Capítulo Uno #2
El enemigo al que habíamos bautizado como Zero Tango había estado tranquilo últimamente, probablemente lamiéndose las heridas en alguna madriguera subterránea después de que elimináramos a su esbirro en jefe.
Pero no nos engañábamos.
Mis hermanos y yo habíamos estado ocupados cazándolo con los extensos recursos de Battle Brothers Inc. Operábamos en alerta máxima. Al mismo tiempo, ni de coña íbamos a permitir que Zero Tango nos dictara cómo vivir o nos impidiera llevar a cabo nuestras misiones.
Una vez que me aseguré de que nadie me seguía, había conducido siete horas seguidas para llegar a Nebraska, decidido a cumplir con mi deber hacia Leo, el mayor de mis hermanos, que había muerto mientras lideraba una de nuestras operaciones.
Desde hacía un tiempo, me había embarcado en una búsqueda para cumplir su último deseo. Con su último aliento, Leo me había pedido que encontrara a la mujer que había sido su amante, me asegurara de que estaba bien y le ofreciera la protección de Battle Brothers.
Sus últimas palabras habían sido «River Nile» y «Egypt». Después de una búsqueda exhaustiva, no había encontrado nada de nada.
Pero todo cambió hace un par de semanas cuando mi amiga Liberty Rose, alias Tee, me envió un mensaje de la nada con una aclaración vital.
Según Tee, las últimas palabras de Leo debían ser River Niles, un nombre y un apellido.
¿Y el Egypt que estaba buscando? Estaba en los mismísimos Estados Unidos de América.
La revelación dio un vuelco a mi búsqueda y redirigió nuestros recursos. Lo que explicaba por qué me había apresurado en llegar y no me había parado a pensar que The Hangout pudiera ser un carcinoma royendo el hígado de la nación.
Por fin, la dulce camarera del pelo azul tomó una decisión. Con los labios apretados, se acercó a la máquina de discos y pulsó un botón.
El estruendo de una pista de rock puso fin al silencio, reactivó las conversaciones en el local y disipó parte de la tensión que crepitaba en la sala. En el escenario, la yonqui de ojos vidriosos volvió a balancearse sobre sus tacones de plataforma.
En cuanto al Perro Alfa, me mantuvo en su punto de mira, apretando la mandíbula.
Haciendo gala de valor, la camarera marchó hacia mí como un soldado a la batalla. Se plantó ante mí, fijó la mirada en la mesa y apretó la bandeja contra el pecho como si fuera su escudo.
—¿Qué va a tomar?
—¿Qué tienen de barril? —pregunté, tomándome mi tiempo para evaluar a la mujer que tenía delante.
Sin mirarme a los ojos, con la voz cargada de tensión, recitó una breve selección de cervezas.
—¿Tienen algo artesanal? —pregunté, intentando que me mirara a los ojos.
Me lanzó una mirada irónica de reojo. —No somos ese tipo de lugar.
—Entonces, ¿qué me recomiendas?
Parpadeó varias veces, como sorprendida por mi pregunta. Era como si nadie le hubiera pedido nunca su opinión sobre nada.
¿Qué le pasaba a esta chica?
—Tengo algo de Blue Moon en la trastienda —dijo, y luego añadió—: Botellas, no de barril.
—Parece el menor de los males. —Asentí con decisión—. Blue Moon entonces.
Bajó la bandeja, dejó caer la libreta sobre ella y anotó el pedido. Mientras lo hacía, lanzó una mirada cautelosa por encima del hombro antes de clavar sus ojos en los míos.
—Por favor, escúchame —susurró—. Tienes que irte. Ahora.
—Sí, lo sé —susurré a mi vez, agradecido de que la música alta amortiguara nuestra conversación.
—¿Qué quieres decir con que lo sabes? —exigió en voz baja.
—Exactamente eso. —La miré a los ojos—. ¿Cómo te llamas?
Vaciló y soltó un pequeño resoplido. —Blue. Me llaman Blue.
Demonios, debería haberlo imaginado.
—El nombre te queda bien. —Le dediqué mi mejor sonrisa—. Me llamo Apollo. Encantado de conocerte, Blue. Necesito hablar con la dueña. ¿Podrías buscarla, por favor?
Arqueó las cejas mientras me evaluaba de nuevo.
Parecía sorprendida, como si no supiera cómo reaccionar ante mi petición o ante mis buenos modales.
Un vistazo rápido me recordó que trabajaba aquí.
Teniendo en cuenta la naturaleza bacteriana de sus clientes, la palabra «por favor» probablemente la había dejado descolocada.
Respiró hondo y cuadró los hombros. —Confía en mí —susurró mientras se tapaba la boca con la bandeja—. No quieres conocer a la dueña de este sitio.
Amplié la sonrisa. —¿Y eso?
—Porque es una zorra integral, por eso. Y porque no está y puede que tarde en volver.
—No pasa nada. —Me recosté en el asiento y crucé los brazos—. Puedo esperar.
—¡Deja de tentar a la suerte! —siseó con los labios apretados—. ¿No me has oído antes? ¡Vete! ¡Aquí corres peligro!
—Sí, eso también lo sé.
Nada de pretensiones por parte de Blue. Nada de rodeos. Solo sus advertencias en voz baja y el terror que le ardía en la mirada.
—El caso es —dije— que elijo quedarme.
—Oh, Dios. —Un gemido desesperado le retumbó en la garganta y palideció tanto que temí que fuera a desmayarse. Pero se rehízo y su top se tensó con un valiente suspiro.
—El mundo no necesita más héroes muertos —murmuró con tono severo, la voz áspera por el miedo—. Por favor, Apollo, no seas idiota.
—Un tonto se cree sabio, pero un sabio se sabe tonto.
Me miró como si me hubieran salido cuernos. —Tienes mucha cara, presentándote aquí de la nada y citando a Shakespeare como si fueras un poeta cursi.
Fruncí el ceño, de pronto tan asombrado como ella. —¿Has leído a Shakespeare?
—Déjame decirte algo, señor. —Irguió la espalda y pareció crecer un par de centímetros—. El mundo entero es un escenario y toda esa mierda. No todo aquí es tan corriente como parece.
Ah, demonios. Como solía decir mi hermano Troy, dar las cosas por sentado era la madre de todas las cagadas. Le había herido los sentimientos sin pretenderlo.
—Mis disculpas —dije—. No pretendía meterte en el mismo saco que el resto de imbéciles de este antro.
Se mordió el labio inferior. —Ese tipo de comentarios te van a costar caro.
¿Eran lágrimas lo que le brillaba en los ojos?
—¡Blue!
Dio un respingo y se giró hacia el Perro Alfa.
—¿Qué coño estás haciendo? —El imbécil alzó la jarra vacía—. Necesito otra.
—Ya voy —gritó antes de volverse hacia mí—. Una Blue Moon para ti.
Se dio la vuelta y fue tras la barra a servirle otra al Perro Alfa. Luego desapareció en la trastienda y volvió con una botella de cerveza en equilibrio sobre la bandeja. La plantó delante de mí en la mesa.
—Tú y yo —susurró—. Baño. Ocho minutos. Echa el pestillo.
—Gracias. —Asentí con la cabeza antes de que saliera disparada a atender a los secuaces del Perro Alfa.
Le di un trago a la cerveza y le di vueltas a su críptica invitación. ¿Era una trampa? ¿La había mandado el Perro Alfa? ¿Me esperaba aún más peligro en el baño?
No había forma de saberlo.
A pequeños sorbos de cerveza, inicié la cuenta atrás mental, sopesando los riesgos. Una tensión de alto voltaje vibraba bajo la superficie del local. El Perro Alfa no me quitaba ojo. Había muchas posibilidades de que fuera una trampa.
Por otro lado, estos pandilleros parecían creer que yo pertenecía a alguna agencia del gobierno. No había hecho nada por desmentirlo. Mientras siguieran creyéndolo, era razonable suponer que no me atacarían aquí y ahora.
Dar las cosas por sentado también era la razón por la que idiotas como yo acababan molidos a palos en urgencias.
Pero las reuniones clandestinas me perdían, en todas sus formas, y algo en esta mujer me atraía. Decisión tomada. Tenía que arriesgarme.
Desde el rabillo del ojo, seguí a Blue. Se tomó un descanso de la barra y se puso a limpiar, llevando una fregona y un cubo primero al baño de mujeres y luego al de hombres.
Si estaba en lo cierto, esta mujer era lista de verdad.
Si me equivocaba... bueno... tendría que abrirme paso a golpes para salir de este antro.
Ya había pasado por eso. No sería la primera vez.
La puerta del baño daba directamente a la zona de la barra y estaba a tiro de piedra de donde se sentaba el Perro Alfa. Cuando la camarera volvió a abrir la puerta, me llegó el olor a lejía desde mi reservado.
No se me ocurría un lugar más peligroso para una reunión clandestina. Justo delante de las narices de esos imbéciles. Si esto salía adelante, estaríamos escondidos a plena vista.
Sonreí para mis adentros. Si no era una trampa, Blue era un genio.
Cuando se cumplieron los ocho minutos, me levanté del reservado. La mirada furiosa del Perro Alfa me siguió mientras cruzaba la sala, abría la puerta y entraba en el pequeño baño.
Incluso después de cerrar y echar el pestillo, la música y las voces de los hombres atravesaban la puerta como si estuviera rodeado de paredes de papel. Apostaba a que si me tiraba un pedo ahí dentro, todo el bar lo oiría, en estéreo.
Una sola bombilla moribunda chisporroteaba en el aplique roto sobre el espejo. Se encendía y apagaba, bañando las sombras con un efecto estroboscópico.
Tampoco es que se perdiera mucho.
El mugriento baño solo tenía un lavabo oxidado y un inodoro manchado. El viejo suelo de linóleo olía a lejía. Techo bajo. Sin ventanas. Una sola entrada y salida.
¿Cómo iba a reunirse conmigo la misteriosa camarera si la puerta estaba cerrada con pestillo?
Obtuve la respuesta unos quince segundos después.
—Psst, aquí —un susurro se coló entre el ruido, llegando desde algún lugar por debajo de mis rodillas.
Entrecerré los ojos y miré hacia la rejilla de ventilación de aluminio en la pared lateral.
—Sí, soy yo —volvió a susurrar—. Acércate.
Me agaché, miré a través de las lamas inclinadas y divisé el rostro de Blue al otro lado.
—Aflojé los tornillos hace un momento —susurró—. ¿Puedes quitarlos?
Admirado por su rapidez mental, saqué los tornillos y retiré la vieja rejilla de la pared. Al asomarme por el hueco en el panel de yeso, vi que ella había hecho lo mismo desde el otro lado, donde se apilaban cajas en un almacén estrecho.
Escudriñé la oscuridad. Ningún matón acercándose detrás de ella... de momento.
—Vaya chapuza de construcción —murmuré mientras ella se asomaba por el hueco.
—Calla —susurró—. Aquí todo es una chapuza, así que hablemos bajo. Si nos pillan, los dos estamos kaput.