Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Quince #3
52%

Capítulo Quince #3

Había pensado en todo.

—Dame un momento —Apollo cruzó la sala y saludó a la enfermera del mostrador de recepción.

Lo seguí entumecida. Mantuvo una conversación amable con la enfermera mientras nos registraba, pero yo solo pude quedarme mirando boquiabierta, absorbiendo todo lo que me rodeaba.

El lugar estaba impecable. Cada superficie relucía.

El personal de los puestos de trabajo tras el mostrador era profesional y atento.

Un guardia de seguridad vigilaba una pared de pantallas que mostraban las amplias instalaciones: centro recreativo, piscinas, gimnasios, comedores, sala de cine... de todo.

Robby vive aquí.

Incluso en mi estado, fui capaz de entender que estaría a salvo y bien atendido, que había tomado una buena decisión al aceptar el plan de Apollo.

Me di la vuelta, obligándome a respirar mientras contemplaba aquel lugar maravilloso. Mi mirada tropezó con el cuadro colgado en la pared del fondo. Me llevé una mano temblorosa a la boca mientras todo el aire abandonaba mi cuerpo de golpe. Por mucho que inhalara, no volvía.

Un retrato de Leo me dirigía su sonrisa contagiosa. En la imagen, vestía el uniforme de gala del Ejército: camisa blanca impecable, corbata negra y guerrera azul medianoche que lucía sus insignias de rango, cintas de servicio y medallas.

Nunca lo había visto de uniforme. Era como si lo estuviera conociendo de nuevo. Estaba guapísimo. Sus grandes ojos marrones brillaban como si estuviera vivo y feliz de verme. Mi mirada se deslizó hacia la placa dorada bajo el retrato.

Centro Conmemorativo Leo Battleson

Porque los héroes se parecen a ti

Un sollozo se me escapó de los labios. Al alzar la vista hacia Leo, la ansiedad regresó y la adrenalina volvió a correr por mis venas, descontrolada.

Ya no estaba enfadada con él. La verdad era que llevaba dos largos y dolorosos años llorando su ausencia. Pero al contemplar su retrato, este hermoso centro que era un digno homenaje a su legado, lo definitivo de su muerte —lo definitivo de nosotros— me golpeó en pleno pecho.

Estaba muerto. No era justo, pero se había ido.

Aparté la mirada del retrato de Leo y la dirigí hacia Apollo. Él me sostuvo la mirada, con los ojos velados de dolor.

Duelo. Era una emoción que conocía bien.

Leo está muerto. Se ha ido para siempre. Nunca volverá. Pero Apollo estaba aquí, ahora, vivo, conmigo.

Lo conocía desde hacía poco tiempo, pero su valentía, la pura intensidad de nuestro tiempo juntos y los recuerdos de nuestros apasionados encuentros me hacían sentir como si lo conociera de toda la vida.

La cuchilla que me había partido en dos cuando descubrí que Apollo era el hermano de Leo volvió a golpear. Una oleada de emociones contradictorias me atravesó. Un golpe de culpa me oprimió el pecho y me costaba respirar.

¿Cómo podía haber amado a Leo con todo mi corazón y a la vez sentir tanto por Apollo?

¿Acaso yo, que había acusado falsamente a Leo de traicionarme, lo estaba traicionando ahora al desear a su hermano?

Y peor aún, ¿por qué iba a tener yo una segunda oportunidad en la vida y en el amor cuando Leo no la había tenido?

No tenía respuestas para ninguna de mis preguntas ni compasión conmigo misma.

Me sentía miserable. Perdida. Merecedora de nada más que tristeza.

La confusión embotaba mis sentidos. Lo que sentía por Apollo no podía ser amor.

Era solo atracción, una poderosa química sexual intensificada por el peligro que habíamos afrontado juntos.

¿Estás segura de eso? preguntó una vocecita en el fondo de mi mente.

Sí. No. Que Dios me ayudara, ya no estaba segura de nada. Pero fuera lo que fuese, no podía permitir que continuara.

Una profunda rabia existencial acudió a llenar el vacío en mi interior. El mundo a mi alrededor se fragmentó, un espejismo de mi yo destrozado. No lograba entender mis sentimientos. Tampoco podía enfrentarme a Apollo en ese momento.

—¡Robby! —grité a pleno pulmón y corrí hacia la puerta de seguridad que separaba la recepción del resto del centro.

Aporreé la madera de nogal, con golpes que me lastimaron los puños y resonaron en el vestíbulo.

—¡Robby! ¿Dónde estás?

—Señorita, por favor, es tarde, cálmese —dijo un auxiliar mientras abría la puerta.

Lo aparté de mi camino y eché a correr por el pasillo, gritando el nombre de Robby, escudriñando entre lágrimas las placas grabadas en las puertas mientras avanzaba por un largo corredor.

—¡Señorita, espere! —El auxiliar trotó detrás de mí, seguido de varios más—. No está autorizada para entrar. ¡Deténgase!

—Déjenla. —La voz de Apollo resonó en el pasillo, serena y firme como siempre—. Yo me encargo.

Giré al final del pasillo, luego doblé otra vez y estaba casi al final cuando lo encontré. Robby Weber. Ahí. A mi derecha. En la puerta.

Agarré el picaporte, lo giré y entré en la habitación.

—¿Blue? —Apollo apareció en el umbral, con los brazos apoyados a cada lado del marco, su poderoso pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración agitada—. ¿Estás bien?

—No. —Le cerré la puerta en la cara.