Anillos del destino Capítulo 48. Aren
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Capítulo 48. Aren

E l desayuno es un evento que involucra a todo el templo.

Las comidas son sagradas en la Casa de la Sanación y todos están invitados a compartir de esta abundancia.

Cuando llegué por primera vez, Siena me explicó que toda la comida es gratuita, son ofrendas para honrar a la diosa y a sus sanadores, ofrecidas por los fieles y los agradecidos entre los habitantes de la ciudad.

En el comedor, hay bandejas repletas de pan caliente, dátiles frescos y caquis maduros, junto a jarras de vino y té.

Dietan y yo echamos un vistazo a la variedad.

Me decido por una pieza de fruta. Antes de que pueda siquiera alcanzarla, oigo que una puerta se abre de un portazo y me detengo en seco.

Siena entra corriendo a la sala, con los ojos muy abiertos y los brazaletes tintineando. Se oyen pasos resonando en el suelo de madera sobre nosotros.

Corre directo hacia nosotros.

–Tienen que esconderse. Ya vienen. Abajo, ahora mismo.

–¿Abajo? –Por lo que tengo entendido, estamos en el piso de planta baja y no hay nada debajo.

Ella me ignora y, sin decir una palabra, el desayuno queda en el olvido mientras los acólitos y discípulos apartan mesas y bancos a un lado. Siena se arrodilla y retira la alfombra que tenemos bajo los pies, dejando al descubierto una puerta oculta en el suelo de madera.

–Ayúdenme –dice, y dos de los sanadores más cercanos tiran de la manija, que se abre a la fuerza para revelar una escalera–. ¡Váyanse!

–¿Y tú qué? –pregunto.

–A mí no me buscan. Solo soy una ayudante de cocina, hay muchas como yo. Los quieren a ustedes –advierte, sacudiendo la cabeza–. Y mi velo me mantendrá oculta. –Se lo coloca sobre el rostro, cubriéndolo por completo.

No hace falta que nos lo repitan. Dietan nos guía hacia abajo, hacia la oscuridad.

Detrás de nosotros, la trampilla se cierra de golpe con un estruendo que resuena en la sala subterránea.

Él encuentra mi mano en la oscuridad y la aprieta.

Estoy demasiado aterrorizada incluso para susurrar, por un momento no se oye nada más que nuestra respiración.

Por encima de nosotros, escuchamos pasos sobre las tablas del suelo.

Algunos se alejan, otros se acercan. Luego, un golpe seco, seguido de un sonido suave y rodante que indica que los acólitos han vuelto a colocar la alfombra.

Y después el roce de sillas y mesas al deslizarse de vuelta a su lugar.

El murmullo y el tintineo de los cubiertos vuelven a resonar, como si nada pasara y nadie estuviera escondido bajo sus pies.

Aguanto la respiración.

Entonces lo oímos: una puerta que se abre con un crujido, voces enaltecidas y botas pesadas que resuenan al entrar en el comedor. Me esfuerzo por escuchar por encima de mi pulso, que golpea con fuerza en mis oídos. Dietan me aprieta la mano con un gesto tranquilizador. Se inclina para susurrar.

–No te preocupes. Yo te protegeré.

Le aprieto la mano también. Pero es él quien necesita protección, quiero decirle. Es él a quien matarán, o peor aún, torturarán y luego matarán, si los hombres del rey nos encuentran aquí.

Se me hiela la sangre cuando las botas pesadas resuenan sobre nuestras cabezas, haciendo llover polvo sobre mi rostro. Me tapo la boca con una mano para contener una tos.

–Estamos buscando a dos fugitivos –grita una voz autoritaria–. Un criminal que ha escapado del calabozo y una cocinera que lo ayudó.

Teníamos razón. La alarma sonó porque habían descubierto nuestro escape.

–¿Un criminal? ¿Quién es? –pregunta una de las hermanas con aire inocente.

–Un visitante que se infiltró en el palacio y fue capturado. Fingió su muerte. Cuando los guardias fueron a recoger su cuerpo para quemarlo, ya se había esfumado. El rey está como loco de la rabia –dice el soldado.

Dietan aprieta más fuerte mis dedos mientras su otra mano se dirige al cuchillo que lleva atado a la cadera. Lo ha mantenido cerca desde que se lo devolví esta mañana.

–Este es un lugar de adoración –advierte la hermana Dosha con su voz tranquila–. Y han interrumpido nuestra comida sagrada.

El guardia murmura una respuesta que no logro entender. No me muevo. No respiro. Mis músculos están tan tensos que siento que podría romperme en mil pedazos.

–¿Estás segura de que no han recibido a nadie herido? ¿Un hombre rubio de Loegria muy golpeado? Con una mujer alariciana de cabello oscuro.

–No, nadie que se ajuste a esa descripción –responde la hermana Dosha, con tono imperturbable y algo molesta por tener que responder a esas preguntas.

–Mentirle a la Guardia Real es traición –advierte el soldado.

–Lo sé, y usted debería saber que aquí servimos bien al rey Osian.

–Si se descubre que han recibido a fugitivos, el rey arrasará el templo.

La hermana Dosha, sabiamente, no responde. Luego se oye el ruido de botas rodeando la puerta oculta, lo que hace llover polvo una vez más. Le rezo a la diosa Sirona para que me impida estornudar.

Inclino la cabeza para evitar que el polvo entre en mis ojos y me apoyo en Dietan, fuerte y silencioso a mi lado, concentrándome en él para mantener alejado el miedo paralizante.

Por fin, los pasos pesados se alejan. El bullicio del desayuno se reanuda una vez más.

Luego, después de lo que parece una eternidad, el silencio se apodera del lugar a medida que la sala se vacía y los acólitos y peregrinos regresan a sus tareas.

Esperamos un poco más, respirando ahora más tranquilos, con la esperanza de que el peligro haya pasado.

Por fin oímos el roce de las mesas, las sillas que se alejan y la alfombra que se enrolla.

La puerta se abre de golpe y la luz es tan brillante que me lastima los ojos.

Por un instante, temo que sea un guardia.

Pero luego oigo la voz de Siena.

–Ya se fueron.

Toma mi mano y me ayuda a subir los escalones. Dietan me sigue, sosteniéndome la espalda para darme estabilidad.

Estamos de vuelta en el comedor, que está vacío no solo de gente, sino también de comida. Mi estómago gruñe. Por suerte, Siena nos entrega a cada uno una rebanada de pastel de dátiles envuelta en una servilleta de tela.

–Están buscándolos por toda la ciudad –dice mientras comemos.

Dietan devora el pastel con ganas. Pensé que me moría de hambre, pero ahora me doy cuenta de que se me ha quitado el apetito.

Namreth nos está buscando.

Sabe que Dietan está vivo y que yo lo ayudé. Le paso mi rebanada de pastel y él arquea una ceja con curiosidad antes de devorársela también.

–No podemos quedarnos aquí –dice cuando termina de comer. Tiene la mandíbula tensa, la mirada firme y decidida–. Regresarán –agrega, justo cuando la hermana Dosha vuelve a la sala. Parece aliviada al vernos.

–Sí, lo harán. No creo que me hayan creído, pero no pueden actuar en contra del templo sin pruebas. –La preocupación arruga su rostro gentil–. ¿Te has recuperado lo suficiente?

Él extiende los brazos. Aunque sé que ahora le duele de estar agachado en nuestro estrecho escondite, ya no siente dolor.

–Más de lo que te imaginas. Has hecho un trabajo maravilloso. Gracias, hermana, por todo –afirma–. Tenemos que salir de aquí hoy mismo. Estamos poniendo en peligro a todos los que están en este templo.

La sacerdotisa asiente con la cabeza.

–Tenemos acceso a un lugar cerca de un almacén de granos que pertenece al templo –indica–. Pueden quedarse ahí todo el tiempo que necesiten hasta que encuentren una manera de salir de la ciudad.

–Supongo que no somos las primeras personas a las que has tenido que esconder de Namreth –dice él.

–No y no serán las últimas. El alojamiento no es tan cómodo como aquí en el templo, pero…

Dietan asiente enérgicamente.

–Será más que suficiente. ¿Cómo llegamos ahí sin que nos descubran?

–La carreta que solemos usar para transportar suministros pasará bien desapercibida. Ya la he pedido. Debería estar aquí antes de la próxima llamada a la oración. Siena puede ayudarlos a prepararse.

Miro a la exayudante de cocina.

–¿No vienes con nosotros? Se suponía que todos íbamos a escapar.

–No tengo un hogar –me responde, negando con la cabeza–. Y aquí me necesitan. Hay demasiados peregrinos que necesitan ayuda en este momento.

Demasiados han sufrido la ira del rey.

Aunque quiero llevarla con nosotros, sé que eso solo la pondría en más peligro. Aquí, en el templo, está a salvo por ahora.

–Gracias por todo –pronuncio con un sollozo en la garganta mientras la atraigo hacia mí para darle un fuerte abrazo.

–No, gracias a ti por sacarme del castillo –reconoce ella–. Cuídate. –Se inclina ante Dietan y le dice–: Que Sirona lo proteja, su alteza, y que Loegria salga victoriosa contra el Usurpador.

No tenemos mucho para empacar.

Todavía tengo el bolso de la noche de nuestra huida. Lo único que traje del castillo es una muda de ropa y una sartén que robé de la cocina para reemplazar la mía. Le pido a Siena que reponga el cofrecito de hierbas que Namreth me quitó cuando llegué. Ella lo hace con gusto.

Llena mi bolso con carnes secas y fruta mientras Dietan y yo nos cambiamos nuestras túnicas sencillas por túnicas de acólitos del templo, con capuchas que nos ocultan la mitad del rostro cuando las levantamos.

Siena nos lleva por la parte de atrás, donde nos espera una carreta cubierta.

Nos subimos y descubrimos que está llena de provisiones.

Nos apretujamos entre grandes canastas tejidas, acurrucándonos junto a dos de las más altas.

Espero que sean lo suficientemente grandes como para escondernos si detienen la carreta.

–Va a hacer su recorrido habitual, pero deberían llegar al refugio antes de que anochezca –nos indica Siena. Nos entrega un pergamino–. Aquí tienen un mapa. La carreta los dejará a unas cuantas calles del refugio. Buena suerte, y que Sirona esté con ustedes.

–Que la Madre de la Cosecha bendiga tus frutos –respondo.

–Como los dioses lo dispongan –dice Dietan. Toma el mapa y luego nos ponemos en marcha.