Animales nocturnos
© inepub.com
Identidad y desconcierto
desconcierto
Todos somos indulgentes con los deseos ajenos.
Con los nuestros, en cambio, no sabemos qué hacer.
El salón del centro cívico huele a vino barato y a cera para suelos. Las luces son demasiado blancas, demasiado honestas. En este pueblo, la moral es un uniforme perfectamente planchado: se lleva para que los demás lo vean.
Bagheera sonríe junto a su marido. Ha aprendido a sonreír sin enseñar los dientes.
«¿Estás bien?», le pregunta él, con esa cortesía que nunca ahonda.
«Perfectamente.»
Aquí todos celebran, pero sin excederse. Se puede beber, reír, incluso traicionar, siempre y cuando sea en silencio. Hay una moral de fachada que nadie se atreve a desafiar abiertamente. Se puede ser fiestero, pero respetable. Transgresor, pero no demasiado.
El presidente del comité sube al estrado. «Esta noche celebramos nuestra comunidad. Aquí sabemos cuidar unos de otros.»
Bagheera se siente como un oficial que ha recibido un rango que nunca quiso. Coordinar, estar presente, vigilar. Decidir cuándo alguien debe ser «reconducido». En este pueblo siempre hay alguien a quien enderezar. Y alguien encargado de decidir cómo.
«Hay quien debería ponerse un poco en orden», murmura una mujer a sus espaldas.
El vivero está en las afueras del pueblo, junto a la vieja vía del tren. Cultiva plantas que solo se abren cuando desaparece el sol. Flores que respiran al revés. Ella dice que no es una elección: algunas especies necesitan la oscuridad para ser ellas mismas.
Wren se cruza con la mirada de Bagheera. El marido de Bagheera sigue aquella línea invisible entre los ojos de ambas. «¿La conoces?», pregunta. «Es la mujer del vivero.» Solo el amor reconoce el rostro que debe modelar.
Solo el amor sabe hacia dónde dirigir los pasos.
Y todo lo demás —la inteligencia, la prudencia, la educación— solo vale en la medida en que sirve para protegerlo. Wren se acerca a la mesa de las ofrendas. «¿Habéis elegido orquídeas diurnas para decorar?», dice con voz clara. «Qué curioso. Las nocturnas habrían sido más sinceras.»
Alguien se ríe, nervioso. El presidente se aclara la garganta. «Aquí hacemos las cosas a la luz del día.» «Precisamente», responde Wren.
Bagheera siente algo moverse en su interior, como un radiotelegrafista que percibe una señal lejana.
La velada parece tranquila, pero bajo la superficie algo se agita.
Como gusanos en una fruta demasiado madura.
La noche puede ser hermosa y estar corrompida al mismo tiempo.
Entrar en ella significa aceptar que algo se pudre.
Wren pasa a su lado.
«¿Cómo estás, Bagheera?» Su marido se tensa apenas. «Estoy bien», responde ella. «No lo parece.»
«No me observas lo suficiente.» El presidente vuelve a hablar de presupuestos y donaciones.
Cifras. Porcentajes. Proyectos de rehabilitación.
Es como escuchar un parte militar. Bagheera se siente cansada de repente.
Cansada como quien aterriza después de un vuelo demasiado largo.
Las casas del pueblo, vistas desde la ventana del centro cívico, parecen diminutas, reconfortantes.
Pequeños cafés. Avenidas ordenadas. La ilusión de una felicidad sencilla.
Podría vivir aquí para siempre, piensa. Mirar siempre el mismo paisaje desde la misma ventana.
Aceptar los límites como se acepta un matrimonio: después de tantas elecciones, uno acaba conformándose con lo que queda. Y hasta aprende a amarlo.
Es un límite como el amor. Wren se sienta en la mesa contigua. No la mira, pero su voz llega hasta ella. «¿Sabes cuál es el problema de este sitio?», dice.
«Ilústranos», responde un hombre. «Se creen irreprochables. Pero no es más que adiestramiento.»
«¿Adiestramiento?», pregunta alguien. «Sí. Infantería moral. Todos alineados. Todos convencidos de ser mejores que los demás.»
Alguien refunfuña. Otro se ríe. La tensión crece.
«¿Y tú serías la artillería?», dice una mujer. Wren sonríe.
«Yo cultivo flores.»
Bagheera se pone en pie. «Perdonadme», le dice a su marido. «Necesito aire.»
Fuera, el cielo es tan limpio como un agua oscura. Las estrellas no están ocultas: están expuestas. La noche no muestra las cosas, las compone. Las vuelve más suaves.
Wren la sigue.
La grava cruje bajo sus pasos. El viento se desliza entre ellas, constante, como un alisio que nunca cambia de dirección.
No es un viento europeo que llega y se calma.
Es un viento estable, obstinado. Si te apoyas contra él, casi puedes sentir que te arrastra hacia un destino que desconoces.
«No te fíes de mí», susurra Bagheera. «Soy una gran traidora. Una gran embaucadora.»
Wren inclina la cabeza.
«¿A quién traicionas? ¿A él o a ti misma?» Bagheera cierra los ojos un instante. Un grupo de hombres sale a fumar. Las observan. Las miden.
Los topos, piensa Bagheera. Criaturas que excavan en la oscuridad, convencidas de poseer la verdad bajo tierra.
Pendencieras, estrechas de miras, desleales en los juegos que inventan.
Si pudieran, les declararían la guerra. En el fondo, ya lo han hecho.
Bagheera vuelve a mirarla. Siente el cansancio en los huesos.
El deseo de deponer las armas. De ser solo un cuerpo sencillo, con el peso de sus propias miserias, sin tener que mandar sobre nada.
«No eres tú lo que temo», dice Bagheera. «Es la parte de mí que despierta cuando me miras», continúa.
Fuera, la noche abre lentamente sus flores invisibles.