Capítulo 46. Dietan #2
Me acerco a ella, lento y con determinación. Puedo sentir el calor de su cuerpo, la tensión que recorre sus hombros a medida que me acerco, lo único que quiero es atraerla hacia mí. Aunque incluso yo sé que eso sería un grave error en este momento.
–Lo siento –repito–. Lo siento, pero tienes que entender que tenía mis razones para mentir, no tiene nada que ver con la confianza. Tenía que protegerte.
Ella resopla.
–Eres muy terca –sigo, entrelazando las manos frente a mí para evitar acercarme–.
¿Estás diciendo que no debí protegerte? ¿Debí haber sido honesto?
¿Decirle a Namreth lo mucho que significas para mí?
¿Sabes lo que le hace a la gente ahí dentro?
¿Lo que les hace a las esposas de los hombres que se han atrevido a rebelarse contra él?
Suspira y deja caer los hombros mientras se seca más lágrimas.
Sé que ambos estamos pensando en Lydia.
–Si no hubiera mentido, habrías estado ahí conmigo.
Muerta de hambre y torturada por el mismísimo rey loco.
Si Namreth te hubiera hecho lo que me hizo a mí…
–Mi voz se quiebra–. No iba a permitir que eso pasara.
Nunca lo permitiría. Moriría antes de dejar que alguien te hiciera daño, Aren. Pensé que lo sabías.
–¿Todo lo que dijiste entonces fue …?
–Una mentira. Aren, lo siento tanto. Me disculparía mil veces para quitarte ese dolor.
“No la amo. Ella no significa nada para mí”.
Es lo más alejado de la verdad.
–La guerra implica tener que tomar decisiones difíciles, yo elegí ocultarte la verdad para mantenerte con vida –digo.
Coloca las manos en sus caderas y suspira. Voltea para mirarme, con los labios apretados formando una línea delgada, y luego pone los ojos en blanco.
–¿Estamos en la misma página? –pregunto con cuidado.
–No lo sé. ¿Lo estamos?
Le lanzo una mirada que dice más que mil palabras, siento una punzada en el corazón.
–Espero que sí.
–¿Y qué página es esa? –quiere saber.
–La que dice que nos digamos la verdad.
–¿Quieres saber por qué estoy enojada? –me pregunta, mordiéndose el labio inferior.
–¿Hay solo una razón? Porque supuse que… –Dejo la frase en el aire.
–Estoy tan enojada contigo porque… –Hace una pausa–. Por todas las diosas, Dietan, ¿vas a obligarme a decirlo?
Entonces, mi corazón se acelera y la esperanza brilla como la luz del día a través de la lluvia.
–¿Decir qué?
Baja la mirada, con las mejillas sonrojadas y el pecho agitado, una oleada abrumadora de anhelo brota en mí, quemándome por completo.
Cuando vuelve a mirarme a los ojos, suelta:
–Me importas tanto que me duele. Lo odio. Quiero deshacerme de estos sentimientos, pero parece que no puedo sacármelos de encima. Me están matando.
Sus palabras salen rápidas, como el agua que irrumpe a través de una represa, y yo la miro con asombro, temeroso incluso de respirar, sin querer detener el flujo de las mismas.
–Pensé que te había perdido, no una vez, ni dos, sino tres veces.
Cuando me sacaron a rastras de la sala del trono, estaba segura de que te matarían y no pude hacer absolutamente nada al respecto.
Yo… nunca me había sentido tan impotente, te odié por eso.
Pero también sufrí por ti. Estaba tan enojada con…
–Levanta la mirada hacia el cielo–. Todo.
Porque pensé que no sentías lo mismo que yo sentía por ti, luego temí que nunca pudiera decírtelo.
Especialmente cuando no pude encontrar tu pulso después del aliento del diablo.
Y luego, cuando ardías de fiebre, no creí que sobrevivirías.
Me quedo paralizado, con el corazón latiendo a mil y la sangre bombeando a toda velocidad. Le rompí el corazón. Tantas veces. Y ella sigue aquí. Me encanta lo terca que es.
De pequeño, me decían que algún día me casaría con una princesa.
Me prometí a mí mismo que no me casaría, porque mis padres eran muy infelices juntos.
Pero ahora me doy cuenta de que no estaba evitando el matrimonio, simplemente no me interesaba ninguna de esas mujeres arrogantes y delicadas de la corte que se adornaban con joyas y se dedicaban a cotillear.
Quería a alguien con carácter y fuerza, que exigiera lo mejor del mundo y de quienes la rodeaban, incluso de los príncipes.
Y esta mujer, una camarera de un pueblito en medio de la nada, con callos en las manos, cabello oscuro y exuberante, y una mirada impactante, sin mencionar la lengua filosa y la mente más aguda de todo Albión, es justo eso.
Es más hermosa que cualquier mujer que haya conocido jamás.
–Aren –susurro, y esta vez ella no se aparta. Está tan cerca, saboreo cada pestaña, cada poro, cada peca. Ni siquiera un sueño febril en las profundidades del calabozo de Namreth podría hacerla tan hermosa, tan real.
Su aliento cálido acaricia mi piel y algo se despierta dentro de mí, ardiente y listo.
Despacio, extiendo la mano y le coloco detrás de la oreja un mechón de cabello que se había salido de su trenza. Esta vez no se aparta.
–Aren Bellamore, significas más para mí que cualquier otra persona en todo este mundo.
Entonces cierro los ojos, me inclino… y espero. He estado deseando hacer esto desde que entró en la habitación. Ella se pone en puntas de pie para acercarse a mí.
El beso es tierno, suave. Nuestros labios apenas se rozan y termina rápido, pero se siente más íntimo, más vulnerable que cualquiera de los besos anteriores que hemos compartido. La calidez de su tacto es tan encantadora como un hechizo.
Cuando abro los ojos, veo que los suyos siguen cerrados y sonrío. Por una vez, me olvido de los anillos, solo soy un hombre normal besando a una mujer normal.
Qué extraño es no sentir el caos dentro de mí mientras su sabor llena mi corazón. No sentir el Silbido, asfixiante y salvaje, retorciéndose en mi interior como una serpiente lista para atacar.
Enmarco su rostro con mis manos, rozando con mis pulgares los arcos de sus pómulos, disfruto de su aroma.
Huele a incienso del templo y al aceite dulce de la sanadora.
Un suspiro suave se le escapa mientras mi mano se desliza por su espalda, mientras sus dedos delgados envían chispas por mi piel dondequiera que me tocan.
Profundizo el beso, acariciando su mejilla con la palma de mi mano.
Los dedos de Aren se aferran a la tela de mi camisa mientras me atrae hacia ella. Deslizo mi mano hasta su cintura y la acerco. Nuestros cuerpos por fin se tocan. La aprieto con fuerza contra mí para que sienta exactamente cuánto la deseo.
Un sonido grave retumba en mi garganta, el calor me invade como si volviera a tener fiebre.
Sin interrumpir el beso, nos guío desde el balcón de regreso al interior y la recuesto sobre la cama, donde su vestido amarillo se despliega sobre las sábanas. Por un momento, lo único que puedo hacer es mirarla fijo y maravillarme de mi buena suerte antes de acostarme a su lado.
Me encuentro con su mirada mientras le bajo el tirante del vestido, liberando su pecho perfecto y suave.
Acerco los labios a su pezón endurecido, tirando suavemente de él antes de succionarlo.
Su respiración se vuelve entrecortada, llena de deseo.
Ver sus mejillas sonrojadas y sus párpados pesados me hace sentir un deseo que nunca antes había conocido.
Quiero adorarla tal como los acólitos de aquí adoran a Sirona.
Me agacho para levantarle la falda, listo para detenerme si muestra alguna duda, pero, gracias a los dioses, no lo hace. De hecho, sonríe, con los ojos muy abiertos mientras subo la mano por su pierna, deteniéndome en la piel suave de su muslo, acariciándola hasta que se retuerce.
Para mi agradable sorpresa, no lleva ropa interior, así que deslizo mi mano más arriba.
Ella deja escapar un grito ahogado de sorpresa cuando mis dedos rozan su piel húmeda.
Se queda muy quieta, con el cuerpo tenso, contengo la respiración, medio esperando que me regañe, me dé una bofetada o salga corriendo de la habitación gritando.
Pero, en cambio, sonríe y arquea la espalda mientras disfruta de mis dedos trazando círculos lentos y atormentadores.
Desliza sus manos por mi pecho, dejando rastros de calor al acariciar mi abdomen.
Una de sus manos comienza a descender cada vez más, hasta alcanzar mi erección.
–Por todos los dioses –susurro contra la piel suave de su cuello.
Acaricia mi miembro despacio, provocándome, haciendo que mis entrañas se retuerzan de placer.
Desliza sus manos de nuevo por mi cuerpo y acerca mi rostro al suyo una vez más.
Respirando con dificultad, con el calor creciendo en mi interior, la beso de nuevo, esta vez con más intensidad.
Me abraza con fuerza, con sus labios suaves y cálidos, el mundo se desvanece con otro suspiro.
Hay templos dedicados a una gran variedad de dioses por todo el mundo, pero el suyo es el único en el que me interesa rendir culto. Doy gracias a los dioses de todos los cielos por estar lo suficientemente recuperado como para disfrutar esto.
–A veces se me olvida respirar cuando me besas así –murmuro cuando nos separamos por un instante.
–Bien –responde, arqueando los labios de una forma que hace que mi sangre hierva–. Te da más tiempo para concentrarte en lo que mejor sabes hacer.
–¿Y qué es eso?
–Devolverme el beso.
–Gracias a los dioses esto no es un calabozo –digo, poniéndome de rodillas.
Me siento sobre mis talones y contemplo a Aren, con el cabello hermoso y revuelto y las mejillas sonrosadas.
Tomo el dobladillo de su vestido y lo subo lentamente por su cuerpo.
Ella levanta los brazos para que le saque el vestido por la cabeza.
Luego se sienta frente a mí, radiante, desnuda, perfecta y mía.
–¿Crees que tendrás suerte? –me provoca.
Por un instante, pienso en los anillos, que han estado en silencio todo este tiempo. Siguen así.
Me atrevo a confiar.
–Ah, sé que sí –respondo con la sonrisa más grande de mi vida.