Aquel verano en Grove Epílogo
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Epílogo

Sasha

No podía marcharme sin contaros cómo fluyó nuestra vida tras aquel verano.

Mi madre superó dos intervenciones, y unas largas y tediosas sesiones de quimioterapia.

Seis meses después, por fin se recuperó.

Elery se mudó con nosotras, y mi padre, Alan, decidió alquilarse un pequeño apartamento cerca del nuestro.

No es que la relación entre ellos dos mejorara; no volvieron a ser amigos, pero sí se ayudaron mutuamente, y se turnaron para cuidar a mi madre y estar pendientes de mí.

Ese año no fui a la universidad. No tenía claro si iba a ser el último de mi madre y lo pospuse.

No me arrepiento; las horas que pasé junto a Elery en el hospital nos unieron mucho.

Después, en casa, todo fue algo extraño al principio.

Me costó acostumbrarme a que no fuera Alan quien vagaba por la estancia, quien me cocinaba y quien no dejaba que nos faltara de nada.

Aun así, mi relación con Elery fue en aumento.

En realidad, siempre fue buena, y evolucionó a extraordinaria.

Diría que pasó a ser mi mejor amigo, ya que por más que lo intenté, no conseguí llamarlo papá.

Ese nombre se lo quedó por siempre Alan.

Ninguna de las dos lo sabíamos, pero Elery había sido condecorado tras el atentado al que sobrevivió en Afganistán, y gozaba de una pensión que el gobierno le había dado en agradecimiento por servir a su país.

Él no había hecho uso de ese dinero nunca, porque no se creía merecedor por el simple hecho de hacer su trabajo y tener la mala suerte de haber estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Siempre decía que no lo merecía porque él no era un soldado, era un periodista.

Sin embargo, no dudó en invertirlo en los mejores médicos y en la recuperación de mamá.

Un año después de aquel verano en Grove, los tres nos instalamos definitivamente en el Marilyn. Alan decidió quedarse en Phoenix, y lo entendí; era nuestro turno de empezar una vida sin él. En realidad, mi madre y Elery empezaron una vida sin él. Yo sigo visitándolo a menudo.

Actualmente, tiene una pareja llamada Ginger.

Una enfermera que conoció en el hospital en el que estuvo varios meses mi madre ingresada, y con la que acabaron entablando una amistad que desembocó en algo más.

Es encantadora. Me alegro por él, aunque dudo que haya dejado de querer a mi madre.

Simplemente hace lo correcto. Me machaca mucho con esa frase; quiere asegurarse de que no voy a cometer errores como hicieron ellos.

Aunque eso no depende de él, ya que he ido cometiendo bastantes en mayor o menor medida, pero, al fin y al cabo, todo ha sido aprendizaje para estar donde estoy ahora.

Al final no fui a la universidad, muy a pesar de mis tres padres.

No quise. Me puse al mando del Marilyn, lo acabé de restaurar en su totalidad, conseguí todos los permisos y actualmente es mi negocio.

Yo vivo aquí de momento. Cuando tomé esa decisión, mi madre se mudó con Elery a la caseta de las conservas.

Tras una buena reforma y acondicionamiento, tuvieron claro que querían envejecer ahí.

Si os estáis preguntando por Norah. Ella sí se marchó a estudiar.

¡Quién lo diría! Eso sí, Bellas Artes. Nuestra relación fluyó hasta que pudo.

Yo me mantenía muy ocupada con el Marilyn, ya que por entonces aún no lo dominaba como ahora.

Ella acabó sus estudios, se puso a viajar y a exponer sus obras por toda América y parte de Europa.

Me pidió que la acompañara, pero mi vida estaba en Grove y sí, muy a mi pesar, dejé que se marchara el amor de mi vida.

No iba a ser yo quien cortara sus alas. Lo que le pertenece a uno, siempre acaba volviendo, el universo encuentra la manera de ir abriendo el camino, y así fue.

Justo en el momento en que yo estaba conociendo a una chica a través de aquella aplicación que Josh me mostró —no llegamos a nada serio—, Norah apareció para quedarse, cansada de su vida, tras una ruptura amorosa y, contra todo pronóstico, embarazada.

Hanna es nuestra pequeña. Su padre renunció a ella, y Norah y yo la estamos criando en un nido de amor sin carencias, con dos madres que entendieron que la vida les estaba dando una nueva oportunidad.

¡Ah! Por cierto, cada año, cuando migran las mariposas monarcas, llevamos a nuestra hija a que viva el espectáculo.

Me encanta volver ahí, pese a que la primera vez que lo pisamos Norah y yo, no había ni una; el lugar me enamoró desde el primer segundo.

Y ella cumplió su promesa, esa que yo había olvidado, y me llevó a ver el bosque plagado de lepidópteros de alas naranjas.

Me encanta la versión madura de mi mujer, es incluso mejor que la juvenil.

Amber es una abuela increíble. Pasa más tiempo con su nieta que nosotras mismas, no hay quien las separe. Supongo que trata de hacerlo mejor que con Norah. Alberto se marchó tres años después de que formalizaran su relación, volvió a su país, dejando a Amber algo tocada.

Josh sigue de flor en flor, o tal vez no; esta nueva chica le está durando demasiado y he detectado ya cómo la mira. Desde que vi las fotografías de Elery y mi madre, aprendí a detectar el amor en otras parejas, y me temo que a nuestro Josh le han echado el lazo.

Sirius nos dejó tres años después de volver a mudarnos a Grove. Fue el gato que Sammy rescató y que nos regaló grandes momentos, siempre fue uno más en la familia. Aún lo extraño. Creo que en algún momento volveré a adoptar uno.

Veinte años más han pasado desde aquel verano.

Y tan solo uno desde que despedimos definitivamente a mi madre.

El cáncer volvió a por ella y esta vez su cuerpo no lo combatió de igual manera.

Sé que es un consuelo tonto, pero pensar que ahora descansa junto a Sammy, que están juntas, de una extraña manera me reconforta.

Nadie muere mientras sea recordado, y mi madre y mi hermana son mi primer pensamiento al abrir los ojos, y así será siempre.

No las suelo pensar con tristeza, aunque siempre hay días en que la melancolía me desgarra el alma.

Por lo general, pienso en las palabras que mi madre un día me dijo sobre Sammy: «cada vez que me duele, significa que la echo de menos.

Y solo se echa de menos a las cosas que se quieren de corazón». Todo un mantra en mi vida.

La abuela estaría orgullosa de ver su proyecto hecho realidad. Mi madre pudo marcharse viéndolo en todo su esplendor, y eso no me lo quita nadie. Un sueño generacional que necesitó su tiempo, pero se logró.

Hoy se cumple un año de la muerte de mi madre, paradójicamente el mismo día que explotó la caja de Pandora y las verdades brotaron de una manera brusca.

¿Os acordáis de aquel pálpito raro con sabor a olvido que ambas vivimos ese día?

Bien, pues era por el aniversario de la muerte de Sammy.

Qué caprichoso es el destino. La vida nos juntó los tres acontecimientos en una sola fecha.

Así que hoy nos hemos reunido en la parte trasera del Marilyn.

No se trata de una celebración, se podría decir que es una reunión familiar para conmemorar los recuerdos.

Procuré que ese día no hubiera huéspedes en el hotel, para poder disfrutar de mi familia al completo.

Incluso mi padre, Alan, ha venido con Ginger, su nueva mujer.

Josh no deja de tontear y sonreírle a esa chica que damos ya por la definitiva, aunque él diga que es pronto para eso.

Norah sostiene a Hanna en brazos, aunque ya tiene cinco años, pero se ha caído y la está consolando.

Le extiendo los brazos y salta hacia ellos buscando mis arrumacos.

Amber y Elery charlan tranquilamente, con una copa de vino blanco en las manos, como a mi madre le gustaba.

Él lleva el colgante de la mariposa colgado de su cuello.

Dudo que se lo quite jamás. Brindamos por mi madre, por Sammy, por Grove y por la vida.

No sé cómo definir la felicidad, es demasiado volátil, pero si tuviera que hacerlo, lo haría mostrando la imagen que mi nueva Polaroid, apoyada en la verja, nos acaba de sacar en modo automático en el camino empedrado, con el Marilyn de fondo.

Sacudo la fotografía hasta que empiezo a ver nuestras sonrisas.

Todos quieren verla y una vez que lo hacen, vuelven a darse un chapuzón en la piscina.

Elery se queda conmigo. Besa mi cabeza mientras pasa un brazo por mis hombros, y me cobija en su pecho, como lleva haciendo desde que lo conocí, incluso antes de saber que era mi padre.

Caminamos juntos rumbo a la vieja camioneta, esa que la mayoría de las veces ya ni arranca, pero que él se resiste a jubilar.

Saca la vieja caja de madera y la pone sobre el capó.

Compruebo que en su interior hay muchas más fotografías que cuando la encontré.

Ambos han ido añadiendo imágenes de estos años, dándole continuidad a su historia de amor.

Deposito en su interior la reciente instantánea y él la cierra.

Entiendo que esa historia, pese a que permanecerá eternamente en nuestro corazón, acaba de cerrar su último capítulo.

Lo que viene siendo un «y fueron felices y comieron perdices» en toda regla.

Aunque sin uno de los protagonistas al final.

Ellos lo fueron y mucho, pese a haberse perdido casi veinte años de la vida del uno y del otro.

Todos nosotros lo somos actualmente y sé que lo seguiremos siendo.

No le pido nada más a la vida; con disfrutarla en Grove junto a los míos… Como dijo una vez mi madre: «me vale».