Capítulo Once
Blue
Trabajó en silencio, cortando el plástico con una determinación que me impresionó, la hoja de metal raspando el nailon. Pero la paciencia no era una de mis virtudes, y el terror me subía por el pecho cada vez que oía un ruido en el otro extremo de las perreras.
—No tenemos tiempo para esto —espeté, dejando ver mis nervios—. Seguro que ya ha oscurecido. Ray puede llegar en cualquier momento. Y cuando llegue, estamos muertos.
—Mujer de poca fe —la voz de Apollo sonó risueña a mis espaldas—. Cada segundo que pasa, tenemos más posibilidades. Y prometiste que no te rendirías. Que correrías en cuanto tuvieras la oportunidad. ¿Recuerdas?
Ya, claro. No lo dije en voz alta.
—¿Y Blue? —añadió—. Vas a tener la oportunidad. Te lo juro.
Las malditas lágrimas volvieron a llenarme los ojos.
Sabía que hablaba en serio. De algún modo, el beso que acabábamos de compartir había disipado la bruma de mi terror y me había recordado cómo me había hecho sentir la noche anterior.
Lo nuestro era inestable, por decirlo suavemente, y no veía ningún futuro para nosotros, pero él hablaba de corazón.
Pero también conocía a Ray. Y eso hacía casi imposible albergar la esperanza de salir de allí con vida, pese al optimismo inquebrantable de Apollo.
Tragué un sollozo y luché por no hiperventilar.
—Esto está tardando demasiado.
—Lo conseguiré —dijo—. Cuéntame, Blue. ¿Cómo os conocisteis Leo y tú?
Me erguí contra la valla.
—¿Quieres hablar de Leo?
—¿Por qué no? —dijo con esa calma suya, casi exasperantemente lógica, sin dejar de mover el cuchillo—. Tenemos tiempo.
Entonces lo entendí.
—Quieres distraerme para que no piense en Ray, ¿verdad?
—El miedo es el asesino de la mente. —Su voz destilaba burla y desafío.
—Primero Shakespeare y ahora citas Dune. —Una sonrisa me asomó a los labios—. Tienes gustos literarios muy eclécticos. Eres de los que picotean de todo, al menos en libros, ¿no?
—Así es, pero por lo visto tú también —dijo sin perder el ritmo, moviendo la hoja de un lado a otro, como un serrucho—. Fuiste a la universidad, ¿me equivoco?
—Juilliard.
—Nueva York. —Apollo silbó—. Toma ya, qué fino.
—Especialización en danza, beca completa, graduada con honores. —Hacía mucho que no oía ese tono de orgullo en mi propia voz—. Después de eso, empecé a trabajar en el Ballet de Chicago.
—Impresionante. —El clac, clac, clac constante del cuchillo contra el plástico acompañaba sus palabras—. ¿Bailabas con ellos?
—Sí, y también daba clases en la escuela. —Sonreí al recordar aquella época con cariño—. Me encantaba enseñar a los pequeños.
—Los niños molan —dijo—. Tengo un sobrino y dos sobrinas. Seguro que les encantaría tener una profesora como tú. ¿Por qué lo dejaste?
—Mi madre enfermó y murió. —Un dolor hueco sustituyó mis buenos recuerdos—. Volví a Egypt para enterrarla. —Dudé, y luego me obligué a continuar—. Fue entonces cuando conocí a Leo.
La presión del cuchillo sobre mis esposas cedió un instante, pero enseguida volvió cuando Apollo retomó su tarea con las bridas aparentemente indestructibles.
Al mirar por encima del hombro, vi su perfil y cómo se le tensaba la mandíbula antes de volver a hablar.
—¿Leo fue a Egypt?
—Sí. Lo conocí en el funeral de mi madre.
Recordé la primera vez que lo vi: muy elegante con su traje oscuro, entrando en el tanatorio con su aplomo habitual. Su pelo impecable y sus vivaces ojos marrones me llamaron la atención.
—Leo vino a dar el pésame. Dijo que era amigo de mi madre. Preguntó si podía pasarse a verme esa noche. Fue entonces cuando descubrí que me había puesto en su punto de mira.
—¿Te puso en su punto de mira? —Apollo giró la cabeza y me miró por encima del hombro—. ¿Por qué?
—Todo fue muy confuso en aquel momento —admití, recordando aquella noche turbulenta—. Resulta que Leo estaba dirigiendo una operación conjunta con el FBI y la ATF. Su objetivo era acabar con Ray y sus Imperiales.
—¡Ahora me acuerdo de esa operación! —La voz de Apollo se avivó al caer en la cuenta—.
Por eso el nombre de la banda de Ray me sonaba.
Recuerdo a Leo hablando de ella, pero yo no participé, ni tampoco ninguno de mis hermanos.
Hemos hecho tantas operaciones que al final se confunden. Y esta fue hace tiempo.
—Hace casi cuatro años —confirmé con un gesto—. Ray llevaba un tiempo aterrorizando a las minorías de la zona: quemaba cruces, organizaba linchamientos simulados, dejaba sogas colgadas por todas partes... Cosas horribles.
—Menuda joya —murmuró Apollo.
—Sí. —No podía sino darle la razón—. Ray también colaboraba con los cárteles para inundar Nebraska de drogas y armas ilegales. La misión de Leo era infiltrarse en la banda de Ray y, haciéndose pasar por supremacista blanco, encontrar la manera de destruir a los Imperiales desde dentro.
—Y así fue como os conocisteis —concluyó Apollo.
Recordé aquella noche, sentada en el sofá de mamá, escuchando la explicación de Leo como si hubiera sido ayer.
—Leo fue sincero conmigo. Me dijo que estaba llevando a cabo una operación conjunta entre el sector privado y el gobierno. Me encantó su honestidad. Lo puso todo sobre la mesa y me preguntó si estaría dispuesta a ayudar.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Apollo.
—Por supuesto que quería ayudar.
Recordé el alivio de Leo al oírme decir eso. Me había llamado valiente. Aún hoy, ese recuerdo me reconfortaba.
—La verdad es que estaba metida de lleno. Ray es mi medio hermano, pero es un ser despreciable.
—Eso es innegable.
Apollo presionó la cuchilla con más fuerza sobre las bridas.
—Debió de ser difícil para alguien como tú aceptar trabajar contra tu hermano.
—Lo fue —dije—. Pero alguien tenía que hacerlo, y yo tenía que impedir que Ray siguiera haciendo daño. No podía acudir a la policía local. Estaban en la nómina de Ray. Conocer a Leo y aceptar trabajar con él me pareció providencial.
—¿Qué pasó después?
—Pedí una excedencia en el trabajo y Leo y yo ideamos un plan. Para empezar, él se hizo pasar por mi novio y fingió ser un supremacista blanco.
—¿Ray se lo creyó?
—Sí.
El rostro de Leo había sido un microcosmos del mundo. Tenía la piel clara y una nariz prominente, pero cuando estábamos a solas solía llamarse a sí mismo un mestizo, convencido de que su ADN probablemente contenía rastros de todas las etnias del planeta.
Sonreí al recordarlo. Leo estaba orgulloso de eso.
Pero era lo bastante blanco para Ray, sobre todo porque llegó a Egypt con excelentes credenciales de supremacista blanco y bien preparado para soltar la estúpida jerga que Ray veneraba.
—Ray estaba loco de alegría —dije—. No solo tenía un nuevo Imperial inteligente, sino que además había conseguido convertirme en una de los suyos, después de tantos años.
—¿Nunca sospechó que Leo era un infiltrado?
—No —dije—. Leo era muy bueno en lo que hacía.
—Desde luego que sí.
—Su tapadera era perfecta —dije—. Su identidad inventada engañó a todos. Mirándolo ahora, yo también caí.
—Blue, cariño, no pretendía engañarte —dijo Apollo—. Intentaba protegerte.
Todavía estaba asimilándolo. Me dolía que Leo no hubiera creído poder confiarme su verdadera identidad, pero empezaba a entender lo complicada que había sido su vida.
—¿Qué hicisteis después? —preguntó Apollo.
—La operación llevó tiempo. La red de Ray era más compleja de lo que Leo esperaba. Durante meses trabajamos duro para identificar a todos los implicados, establecer los contactos adecuados y reunir pruebas que se sostuvieran en un tribunal.
—Recuerdo que Leo pasaba largas temporadas fuera por entonces —dijo Apollo—. Estaba volcado en ello.
—Pasamos mucho tiempo juntos trabajando de incógnito.
Los recuerdos de aquellos días me aceleraron el pulso.
—Era un trabajo peligroso. Sabíamos lo que pasaría si Ray se enteraba. Pero hacíamos muy buen equipo. Y en algún momento, yo... él... nosotros... nos enamoramos.
Apollo guardó silencio.
Yo también me quedé callada, recordando las largas noches de risas y placer, las pequeñas escapadas que hacíamos, supuestamente para mantener nuestra tapadera, incluso cuando ya no era necesario fingir que estábamos locamente enamorados. Porque lo estábamos.
En el fondo siempre había sabido que Leo vivía en un mundo peligroso. Había temido por su vida muchas veces. Pero cuando se fue y no volvió, me negué a creer que pudiera estar muerto.
No dejaba de repetirme que era fuerte, inteligente y capaz de cuidar de sí mismo. Había sido mucho más fácil creer que me había traicionado que imaginar un mundo en el que Leo ya no respirara, no viviera, no riera.
La ira había sido mi única forma de sobrellevar la ausencia de Leo. Ira y negación. Me había preguntado si lo nuestro había sido real, si de verdad me había amado.
Pero ahora lo sabía. Lo nuestro había sido real.
Él me había amado. Apollo había dicho que mi nombre había estado en los labios de Leo cuando murió.
Y cuando ya no pudo amarme en esta tierra, envió a su hermano a buscarme, velando por mí más allá de los límites de su existencia, amándome más allá del momento en que la muerte nos separó.
Comprenderlo me dejó aturdida. Me sentía miserable por haber dudado de Leo, de su amor por mí. También me sentía culpable. Parte de mí había sabido en el fondo que algo iba mal cuando no regresó. Esa misma parte de mí había estado llorándolo todo este tiempo.
Me mordí los labios. Estaba furiosa de nuevo, pero no con Leo. Estaba furiosa conmigo misma.
Y de repente deseé un último momento con Leo, para pedirle perdón, para decirle cuánto lo amaba y para darle las gracias por haber traído alegría y amistad a mi vida. Por su amor, siempre le estaría agradecida.
Ojalá le hubiera dicho todo esto el día que se fue.
—¿Blue? —la voz de Apollo me sacó de mi ensimismamiento—. ¿Estás bien? Te has quedado muy callada de repente.
—Estoy bien —mentí.
—Ya casi está...
Un pequeño chasquido marcó el momento en que la brida cedió.
—Listo.
—Gracias.
Con un suspiro de alivio, me masajeé las manos doloridas. Una de las bridas seguía cerrada alrededor de mi muñeca, pero al menos podía mover las manos.