Capítulo Dieciocho
Blue
Me senté a los pies de la cama frente a Robby, ignorando los golpes en la puerta. Respiré hondo y busqué su mirada, brillante detrás de sus gruesas gafas, con esos iris azul pervinca idénticos a los míos.
—¿Hermanita? —ladeó la cabeza con ese gesto entrañable y curioso tan suyo.
Ignoré los golpes, apoyé los codos en la mesita auxiliar de la cama y estudié mis cartas.
—¿Tienes algún siete?
—Pesca —dijo Robby, arrastrando un poco las palabras—. ¿Hermanita no quiere abrir la puerta?
—No quiero hablar con nadie de ahí fuera.
Cogí una carta del montón.
—Te toca.
Robby se tomó su tiempo examinando el abanico de cartas que sujetaba el soporte fijado al borde de la mesa.
Sentado en su cama, apoyado en la cuña que lo mantenía erguido, era un chico adorable, con el pelo rubio y la piel pálida como yo, y una sonrisa radiante capaz de iluminar la noche más oscura.
Era tres años mayor que yo, ya un hombre adulto, pero tenía parálisis cerebral. Como Robby había nacido sano, los médicos nunca habían podido explicar cómo desarrolló la PC. Mamá lo encontró inconsciente en su cuna y llamó a urgencias, pero para entonces el daño ya estaba hecho.
En el caso de Robby, la PC le había causado daño cognitivo y deficiencias motoras que paralizaban sus piernas y lo obligaban a desplazarse en su fiel silla de ruedas eléctrica.
La PC también le agarrotaba los músculos, le volvía los huesos frágiles y propensos a lesiones, y le dificultaba mover los brazos y hacer movimientos finos con las manos y los dedos.
Pero era un luchador. Tenía una forma entrañable de hablar, con frases cortas que soltaba entre respiración y respiración. Arrastraba las palabras y le costaba pronunciar las más largas, pero siempre lograba transmitir el ingenio de su mente vivaz.
También era amable, sabio y mucho más inteligente de lo que su nivel funcional sugería, además de un maldito genio en los videojuegos, que le encantaba jugar con su mando adaptado.
Años antes de morir, mi madre me había suplicado que cuidara de Robby si a ella le pasaba algo.
Sabía que Ray no iba a ser de ninguna ayuda.
La única razón por la que Ray había mantenido vivo a Robby era para tenerme controlada.
La repugnante ideología de Ray sostenía que alguien como Robby no tenía derecho a existir.
Que le jodan a Ray.
La verdad era que mi madre no necesitaba suplicarme.
Adoraba a Robby. Era un alma positiva y optimista.
Claro, tenía sus momentos, pero Robby era mi compañero, mi mayor orgullo, y encima graciosísimo.
Era el centro de mi vida y la única razón por la que había aguantado los abusos de Ray durante el último año.
Volvieron a llamar, esta vez con más fuerza e insistencia.
—Espero que sea Mayhem —dijo Robby, mirando hacia la puerta.
—¿Mayhem? —fruncí el ceño—. ¿No es como lo llaman sus hermanos a veces?
—Sí, Jax —dijo Robby—. Vino a recogerme en la am-bu-lan-cia. ¿Conoces a Jax?
—Sí.
Aunque dudaba que yo le cayera bien a él o a los demás después de mi numerito en público. Se me encogió el estómago. Dios, me había portado como una auténtica arpía.
—Me cae bien Jax.
Robby alargó la mano con un movimiento torpe y me pasó una carta del montón.
—Dijo que le en-can-ta Call to Battle.
—¿En serio?
Cogí una carta y la dejé sobre la mesa.
—A ti te encanta ese videojuego.
—Jax juega —dijo Robby—. Con sus hermanos.
—¿Ah, sí?
—Son un equipo —dijo Robby, examinando el montón—. Jax dijo que Robby podría jugar. En su equipo. Puedo ser Wizard. En el juego, Max es Raider. Troy, Rogue. Kass, Ice.
—¿Ah, sí?
Mi hermano había logrado enterarse de mucho en el poco rato que había pasado en la ambulancia con Jax. Aunque claro, era de esperar. Me picó la curiosidad.
—¿Y el hermano de Jax, Apollo? ¿Sabes cómo se llama en el juego?
—Apollo es Mage —dijo Robby con una sonrisa—. Sanador mágico. Cura heridos. Doma dragones. Muy guay.
Me di cuenta de que el nick de Apollo también se aplicaba a su vida real.
Mi cuerpo recordaba la poderosa magia que desataban en mí su tacto, sus labios, sus sonrisas.
Se me erizó la piel con los recuerdos y algo oscuro y delicioso despertó en mi interior.
Era como si me hubiera hechizado. Señor Perfecto era de verdad un ser mágico.
Vaya. Ya estamos otra vez.
Me eché mentalmente un jarro de agua fría sobre el deseo que me hervía por dentro cada vez que pensaba en él y, negando mis emociones, me concentré en el juego.
—Supongo que Mage es muy importante para el equipo —dije.
—Muy.
Robby asintió.
—El equipo puede jugar. Pero... sin mage, no hay victoria.
—Ya veo.
Levanté la carta que Robby me había pasado y seguí ignorando los golpes insistentes en la puerta.
—Pesca.
—Yo pesco.
Robby hundió los dedos en el montón, peleándose con la carta.
—Abre la puerta. Ahora. Eres maleducada. Tienes que hablar. Con la gente.
Resoplé.
—Vale, vale.
Dejé las cartas sobre la mesa y bajé de la cama de un salto. Robby tenía razón. No podía mantener la puerta cerrada para siempre. Tarde o temprano necesitaría sus medicamentos y su desayuno, y tendría que enfrentarme a la realidad.
Crucé la espaciosa habitación arrastrando los pies y me estiré la camiseta, asegurándome de que me tapara los muslos. Se la había cogido prestada a Robby después de pasar un rato reflexionando bajo el chorro de agua caliente de su estupenda ducha adaptada.
La camiseta me quedaba enorme y me llegaba casi hasta las rodillas, pero estaba limpia y olía a polvos de talco —el olor de Robby—, cosa que no podía decir de la ropa sucia que llevaba puesta cuando me encerré en su habitación.
Me sentía mejor ahora que me había quitado de encima la peste a mierda de perro y a pólvora. También ayudaba haber pasado unas horas en paz con mi hermano. Desde que tenía memoria, las sonrisas y los abrazos de Robby siempre habían sido mi refugio en la tormenta.
De Ray, también.
Ver que Robby estaba a salvo y feliz había ayudado mucho a estabilizar mis emociones. Pero ahora me sentía avergonzada. ¿Cómo había podido comportarme tan mal cuando les debía tanto a Apollo y a sus hermanos?
Apollo. Dios. No podía dejar de pensar en él. Era como si mi mente hubiera creado una conexión magnética con él y no pudiera romper ese vínculo indestructible.
Indestructible, y una mierda.
Probablemente pensaba que estaba loca. Si era listo, no querría saber nada más de mí y había venido a decírmelo. Y si yo era valiente, haría lo correcto y rompería este apego inexplicable e irracional que me ataba a él.
Valor, chica. Había sobrevivido a Ray. Podía sobrevivir a lo que viniera después.
Respiré hondo, me coloqué el pelo detrás de las orejas y abrí la puerta.
Apollo estaba frente a mí, con unos vaqueros azules, una camisa blanca impecable con cuello y un jersey de cachemira marrón que se ajustaba perfectamente para resaltar sus hermosos pectorales.
El sombrero fedora de paja trenzada que hacía girar en una mano y las botas chukka a la moda que llevaba eran la guinda del pastel.
Dios mío, ayúdame.
De la cabeza a los pies, estaba jodidamente bueno, pero bueno de verdad, para comérselo. A su lado, yo parecía una rata ahogada.
No pude evitarlo. Lo devoré con la mirada, recordando su cuerpo duro embistiéndome entre mis brazos, su polla dura llevándome al paraíso. La ola de calor me arrolló. Se me sonrojó la cara, se me acaloró el cuerpo y el coño empezó a sudarme.
Pellizqué la parte de arriba de mi camiseta y me abaniqué la cara con la tela. Debía de hacer como treinta y dos grados con un cien por cien de humedad en la habitación de Robby.
Un vistazo me confirmó que no era la única que sufría los efectos secundarios de la lujuria. ¿Era mi imaginación o había un bulto extra presionando contra la entrepierna de los vaqueros de Apollo?
Ah, y por cierto, deja de mirarle la entrepierna.
Obligué a mis ojos a volver a su cara. Un destello de diversión brillaba en sus ojos esmeralda y le levantaba las comisuras de la boca, como si reconociera la lujuria que fluía en ambas direcciones, zumbando y chispeando entre nosotros.
Sacúdetelo, chica. Tienes otros modos además de arpía total y zorra absoluta.
Se había arreglado bien. El borde de un vendaje asomaba por debajo de la manga, pero aparte de eso y los restos de un moratón bajo el ojo, cualquiera pensaría que acababa de volver de un día tranquilo en urgencias.
—Hola —dijo, pero no hizo ademán de entrar en la habitación.
—Hola. —El rubor de mi cara se intensificó, una admisión biológica de haber perdido los papeles antes y de estar inundada de lujuria en el presente—. Perdona... eh, por lo de antes... ya sabes.
—No hace falta que te disculpes.
Hice una mueca. El señor Perfecto iba a matarme a base de amabilidad.
Me recompuse.
—¿Ha venido Mage a matar a la dragona?
—No hace falta ninguna matanza. —Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en sus labios—. Me gustan los dragones.
Me flaquearon las piernas. Oh, mierda. ¿Por qué se me doblaban las rodillas así?
—Te he traído esto. —Me ofreció un pijama quirúrgico rosa fucsia doblado—. No es precisamente una declaración de moda.
—A tu lado, nada lo es. —Cogí las prendas—. Gracias.
Un silencio incómodo se prolongó entre nosotros hasta que reuní el valor suficiente.
—¿Se atreve el guerrero Mage a entrar en la guarida del dragón?
—Se atreve, y me encantaría conocer a Robby.
—¡Entra, entra, Mage! —gritó Robby desde la cama, agitando los brazos con entusiasmo—. ¡Soy yo, Wizard!
—Wizard, sí, Jax me dijo que eres un sanador de dragones. —La mirada de Apollo se posó en mí un segundo, brillando con un toque de humor. Luego entró tranquilamente en la habitación y se acercó a Robby—. Me han dicho que vas a ponerme las cosas difíciles.
Robby soltó una risotada de pura alegría y aplaudió.
—¡Hermana, hermana! —gritó—. ¡Estoy en el equipo!
Las lágrimas que me quemaban los ojos me pillaron por sorpresa. El sollozo que me tragué se convirtió en un graznido. Apreté el pijama contra el pecho y contuve el llanto, pero a duras penas.