Capítulo ocho #2
Pero Apollo era listo como el hambre. Ya se había hecho una idea de mi terrible situación. Sabía que mientras Ray tuviera a Robby, yo era su prisionera. ¿Por qué entonces reaccionaba así ante algo que no tenía nada que ver conmigo?
Intenté descifrar las emociones que brillaban en sus ojos. Escepticismo. Sí. Desconfianza. Sí. Un atisbo de ira contenida tras su fachada inexpresiva. Y algo más, algo como... ¿vergüenza?
Dios mío. ¿Eran remordimientos por lo de anoche?
Sí. Tenía que ser eso. Sentía su vergüenza salpicándome como un cubo de cieno.
¿Se avergonzaba de mí, de haberse acostado conmigo? ¿Sentía que se había tirado a la zorra más rastrera? ¿Había vuelto a caer en las garras de otro mujeriego que me había prometido el oro y el moro solo para llevárseme a la cama y ahora se largaba?
Sí, sí y sí. Era la única manera de explicar sus reacciones.
Las respuestas me atravesaron como tres balas certeras. Luché contra el impulso de rendirme. Las lágrimas me escocían en los ojos, pero el corazón se me heló y un escalofrío me recorrió la espalda. El dolor era casi insoportable.
Pero de todas sus acusaciones, lo que me mató fue que pensara que podía estar trabajando para Ray.
Hacía menos de dos horas Apollo me había estado follando hasta dejarme sin sentido. No, más que eso. Podría haber jurado que me había hecho el amor. ¿Y ahora se avergonzaba de haberse acostado conmigo?
La nueva herida que me había infligido comenzó a palpitar y a sangrar. Si me había quedado algo de orgullo o autoestima, todo se fue por el desagüe. Podía desmoronarme o contraatacar.
Estaba acostumbrada a luchar por cada aliento. El dolor en mi pecho se transformó en una llama rebelde. La ira me hizo cerrar los puños.
—Si Ray y Julia usaron mi nombre con el IRS, no tenía ni idea.
Apollo frunció más el ceño.
—¿Quién demonios es Julia?
—Es la esposa de Ray —escupí—, la verdadera dueña de The Hangout.
—¿Es la zorra de la que hablaste? —Frunció más el ceño—. ¿La que no estaba por aquí?
—Sí. Julia está fuera, dando charlas en el circuito de la supremacía blanca.
Apollo dio un paso hacia mí.
—¿Es eso cierto?
Gemí y, tirándome del pelo, salí del baño con Apollo pisándome los talones.
No era ninguna santa. Había presenciado los horrores de Ray en silencio durante un año.
Había subido al escenario cuando me obligaba, les había servido comida y bebida a él y a sus criminales.
Joder, aparentemente, también había sido la fachada de su negocio.
Pero lo único que no había hecho era mentir. A nadie. ¿Y aquí estaba Apollo, acusándome de tal cosa?
—Julia es la verdadera dueña de The Hangout —me giré hacia él—. Usa tus superpoderes Battleson para demostrar que digo la verdad. Investiga. Búscala.
—Oh, os estamos investigando, a todos vosotros —Apollo exhaló con fuerza—. No me dejaste otra opción.
Se me contrajo el pecho. Mis ilusiones yacían destrozadas a mis pies. Hacía un minuto Apollo había querido ayudarme a escapar de Egypt. Ahora me miraba fijamente, con los ojos llenos de desconfianza, haciéndome sentir como si no fuera más que un trozo de papel higiénico manchado de mierda.
Suficiente.
—Apollo, me estás cabreando —me clavé las uñas en las palmas, temblando de indignación—. Creo que al final sí estás con el gobierno. Viniste aquí a por Ray y planeabas usarme para conseguirlo. Esa foto de Robby y esos tipos es una artimaña para que confíe en ti.
—Eso no es cierto...
—¡Cállate! —cerré los puños y luché por bajar la voz, clavando a Apollo en su sitio con mi mirada furiosa—.
Mira, te lo voy a decir claro. Odio los crímenes de Ray.
Odio que sea un puto racista. Te habría ayudado a hacer lo que sea que viniste a hacer aquí si tenía algo que ver con Ray.
Soy así de imbécil. Solo tenías que pedírmelo.
—Yo no...
—Pero no tenías que acostarte conmigo para engañarme y que confiara en ti —hablé por encima de él—. No tenías que ensuciar tu polla santurrona metiéndola en mí.
Se estremeció. La conmoción se reflejó en su rostro con una mueca.
Abrió los ojos de par en par y se le aflojaron los labios.
Su expresión era prácticamente una admisión de culpabilidad.
Se había acostado conmigo para ganarme la confianza.
Eso estaba claro. Y de alguna manera, en medio de mi indignación, le había tocado la fibra sensible.
Volvió a intentarlo.
—Blue, yo...
—Lárgate de aquí —siseé en voz baja.
Maldijo entre dientes, luego inhaló profundamente.
—No puedo irme sin ti.
—Como si fuera a irme contigo ahora que sé que piensas que soy una mentirosa y una intrigante —escupí entre dientes—. Tienes que irte, ahora.
—Blue... —gimió y se pellizcó el puente de la nariz—. No tenemos tiempo para esto.
—Entonces lárgate de una vez y no vuelvas.
—Quería ser tu amigo —murmuró con tono herido—. Quería protegerte.
—No necesito tu maldita protección —espeté—. ¡Y desde luego no te necesito a ti!
Tragó saliva con dificultad, pero no hizo ademán de irse. En cambio, se frotó el rostro cansado y me atravesó con la mirada.
Las emociones que brillaban en sus ojos no eran tan diferentes de las que me estaban destrozando. Su pecho subía y bajaba con un ritmo que tuve que imitar para evitar el colapso total que amenazaba con deshacerme.
Cuando volvió a hablar, había recuperado el control de su voz.
—Deberías haberme dicho tu verdadero nombre.
—¿Mi verdadero nombre? —solté una risa amarga—. Ya no lo uso. Hace un año que dejé de ser esa persona. Soy Blue, la stripper de The Hangout, la fulana con la que te tiraste anoche.
—No eres una...
—¿Y qué más da mi nombre? —lo corté con una mirada fulminante—. No saber cómo me llamo no te impidió follarme como si no hubiera un mañana.
Suspiró.
—No solo te follé.
—Claro que sí. Y también me jodiste la cabeza.
Le lancé una sonrisa cargada de rabia.