la vista hacia la nieve:
—Completamente claro, mi señor de Vhal.
—Retiraos —ordené.
El oficial giró sobre sus talones con una rigidez amarga y condujo a sus hombres hacia el sur del campamento, mientras yo me volvía hacia la entrada de la tienda médica, donde el silencio de la noche solo era roto por el gemido del viento entre los abedules.
Durante las siguientes veinticuatro horas, el campamento vivió al compás de la fiebre de Liora.
Permanecí en la antecámara de la tienda, sentado en un taburete de campaña junto a la mesa donde Vael clasificaba las actas de deslinde bajo la luz de una lámpara de sebo.
Iven entraba y salía de la estancia interior con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, cargando jofainas con agua teñida de un poso negruzco y compresas empapadas en cocimiento de corteza de sauce y sales de zinc.
Cada vez que la cortina de lana gruesa se abría, una oleada de calor dulce y salino me inundaba los pulmones, provocando en mi cuerpo una respuesta física tan violenta que debía clavar los dedos en el borde del tablero de madera para no levantarme.
Al mediodía, Liora comenzó a delirar.
Sus jadeos entrecortados y sus quejas sordas atravesaban la lona con la nitidez de una cuchilla.
Hablaba en susurros rápidos de frascos rotos en el desván, de la ceniza de los calderos de la cocina y de una loba atrapada bajo una losa de plomo que no la dejaba respirar.
Me puse en pie de golpe y alcancé la cortina con la mano temblorosa, pero Iven me cortó el paso en seco, con el ceño fruncido y los ojos hundidos por el agotamiento:
—Si entras ahora, Darian, la matas.
—Está sufriendo, Iven —dije, sintiendo una punzada de dolor agudo en el costado izquierdo, una resonancia somática tan real que me parecía tener las costillas rotas—. Mi bestia puede estabilizar su pulso. Un solo toque…
—Un solo toque de tu mano en este estado desatará una respuesta de vínculo que su corazón no puede soportar —me espetó el médico en voz baja pero cortante—.
Su cuerpo está expulsando diez años de sales de plomo y alcaloides de enebro.
Las glándulas aromáticas están inflamadas al límite del desgarro celular.
Si intentas imponerle la calma de un Alfa primal mientras está inconsciente, su cerebro interpretará tu aroma como una invasión territorial forzada y entrará en shock anafiláctico.
Me apoyé contra el poste central de la tienda, respirando el aire frío que entraba por la rendija de la cancela:
—¿Qué necesitas?
—Tiempo, paños fríos y que te mantengas fuera de su espacio —dictaminó Iven, tomando una redoma de vidrio con jarabe de acónito rebajado—.