Capítulo treinta y uno
Blue
Ver a Ray me paralizó. A medida que mi terror crecía, una sensación de total impotencia me atenazaba. Era como si estuviera de vuelta en el complejo, atada con bridas y encerrada en las apestosas perreras de Ray.
Y aun así, mantuve mi arma apuntándole con la misma firmeza con la que él me apuntaba a la cabeza.
—¿Quién es este? —la voz de Lexi me arrancó del estupor.
—Sí, Blue —se burló Ray, con la mirada saltando entre Lexi y yo—. ¿No vas a presentarme a tu novia?
—No le harás daño —dije, afianzándome sobre las piernas—. ¿Me oyes, Ray Weber?
—Oh, ya veo lo que está pasando aquí —la sonrisa burlona de Ray se ensanchó mientras estiraba el cuello para mirar detrás de mí—. Un bebé recién nacido. Eso explica todo ese llanto y esos gritos. ¿Creíste que podías esconderte de mí?
El ruido lo había guiado hasta nosotras. Pero ¿cómo había dado con nuestra ubicación en primer lugar?
A juzgar por el brillo que centelleaba en sus ojos y la expresión cruel de su boca, debió de leer la pregunta en mi mente.
—Sabía que intentarías huir, sobrevivir —dijo—. Sabía que te encontraría en el mejor escondite de la zona. Como cuando eras niña, ¿recuerdas?
Sí, recordaba el terror de ser la presa de Ray.
Lo estaba viviendo en ese mismo instante.
—Siempre tuviste talento para esconderte a plena vista —jugueteaba conmigo como un gato con el ratón que está a punto de zamparse—. Eché un vistazo alrededor y encontré el lugar más ingenioso y obvio que se me ocurrió. Después de eso, solo fue cuestión de aguzar el oído.
El depredador disfrutaba de la caza. Me había rastreado y ahora había llegado para el golpe final.
Pero me negué a ceder ante el miedo arraigado que le tenía a Ray.
—Tienes que irte.
No era solo mi vida la que estaba en juego. También las de Lexi y el bebé.
—Oh, vamos, hermanita —sonrió, pero sus ojos seguían fríos e indiferentes—. Hazte a un lado y déjame ver al pequeño.
—No.
—¿No? —se rio—. ¿Todavía crees que puedes decirme que no? Vaya con la mujer indomable. Eres un caso perdido, Blue. No te lo pediré de nuevo. Hazte. A. Un. Lado.
Con el dedo temblando sobre el gatillo, mantuve la posición. Nos enfrentamos, hermano contra hermana, arma contra arma. Los segundos se alargaron, pero me negué a retroceder.
—Ah, mierda —resopló Ray y bajó el arma—. Quiero dispararte. Pero eres mi hermana. No puedo hacerlo.
La conmoción de escuchar esas palabras de boca de Ray alivió la tensión en el dedo sobre el gatillo y me dejó aturdida. Había querido escuchar esas palabras toda mi vida. ¿Estaba Ray listo para unirse a la raza humana?
Levantó el arma de golpe y disparó.
El impacto me levantó en el aire y me estrelló contra la pared. Se me escapó todo el aire de los pulmones y el arma salió volando de la mano. El dolor me atravesó como un hierro al rojo vivo.
—¡Blue! —gritó Lexi.
Los nervios me chillaron. La pierna estaba en llamas. Me desplomé al suelo, conmocionada por la pura agonía que envolvió mi mundo. Tanteándome la pierna, apreté el punto por encima de la rodilla, donde la sangre brotaba entre los dedos.
Ray me había disparado.
Me había disparado.
Me había manipulado —mis emociones— como quien toca un maldito violín.
No sé por qué nada de eso me sorprendió. Era exactamente lo que debería haber esperado de Ray. El muslo me ardía de lado a lado. Tenía un agujero en la pierna. ¡Un agujero!
Abrí la boca, pero no me salieron las palabras.
—Eso es solo un adelanto de lo que vendrá —recogió mi arma del suelo y se la metió por delante del pantalón—.
No me uní a la pequeña excursión de Margret por nada.
Te prometí lento y doloroso, y eso es lo que obtendrás.
Ahora. ¿Qué tenemos aquí? —dio un paso adelante, se plantó frente a Lexi y le hizo un gesto para que destapara al bebé—. ¿Es niño o niña?
Lexi le dio la espalda a Ray y se acurrucó contra la pared, protegiendo al bebé entre sus brazos.
—Otra hembra terca —Ray chasqueó la lengua y sacudió la cabeza—. Demasiadas de vosotras pululando por el mundo sin permiso de vuestros superiores. Hay que reducir el rebaño, si entiendes lo que quiero decir.
Sus risitas me helaron la sangre.
—Vas a disfrutar viendo lo que voy a hacerle a tu novia —dijo, mirando a Lexi con lascivia—. ¿Y su bebé? Voy a hacerle lo que le hice a Robby. Voy a asfixiarlo hasta que se ponga azul. Voy a hacerlo una y otra vez, pero esta vez voy a terminar el trabajo.
Robby. Asfixiado. ¿Se puso azul?
De repente comprendí cómo Robby había sufrido el daño cerebral. ¡Ray lo había hecho! ¡Había intentado matar a Robby! Mamá había regresado a tiempo para salvar al bebé de la muerte, pero había llegado demasiado tarde para evitar el daño en su cerebro.
—¿Tú... tú intentaste matar a Robby? —graznó mi voz—. ¿Dejaste lisiado a tu propio hermano?
—Madre lo quería más que a mí —dijo Ray—. Era un debilucho desde el principio y Padre no quería otra boca que alimentar. Robby fue mi primera víctima. Solo que no murió. Te habría hecho lo mismo a ti, pero después de lo que pasó con Robby, Madre siempre estaba cerca.
—Compartimos tu sangre —escupí—. ¡Somos tu única familia!
—Una mujer y un lisiado —se burló—. Tú y Robby no tenéis derecho a existir.
Ray era el responsable del estado de Robby. El monstruo había golpeado cuando no era más que un adolescente lleno de odio, ya envenenado por la repugnante ideología de su padre.
No me cabía la menor duda de que pretendía matar al bebé de Lexi. Disfrutaba matando y usaba el asesinato como método de tortura para el siguiente de la lista. La indignación vibraba en mi cuerpo y me ardía en las venas. No podía permitir que Ray matara a nadie más.
Mientras Ray se inclinaba para arrancar al bebé de los brazos de Lexi, extendí la mano y busqué a tientas un arma, cualquier arma.
Mi mano tropezó con el viejo martillo oxidado. Los dedos se me cerraron en torno al mango. Ignorando la pierna herida, me impulsé desde el suelo y me lancé apoyándome en la pierna buena mientras blandía el martillo con todas mis fuerzas.
Crac.
El sonido me chirrió en los oídos. El martillo impactó contra el costado de la rodilla de Ray. El hueso duro cedió ante el hierro pesado. Un grito resonó en el molino, tan agudo y fuerte que no podía creer que fuera humano. ¿Había chillado yo así cuando Ray me aplastó el pie?
Ray se desplomó en el suelo, sujetándose la rodilla y chillando como el cerdo que era. La pistola se le cayó de la mano y resbaló por el suelo. Con unos reflejos que no sabía que tenía, me lancé a por ella y la atrapé.
Con una mueca de dolor, logré ponerme de pie como pude y, manteniéndome en equilibrio sobre una sola pierna, apunté el arma al hombre que se retorcía en el suelo.
—No te muevas, Ray —dije, apretando el agarre de la pistola.
Con la boca retorcida en una mueca de dolor y furia, Ray resopló.
—No me dispararás.
—Lo haré si no me queda más remedio.
Se arrastró hacia atrás hasta que la espalda chocó contra la pared.
—Soy tu hermano.
—Y esa es la mayor tragedia de mi vida —sin apartar la puntería de Ray, miré a Lexi—. ¿Puedes levantarte?
Lexi apartó la lona e hizo una mueca mientras intentaba ponerse de pie.
Mantuve los ojos y el arma sobre Ray, pero le tendí la mano.
Sujetando al bebé con un brazo, logró levantarse.
Con el rostro contraído, las piernas temblorosas y salpicadas de sangre, se apoyó en mí mientras nos tambaleábamos hacia la abertura.
—Vete —dije.
—Monstruo —su mirada fulminante cayó sobre Ray—. Ojalá te pudras en el infierno.
Me apoyé en la pared y esperé hasta que Lexi estuvo a salvo fuera del molino. Sabía que ni ella ni el bebé estarían a salvo mientras Ray siguiera vivo en esta isla. Tragué saliva y forcé el dedo para que apretara el gatillo.
No pasó nada.
El brazo empezó a temblarme. Levanté la otra mano y sujeté la pistola con las dos. Y aun así, los brazos me temblaban.
Para colmo, el molino empezó a dar vueltas a mi alrededor y la visión comenzó a nublárseme. Miré hacia abajo. La sangre me goteaba por la pierna y se acumulaba alrededor del pie.
—No me matarás —me provocó Ray con una risa siniestra—. No tienes agallas. Sencillamente, no eres una asesina.
—Pero tú sí —dije—. Y no puedo permitir que hagas daño a nadie más.
—Algunas criaturas están destinadas a liderar, gobernar y conquistar —Ray se enderezó contra la pared y, apoyándose en ella, avanzó hacia mí—. Otras están destinadas a obedecer, servir y someterse. Es el orden natural de las cosas.
—Supongo que crees que tú perteneces a la primera categoría y yo a la segunda —murmuré mientras me alejaba de él.
—Tuviste elección —gruñó, y vi con horror que ahora se interponía entre la salida y yo—. Pero decidiste identificarte con la chusma inferior.
—Eso es una mierda y lo sabes —espeté—. Todos nacemos iguales.
—La supervivencia del más apto, hermanita —se irguió cuan alto era—. Naciste en el fondo de la cadena alimentaria.
—No te muevas —lo encañoné con el arma.
—Haré lo que me dé la maldita gana —dio un paso hacia mí por el molino, cojeando—. ¿Quieres matarme? Pues mátame. Demuéstrame que tienes mis buenos genes, que eres de la especie superior.
Odiaba las lágrimas que me inundaban los ojos, los temblores que me sacudían los brazos y las piernas, la debilidad que crecía dentro de mí. No quería matar a nadie.
Pero tenía que detener a Ray.
Tac, tac, tac. Era todo lo que tenía que hacer. Pero el dedo se negaba a obedecerme. Di un paso atrás. Qué estúpida era. No podía obligarme a dispararle.
—No eres una asesina —repitió Ray mientras daba otro paso hacia mí—. No matarás a tu hermano.
—Si ella no te dispara, lo haré yo.
Detrás de Ray, una sombra silenciosa se deslizó por la abertura. Apollo entró en el molino con la carabina en alto, lista para disparar. Llevaba los pantalones raspados en las rodillas y un brillo de sudor le relucía en el rostro. Pero estaba aquí. ¡Estaba vivo!
Su mirada y su arma apuntaban a Ray.
—De rodillas.
—Vaya, mira quién se ha unido al circo —Ray levantó las manos en el aire, se giró lentamente y lanzó una mirada despectiva a Apollo—. Estoy desarmado. Tengo entendido que los buenos soldados no matan a hombres desarmados.
—Hoy yo no contaría con eso —advirtió Apollo con una voz grave y desprovista de emoción que nunca le había oído.
—No eres del color adecuado —dijo Ray con su característica sonrisa burlona—, pero tengo que reconocerlo. Tienes agallas para venir aquí y meterte en un asunto de familia.
—Blue es mi familia ahora —gruñó Apollo—. Si quieres vivir, harás lo que te diga. Pon las manos detrás de la cabeza y arrodíllate.
—Claro —Ray hizo una mueca y dobló la rodilla buena.
En un instante estaba a punto de arrodillarse; al siguiente, se abalanzó. Más rápido que una víbora, agarró la pistola que llevaba escondida en la cinturilla del pantalón y la alzó apuntando directamente a la cabeza de Apollo.
Mi dedo se crispó. Apreté el gatillo. Con el brazo temblando por el retroceso, seguí disparando.
El molino amplificó los sonidos, ensordecíendome. Era vagamente consciente de que Apollo también había disparado. El cuerpo de Ray se sacudió varias veces antes de girar en el aire, soltar el arma y caer al suelo.
Avancé cojeando y lo miré desde arriba. Él parpadeó, mirándome. Tenía una última cosa que decirle. —Robby.
La mirada de Ray se encontró con la mía, reluciente de odio. Con los ojos muy abiertos, las cejas levantadas, la boca entreabierta, una expresión de absoluta sorpresa se apoderó de su rostro antes de que sus ojos se tornaran vidriosos.
Ya no era la mujer rota que él había atrapado, encarcelado y esclavizado.
Era libre.
Y había usado mi libertad para proteger al hombre que amaba.
Observé cómo la vida abandonaba a Ray. Con un siseo, exhaló su último aliento. Las paredes de roca y coral giraron a mi alrededor, mi visión empezó a fallar y todas mis fuerzas se desvanecieron.
—Tranquila. —Apollo me sujetó antes de que cayera al suelo y me sostuvo con fuerza—. Te tengo. Te tengo, Blue.
Recuperé el equilibrio y, aferrándome a él, miré de Ray a Apollo. —Yo... yo... le disparé.
—Tenía que hacerse —dijo, apoyándome contra la pared y quitándose el cinturón—. A veces hacer lo incorrecto es la única manera de hacer lo correcto.
—Lo sé.
Jax irrumpió por la abertura, con el arma lista, recorriendo el lugar con la mirada.
—Alto —ordenó Apollo—. Zona despejada.
—Lexi y el bebé —jadeé con voz ronca—. Están ahí fuera en algún lugar.
—Las encontramos —dijo Jax—. Max está con ellas.
Gracias a Dios. El nudo en mi vientre cedió un poco.
Jax miró a Ray y luego a mí. Su mirada se deslizó hacia mi pierna. —Estás herida.
—Afirmativo. —Apollo me rodeó el muslo con su cinturón y lo apretó a modo de torniquete—. Hay un botiquín de repuesto en la biblioteca.
—En marcha. —Jax se dio la vuelta y desapareció por la entrada.
Levanté la mano y contemplé la sangre que empapaba mis dedos. —¿Voy a morir?
—Ni hablar. —Apollo se incorporó y me pasó el brazo por encima de su hombro—. Eres fuerte. Estoy aquí. Te curaré en un santiamén.
—Si tú lo dices. —Me sentí un poco mareada—. ¿Lo prometes?
—Te lo juro por lo más sagrado y toda esa mierda. —Me condujo hacia la abertura—. Estarás bailando en un abrir y cerrar de ojos. Y aquí van más promesas. Estás a salvo. Eres libre. Y te quiero, Blue.
—Oh. —Sin aliento, clavé la mirada en los ojos de Apollo—. ¿Me quieres?
—Con todo lo que tengo —dijo, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. Con todo lo que soy.
Me besó y el dolor y la debilidad desaparecieron. Apoyándome en él, salí de aquel molino, herida, sangrando y cojeando, sí, pero por mi propio pie y más fuerte de lo que jamás había sido.