Aquello que reclama su nombre XLVII
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XLVII

E l café de la mañana estaba listo. El aroma llegó hasta los sueños de John para despertarlo, llevándolo a la cocina, donde encontró el desayuno servido. Abril sugirió ponerle algo de crema al café, él lo tomó negro y sin azúcar, como más le gustaba.

Comieron de prisa. Abril debía irse al Canal.

No había nada que la retuviera allí, excepto John.

La historia por la cual fue al pueblo ya la tenía, pero el comienzo de una nueva le serviría como excusa para verlo otra vez.

Antes de que pudiera dar la última mordida al pan, sonó la bocina de un carrito de golf.

Ella recogió sus pertenencias, al tiempo que se abotonaba la blusa.

Se despidió de John haciendo una breve pausa en su afán:

—Nos veremos pronto —dijo. Le dio un beso y se marchó.

John, con su taza de café en la mano, miró por la ventana mientras el carrito se alejaba por la arboleda.

Los rayos del sol de la mañana se colaban por entre las ramas dando a las hojas un brillo que anunciaba el primer acto de una obra maestra: una puesta en escena musicalizada por la naturaleza y ambientada por el fresco aroma del bosque.

Se sentía renacer luego de haber estado frente a frente con una versión que ya no cabía en él, que ya no lo representaba y que cayó muerta para jamás volver. La dejaba atrás como una sombra de lo que fue, como alguien a quien no se permitiría regresar.

Caminó fuera de la cabaña, con los pies descalzos. Levantó la mirada y notó que las copas de los árboles parecían estirarse hasta casi tocar el cielo. Por primera vez en muchos meses, enfrentando sus demonios y atravesando el duelo de perderse en su propio olvido, se sintió pleno.

Un extraño impulso lo hizo rodear la cabaña en un andar tranquilo, hasta quedar a solo unos pasos del risco.

Justo en el borde, la brisa, por un instante, pareció empujarlo hacia el vacío, atrapándolo en una sensación que no era suya.

Bajo sus pies, el abismo daba la impresión de guardar una respuesta a esa vieja pregunta que contiene una verdad de la cual no se habla, y que ciega cuando es revelada.

Algo dentro de él quiso mirar a lo profundo, como si todavía existiera una parte dispuesta a reconocer su fin en ese fondo.

John reaccionó instintivamente, manteniendo distancia de ese pulso oscuro, alejándose del abismo y recobrando su centro.

Desde ese sitio alcanzó a ver la plataforma del muelle donde creyó saldar las cuentas con su pasado, y entendió que el eco de un recuerdo aún lo llamaba.

Se vio entonces caminando sobre las maderas hasta llegar a un cuerpo tendido.

Pensó en el costo tan alto que pagó, preguntándose si la parte que merecía enterrar había realmente desaparecido.

Tomó un respiro largo, dejó que sus pensamientos se aquietaran y luego sonrió a la muerte como último acto de gracia por permitirle hacerse un lugar en el mundo.

Con la sonrisa aún en el rostro, regresó su atención al paisaje desde el mirador, donde se quedó a terminar el café con la postal de la mañana.

El viaje lo llevó hacia un destino que lo confrontó ante todo aquello que ya no comulgaba con él ni con sus sueños.

John encontró adentro, muy adentro de sí, lo necesario para seguir avanzando, dándole sentido a cada día en esa nueva vida que ahora reclamaba su nombre.

Una vida que apenas comenzaba en aquel rincón del mundo llamado Bahía Luz.