Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Uno
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Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4)

Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4)

Por Anna del Mar

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Capítulo Uno

Apollo

Salir disparado hacia las afueras de Egypt, Nebraska, fue mi primer error del día. Irrumpir sin información previa en el decrépito ex almacén que albergaba The Hangout fue mi segundo error, pisándole los talones al primero.

Nada más entrar en el club de striptease, todas las conversaciones cesaron y todos los ojos del local se clavaron en mí como dardos en una diana. Joder, hasta la música se detuvo, sobresaltando a la stripper semidesnuda, que dejó de balancearse lánguidamente en el escenario.

El hedor agrio a cerveza derramada, sudor rancio y exceso de testosterona me dio de lleno en la nariz. Pero fue la hostilidad silenciosa que me asaltaba desde todos los flancos lo que hizo saltar mis alarmas.

Yo venía del arroyo. La casa donde me había criado había sido un campo de batalla. Había luchado en los pozos más profundos del infierno y me había enfrentado a los criminales más despiadados del planeta. Cuando se trataba de percibir la calma antes de la tormenta, yo era una veleta humana.

Y aun así, la cantidad de odio concentrado en un solo bar era impresionante: una puta tonelada de aborrecimiento dirigida al único hombre de piel oscura en la sala, o sea, yo.

Como diría mi hermano Max, hashtag lárgate de ese antro, tío.

Cualquier otro marino habría captado la advertencia. Cualquier otro soldado listo con una pizca de instinto de supervivencia habría salido de allí cagando leches, se habría subido a su camioneta y habría pisado el acelerador hasta alejarse de ese puto agujero tóxico.

Pero el miedo me lo habían extirpado a base de entrenamiento y echarme atrás no iba conmigo.

Súmale a eso mi orgullo Battleson y mi arrogancia de SEAL, y no había vuelta atrás.

Había venido por algo, y nada, ni siquiera un club de striptease cutre atestado de imbéciles metiéndose su dosis nocturna de alcohol, iba a detenerme.

El médico que llevo dentro no pudo evitar hacer una observación clínica. Quizá era la metanfetamina la que disparaba la rabia en la sala. Las drogas nunca han sido ingrediente de interacciones pacíficas.

No sabía hasta dónde me llevaría la diplomacia aquí, pero ignoré las miradas fulminantes y crucé la sala con paso tranquilo. Mis zapatos Oxford repiqueteaban solitarios sobre el pegajoso suelo de hormigón.

Cuando el robusto barman me vio, se le cayó el vaso de las manos. El cristal barato se hizo añicos. Desapareció en la trastienda y no volví a verlo.

Boquiabiertas, las tres camareras ligeras de ropa que estaban al otro extremo de la barra se quedaron paralizadas.

Sus minúsculos shorts de cuero negro y sus escuetos tops apenas dejaban nada a la imaginación.

Con los ojos como platos, me miraban fijamente como si nunca hubieran visto a un hombre negro.

En fin. Ellas se lo pierden.

Centré mi atención en las mesas juntas que se interponían entre el único reservado vacío del local y yo. Las ocupaba un surtido de personajes turbios sacados de una mala película de gánsteres.

El hombre sentado a la cabecera de la mesa me siguió con la mirada, sus ojos azules clavados en mí. Su cabeza calva y reluciente reflejaba las luces psicodélicas de la pista de baile, que giraban en el estruendoso silencio de la sala.

Su mirada ardía de furia, pero fue el toro de hombre a su derecha quien me plantó cara. Acariciándose la barba trenzada, levantó sus ciento treinta y cinco kilos de la silla, me cortó el paso e hinchó su pecho de barril invadiéndome el espacio.

Puse los ojos en blanco.

Tan jodidamente cliché.

Entrecerré los ojos mirando al gigante a la cara y luego le eché un vistazo de arriba abajo a su corpulenta figura.

—Eh.

Me toqué el ala de la gorra a cuadros.

—¿Qué pasa?

¿De verdad quería hacer esto?

Me sacaba unos buenos trece centímetros a mi metro ochenta, pero su flácida papada y su prominente barriga desmentían cualquier apariencia de buena forma física.

Sus niveles de colesterol tenían que estar por las nubes.

Sería pura fuerza bruta y tácticas de intimidación, una observación que confirmó cuando me enseñó los dientes amarillentos rechinándolos.

Señor, dame fuerzas para no reírme en su puta cara.

El imbécil apestaba a diarrea severa. Planté los pies y mantuve mi posición, nariz con nariz con el gilipollas. Los matones eran cosa del pasado. Hoy en día, nadie me pisoteaba.

El aire me quemaba en los pulmones cuando el cabeza rapada de la cabecera agarró a Barba Trenzada del brazo y tiró de él para sentarlo de nuevo. Con un seco asentimiento y una mirada furibunda, Calvo le ordenó a Barba Trenzada que se quedara quieto.

—Seguro que los federales han mandado a este hijo de puta para provocarnos —murmuró Calvo, lo bastante alto para que el resto de los imbéciles sentados a la mesa oyeran el desprecio en su voz—.

Quieren pillarnos por alguna gilipollez, tipo discriminación y esa mierda.

Este cabrón viene a meternos en problemas otra vez.

Pero no somos imbéciles. Que lo intente.

Mucha información en pocas palabras.

Número uno: Calvo era el macho alfa.

Bien saberlo.

Número dos: Estos tipos no eran precisamente ciudadanos ejemplares.

Obvio.

Número tres: Ya habían tenido problemas con los federales.

Probablemente esa era la única razón por la que aún no me habían saltado encima.

¿Quiénes coño eran estos imbéciles?

Con los sentidos a tope, pasé junto al matón furioso y el resto de la pandilla sin mirarlos dos veces. Me quité la gorra, la dejé sobre la mesa y me acomodé en el reservado junto a la pared del fondo.

Una mirada casual al motero gordo que me daba la espalda me permitió ver bien el parche de su chaqueta de cuero. Imperiales Rule y The Court Never Gives. Las runas estampadas en el centro del parche eran de inspiración nazi.

Cojonudo.

Con todos los clubs de striptease que hay en el mundo, tenía que meterme en un antro atestado de imbéciles supremacistas blancos.

Muy bien, Apollo.

Algo hizo clic en mi cabeza. Imperiales. ¿Por qué me sonaba ese nombre?

De vez en cuando, la división de seguridad global de Battle Brothers Inc.

colaboraba con las autoridades para sacar de circulación a algunos elementos especialmente problemáticos de las pandillas.

Eso probablemente explicaba por qué el nombre de la banda me sonaba.

Debía de haber aparecido en algún informe hacía tiempo.

Tantos imbéciles. Tantas operaciones.

No les tenía miedo a estos cabrones. Con suerte, River Niles andaba por ahí y podía resolver mi asunto y largarme, dejando a estos parásitos disfrutar de sus adicciones mataneuronas.

Por naturaleza, era el pacificador, el menos dado a buscar pelea de todos mis combativos hermanos.

Años de formación médica e introspección guiada me habían dado una excelente comprensión de todo el abanico del comportamiento humano.

Pero estos idiotas estaban poniendo a prueba mis límites con sus miradas.

La verdad era que mi lado más primitivo quería meterles algo de razón a golpes tanto como ellos querían hacerme sangrar.

Y sin embargo, no había venido a empezar una pelea. Había venido a cumplir con mi deber. Y no me iría hasta lograrlo.

Manos a la obra.

Las miré a los ojos, levanté una mano y les hice un gesto a las camareras, que seguían mirando boquiabiertas.

Su reacción fue casi cómica.

Con la cara poniéndose morada como la proverbial remolacha, la rubia de labios ultrarojos se apresuró a esconderse detrás de la segunda camarera, una morena de rostro curtido que se negaba a mirarme. Frunciendo la boca, la Señorita Rostro Curtido agarró a la tercera camarera y la empujó al frente.

La mujer dio un traspié, se tambaleó y casi se cayó antes de estabilizarse agarrándose a la barra. Era la más joven de las tres, de veintitantos o quizás treinta y pocos, de estatura media. Por las miradas que le lanzaban las otras dos, probablemente era la última del escalafón por allí.

Su cuerpo delgado y delicado fluía en curvas suaves que elevaban el cuero negro que llevaba a lo más alto de mi escala de moda personal.

Sus brazos y piernas se veían firmes y tonificados.

Hacía que el conjunto atrevido, las medias de rejilla y las botas Doc Martens de combate parecieran valer un millón de dólares.

Palideció al verse convertida en el blanco de todas las miradas de la sala. Sus ojos azules brillaban de pánico, mostrando muchísimo blanco.

Me fijé en el piercing que brillaba en la aleta de la nariz y el grueso delineador negro que contrastaba con su piel de porcelana. Era impresionante, con ese aire de chica de al lado mezclado con rockera punk.

Pero, con diferencia, su rasgo más llamativo era el cabello. Le llegaba justo por debajo de las orejas, una melena angular y rotunda que relucía con un tono índigo metálico que se desvanecía en azul claro en las puntas plumosas.

Era extraño, pero de repente descubrí que me encantaban todos los tonos de azul.

Apretó la bandeja contra el pecho, mirándome a mí y luego al Perro Alfa, paralizada como una liebre deslumbrada por los faros. No sabía qué hacer.

Esperé.

¿Tendría agallas?

Había dieciocho pueblos llamados Egypt en Estados Unidos. Había estado en demasiados. Este Egypt era el número trece de mi lista.

No era mi número de la suerte.

No había tenido prisa por llegar a este Egypt, es decir, hasta anoche, cuando el último hackeo de mi hermano Max dio frutos. Me informó de que una mujer llamada River Niles había ido al instituto en Egypt, Nebraska, la tierra de los Flying Pigs.

Me había reído de eso, pero ahora, sentado en este antro, mirando a este feo grupo de Imperiales, podía ver el parecido.

Max no había encontrado ninguna dirección de River Niles, ni fotos, ni registros de ningún tipo, salvo una declaración de impuestos reciente en la que figuraba como propietaria de The Hangout.

Era nuestra mejor pista hasta el momento, así que me había escabullido de Denver, con cuidado de no revelar mi paradero al misterioso enemigo que había organizado varios ataques casi letales contra tres de mis hermanos en el último año.