Capítulo dieciséis
Apollo
A media mañana seguía dándole vueltas a los numerosos problemas que teníamos encima y tratando de averiguar cómo acercarme a Blue y sacarla de su ensimismamiento.
Resultaba extraño estar sentado en mi propia mesa de exploración, en una de las consultas donde solía atender a los pacientes, en mi propia clínica. Estaba acostumbrado a ser el médico, no el paciente.
Mis pensamientos volaron hacia Blue, que estaba abajo. La última vez que la había visto fue cuando me conecté a la cámara médica de la habitación de Robby. Se aferraba a él como si fuera lo único que le quedaba en el mundo. Y probablemente así se sentía.
Recordé cómo se le había desencajado el rostro al ver el retrato de Leo, cómo su mirada desconcertada iba de él a mí y de mí a él.
¿A quién veía entonces, a Leo o a mí? ¿Lo consideraba mejor hombre, como yo mismo lo consideraba? ¿Podría olvidarlo para estar conmigo? ¿Podría yo olvidarlo?
Su vida estaba hecha pedazos, y hasta que confirmáramos la muerte de Ray, corría peligro. A estas alturas, Zero Tango probablemente ya había descubierto que ella era importante para nosotros... para mí. Eso significaba que también la tenía en el punto de mira.
Ahora mismo, yo era su único vínculo entre el pasado y el presente, la única persona en quien podía confiar para guiarla a través de los peligros.
Recordé sus reacciones, sus rechazos. Eres un idiota arrogante. Una noche de sexo increíble no significa nada. No quiere saber nada de ti.
Está en shock, me recordó el médico que llevaba dentro. Necesita tiempo para procesarlo. Es fuerte, lo superará. Tú también.
De lo último no estaba tan seguro.
Jax me había dado primeros auxilios en el helicóptero, pero mi colega, la Dra.
Chávez, completó el trabajo. Me limpió las heridas, me puso una inyección de antibiótico y añadió varias vacunas, incluida la primera de las dos dosis de refuerzo contra la rabia que me esperaban, además de la antitetánica.
Me consideraba afortunado.
La camisa había cumplido su función y solo necesité un par de puntos. Al mover los dedos y probar la movilidad de la mano, comprobé que no había daño muscular ni en los tendones. Tenía un hematoma bajo el ojo, un golpe en un lado de la cabeza y otros cardenales y rasguños.
En conjunto, no estaba tan mal, y desde luego era un resultado mucho mejor del que había esperado.
Bajo la atenta mirada de Jax y Kass, la Dra. Chávez terminó de vendarme el brazo izquierdo con un apósito estéril impermeable.
—Listo, doctor. Ya está.
Me sonrió y luego miró a mis hermanos mientras se dirigía a la puerta.
—Los dejo en buenas manos.
Intercambió saludos con Troy y Max, que entraron y cerraron la puerta tras de sí. La pequeña consulta estaba abarrotada con todos nosotros apiñados.
Max se había quitado la pintura de guerra de la cara y se había cambiado a su ropa de diario: vaqueros raídos, sandalias Chaco y una camiseta que decía No me disculpo, así que apáñatelas tú solito. Se dejó caer en la silla entre Jax y Kass, con la vista fija en su tableta.
Jax también se había lavado la cara, pero no se había molestado en quitarse el uniforme de combate. Por él, viviría con el camuflaje puesto. Mejor eso que sus intentos de vestir de paisano. Sin Emme, era un desastre con patas en cuestión de moda.
Kass llevaba el traje de seda que había tenido puesto en las perreras. Típico de él lucir impecable e imperturbable, como si no hubiera estado en un feroz tiroteo hacía apenas un par de horas. Conociéndolo, su pulso apenas habría superado el ritmo en reposo durante la acción.
No era de extrañar que lo llamáramos Hielo.
En cuanto a Troy, tras pasar de piloto a abogado, ahora llevaba traje, listo para otro tipo de acción: la guerra que se libra en tribunales y bares con palabras y sonrisas socarronas. En cuanto la doctora se fue, empezó a dar vueltas por la sala.
Bajé de la camilla y cogí la camisa limpia que Jax me había traído.
—Oye, Rogue, ¿qué te tiene tan alterado?
—Tú —espetó Troy—. Y esa mujer. Podría habernos mandado a todos al otro barrio.
—Es más volátil que la bolsa —dijo Kass, clavando en mí su mirada gélida—. Y no olvidemos que está emparentada con la principal familia racista de Estados Unidos. ¿Qué demonios vio Leo en ella?
—Puedo decirte exactamente qué vio Leo en ella —dije con más vehemencia de la que pretendía—. Es valiente, buena persona, y no se parece en nada a su hermano. No es racista y ha pasado por mucho.
Kass se echó hacia atrás. Los demás dejaron bien claro que habían notado mi reacción intercambiando miradas de sorpresa. Pero fue la mirada de Jax la que atravesó mi armadura. Frunció el ceño, pero por una vez, se mordió la lengua.
—Es un peligro público, eso es lo que es —masculló Troy, nada convencido.
—Explotó como dieciséis toneladas de dinamita —dijo Max sin levantar la vista de la pantalla.
—Deberían darte un plus de peligrosidad y una medalla por enfrentarte a ese genio suyo —añadió Kass—. Me han dicho que también te cerró la puerta en las narices.
Dejé escapar un largo suspiro. Blue no había causado buena impresión a ninguno de mis hermanos en el primer encuentro, un problema que tenía que resolver cuanto antes.
Comprobé la transmisión en directo en el móvil. Estaba acurrucada junto a su hermano, hablando con él. Tenía mejor aspecto. Más tranquila. Quizá eso era lo que necesitaba: a su hermano y un respiro de todos nosotros, los imbéciles que sin querer nos habíamos confabulado para presionarla demasiado.
Quería estar en esa habitación en ese mismo instante, pero por insistencia de Jax, le había dado espacio a Blue y había bajado a que me curaran. No me sentía nada bien con eso.
—¿Trev sigue ahí abajo? —pregunté.
—Sí —dijo Kass—. Trev ha plantado la silla de ruedas junto a la puerta por si ella necesita algo. Ya lo conoces. No se moverá de ahí hasta que vuelvas.
—Bien.
Trev era nuestro hermano de armas más reciente, un hombre en quien podía confiar para cubrirme las espaldas.
Vacilé, observando las expresiones sombrías de mis hermanos. Necesitaba ayudar a Blue a superar esta transición, pero también necesitaba que mis hermanos se pusieran de su lado.
—Chicos, voy a necesitar que tengáis la mente abierta. Sé que estábamos deseando encontrar a la mujer de Leo y hacer lo correcto por ella. Quizá esperábamos a alguien diferente. Pero Blue ha pasado por mucho y vamos a tener que ser pacientes con ella.
—Demonios, tú también has pasado por mucho —gruñó Kass—. Casi te vas al otro barrio con esta. Por lo que a mí respecta, una mala racha no le da a nadie derecho a joder la vida de los demás, especialmente la de quienes intentan ayudarte.
—Ice, usa la cabeza —dije—. Acaba de salir del infierno y está sufriendo. Está traumatizada, confundida y asustada. Ha estado sola, muerta de miedo durante mucho tiempo. Esto va a llevar tiempo.
—Bien —suspiró Troy—. Pero no me pidas que me caiga bien.
—Hola, cerebro de guisante —dijo Max—. A ninguno de nosotros nos caía bien Marisol al principio. ¿Recuerdas? Y ahora es una más del grupo. Así que cierra el pico y escucha.
Un Troy debidamente reprendido se cruzó de brazos y arqueó las cejas hacia mí.
—Blue está sufriendo demasiadas pérdidas a la vez —dije—. Amaba a Leo. Pensaba que él la había abandonado. Acaba de enterarse de que está muerto y tiene que procesarlo.
Al menos, eso puso las cosas en perspectiva. Todos compartíamos el dolor por la muerte de Leo. Todos podíamos entenderlo.
—Ray mantuvo a Blue como rehén durante un año entero —continué—. Era bailarina profesional hasta que él le rompió el pie. Con un martillo.
Incluso Kass hizo una mueca ante esa jodida atrocidad.
—La mantuvo prisionera durante semanas en esa mierda de perrera. La torturó, física y emocionalmente. Vio una oportunidad de acabar con el reinado de terror de Ray y la aprovechó.
—Podría habernos mandado al otro barrio, a todos —insistió Troy.
—Pero no lo hizo, ¿verdad? —lo desafié con la mirada.
—Bien, pero tengo que decirte —Troy se pasó los dedos por el pelo negro azabache y se apartó el flequillo de la cara—. Esta va a ser un coñazo de arreglar.
—Se te da bien arreglar cosas —dije—. Es lo tuyo.
—Esto es un jodido desastre —dijo—. Esa explosión es difícil de explicar y hay demasiada gente metiendo las narices: policía, FBI, ATF, lo que quieras. En cuanto empiecen a buscar culpables, estarán llamando a nuestras puertas.
—¿Está vivo Ray? —pregunté—. ¿Y qué hay de la mujer, Margret?
—Ni rastro de ninguno de los dos —dijo Max con voz pausada, mientras monitorizaba el flujo de información en su pantalla—. No lo sabremos hasta que se haga el análisis de ADN. Todos los mercenarios han desaparecido, hasta el último cuerpo.
—Ese es el modus operandi de Zero Tango, sin duda —dije.
—Lo es —asintió Max—. El problema es que hay muchos supervivientes, Imperiales cabreados que van contando a todo el mundo que la hermana de Ray y su amante volaron el complejo.
Jax me miró y sus ojos esmeralda brillaron con un destello de humor. —Vaya, hola, galán.
Le hice una peineta. —Vete a la mierda.
—Me preocupa que tu camioneta aparezca en alguna de las cámaras de tráfico de la Interestatal —dijo Troy—.
Mandé a alguien a recuperar tu camioneta de Egypt, pero aun así, es un riesgo.
Tarde o temprano tendremos a los federales de visita.
Y cuando vengan, la mujer irá a la cárcel y va a ser difícil mantenerte fuera del trullo.
Troy no era alarmista y Max estaba monitorizando la situación. Si ellos estaban preocupados, yo también debería estarlo.
—También tenemos el problema de Zero Tango del que ocuparnos —dijo Kass.
—Sé que no estamos mano sobre mano —dije—. ¿Informe de situación?
—Estamos rastreando las huellas de Margret en la Red —informó Max—. Tenemos alertas en sus tarjetas de crédito, direcciones, cuentas, todo. Si aparece, lo sabremos. También estoy rastreando a Ray. Si esa comadreja asoma la cabeza en cualquier parte, lo sabré.
—Mientras tanto, lo mejor es sacarte de aquí y montarte una coartada que aguante un escrutinio —dijo Troy—. Max ya está haciendo su magia.