Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo veintiocho
91%

Capítulo veintiocho

Blue

A Lexi le vino otra contracción. Esta fue muy fuerte. Ahogando los gritos, se mordió el puño, cerró los ojos y se hizo un ovillo.

Tenía que ponerla a salvo ya. ¿Pero dónde?

Solo se me ocurría un sitio. No era ideal, pero estaba cerca.

El problema era que, entre los ecos de un tiroteo feroz, el número de mercenarios que llegaban a la casa principal no dejaba de crecer.

Desde nuestro escondite detrás de una mata frondosa de orejas de elefante, conté unos quince matones con uniformes negros y pasamontañas, todos armados hasta los dientes.

La mayoría de los mercenarios tenían prisa por bajar, pero un pequeño contingente se quedó atrás, patrullando la terraza de la piscina y los jardines.

—Vamos, Lexi.

La apoyé contra mí.

—Tenemos que escondernos.

Gimió, pero había que reconocerlo: para ser una modelo de portada mundialmente famosa, era una tía dura. Apoyándose en mí, se levantó y echó a andar.

Avanzamos a trompicones, evitando las luces decorativas que iluminaban los jardines, hasta las ruinas de la antigua plantación de azúcar. Tuvimos que detenernos varias veces porque las contracciones eran cada vez más seguidas. Como pudimos, llegamos al viejo molino.

Como había hecho Joram antes que yo, logré encontrar la entrada entre las enredaderas. Arranqué las plantas trepadoras, ayudé a Lexi a pasar a rastras y la seguí al interior. Después de recolocar las ramas para ocultar la abertura, me di la vuelta y examiné nuestro escondite.

Un hilo de luz de los focos exteriores se colaba por una ventana alta, proyectando sombras en el interior del molino.

En una esquina se pudría un montón de madera.

Una lona, unas tijeras viejas y un martillo oxidado yacían abandonados sobre las vigas, sin duda restos de cuando repararon el techo.

En el suelo se formaban charcos donde la lluvia se colaba a chorros por el techo de paja.

Apreté los dientes. Tenía muy poco con qué apañarme.

Sacudí la lona de plástico y la extendí sobre el suelo de piedra, en el rincón más seco que encontré. Luego llevé a Lexi hasta allí, la acomodé con la espalda contra la pared y me arrodillé a su lado.

—¿Cómo estamos?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —espetó—. ¿No es obvio? Estoy fatal, fatal. Me duele todo. Es demasiado pronto, pero este bebé quiere salir ya. Estamos en medio de la puta nada. Rodeadas de asesinos. He esperado este bebé toda mi vida. Y ahora...

—se le quebró la voz—.

Ay, Blue, ¿y si se muere?

—No va a morir.

Le apreté la mano a Lexi. Notaba cómo crecía el pánico en ella, y el terror me golpeaba las costillas.

—Tu bebé es fuerte, como su mamá y su papá. Respira hondo. Eso es. Vamos paso a paso. ¿Vale?

—Vale

—gimió, con la respiración entrecortada mientras el cuerpo se le tensaba con la siguiente contracción.

Todo su cuerpo se contrajo y su voz se convirtió en un gemido prolongado de agonía que resonó en el molino vacío. Dios mío. Si alguno de esos mercenarios oía sus gritos, sería un desastre para las tres.

—Si puedes hacer menos ruido, te lo agradecería.

Parecía absurdo decirle eso a una mujer de parto, pero los gritos y los disparos resonaban a nuestro alrededor mientras la batalla se extendía hacia los jardines.

—Necesito un hospital

—jadeó Lexi—.

Quiero una sala de partos limpia y una epidural. Y a Max. Necesito a Max. No puedo hacer esto sola.

—No estás sola.

Le froté la espalda, los hombros.

—Estoy aquí. Emme mandará ayuda. Ya verás.

—Emme tardará mucho en llegar a un sitio seguro

—gruñó Lexi entre dientes—.

Y la ayuda tardará aún más en llegar aquí.

Lexi tenía razón, pero no lo dije en voz alta.

—Es que...

—gimió mientras la siguiente contracción la sacudía—.

¡No puedo esperar tanto!

—Quizá puedas.

Me agarré a un clavo ardiendo.

—Al fin y al cabo, si aguantaste tacones de quince centímetros durante horas, puedes con esto.

—Esto es peor, mucho peor.

Su cara se contrajo en una mueca de desesperación.

—Es como un tren bala arrasando por dentro, desgarrándome.

Contuve una maldición y forcé una sonrisa.

—Bien.

—¿Bien?

—me miró boquiabierta, con la cara surcada de sudor y lágrimas.

—Sí, bien

—dije, intentando sonar lo más segura posible—.

Se supone que dar a luz duele como el demonio, ¿no? Así que diría que todo va como tiene que ir.

—Oooh, mierda.

—se encogió y esperó a que pasara la contracción para hablar—.

Max, ¿dónde coño estás? ¡Esto no es justo!

—Tienes razón, esto no es justo.

Improvisé sobre la marcha.

—Las mujeres hemos llevado la peor parte desde el principio de los tiempos. Pero piénsalo: nosotras podemos traer vida al mundo. ¿No es increíble?

—Y una mierda

—gruñó Lexi—.

Esto es una puta mierda. Joder, joder, joder.

—Vale, vale. Lo pillo. Perdona.

La filosofía no estaba sirviendo de nada.

—¡Dios mío!

—gritó con los ojos desorbitados mientras el vientre se le contraía y todo el cuerpo se le ponía rígido—.

Necesito empujar. ¡Ya viene!

Se me subió la bilis a la garganta. No podía atender un parto aquí y ahora. ¡No tenía ni idea de cómo hacerlo!

Tragué saliva.

—¿Puedes intentar aguantar?

—¿Aguantar?

—me gruñó—.

No, no puedo aguantar. No es que pueda darle al pause. A ver si tú aguantas una bola de bolos bajando a toda hostia por tu canal del parto.

—Lo siento —murmuré—. Fue una petición estúpida.

Respira, Blue. Inhalé por la nariz y exhalé por la boca, indicándole a Lexi con gestos que hiciera lo mismo. Mantén la calma. No la cagues más de lo que ya está.

Lexi apretó los dientes y dejó escapar un gemido que sonó más a rugido.

—No puedo hacer esto —sus ojos verde azulados se clavaron en mí, brillantes de dolor—. ¡No puedo!

—Sí puedes —dije con toda la calma que pude reunir—. Nosotras podemos hacerlo.

—¿Aquí? —la desesperación había tallado líneas profundas en un rostro que no las tenía antes de hoy—. ¿Ahora?

—Aquí, ahora —no había otra opción—. ¿Puedes levantar un poco las caderas?

Con el cuerpo temblando y contrayéndose, los sollozos y gritos atrapados tras los labios apretados, Lexi se inclinó hacia un lado y luego hacia el otro mientras yo le bajaba las mallas y la ropa interior.

Ignorando el miedo que me martilleaba en el pecho, orienté el cuerpo de Lexi hacia la ventana alta.

—Déjame echar un vistazo —le separé las piernas y me incliné, entornando los ojos para ver en la penumbra, sin saber qué estaba buscando.

—No puedo creer que esto me esté pasando a mí —gimió Lexi—. Me están castigando.

Levanté la cabeza de golpe.

—¿Por qué?

—Por ser mala contigo —jadeó entre resuellos—. Por tratarte fatal.

—No sabes lo que es fatal. Comparada con mi hermano Ray, eres tan amable como la Madre Teresa. Además, pensaba conquistarte, no sé, en los próximos dos mil años o así.

Logró esbozar una sonrisa entre muecas.

—Lo siento —jadeó—. Estaba enfadada.

—Lo sé —murmuré mientras tanteaba—. Lo arreglaré con Max. Siento que lo primero que sintieras al verme fuera rabia.

—En realidad no —murmuró entre jadeos.

Alcé la vista hacia ella.

—¿No?

—Cuando te vi por primera vez… pensé… Tu pelo… —jadeó, y luego se relajó al pasar la contracción—. Tengo que meter ese azul tan brutal en mi colección de tintes.

Solté una carcajada de sorpresa. Ella también se rio, bueno, hasta que sus risitas se convirtieron en un gemido y volví a ser la comadrona accidental.

Mi mano dio con algo pequeño y más o menos redondo. Entorné los ojos y se me abrió la boca. Me quedé paralizada hasta la última molécula.

—¿Lexi? —murmuré—. Puedo notar la cabeza del bebé. Está… justo ahí.

—Dios mío —jadeó—. Max. ¡Necesito a Max!

Lexi necesitaba a Max, pero yo necesitaba a Apollo. Al fin y al cabo, él era médico. Sabría qué hacer. Yo, en cambio, no tenía ni puñetera idea.

Gritos y voces sonaban por todas partes, demasiado cerca. Me sequé el sudor de la cara y me obligué a tragar. Luego, con la garganta reseca, solté aquellas palabras impactantes:

—Vamos a intentar empujar con la siguiente contracción. ¿Acabamos con esto de una vez?

—Lo intentaré —susurró Lexi, con el rostro bonito contraído en una mueca de dolor.

—Vamos, Lexi. Tú puedes.

No sé cuánto tiempo estuvo Lexi empujando, pero se me hizo eterno. La animé, la arrullé y la convencí empujón tras empujón. Fuera, la lluvia amainó, pero no podía decir lo mismo de los disparos.

—No sé si puedo seguir —jadeó Lexi al cabo de un rato. Cuando la contracción cedió, se desplomó contra la pared con los párpados caídos—. Estoy… tan… cansada.

—No cierres los ojos, Lexi —traté de contener el pánico en mi voz—. Te necesito despierta y empujando. ¿Recuerdas? —intenté sonar alegre—. ¡El bebé ya viene!

—No —murmuró mientras la cabeza se le caía—. Está atascado.

—No digas eso —Por favor, Dios mío, que no sea verdad—. Estas cosas llevan tiempo.

—Por favor, Blue —me tomó la mano y tiró de ella—. Dile a Max que lo intenté. Dile que lo siento. Dile que lo quiero.

—No, no —le tomé la cara entre las manos—. Mírame. ¡Mírame!

Lexi parpadeó varias veces, pero le costaba enfocar en mí su mirada vidriosa.

—No pienso decirle a Max nada de esa mierda —dije—. Se lo vas a decir tú misma. ¿Me oyes, Lexi? Tú se lo vas a decir cuando tú le presentes a su hijo. ¿De acuerdo?

Pero Lexi no respondió. En lugar de eso, los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó en mis brazos.

—¿Lexi? —la sacudí un poco—. Lexi, despierta.

Dios mío. ¿Se había desmayado? ¿Estaba...?

—Lexi, cariño —mi voz se elevó mientras luchaba por no sollozar en voz alta—. ¡Despierta!

Cuida de mi familia. Era lo único que Apollo me había pedido.

Estaba a punto de fallarle.

***

Apollo

Pegué el ojo a la mira, percibí un movimiento en la oscuridad y apreté el gatillo.

Plink, plunk, plunk.

Dos impactos y el golpe sordo de un cuerpo cayendo sobre una de mis víctimas anteriores fueron música para mis oídos.

El montón seguía creciendo. Nada mal para un médico de combate que normalmente estaba agachado sobre alguien herido o tragando polvo junto a un paciente, poniendo una vía mientras esquivaba disparos enemigos.

Como estaba siendo selectivo con mis objetivos y cuidadoso con la munición, calculé que había gastado la mitad de mi reserva.