Capítulo ocho
¿Qué meto en la maleta?
Creo que estaréis de acuerdo conmigo: hacer la maleta siempre ha sido una pesadilla.
Tengo delante mi neceser, el mismo desde que aprendí a hablar, y mi maleta rosa.
Sí, rosa fucsia. Me la compré con mi dinero para evitar las típicas escenas en la cinta del aeropuerto: peleas con turistas inocentes para luego descubrir que la maleta no era mía.
Cuando la elegí, el dependiente me miró como diciendo: «¿De verdad la quiere?». Yo, con la sonrisa de quien acaba de encontrar el Santo Grial, señalé ese color imposible incluso para un daltónico: «Quiero esa».
Él, tras darse cuenta de que quizá yo era un poco excéntrica, la cogió. Yo, con los ojos brillantes, pensaba: «Es la maleta de mis sueños. Y, además, nadie podrá confundirla, nunca más».
Cuando se dio cuenta de que hablaba en serio, me dijo: «Está rebajada, ¿sabe? No conseguimos venderla». Yo, ignorando por completo su tono sarcástico, respondí: «Perfecto. Me estaba esperando».
Y así, esa maravillosa maleta fucsia está ahora ahí, abierta sobre mi cama. ¿Qué voy a meter dentro?
El espacio es reducido y pagar un suplemento ni se plantea.
Así que abrí YouTube y me vi cientos de vídeos sobre cómo doblar la ropa para que ocupe menos espacio.
Y, milagrosamente, lo conseguí. El vuelo y todo lo demás está en manos de Sally.
Levanto los ojos al cielo y espero que no se equivoque de destino.
No me gustaría encontrarme en una isla perdida en el Pacífico.
Prometo que lo comprobaré antes de subir. Lo juro.