Animales nocturnos Desconocidas #2
40%

Desconocidas #2

«¿Tú crees que es fácil?»

«No.»

«Entonces deja de mirarme como si tuviera elección.»

Wren se acercó apenas.

«Todos aquí creen saber quién eres», dijo en voz baja. «Madre. Esposa. Mujer decente.»

«¿Y tú?»

«Yo veo a alguien que se está ahogando.» Entonces Bagheera dijo, casi sin voz: «Para ellos no somos nada.» Wren contuvo la respiración. Bagheera levantó por fin los ojos hacia ella.

«Para nosotras somos demasiado.»

La carretera es una

jungla

La zona industrial comenzaba justo después de la última rotonda del pueblo. Naves apagadas. Rótulos medio fundidos. Maleza creciendo entre el asfalto como algo que había decidido sobrevivir a toda costa.

Bagheera condujo sin encender la radio. Las manos aferradas al volante. Los nudillos blancos.

Wren, a su lado, llevaba la ventanilla ligeramente bajada. El olor de la noche entraba en el habitáculo mezclado con la humedad de los campos y el hierro de las vías lejanas.

Durante casi todo el trayecto no hablaron.

Cuando Bagheera aparcó detrás de un almacén abandonado, el motor permaneció encendido unos segundos más, como si incluso el coche tuviera miedo de apagarse.

Wren observó cómo el parabrisas se iba empañando poco a poco. «Parece un lugar para cometer un asesinato», murmuró.

La luz anaranjada de la farola incidía de lado sobre el rostro de Bagheera, ahondándole las ojeras, haciéndola más real. Más vulnerable. Wren se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirándole la boca.

Apartó la vista.

«No lo hagas», dijo Bagheera en voz baja. «¿Qué?»

«Esa cosa que haces cuando desapareces justo cuando estás a punto de acercarte.

» Wren bajó la mirada hacia sus manos. Todavía tenía tierra bajo las uñas.

Bagheera se abandonó contra el asiento. Cerró los ojos un momento.

Como un animal nocturno que comprende demasiado tarde que se ha acercado al fuego.

«Ayer mi marido se pasó cuarenta minutos hablando de inversiones inmobiliarias», dijo Bagheera con una sonrisa vacía. «Hubo un momento en que creo que dejé de existir.» Wren apoyó la cabeza en la ventanilla. «La gente se pasa media vida construyendo cosas que en realidad no desea.»

«¿Tú no?»

«Yo cultivo flores que florecen cuando nadie las ve.»

Bagheera sonrió por lo bajo. «Siempre has sido una dramática.» «Y tú siempre has estado demasiado viva para fingir tranquilidad.» Incluso allí, dentro de aquel coche frío aparcado en mitad de ninguna parte, podía percibir el cuerpo de Wren como una presencia física capaz de deformar el aire.

«Me estás mirando», susurró Wren. «Tú me estás evitando.»

«Porque das miedo.»

Bagheera inclinó apenas la cabeza. «Y aun así te has subido al coche.» Wren sonrió sin alegría.

«Los animales también caen en las trampas cuando están cansados de tener hambre.»

Sus frentes se rozaron apenas. «Dime que me detenga», dijo Bagheera. Wren cerró los ojos.

«Hace seis años no lo hiciste.» Bagheera la besó.

Wren contuvo la respiración contra sus labios; los dedos se aferraron enseguida a la tela de su abrigo como raíces hambrientas.

Fue un beso manchado de nostalgia. Bagheera le sostuvo el rostro entre las manos.

Wren le mordió apenas el labio inferior y el sonido que escapó de Bagheera se pareció casi al dolor.

«Dios…», respiró contra su piel. Wren descendió lentamente con la boca por la línea de su mandíbula.

«No», susurró. «No lo metas en esto.» Bagheera se rio sin aliento.

La mano de Wren le recorrió el costado, lenta, abierta, como si estuviera aprendiendo un territorio prohibido. La piel bajo la camisa estaba caliente. Bagheera se estremeció. «¿Tienes frío?», preguntó Wren. «No.» Le sujetó la muñeca. «Es justo lo contrario.»

Bagheera se inclinó hacia el asiento trasero para apagar la única luz que seguía encendida.

El interior del coche se precipitó hacia la oscuridad.

Wren se rio por lo bajo.

«Muy clandestino.»

«Demasiado tarde para empezar a ser prudentes.»

Los dedos de Bagheera se deslizaron entre el cabello de Wren, corto en la nuca y más largo arriba. Le acarició lentamente la cabeza como quien calma algo feroz. Wren la observó en la oscuridad. «¿Sabes qué es lo que odio de ti?» «A ver.»

«Que siempre pareces a punto de irte.» Bagheera se quedó inmóvil. Luego tomó su mano y se la llevó al pecho.

El corazón galopaba.

Violento.

«¿Te parece el corazón de alguien que quiere marcharse?»

La besó otra vez.

Más despacio esta vez.

Como si estuviera bebiendo. Como si el deseo pudiera realmente saciar a alguien.

Bagheera sintió cómo su cuerpo cedía centímetro a centímetro. Años de disciplina deshaciéndose bajo aquellas manos manchadas de tierra y clorofila. «Pagaremos esto.»

Bagheera sonrió con los ojos brillantes. «Entonces hagamos que merezca la pena.»

La carretera, más allá del parabrisas, *** parecía una herida negra atravesada por faros lejanos.

Bagheera observó cómo Wren volvía a colocarse lentamente el anillo en el dedo. Ese gesto le dolió más que cualquier otra cosa.

Wren se dio cuenta.

«No me mires así.»

«¿Así cómo?»

«Como si estuviera eligiendo dejarte.» Bagheera bajó los ojos.

«¿Acaso no llevamos años haciéndolo?»