Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Tres semanas después, el fraude superaba el millón y medio de euros según la reconstrucción provisional de los investigadores.

La cifra apareció en varios medios, creció durante dos días y después dejó de ser noticia diaria aunque los peritos siguieran revisando operaciones.

Nácar anunció una auditoría externa, apartó a varios responsables y aseguró colaborar con las autoridades.

Jorge y Víctor quedaron en libertad provisional con medidas cautelares mientras el procedimiento continuaba.

Jaime seguía investigado por la extracción de datos.

Beatriz era optimista, pero nunca utilizaba la palabra resuelto.

Había copiado documentación confidencial y había intentado gestionar por su cuenta una situación que excedía cualquier capacidad razonable.

Que el fraude existiera explicaba su miedo; no convertía automáticamente en correctos los métodos que eligió.

Agradecí esa incomodidad. Necesitaba que la historia no terminara transformándolo en una víctima perfecta solo porque Jorge había resultado peor. Yo volví a trabajar.

La primera sesión importante fue el retrato de una arquitecta que llegó al estudio con tres chaquetas, dos camisas y la convicción de que odiaba que le hicieran fotos. Durante veinte minutos miró el objetivo como si fuera a pedirle documentación.

—Olvídate de la cámara —le dije.

—Está a un metro de mi cara.

—Finge.

—Muy profesional.

Me hizo reír. Poco a poco dejó de posar y empezó a hablar de su trabajo. En un momento miró hacia la ventana mientras pensaba una respuesta y disparé.

La foto fue buena. No porque revelara algo oculto sobre ella ni porque capturara una verdad secreta. Coincidieron la luz, la postura y una expresión que duró menos de un segundo.

Había pasado años utilizando palabras demasiado grandes para hablar de fotografía: ver, capturar, revelar. Después de Jaime empecé a desconfiar de todas. Una imagen podía fijar un instante con extraordinaria precisión y, aun así, no explicar qué significaba. El resto lo añadíamos quienes mirábamos.

Nerea vino a comer conmigo aquel día. Se sentó en el suelo y abrió dos recipientes de comida como había hecho tantas veces durante la desaparición.

—¿Has aceptado Barcelona oficialmente?

—Ayer.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Ahora.

—Mentira. Te lo he sacado.

—He aprendido de los mejores.

Me lanzó una servilleta. Había alquilado una habitación cerca de la residencia durante los primeros dos meses.

Después decidiría si quería seguir allí o buscar algo distinto.

El estudio de Málaga quedaría a medias: Nerea coordinaría algunos encargos con una fotógrafa con la que yo colaboraba; otros los rechazaría.

Después de semanas, los problemas que ocupaban mi cabeza podían resolverse con calendarios, presupuestos y cajas.

—¿Y Jaime? —preguntó.

—También lo sabe.

—No te he preguntado eso.

Suspiré. Jaime vivía en un estudio pequeño a quince minutos del piso que habíamos compartido.

Nos veíamos varias veces por semana. A veces hablábamos del caso; otras, de cualquier cosa.

Habíamos ido al cine una noche y conseguido terminar la película sin discutir.

Dos días después cenamos juntos y acabamos peleándonos por cómo colocaba los vasos en el lavavajillas.

La discusión fue tan absurda y normal que nos hizo reír a mitad.

—No sé qué somos —dije.

Nerea comió un poco antes de responder.

—Pues igual no hace falta ponerle nombre antes de que te vayas.

—Eso suena peligrosamente sensato.

—Se me pasará.

Los preparativos para Barcelona ocuparon poco a poco el espacio mental que antes pertenecía a la investigación.

Fui a comprar cajas, cancelé una suscripción del estudio y pasé una tarde entera comparando habitaciones en barrios que apenas conocía.

Era sorprendente lo reconfortante que resultaba preocuparse por si una mesa cabría junto a una ventana.

Nerea convirtió mi despedida en una cena con demasiada gente. Invitó a dos fotógrafos con los que trabajábamos, a su pareja y a Clara, que estaba en Málaga por casualidad. Jaime no fue. Lo hablamos antes.

—No sé si quiero presentarme allí como qué —dijo.

—Como Jaime.

—Eso suena muy fácil.

—No lo es. Pero no tienes obligación de venir.

Decidió no hacerlo. Esta vez no interpreté su ausencia como una señal escondida. Me escribió a medianoche: «Espero que haya sido bonita. Mañana te ayudo con las cajas si quieres». Contesté que sí.

En la cena, Clara me preguntó si todo lo ocurrido había cambiado el proyecto que quería hacer durante la residencia.

—Todavía no lo sé —respondí.

—Pensaba que querrías trabajar sobre vigilancia o imágenes encontradas.

La idea me produjo rechazo inmediato.

—He pasado demasiados meses convirtiendo mi vida en material. Quiero fotografiar otra cosa.

Decirlo en voz alta me alivió. No tenía que transformar el peor mes del año en una obra para demostrar que había aprendido algo.

A Jaime y a mí nos quedaba una conversación pendiente: qué haríamos durante seis meses.

Cuando por fin la tuvimos, una semana antes de mi viaje, no decidimos gran cosa.

Él no quería pedirme una relación a distancia como si nada hubiera ocurrido.

Yo no quería utilizar Barcelona para romper sin decirlo.

Acordamos algo menos elegante: hablar, visitarnos si nos apetecía y no convertir cada silencio en una prueba.

—Parece poco romántico —dijo Jaime.

—Ahora mismo lo poco romántico me parece bastante atractivo.

—¿Puedo pedirte una cosa?

—Pregunta.

—Si un día no quieres seguir, dímelo antes de empezar a desaparecer de otra manera.

La frase me dolió y me hizo sonreír al mismo tiempo.

—Tú también.

—Trato hecho.

No nos besamos para sellarlo. Me gustó que no lo hiciéramos.

El caso aparecía de vez en cuando en nuestra vida.

Una citación para Jaime. Un mensaje de Beatriz.

Una noticia que alguien enviaba al grupo familiar.

Rubén había entregado todo el material que conservaba y su papel se había reducido al de testigo incómodo.

Benítez no me decía quién había hecho las llamadas anónimas porque todavía no podía atribuirlas.

Yo había dejado de preguntarlo cada semana.

Una tarde, al cerrar el estudio, encontré en el cajón el estuche rojo de tarjetas. C11 ya había sido devuelta después de las copias forenses y permanecía dentro de una funda separada. La sostuve entre los dedos.

Durante días había odiado que Jaime utilizara una de mis rutinas para esconder algo. Ahora el objeto parecía pequeño, casi ridículo frente a todo lo que había provocado. No la tiré.

Tampoco la devolví al estuche de trabajo.

La guardé en una caja con documentación del caso, no porque quisiera conservar una reliquia, sino porque ya no pertenecía a mi equipo fotográfico.

Jaime también empezó a construir una rutina propia.

Había encontrado un despacho compartido desde el que podía ayudar temporalmente a Beatriz a ordenar documentación del caso, sin tocar nada que lo colocara en una posición profesional dudosa.

Seguía buscando trabajo con poca convicción.

Cada vez que abría una oferta terminaba imaginando la pregunta sobre Madrid y Nácar.

—No sé si quiero volver a finanzas —me dijo una tarde.

—No tienes que decidirlo ya.

—Esa frase te la he dicho yo durante años.

—Y a veces tenías razón.

—Qué generosa.

Fue a terapia todas las semanas. No me contaba lo que hablaba allí salvo cuando quería. Agradecí no convertirme en la supervisora de su cambio.

Una noche vino a cenar y, al terminar, recogió su plato y preguntó si podía quedarse a dormir. No como una prueba de reconciliación. Solo porque era tarde y estábamos bien. Pensé antes de responder.

—Hoy no.

Jaime asintió.

—Vale.

No preguntó por qué. No se ofendió. Se puso la chaqueta y me besó en la mejilla después de preguntar si podía.

Cuando cerré la puerta, no sentí culpa. Aquello también era nuevo.

La víspera del viaje cené con Nerea en el estudio vacío. Habíamos desmontado uno de los fondos y las paredes parecían más grandes sin las cajas. Ella llevó comida china y dos refrescos, como si cualquier despedida pudiera resolverse repitiendo nuestros hábitos.

—Te vas seis meses, no a Australia —dijo.

—Ya lo sé.

—Lo digo por tu cara.

—Mi cara está cansada.

—Tu cara está intentando decidir si irte es abandonar algo.

Dejé los palillos.

—Durante semanas todo lo que significaba marcharse se volvió sospechoso. Jaime buscaba pisos, sacaba dinero, preparaba ropa. Ahora yo estoy haciendo exactamente una maleta y me descubro pensando en cómo se verá desde fuera.

Nerea negó con la cabeza.

—La diferencia es que todo el mundo sabe adónde vas.

Parecía obvio, pero necesitaba oírlo.

—Y si cambias de idea, lo dices —añadió—. No escondes un disco duro entre mis cosas y te vas a Torrox.

—Prometido.

Brindamos con refresco. Después me dio una llave de su casa.

—Por si vuelves un fin de semana y decides que no quieres dormir en el piso.

—Eso es innecesariamente dramático.

—Es logística. A Jaime le encantaría.

Guardé la llave. No significaba que fuera a necesitarla. Significaba que alguien me ofrecía una opción sin decidir por mí cuál debía usar.

El día que Jaime vino a ayudarme con las cajas para Barcelona encontró la carpeta de aquellos siete días. La abrió sin sacar ninguna fotografía.

—¿Vas a llevártelas?

—No.

—¿Tirarlas?

—Tampoco.

Cerró la carpeta.

—Progreso.

—No te acostumbres.

Seguimos embalando libros. Al fondo de una caja de copias antiguas apareció una fotografía hecha ocho años atrás, en una fiesta donde conocí a Jaime. Él estaba sentado en el suelo con una botella de agua y miraba hacia alguien fuera del encuadre.

Durante años yo había recordado que me miraba a mí. Se la enseñé.

—¿A quién estabas mirando?

Jaime estudió la foto.

—Ni idea.

—Yo estaba convencida de que a mí.

—Podía ser.

—También podía no ser.

Me miró y sonrió.

—Te has vuelto insoportable con los matices.

—Culpa de Benítez.

Guardé la fotografía en la caja. No necesitaba descubrir quién estaba fuera del encuadre.

El recuerdo que yo había construido durante ocho años no se volvía falso porque la imagen no pudiera confirmarlo.

Habíamos estado allí. Nos habíamos conocido.

Después ocurrieron todas las demás cosas, buenas y malas, que ninguna fotografía podía contener entera.

Dos días más tarde cerré el estudio antes de lo habitual. Jaime me acompañó hasta el coche porque llevaba una maleta demasiado pesada. Cuando la dejó en el maletero, se quedó con las manos en los bolsillos.

—Llámame cuando llegues a Barcelona.

Lo miré.

—¿Petición u orden de control?

—Petición.

—Entonces sí.

Nos abrazamos. No supe si aquel abrazo pertenecía a una pareja que seguía junta, a dos personas que estaban aprendiendo a separarse o a algo intermedio. Por una vez, no intenté encuadrarlo.

Antes de arrancar miré el estudio por el retrovisor. Durante semanas había creído que, si conseguía ordenar suficientes imágenes, podría reconstruir exactamente lo que había ocurrido antes de que Jaime desapareciera. Había aprendido otra cosa.

Las fotografías podían conservar los hechos. Comprenderlos seguía siendo trabajo nuestro.

¿Qué secreto se esconde tras la siguiente puerta?

Gracias por leer esta novela.