Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

Ni mucho menos estábamos fuera de peligro, pero esa pequeña muestra de libertad me devolvió al presente y me dio algo de esperanza de que quizá Apollo tuviera razón y pudiéramos salir de allí de algún modo.

—Tu turno.

Le cogí la cuchilla. Era larga, estrecha como una lima de uñas y difícil de sujetar. Me hizo un corte en el dedo, demostrando que también estaba muy afilada. La pasé a través de la valla metálica y empecé a cortar las bridas de Apollo.

Tenía la ventaja de poder ver lo que hacía, pero Apollo había hecho que pareciera fácil. Serrar el plástico era mucho más difícil de lo que esperaba. La cuchilla rebotaba en el nailon y tenía que aplicar mucha fuerza en el mismo punto para conseguir avanzar.

—Lo estás haciendo genial —Apollo me lanzó una mirada alentadora—. Ahora, ¿dónde nos habíamos quedado en tu historia?

—Tardamos casi un año y medio en hacer el trabajo —me concentré en el trozo de plástico que unía las esposas de Apollo. Cortar, cortar, cortar. Era un proceso lento—. Leo desaparecía de vez en cuando, a veces durante semanas, pero siempre se mantenía en contacto conmigo y siempre volvía.

—Probablemente estaba trabajando con nosotros en esas épocas —dijo Apollo—, haciendo avanzar el proyecto de los Battle Brothers y realizando otras misiones entre medias. A Leo le encantaban sus operaciones.

—Así es —sonreí al recordar su entusiasmo de siempre y su carácter optimista.

—¿Ray sospechaba cuando Leo se iba? —preguntó Apollo.

—En realidad no —dije—. Leo le contó a Ray que trabajaba como comercial para una empresa de tecnología. Ray lo investigó, pero Leo tenía todo bien atado. Ray nunca sospechó de él.

—Leo siempre tenía todo bien atado —Apollo me dedicó una sonrisa por encima del hombro.

—Era meticuloso con todo lo que hacía. Yo lo llevaba bien cuando Leo se iba porque siempre volvía. Mientras asistiera a sus reuniones, Ray me dejaba en paz. Entonces, hace unos dos años y medio, el FBI y la ATF se lanzaron contra Ray.

—Lo recuerdo —intervino Apollo—. Leo estaba orgulloso de esa misión.

Y yo me había sentido tan feliz de formar parte de ella. Claro, la operación era compleja y había otros participantes, pero Leo y yo habíamos hecho la mayor parte del trabajo, juntos.

—Con todas las pruebas que habíamos reunido —continué—, los federales procesaron a Ray y lo metieron en la cárcel con una condena de sesenta años. ¡Sesenta años! Ray estaba furioso conmigo, pero estaba acabado. Leo me dijo que se iba a una misión rápida, que volvería a por mí. Y entonces…

—¿Y entonces?

Mis manos vacilaron y el cuchillo tembló entre mis dedos.

—Nunca volvió. No volví a saber de él ni a verlo. A medida que pasaban los meses, me di cuenta de que no iba a volver. En mi cabeza, se había deshecho de Ray, me había abandonado y se había largado tan campante.

—Leo nunca habría hecho eso —dijo Apollo, siempre leal a su hermano—. Él no era así. Era de fiar. Tienes que creerme.

—Tienes razón —ahogué un sollozo—. Era de fiar. La mejor prueba de eso es que viniste a buscarme. ¿Pudisteis… eh… enterrarlo como es debido?

—Así es —dijo Apollo—. Está enterrado en Resurrection, nuestro pueblo en las Montañas Rocosas, en un risco con vistas a Bear Mountain, su lugar favorito.

—Suena precioso —murmuré—. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de despedirme de él.

—Te doy mi palabra, algún día lo harás —prometió Apollo—. Te llevaré allí yo mismo.

No tuve valor para recordarle a Apollo que nuestras posibilidades de salir de allí eran casi nulas.

—¿Intentaste contactar con Leo cuando no volvió? —preguntó, sin duda para evitar que me hundiera de nuevo en la tristeza.

—No contestaba al móvil —dije, siguiéndole la corriente a este hombre valiente que no estaba dispuesto a rendirse sin luchar—. Contacté con el FBI y la ATF para averiguar su paradero.

—¿Qué dijeron?

—No me dijeron una mierda —resoplé, todavía furiosa con todos ellos—. Me dijeron que su misión había terminado y la mía también. Me sugirieron que olvidara a Leo y siguiera adelante con mi vida.

—¿Qué hiciste entonces?

—Con Ray en la cárcel, volví al trabajo. Robby era mi responsabilidad y tenía que pagar su atención. Me sentía abandonada, traicionada. Estaba enfadada con Leo por haberme dejado tirada, pero estaba intentando rehacer mi vida. Hasta que…

—¿Hasta qué? —me animó Apollo con suavidad.

—Hasta que Ray apareció en mi apartamento de Chicago —la conmoción de aquel terrible momento volvió a golpearme en el estómago—. Abrí la puerta y allí estaba.

—¿Cómo demonios pasó eso? —la voz de Apollo vibraba de indignación.

—Ray apeló su caso en el tribunal federal —exhalé con fuerza—. Consiguió un abogado muy bueno y muy rastrero que sobornó y chantajeó a todo el mundo. Y así, basándose en un tecnicismo, un juez que sin duda se había embolsado una buena suma desestimó el caso de Ray y lo puso en libertad.

—¿Nadie te avisó de que esto estaba pasando? —preguntó Apollo.

—Nadie.

Maldijo entre dientes.

—Exactamente lo que pienso. Los federales me dejaron tirada. Por eso no confío en ellos, nunca volveré a confiar en ellos. Quizás, si lo hubiera sabido, podría haber huido antes de que Ray me encontrara. Pero la llegada de Ray me pilló por sorpresa.

—Solo puedo imaginarme cómo te sentiste —suspiró Apollo—. ¿Qué hizo?

—Ray me secuestró y me trajo de vuelta a Egypt por la fuerza. Me encerró, aquí mismo, en las perreras. Casi pierdo la cabeza.

—Lo siento mucho, Blue, y lo siento aún más porque estamos aquí ahora.

Aparté la compasión de Apollo, intentando no desmoronarme.

—Ray acabó con mi esperanza. Me desconectó del mundo. Escribió una carta de renuncia a mi trabajo haciéndose pasar por mí. Deseé que me hubiera matado a mí.

—No digas eso.

—Habría sido un destino más piadoso —dije—.

Pero tenía un plan para mí. Me mantuvo con vida para vengarse y convertirme en un escarmiento.

Si lograba humillar a los federales y mantener a su hermana traidora como esclava de sus caprichos, nadie más se atrevería a traicionarlo. Cada día se hace más fuerte.

—No por mucho tiempo —murmuró Apollo.

—Al principio intenté luchar contra él —dije—. Pero amenazó con matar a Robby.

—Es un maldito hijo de puta —gruñó Apollo.