Capítulo trece
El trayecto hacia el puerto deportivo
El autobús llegó después de veinte minutos de espera bajo un sol que parecía querer castigarnos por algo. Sally subió primero, tropezando con el escalón. Mi abuela la siguió con la agilidad de una veinteañera.
«Esto es una señal», dijo. «El viaje será inolvidable».
No estaba segura de que fuera un cumplido.
Durante el trayecto, miré por la ventana: colinas quemadas por el sol, casas blancas, Llegada a Agios Angeloi.
Cuando finalmente el pequeño ferry nos dejó en el pequeño muelle, supe de inmediato que habíamos llegado a un lugar especial.
Ante nosotros se extendía Agios Angeloi, el Pueblo de los Ángeles: un grupo de casas blancas con puertas azules, buganvillas que caían como cascadas y un silencio tan dulce que parecía un abrazo.
«Parece un belén», dijo mi abuela, con los ojos ya brillantes. «Parece una película», añadió Sally, que probablemente ya se estaba imaginando convertirse en influencer local.
El puerto era minúsculo: diez barquitas de colores, un anciano que pescaba como si fuera su misión divina y una taberna con un cartel escrito a mano: «Pescado fresco. Quizás».
Perfecto. Habíamos llegado al lugar adecuado.