Capítulo 48. Aren #2
El sol pega fuerte sobre la lona y la carreta se sacude y traquetea cada vez que encuentra algún pequeño bache en el camino. Dietan da un salto cada vez que pasamos por un tramo rocoso, su cabeza se golpea contra el marco de madera que sostiene la lona.
–Pensé que estabas acostumbrado a viajar en la parte trasera de las carretas –me burlo de él.
–Sin duda, pero nunca con los productos. –Saca una manzana de la canasta más cercana y le da un mordisco justo cuando el carro se detiene con una sacudida.
–Creo que ya llegamos.
El cochero abre la lona.
–Apúrense. No puedo detenerme mucho tiempo.
Dietan tira la manzana y me saca de la carreta, luego nos metemos a toda prisa en el callejón más cercano. Sin despedirse, el hombre vuelve a tomar las riendas. La carreta avanza traqueteando por la calle, dejándonos con el mapa rudimentario y solo una vaga idea de cómo encontrar el refugio.
–Vamos –me insta Dietan, entrecerrando los ojos para mirar el pedazo de papel–. Creo que es por aquí.
Con nuestras túnicas de templo con capucha, caminamos a un ritmo tranquilo, tratando de no parecer desesperados ni asustados.
–No… espera, es por aquí –indica, y maldice–. Perdón, creo que lo tenía al revés.
Miro por encima de su hombro hacia el pergamino, buscando los puntos de referencia mientras caminamos por las calles de la ciudad. Trato de comparar las líneas toscas de carbón con las calles reales de piedra y ladrillo.
–Creo que es ahí –apunta, deteniéndose frente a un edificio.
El refugio es una estructura sencilla y pequeña de tres pisos, apretujada entre dos edificios más grandes a ambos lados. Damos una vuelta manzana para asegurarnos de que nadie nos sigue antes de acercarnos a la puerta.
Dietan llama a la puerta y esta cede un poco.
–Está abierta –susurra. Quizás, al igual que el templo, el refugio esté abierto a todos los que necesiten un lugar seguro.
Empuja con más fuerza y la puerta cruje al abrirse.
Nos deslizamos hacia un pasillo oscuro y sin ventanas y, una vez dentro, sin previo aviso, alguien cierra de un portazo la puerta detrás de nosotros.
Antes de que Dietan pueda meter la mano en su túnica para sacar su cuchillo, vemos un destello plateado.
Él se lanza hacia el hombre encapuchado y lo empuja contra la puerta.
El desconocido gruñe por el impacto y ambos forcejean por el control del arma, cada uno sujetando la empuñadura, pero Dietan es más rápido y empuja la hoja hacia la garganta del hombre.
El filo raspa la piel del desconocido.
–Si te mueves un maldito centímetro, te cortaré la garganta –gruñe Dietan, no tengo ninguna duda de que habla en serio.
Envuelvo mis dedos alrededor del mango de la sartén que llevo en mi bolso.
–Por favor, no me mate, su alteza –dice.
Dietan duda. Reconozco esa voz . Él también la reconoce y baja el cuchillo mientras yo dejo el bolso en el suelo despacio. El desconocido se quita la capucha.
–¡Marcus! –grita Dietan.
Se abrazan muy fuerte, dándose palmadas en la espalda como hermanos que no se han visto en mucho tiempo. Después, Marcus lo aleja un poco, como si no pudiera creer lo que ven sus ojos.
–¡Gracias a los dioses que estás vivo!
–¿No deberías estar en Loegria? –exclama el príncipe al mismo tiempo.
–¿De verdad pensabas que daría media vuelta y me iría a casa sin ti? ¿Te imaginas si apareciera en Lundenwic y le dijera al rey que te perdí en el Yermo?
–No le haría ninguna gracia.
–Me habría cortado la cabeza. Pero me tomó más tiempo de lo esperado colarme en Engel. ¿Y ahora me entero de que te metiste en problemas? Nadie podría haberlo previsto –dice con sarcasmo.
–Nada que no pueda manejar –objeta Dietan.
–Ah, eso es obvio, su alteza. Esta es solo una visita de cortesía. Nosotros acabamos de atravesar todo un maldito desierto para saludarte. –Marcus se ríe.
–¿Nosotros? –pregunta, mientras se oyen pasos bajando las escaleras. Jared lo mira desde arriba y su expresión pasa de la confusión a la alegría. Cojea por una lesión reciente, pero no deja que eso lo frene. Casi se desliza por las escaleras y choca con Dietan.
–¡Por todos los dioses, amigo! –exclama Jared–. ¿Qué te pasó? Te ves fatal.
Hace mucho tiempo que no lo veía sonreír así.
–Es una larga historia…
Entonces Jared me ve y exclama:
–¡Aren! ¡Aún estás viva! ¡Después de todo, Ofelia no me mandará a la tumba antes de tiempo!
–No estaría aquí si no fuera por ella –explica Dietan.
–¡Qué bueno verte! –Jared me abraza y me levanta del suelo.
–¡Lo mismo digo! –respondo, siento como se me aligera el corazón al ver esos rostros amigos. ¿Cómo es que...? ¿Cuándo...? Tengo mil preguntas y no sé por cuál empezar.
–Vengan, rápido, aléjense de la puerta –indica Marcus, deslizando una silla debajo de la manija y guiándonos hacia el interior de la casa–. Supongo que están aquí por el levantamiento.
–¿Levantamiento? –pregunta Dietan, reflejando mi propia confusión–. ¿Qué levantamiento? –Jared nos lleva por las escaleras, apoyándose en la baranda mientras sube, sonriendo encantado a pesar del esfuerzo.
–Este –responde Marcus, sonriendo de oreja a oreja mientras abre la puerta de una habitación junto a la escalera. Ahí están: mi gente.
Arnfried, Lambert y Tess reunidos alrededor del mapa extendido sobre una mesita. Alzan la vista y se ven sorprendidos cuando entramos.
–Aren –exclama Lambert, levantándose de un salto para abrazarme–. ¿Estás bien?
–He estado mejor –respondo mientras saludo también a Arnfried y a Tess con un abrazo.
No puedo evitar notar que Rosamond, Nelson y Bing no están entre ellos.
¿Y por qué estos tres no se han ido ya de esta ciudad horrible? Se suponía que Arnfried ya estaría de regreso con sus madres.
Pero aquí están y merecen conocer al hombre por el que sacrificaron tanto. Me hago a un lado, revelando a Dietan.
–Este es el príncipe Dietan de Loegria. Estaba muerto, pero ahora se siente mucho mejor… ¿verdad?
–Verdad –responde él, enderezándose con su encanto habitual–. Hola a todos. Gracias por haber colaborado en mi fuga.
Lambert hace una reverencia exagerada, mientras que Tess asiente con la cabeza y lo saluda con un “su alteza” más moderado y respetuoso. Me doy cuenta de lo cómoda que me siento con él ahora, después de todo lo que hemos pasado juntos.
–¿Han comido, su alteza? –pregunta Tess–. ¿Aren?
–Solo el desayuno –respondo–. Y no mucho.
–Nada en absoluto –se lamenta Dietan–. Estábamos a punto de disfrutar de una comida maravillosa en el templo de Sirona cuando nos interrumpieron los guardias, decididos a matarme.
–Qué groseros –comenta Marcus.
Tess sale de la habitación, refunfuñando entre dientes.
–¿No te comiste los dos pasteles de dátiles que nos dio Siena? –pregunto, cruzando los brazos y mirándolo fijo.
–Eran pequeños.
Tess regresa con una bandeja repleta.
–Solo es pan, queso y té, pero es sustancioso. Por favor, su alteza. Coma.
Arnfried y Lambert apartan con cuidado el mapa y las piezas que hay encima hacia un lado de la mesa. Marcus busca unos platos y nos los entrega. Jared sirve té.
–Tengo entendido que este es un refugio que las hermanas del templo de Sirona han estado utilizando últimamente. ¿Quién más sabe de este lugar? –pregunto, partiendo un trozo de pan y mirando a mi alrededor.
–Una de las damas de la corte, una de las favoritas del rey Osian, la señora Duval. Una mujer devota y muy rica que, además, quiere verlo en la horca –dice Tess–. Él mató a su esposo y la secuestró como su amante.
Me estremezco y tomo un sorbo de té demasiado caliente.
–Sí, es un hombre con mucha clase, eso seguro –comenta Lambert sin humor.
Dietan me toma la mano debajo de la mesa. Le sonrío antes de voltear hacia mis amigos.
–Díganme qué estamos planeando. ¿Qué pasó la noche que escapamos? ¿Qué fue esa alarma?
–El rey quería revisar al príncipe con urgencia una vez más, antes de arrojar su cuerpo al fuego. Abrieron el saco y… bueno, ya saben. No había ningún príncipe en ese saco –explica Lambert.
Me estremezco al imaginar la furia de Namreth al descubrir que Dietan, y los Anillos, se le habían escapado de las manos.
–Se desató el caos. Osian se dio cuenta de que lo habían engañado y de que el príncipe había escapado. Los guardias dieron la alarma, y luego él arrasó personalmente las cocinas, buscándote. Bing intentó entretenerlo y lo hizo bastante bien… pero… –Niega con la cabeza.
Siento una puntada en el corazón. Sabía que Bing iba a hacer algo así, pero igual me duele escucharlo.
–Osian chasqueó los dedos y Bing murió antes de que pudiera tocar el suelo –continúa Lambert–. Regresé a buscarlo… –Su voz tiembla ante la pérdida de su amigo–. En fin, Arnfried, Tess y yo logramos escapar por poco y llegamos hasta aquí.
–¿Y qué hay de Nelson? ¿Y Rosamond?
–Creemos que lograron salir antes de que la ciudad cerrara sus puertas –dice Tess–. Al menos, eso es lo que esperamos, pero por orden de Osian, estaban matando a cualquiera que intentara salir de la ciudad. –Se encoge de hombros con impotencia–. Fue un riesgo que todos asumimos.
Bing está muerto. Y es probable que Nelson y Rosamond también. Me trago el nudo que tengo en la garganta. Esto no está bien. Tenían sus vidas. Amigos y familiares que los extrañarán. Estamos aquí ahora mismo gracias a su sacrificio.
Dietan carraspea. Asiente con la cabeza a los antiguos sirvientes que lo ayudaron a escapar, mirándolos a cada uno a los ojos, uno por uno.
–Estoy en deuda con ustedes. Como príncipe de Loegria, les prometo que, si sobrevivimos a todo esto, me aseguraré de que reciban una buena compensación. Les estaré agradecido por el resto de mi vida.
–Se lo agradecemos, su alteza –dice Lambert. Tess también murmura un agradecimiento.
Dietan observa a Arnfried más de cerca. Le aprieta la mano y esboza una sonrisa.