Anillos del destino Capítulo 42. Dietan
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Capítulo 42. Dietan

E l dolor hace que el tiempo pase lento.

Desde que me devolvieron a mi celda, he estado acostado en mi catre, sin poder moverme.

Namreth no me dejó volver a las aguas curativas tras la sesión, seguramente como una lección retorcida.

Estoy hecho un desastre, con manchas moradas y azules en el pecho, el labio partido y un corte profundo en la mejilla.

Mi rostro está caliente e hinchado y apenas puedo abrir el ojo derecho.

Mis articulaciones están inflamadas y mis costillas crujen con dolor cada vez que respiro.

Una debe haberse roto cuando los guardias me patearon.

Ha pasado tantas veces que ya he perdido la cuenta.

Mi mente se siente lenta, como si estuviera envuelta en algodón.

Quiero dormir. Mi cuerpo lo suplica, para escapar de este sufrimiento, pero el dolor sordo y punzante en cada parte de mi cuerpo me niega hasta un momento de respiro.

Si él espera que le suplique por las aguas curativas, se va a llevar una decepción. No le daré esa satisfacción.

Me sumerjo en un sueño, o en una alucinación.

Ya me cuesta distinguir la diferencia.

Imagino bollos rebosantes de mantequilla y miel y a una doncella de cabello oscuro recostada a mi lado.

Aren.

Ríe, su voz es como la luz del sol atravesando las nubes de una tormenta.

Nos veo juntos en un prado verde junto al mar, con el cielo amplio y azul sobre nuestras cabezas, la brisa perfumada con salmuera y azahar.

Ella me acaricia el rostro con la mano, sus dedos cálidos y suaves.

Me regaña por no haber traído una manta.

El sonido imaginario de su burla me hace reír en voz alta, una risa seca y ronca que me saca sobresaltado de esa imagen reconfortante.

Si Aren estuviera aquí ahora mismo, me daría una paliza por ser tan patético. Y, por todos los dioses, se lo agradecería.

Mis ojos siguen cerrados mientras vuelvo a invocar su imagen. Namreth tal vez esté tratando de quebrantar mi cuerpo y mi mente, pero esto no puede tocarlo. No puede borrarla de mis pensamientos ni de mis sueños. El recuerdo de su risa es suficiente para relajar la tensión de mis músculos.

¿Qué no daría por volver a ese día en Pico del Cuervo y proponerle matrimonio de verdad, con el anillo de mi madre frente a todo Evandale? Pero ni siquiera eso sería suficiente para mi Aren. Ella se merece el mundo.

Me duele el pecho, esta vez no por los moretones, sino por algo más profundo.

Arrepentimiento .

Su voz resuena en mi cabeza, tan clara y nítida que parece real.

–Debes estar bromeando. ¿Estás durmiendo la siesta?

Me sobresalto, mi corazón se acelera. Las palabras son demasiado vívidas. Se sienten tan cerca.

–No estoy durmiendo –murmuro, con los labios agrietados y secos mientras hablo con mi alucinación–. Solo estoy descansando los ojos.

–A mí me parece que estás durmiendo la siesta.

Ese tono, exasperado y burlón, es tan propio de Aren. Es incluso más real que mis sueños anteriores. Mi mente me está jugando una mala pasada, incorporando su voz a mi fantasía. Aun así, quiero sumergirme más en ella, dejar que me aleje del dolor.

–Ay, dulce Aren –susurro, con una voz apenas audible–. Dulce…

Un fuerte estruendo me saca de mi fantasía. Levanto la cabeza de golpe y parpadeo con fuerza al mirar los barrotes de mi celda. Una figura en la penumbra se encuentra del otro lado, con las manos aferradas a la puerta fría de metal.

–Más vale que no te estés muriendo, príncipe idiota. Ahora levántate.

Me quedo paralizado, con la respiración entrecortada. Mi cuerpo se resiste, grita de dolor mientras me apoyo en los codos para verla mejor. Mi corazón late fuerte contra mis costillas doloridas, mi pulso se acelera.

–¿Aren? –su nombre sale de mis labios, dudando en cada sílaba.

Está aquí.

De verdad está aquí, con el rostro oculto por las sombras, pero reconocería la curva de esos labios en cualquier parte. Me pongo de pie tambaleándome, cada movimiento es una agonía, y corro hacia los barrotes.

–¡Aren!

Sujeto sus manos, están tan cálidas, demasiado para ser fruto de mi imaginación. Me cuesta recuperar el aliento, a pesar del dolor punzante en las costillas. Todavía no puedo creer lo que estoy viendo.

Su mirada recorre mi rostro. Veo el horror en sus ojos, la forma en que brillan con lágrimas contenidas mientras observa mis heridas. Sus dedos rozan mi mejilla hinchada y me estremezco.

–No –logro decir, tomando su mano entre las mías de nuevo. Tengo los nudillos en carne viva, las muñecas destrozadas, pero entrelazar sus dedos con los míos se siente como un bálsamo para heridas que ninguna agua mágica podría sanar jamás.

»No llores –susurro, con la voz quebrada. Las lágrimas resbalan por sus mejillas, brillando en la tenue luz. Me cuesta todas mis fuerzas secarle el rostro con dedos temblorosos–. Estoy bien.

Sabe que estoy mintiendo. Lo veo en sus ojos, en la forma en que sus labios se aprietan formando una línea delgada y temblorosa. Pero me aprieta la mano, con un agarre firme e inquebrantable.

–Lo siento –digo con voz entrecortada, mientras las palabras se me enredan en la boca–. Lo siento muchísimo. –Por haberla traído aquí. Por cada terrible prueba que ha tenido que soportar por mi culpa. Por todo. El peso de todo casi me hace caer de rodillas.

–Luego hablamos –susurra con urgencia–. Necesito que te recompongas, porque te sacaré de aquí.

Mi corazón da un vuelco. La esperanza y el terror por su bienestar se debaten dentro de mí.

–Aren, no. No es seguro para ti…

–¡Cállate! –exclama. Hago caso.

Echa un vistazo por encima del hombro, con la mirada recorriendo el pasillo de arriba abajo.

–No tengo mucho tiempo. Les di un cuarto de la dosis, así que se despertarán pronto.

–¿Perdón? –pregunto confundido. De entre los pliegues de su prenda, saca un bollo de mantequilla. El olor me llega al instante y mi estómago gruñe tan fuerte que casi resuena. Se me hace agua la boca cuando lo coloca en mi mano.

–Te lo explicaré todo más tarde –dice, con rapidez y determinación–. Lo prometo. Solo confía en mí. He hecho bastantes amigos en este castillo y tenemos un plan para sacarte de aquí.

Miro fijo el bollo, pesado en mi palma, y luego a ella. Una sonrisa dolorosa se dibuja en mis labios agrietados. Aunque todo esto sea solo un sueño febril, no me importa. Por lo menos puedo verla una última vez.

–Solo escucha mis instrucciones con mucho cuidado. –Su mirada está clavada en mis ojos–. Solo tienes que hacer una cosa.

–¿Qué cosa? –pregunto con voz ronca.

–Morir.