Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo veintiocho #2
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Capítulo veintiocho #2

Podía hacer mucho con eso.

El frente se quedó inquietantemente silencioso dentro de mi alcance de tiro, pero eso no significaba que los cabrones hubieran terminado. Probablemente estaban reconsiderando sus planes, ideando formas creativas de sacarme de aquí.

Sin quitar el dedo del gatillo, estiré la pierna acalambrada, añorando las rodilleras que solía llevar en las misiones.

Cambié el peso de una rodilla a la otra y volví a pegar el ojo a la mira, esperando el siguiente movimiento de los cabrones. Con las fuerzas flaqueando y la garganta reseca, deseé haber traído un bocadillo de jamón y una cerveza.

Bueno, al menos había acertado con el lugar para esta pelea. Al atrincherarme aquí, había retrasado mi muerte y les había dado a Blue y a los demás una buena ventaja para escapar.

Acaparar la atención de nuestros atacantes también debería darles algo de margen para alejarse de este paraíso convertido en infierno. Además, había hecho mella en el orgullo y la arrogancia del enemigo y había añadido bastantes nombres a su lista de bajas.

Sonreí con suficiencia en la oscuridad.

Pero nada bueno dura para siempre. Y nada de lo que había logrado hasta ahora significaba que hubiera aplazado mi muerte indefinidamente.

Estos cabrones tenían que saber por Charles y Jeffrey que había acceso desde la casa a esta cueva. Joder, probablemente sabían que estaba en el congelador del sótano.

Supuse que por eso habían hecho una pausa. Estaban desplegando un destacamento para montar una ofensiva paralela. Cuando eso sucediera, me vería flanqueado y atrapado entre dos pelotones de fusilamiento.

Mi mirada se desvió hacia el par de granadas de mano que había dejado en el suelo a mi alcance. Una para cada mano. Si tenía que largarme de este mundo a toda prisa, me iba a llevar a tantos de estos hijos de puta como pudiera en el viaje rápido y ardiente al infierno.

—¿Apollo? —la voz melodiosa resonó en la cueva, con un tono falsamente amigable—. Apollo, cariño. ¿Eres tú el que está ahí atrás?

Margret.

La zorra había vuelto para el bis. Debería haber sabido que la rata encontraría la forma de sobrevivir.

—Oh, vamos, guapo —el bufido de Margret resonó en la caverna—. No seas obtuso. Te estoy tirando un salvavidas.

¿Un salvavidas? ¡Ja!

Mantuve el silencio. No había necesidad de darle a la tipa más información de la que ya tenía.

—Tienes que ser tú —sus pasos sonaron en la arena y su voz se oyó más cerca—. Tu equipo de seguridad está fuera de juego y rodeado junto al aeródromo. Eso significa que eres el único soldado de verdad en esta isla. Lo hiciste bien, amigo mío. Pero es hora de dejarlo.

Ni de coña iba a rendirme. Todavía respiraba y el dedo todavía me funcionaba. Además, no era su amigo.

—Mi dulce y querido Apollo —la condescendencia que puso en sus palabras me puso los pelos de punta—. Me he esforzado por no matarte. ¿Recuerdas en casa de Ray? Intenté rescatarte. Reconóceme al menos que quería traerte sin derramamiento de sangre.

Puse los ojos en blanco en la oscuridad. Había querido traerme vivo para que Zero Tango pudiera usarme como moneda de cambio contra mis hermanos.

Muchas gracias, pero eso es un no rotundo, zorra astuta.

—En unos momentos, tendrás que rendirte o morir —dijo, confirmando que sabía lo del acceso trasero—. Hay muchos Battleson, lo que significa que, aunque preferiría entregarte vivo a mi jefe, tengo opciones. Mi jefe no quiere matarte. Todavía no.

Palabras clave: todavía no.

No pondría las vidas de mis hermanos ni la mía en manos de Margret o de Zero Tango.

No era tan tonto.

—Apollo, cielo, eres médico —la mujer simplemente no podía cerrar su bocaza mentirosa—. Eres amable. Honorable. Sincero. Entiendes el valor de la vida. Eres el más razonable de tus hermanos, el más pacífico y lógico del grupo.

Tampoco me sentía halagado por nada de lo que decía. Ni era estúpido, ya puestos.

Era médico, sí, pero había aprendido en mis propias carnes que algunas enfermedades del alma solo podían curarse con una buena dosis de muerte.

Hacía mucho tiempo que había diagnosticado a Zero Tango y a su gente con un caso virulento de brutalidad y falta de humanidad. Eso los convertía en pacientes terminales según mis criterios.

—Por favor, Apollo —la perseverancia de Margret igualaba su astucia—. Piensa en las mujeres y los niños escondidos en esta isla. Esta es tu última oportunidad de deponer las armas y salvar vidas.

El peso sobre mis hombros se alivió un poco. Respiré aliviado. Mis probabilidades no habían cambiado mucho, pero Margret acababa de darme una buena noticia sin querer. Blue y los demás no habían sido capturados todavía. Pensaba mantenerlo así.

Un sonido a mi espalda me hizo mirar por encima del hombro. Ladeé la cabeza y agucé el oído. Quienquiera que viniera por el pasadizo era bueno. Muy bueno.

Era optimista por naturaleza y tenía la intención de darles guerra a estos hijos de puta hasta mi último aliento, pero incluso yo podía ver que el tiempo se me acababa. Solo era cuestión de elegir bien. ¿Qué objetivo les daría a Blue y a los demás una mejor oportunidad de escapar?

Tomé mi decisión.

—Última oportunidad… —canturreó Margret con ese tonillo chirriante y exasperante tan suyo—. Tienes cinco segundos antes de morir, cuatro, tres, dos, uno—

—Vale. —Agarré el M4 vacío de mi lado y lo lancé al suelo, donde produjo un golpe sordo al caer en la arena—. Tú ganas.

—Excelente elección. —La mueca burlona que impregnaba su voz me sacó de quicio—. Vamos —ordenó a sus secuaces.

El haz de una linterna atravesó la reja e iluminó la carabina abandonada en el suelo. A la vez, más linternas alumbraron el frente de la cueva tras el recodo, con sus reflejos rebotando en las paredes. Dos sombras ominosas avanzaron agachadas, con los rifles en ristre, mientras me gritaban órdenes.

Dándoles la espalda a los mercenarios que venían detrás de mí, me enderecé de rodillas, dejé que los ojos se me adaptaran a la luz un instante y eché un vistazo más allá del saliente.

Casi al mismo tiempo, la silueta redonda de una cabeza asomó por el fondo de la cueva, bien resguardada detrás de los dos mercenarios que avanzaban hacia mi posición.

En la oscuridad, distinguí cómo los ojos de Margret se abrían de par en par.

Amable. Honorable. Leal.

Bah.

Al fin y al cabo, yo era un Battleson.

Disparé.