6. Robert Turner
Robert Turner respiró profundamente antes de partir hacia Oakville.
Sentía el enorme peso de la responsabilidad mientras conducía por la carretera que lo llevaría a la casa de los señores Adams. El abrasador calor del verano hacía que el aire estuviera cargado y pesado, y el sol brillaba con fuerza en lo alto del cielo azul.
Turner sabía que lo que estaba a punto de hacer sería sumamente difícil.
Le apenaba tener que hacer que los padres de Emily revivieran el dolor de la desaparición de su hija, una desaparición que él no había logrado resolver y que, trágicamente, ahora se enfrentaba a la terrible realidad de su muerte.
Al llegar al tranquilo barrio de Willowwood, se dirigió por la arbolada calle de Maplewood.
Se detuvo frente a la modesta casa de los señores Adams, estacionó su vehículo oficial y se quedó sentado un momento, reuniendo valor y fortaleza.
Observó con nostalgia esa acogedora casa de dos plantas, con su prolijo y cuidado jardín delantero.
Recordaba vívidamente la primera vez que había estado allí, cuando Emily recién había desaparecido.
Ya habían pasado seis extenuantes años desde ese fatídico momento.
Finalmente, decidió salir del auto y enfrentar la difícil situación que le esperaba.
Caminó hacia la puerta de entrada y tocó el timbre.
Los señores Adams, que habían sido informados previamente de su visita, ya lo estaban esperando. La puerta se abrió, y los padres de Emily lo saludaron con semblantes serios, pero visiblemente agradecidos de verlo nuevamente.
—Detective Turner, gracias por volver a visitarnos —dijo el señor Adams con un gesto amable, aunque teñido de profunda melancolía.
Robert Turner asintió con respeto y siguió a la pareja a través del mismo pasillo que había recorrido la primera vez, hacía ya tantos años.
Cada detalle le resultaba dolorosamente familiar, desde el delicado aroma a velas perfumadas que llenaba el ambiente hasta los retratos familiares en las paredes que mostraban a una sonriente Emily en diferentes etapas de su corta vida.
Era como volver atrás en el tiempo, a un momento sumamente doloroso en su carrera como detective, un constante recordatorio de un caso que nunca había podido resolver y que, trágicamente, había culminado con la muerte de Emily.
Los señores Adams lo condujeron hasta la misma acogedora estancia donde lo habían recibido la primera vez. Una vez allí, comenzaron la difícil conversación sobre el caso de su amada hija desaparecida.
Robert inició el diálogo recordando con ellos la información que le habían proporcionado en su visita anterior, seis años atrás. No hubo detalles nuevos, solo la infinita tristeza de unos padres que aún seguían buscando desesperadamente respuestas sobre la desaparición de su única hija.
Luego, el detective preguntó con sumo cuidado y respeto si podría ver nuevamente la habitación de Emily, tal como lo había hecho en su investigación original. Los padres accedieron en silencio y lo guiaron hasta el cuarto de la joven.
Las paredes estaban pintadas de un suave celeste, con estantes llenos de libros y recuerdos personales.
La cama estaba prolijamente tendida, como si Emily fuera a regresar en cualquier momento.
Los padres habían conservado la habitación intacta, tal cual estaba el día que desapareció, como si su hija aún viviera allí.
El detective Turner se sintió profundamente conmovido y abrumado por la infinita tristeza que emanaba de cada rincón de esa habitación suspendida en el tiempo.
La madre de Emily, con voz temblorosa por la emoción, dijo:
—Todo está tal como ella lo dejó. Siempre pensamos que algún día volvería.
Turner sintió que sus ojos se humedecían y una lágrima rodó por su mejilla. Examinó la habitación en detalle y notó varias cajas apiladas en el armario.
—¿Qué contienen estas cajas? —preguntó con curiosidad.
—Son cosas del apartamento de Emily en Lakeview —respondió la señora Adams—.
Cuando desapareció, mantuvimos el alquiler durante casi dos años, con la esperanza de que regresara.
Pero finalmente nos dimos cuenta de que no volvería, así que decidimos recoger todas sus pertenencias y traerlas aquí.
Mi esposa nunca perdió la esperanza de que algún día volvería, por eso guardó todo en su habitación, para cuando regresase a casa.
Turner cayó en la cuenta en ese momento de que nunca habían registrado a fondo el apartamento de Emily en Lakeview.
¿Cómo pudieron haber pasado eso por alto? Probablemente había sido por la falta de pruebas contundentes en ese momento. El jefe de policía de entonces pensó que Emily se había ido por voluntad propia y no consideró necesario entrar en el apartamento.
—¿Puedo echar un vistazo a estas cajas? —preguntó con gran interés.
—Por supuesto, adelante —le autorizó el padre.
Comenzó a revisarlas una por una. La primera contenía objetos personales de Emily: diademas, aretes, collares y otros artículos de aseo personal. Nada relevante para la investigación. Guardó todo y pasó a la siguiente caja.
En la segunda había ropa aparentemente común y corriente. Siguió examinando el resto y finalmente, en una de las cajas, descubrió el portátil personal de Emily. Miró sorprendido a los señores Adams.
—¡El ordenador de Emily! ¿Por qué no la llevaron antes a la comisaría para analizarla? —preguntó desconcertado.
—La llevamos en su momento, pero el jefe de policía nos dijo que como Emily seguramente se había ido por su cuenta, no era necesario seguir investigando —contestó apesadumbrada la señora Adams.
—No puedo creer que tomaran esa decisión sin consultarme. Podría haber sido clave en la investigación —exclamó Turner, intentando disimular su indignación.
—Nosotros le suplicamos que nos escuchase, sabíamos que nuestra hija no se había marchado por voluntad propia.
Ni siquiera se llevó su portátil u otras cosas personales que encontramos en su casa.
Pero no quisieron escucharnos y ahora nuestra pequeña está muerta.
—Después de pronunciar estas palabras, la señora Adams se rompió en un profundo llanto mientras abrazaba a su marido, que intentaba mantenerse firme.
Robert Turner se sintió indignado por esta revelación, ya que él era el detective a cargo del caso en ese momento y no entendía por qué el jefe de policía había tomado esa decisión sin consultarlo.
Luego de analizar el resto de las pertenencias de Emily, encontró un cuaderno.
Al hojearlo, se dio cuenta de que Emily lo usaba para anotar sus pensamientos más íntimos, dándole así la función propia de un diario.
Les pidió permiso a los padres para llevarse el diario y el ordenador para su análisis. Ellos accedieron, aunque
el señor Adams expresó escepticismo.
—No encontrará nada relevante en el diario. Mi esposa y yo lo hemos leído cientos de veces, y solo tenía sus pensamientos y poemas que le gustaba escribir.
—Toda información puede sernos de gran ayuda para descubrir quién le hizo esto a vuestra hija. Os prometo que descubriremos quién es el responsable de su muerte .
—No queremos sus promesas, inspector —le cortó tajantemente la señora Adams—; no hicieron bien su trabajo hace seis años. Tal vez ahora mi hija estaría viva si la hubiesen encontrado entonces.
—Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos.
—No lo suficiente. Así que en vez de prometernos nada, haga su trabajo y encuentre al responsable, encuentre a quien le ha hecho esto a mi pequeña.
Turner se quedó en silencio. Podía notar la angustia y el dolor en los ojos de Meghan Adams. Sentía que les había fallado y no estaba dispuesto a volver a hacerlo.
Prometió devolver las pertenencias intactas y agradeció sinceramente a los padres de Emily por permitirle llevarse el diario y el portátil para analizar.
Ya en su coche, antes de emprender el regreso a Lakeview, sonó su teléfono. Era Lisa, su esposa. Contestó la llamada.
—Hola, cariño, ¿cómo va todo? —preguntó Lisa.
—Hola, amor, fue un día bastante abrumador. Estuve de nuevo con los padres de Emily. Quiero resolver este caso por ellos.
—Sé lo importante que es para ti. Espero puedas ayudarlos a encontrar respuestas.
—Gracias, cielo. ¿Cómo estuvo tu día?
—¡Igual que siempre! Estoy preparando la cena. Llegarás a tiempo, ¿verdad?
—Te lo prometo. Pero antes necesito reunirme con Mark e Isabella para discutir un par de pistas que encontré.
—Está bien, lo entiendo. Cuídate, amor. Nos vemos más tarde.
—Nos vemos en casa.
Tras la breve conversación con su esposa, se quedó unos instantes con la mirada perdida antes de poner rumbo de regreso a Lakeview, con la esperanza de que el diario y el portátil de Emily pudieran arrojar alguna pista para resolver el misterio de su desaparición, después de tantos años.