Capítulo 34 — Helena
Recibir la visita de Dmitri fue un alivio.
Sí, podría estar enfadada con él por formar parte de esta familia horripilante y todo lo demás. Pero él no sabía quién era yo y no me entregó a propósito, aunque sé, por su mirada, que si lo hubiera sabido, me habría entregado igual.
Dmitri parece diferente de los otros hermanos, aunque a veces veo la sangre Dragunov latiendo en sus venas. Me gusta la forma en que trata a mi hijo, el cuidado que tuvo desde el principio.
Entre todos los que he conocido aquí, que no han sido muchos, nunca he oído a nadie mencionar madre o padre. Es triste, porque mi hijo parece no tener abuelos por ningún lado. De todos ellos, el que más me gusta es Dmitri.
Viktor no apareció en ningún momento, y Dmitri dejó escapar, medio de pasada, que él siente celos de nosotros. No lo dijo con todas las letras, pero tampoco hacía falta. Lo entendí. Y, lo confieso, una sonrisita terminó escapándose.
Pero enseguida me encargué de disimularla.
¿Por qué estoy sonriendo?
Viktor no es importante para mí. Si tiene celos o no, el problema es suyo.
Nikolai ya se durmió, y yo sigo despierta, inquieta. Decido dar un paseo por la casa, solo para distraerme un poco. Llevo encerrada aquí tantos días que ya estoy hasta las narices.
Cojo el monitor de bebé y bajo las escaleras.
Sonrío al ver la puerta de la cocina cerrada. Viktor realmente me prohibió entrar allí. Dijo que no confiaba en mí, que podría matarlo.
Bueno... un tiro ya le di. ¿Fallé? Fallé. Pero al menos lo intenté.
No me molesta no tener acceso a la cocina. La comida se sirve en mi cuarto todo el día, y hay minibar tanto en el mío como en el de Nikolai.
Los nombres de los empleados ni siquiera los sé. Apenas me miran. No sé si es así con todo el mundo o si Viktor prohibió que se acercaran a mí. Solo dicen “buenos días”, “buenas tardes” o “buenas noches” y se van tan rápido que ni da tiempo de responder.
Los cubiertos llegan a ser graciosos. El cuchillo que Viktor mandó dejarme no corta ni carne de niño. Parece de juguete.
Se tomó en serio mi amenaza aquel día.
Y es bueno que se la tome en serio.
¿Tendría yo el valor de matarlo?
No. No soy asesina. Nunca he matado ni una hormiga.
Pero... ¿y si fuera para vivir libre con mi hijo?
¿Acaso me perdonaría si supiera que hice eso con el padre de él?
¡Ay, por Dios! Niego con la cabeza de un lado a otro, intentando espantar esos pensamientos idiotas. ¿Por qué demonios empecé a pensar tantas tonterías de la nada?
La puerta de entrada se abre de repente, e Irina surge, llena de bolsas y con una sonrisa enorme estampada en el rostro.
Miro el reloj de la pared y frunzo el ceño. Ya es tarde. ¿Ella acaba de llegar ahora? ¿Viktor permitió que esto pasara?
— ¡Buenas noches! — Se acerca con ese aire afectado. — ¿Qué hay para cenar hoy? Ah, olvidé... tú no tienes acceso a nada en esta casa además del cuartito donde vives. — Ríe, burlona.
— ¿Estás borracha, chica? — Cruzo los brazos, mirándola con firmeza.
— Tal vez haya bebido uno o dos tragos, pero nada del otro mundo.
— Viktor está siendo muy bueno contigo, ¿eh? — suelto, con el veneno goteando en la voz. — ¿O será que ni siquiera imagina a qué hora decidió aparecer su prometidita? Y encima alterada.
— ¡Claro que lo sabe! — Irina abre una sonrisa aún más grande, exhibicionista.
— Él mismo me pidió que saliera, hiciera unas compras, me distrajera...
dijo que estaba muy encerrada aquí dentro, ¿sabes?
— Alarga la palabra “encerrada” a propósito.
— Ah, claro que lo sabes. Tú vives encerrada. — Ríe alto, provocándome.
— ¿Cuál es tu problema, eh, chica? — entrecierro los ojos. — El otro día estabas toda simpática, fingiendo ser tonta. ¿Te cansaste de esconder que eres una falsa metida a santa?
Irina no se inmuta. Ríe más alto, como si se divirtiera con mi rabia.
— Ay, Helena, seamos sinceras, tú no tienes nada de tonta con esa carita. Sé muy bien que estás intentando conquistar a Viktor, pero olvídalo. No voy a dejar el camino libre para ti.
Ahora me toca reír a mí.
— ¿Quieres a Viktor? Quédatelo, Irina. De ese hombre, yo no quiero nada.
— ¿Juras? ¿Estás intentando engañarme o engañarte a ti misma? — Da un paso más cerca, la sonrisa venenosa creciendo. — No olvides que soy su prometida. Y cuando sea su esposa, quien va a mandar en esta casa seré yo. Ese día, tú te irás a la calle.
— ¡Yo solo me voy de aquí con mi hijo!
— Eso ya no es problema mío. — Se encoge de hombros.
— Y, para ser sincera, ni siquiera quiero que ese niño forme parte de nuestras vidas.
Además, los hijos que van a importar en este matrimonio son los míos con Viktor.
— Su tono es puro veneno. — No sé si entiendes cómo funciona, pero los hijos bastardos se tratan como Dmitri es tratado en esta familia... rechazado.
Enderezo la postura, el estómago revolviéndose.
¿Nikolai sería tratado como un bastardo? ¿Mi hijo, rechazado?
No. No. No. Viktor ama a Nikolai. Lo veo en sus ojos. Él no haría eso.
Pero... ¿cuando nazcan los hijos de él con Irina?
Irina parece saborear mi desesperación.
— ¡Buenas noches, Helena! — dice, satisfecha, y desaparece por el pasillo como una serpiente deslizándose.
Me quedo parada, mirando el monitor de bebé. Nikolai duerme tranquilo, y mi corazón se acelera.
¿Cómo será el futuro de mi hijo?
Sin darme cuenta, mis pies me llevan hasta el despacho de Viktor. Necesito sacar esto de mi cabeza. Necesito saber si él tendría el valor de hacer eso con su propio hijo.
Pero, cuando veo la puerta entreabierta y el silencio absoluto, me detengo.
Empujo despacio y espiando hacia dentro. Viktor está recostado en la silla, el cuerpo relajado, un vaso a medio terminar sobre la mesa, cigarrillos apagados y la pistola al lado.
Está dormido.
Nunca lo había visto dormir antes.
Me acerco despacio, los pasos tan lentos que el sonido casi no existe. Su respiración es tranquila, el pecho subiendo y bajando lentamente.
Y, vaya... necesito contener el aire.
Viktor está guapísimo. De una forma indecente. La camisa blanca está abierta en tres botones, revelando el pecho fuerte y parcialmente cubierto por vello fino. Las mangas dobladas hasta los codos, el cinturón aflojado, el botón y la cremallera del pantalón abiertos.
Suspiro, sintiendo que se me seca la garganta.
Dios mío... estoy babeando por este desgraciado.
Podría coger la pistola de la mesa y disparar. Podría acabar con todo ahora. Pero, en vez de eso, me quedo parada, preguntándome si se dejó el pantalón abierto porque estaba aliviándose... pensando en mí.
O en Irina.
No, Helena, no vayamos por ese camino. Viktor puede estar incluso con la boda marcada con esa serpiente, pero soy yo quien él desea.
Y por más perversa y desvergonzada que esto me haga, necesito admitirlo, yo también lo deseo.
¡Cómo lo deseo!
¿Y si, solo por ahora, olvidara esta guerra que vivimos y todos los fantasmas que me atormentan? Solo por un instante… aprovechar el momento, como era antes de saber quién es realmente?
No va a hacer daño si dejo que la Helena racional descanse un ratito, ¿no?
Tampoco soy de hierro.
Soy humana, joder, con defectos… ¡y con calentura! ¡Mucha calentura!
Joder… Mis piernas se aprietan solas, intentando contener el hormigueo que sube por todo mi cuerpo.
Mi pecho jadea y la piel se eriza.
Cuando me doy cuenta, ya estoy arrodillada justo frente a él, los dedos deslizándose por encima del pantalón.
El roce es ligero, casi una caricia curiosa, pero suficiente para que él se despierte de un sobresalto. Reflejo rápido y su mano va directo a la pistola.
— ¡Joder, Helena! ¿Te has vuelto loca? — gruñe, la voz grave, la mirada aún turbia de sueño. Suelta la pistola, se pasa la mano por la cara y respira hondo.
Yo solo sonrío.
— ¿Qué estás haciendo? — pregunta, y cuando sus ojos realmente se fijan en mí, algo cambia. Un brillo oscuro, casi animal, se apodera de su mirada.
No respondo. Solo sonrío de lado, lenta, provocadora, y empiezo a bajarle el pantalón.
El aire entre nosotros se calienta.
Su polla empieza a endurecerse por instinto, marcando el tejido del bóxer negro, gruesa, palpitante, tan provocadora que se me seca la boca.
Viktor siempre parece que va a partirme en dos y me gusta eso. El dolor mezclado con el placer, el control que pierde solo por un segundo y vuelve a tomar con fuerza.
Paso los dedos por el contorno de él y Viktor parpadea varias veces, confuso, como si intentara entender si está soñando.
Eso me hace reír bajito, mordiéndome el labio.
Podría jugar más, provocarlo, pero el deseo me domina.
Y Nikolai puede despertarse en cualquier momento, así que no puedo entretenerme.
Le bajo el bóxer despacio, sintiendo el elástico rozar mis dedos. Salta, dura, caliente, llena de venas, la cabeza brillando de excitación.
Mis músculos se contraen y necesito apretar más las piernas para contenerme.
Viktor no se mueve, no me impide, solo me observa, callado, los ojos cada vez más oscuros, devorándome.
Acerca el rostro, pero aún no lo toco con la boca. Dejo que mi respiración caliente lo alcance y es suficiente para que él suelte un gemido ronco, profundo, que eriza hasta el último pelo de mi cabeza.
Delicioso.
La voz de este hombre es un arma.
¿Por qué tiene que ser guapo en absolutamente todo?
¿No podía ser un mafioso viejo, feo, barrigudo y asqueroso?
Pero no… el desgraciado parece un dios griego, de esos que saben el poder que tienen.
Paso la lengua despacio por el glande y él tiembla. El sabor invade mi boca, y gimo bajo, sin poder contenerme.
Viktor cierra los ojos, la mandíbula trabada, intentando controlarse.
Escupo un poco de saliva en la cabeza y la esparzo con la mano, masajeando, dejándolo mojado, resbaladizo, brillando bajo la luz suave del cuarto.
Él ruge:
— Joder, Helena... joder...
Sonrío, satisfecha.
Lo envuelvo con la boca, despacio, mientras la mano sigue deslizándose por el resto de la longitud. Es grande y grueso, me obliga a abrir la boca hasta el límite, las comisuras ardiendo.
No consigo tragármelo todo, pero lo intento. Relajo la garganta y respiro hondo, los dedos completan lo que la boca no alcanza.
Lo chupo y masturbo al mismo tiempo, el sonido húmedo resonando.
Viktor agarra mi cabello con fuerza, los dedos enredándose en los mechones.
— Joder, Helena... qué rica eres, joder... bruja perversa —gruñe, empujando mi cabeza hacia abajo.
Subo, lamiendo la punta lisa, y luego bajo todo lo que puedo, el ruido de mi baba llenando el aire.
Viktor me la mete hasta el fondo de la garganta y me atraganto, su gemido mezclando placer y furia contenida.
— ¿No querías polla, bruja? ¡Pues aguanta! — murmura entre dientes, la voz cargada, sujetándome la cabeza con firmeza y metiéndomela de nuevo, más profundo.
Me atraganto, los ojos se me llenan de lágrimas, que resbalan por las comisuras.
Mi coño pulsa descontrolado. Las bragas están empapadas. Tengo la sensación de que voy a correrme solo de chupársela.
Viktor no tiene piedad, mete rápido, profundo, sin compasión. Su respiración se vuelve pesada, el cuerpo tenso, los músculos saltando.
— Qué boquita deliciosa, bruja... tragándote mi polla entera... dejándola toda babosa... — Gime, jadeando. — Joder, esto solo puede ser un sueño.