Capítulo 41. Dietan #2
–No muestres piedad. Cada golpe que te guardes es uno más para tu hermana –dice Namreth, con la voz chorreando veneno.
Claro. Así es como los controla. El guardia se ve horrorizado, con las manos temblorosas mientras se lava la sangre en las aguas cálidas de la piscina, pero sé que sus remordimientos no lo detendrán.
Ahora me golpeará más fuerte, ni siquiera lo culpo.
Aprieto los dientes, obligándome a mantenerme erguido, aunque mi cuerpo me grita que me derrumbe bajo los golpes.
Namreth se agacha al borde de la piscina, con las rodillas pegadas al pecho, como un niño que ve un espectáculo.
Sin previo aviso, toma un puñado de mi cabello y me levanta la cabeza de un tirón. Un dolor agudo me atraviesa el cuero cabelludo. Mi cuello protesta por el ángulo, pero le devuelvo la mirada con todo el valor que puedo reunir. La sangre gotea de mi boca, formando líneas rojas finas en el agua.
–Te estás conteniendo –le recrimina al guardia, con una mueca de desprecio cada vez más marcada.
–N-No, su majestad –tartamudea aterrorizado.
Namreth me suelta el cabello y mi cabeza cae hacia delante como un peso muerto. El mentón me golpea contra mi pecho y reprimo un gemido. Si esto es contenerse, no quiero ni imaginar lo que pasará cuando el guardia me dé todo lo que tiene.
Los golpes siguientes son aún más brutales, no estoy seguro de cuánto más podré aguantar.
Me late la nariz, respiro a jadeos agudos por mi boca ensangrentada y mi cabeza se balancea hacia un lado mientras la habitación se inclina.
Siento el estómago pesado y lo único que saboreo es sangre.
Verla arremolinarse en el charco debajo de mí es hipnotizante y grotesco.
La voz de Namreth rompe mi aturdimiento.
–Te lo diré una vez más. Esta tortura puede terminar ahora mismo si me dices dónde encontrar los Anillos del Destino.
–Ya te dije dónde están –balbuceo, con las palabras pastosas y distorsionadas por mi nariz rota.
–Sumérgelo.
El agua lava la sangre y los moretones, pero no alivia el dolor que persiste en mi pecho: el dolor de saber que tal vez no sobreviva a esto, pero, lo que es peor, que he lastimado de manera irreversible a la persona que más me importa.
Más tarde, cuando el sol apenas comienza a salir, unos rayos dorados se cuelan por las ventanas de la sala que alberga las aguas curativas, también conocida como mi propio infierno personal.
Namreth inclina la cabeza hacia un lado y me observa como un perro con un juguete nuevo.
Sus ojos azules y fríos recorren mi rostro, lentos y deliberados, como si me estuviera evaluando con algún propósito retorcido.
El peso de su mirada es agobiante y sofocante. ¿Acaso este desgraciado nunca duerme?
–Te pareces mucho a mi hermano –observa, con voz baja y suave, casi pensativa.
–Eso me han dicho –respondo, sonriendo a pesar de la sangre que tengo entre los dientes.
Mis labios se estiran hasta dolerme y siento un sabor a cobre en la boca–.
Significa mucho viniendo de ti. –Mi voz suena ronca, pero me obligo a sonar engreído, negándome a mostrarle lo mucho que estoy sufriendo–.
Me alegra mucho que hayamos podido tener esta charla, tío.
Él no reacciona. Se seca la mano en su túnica inmaculada, como si yo lo hubiera ensuciado con mi mera presencia.
La forma lánguida en que se mueve me pone los pelos de punta.
Odio su calma inquebrantable, como si nada pudiera afectarlo jamás.
Con indiferencia, hace un gesto al guardia para que se retire, la tensión en mis hombros se alivia un poco cuando el hombre obedece.
Él voltea hacia mí, con una expresión indescifrable.
–Esperaba que a estas alturas ya hubieras entrado en razón y empezaras a ver las cosas con claridad. –Su tono es casi paternal. Casi –. Solo te estás haciendo daño a ti mismo.
Aspiro por la nariz. La sangre de mi labio superior empieza a picarme. Quiero limpiarla, pero sigo teniendo las manos atadas, así que aprieto los dientes y dejo que la irritación me dé fuerzas.
–¿Por qué no usas la Muerte Invisible conmigo? –pregunto, con un tono desafiante en la voz–. Eres tan poderoso. ¿Por qué no me matas y acabas de una vez con esto?
En el momento en que las palabras salen de mi boca, la verdad me golpea como un hacha en el pecho.
–El Usurpador –dejo salir, ahora en voz más baja, con un matiz de comprensión que va surgiendo–.
Él sabe que estoy aquí. Te matará si no le llevas los Anillos del Destino.
Tu vida, tu poder, dependen de mi cooperación, ¿no es así?
Su magia es más fuerte que la tuya. Él puede destruirte.
–Se me escapa una risa amarga, aunque se siente más como un ahogo–. Pero no te ayudaré, querido tío.
Entrecierra los ojos y un destello de una nueva emoción, ¿ira?
, aparece en su rostro. No le gusta que lo pongan en evidencia.
Bien. No puedo permitirle la satisfacción de pensar que tiene todo el poder aquí, aunque lo tenga, mientras yo estoy atado y de rodillas, con las losas resbaladizas por mi sangre.
Todo lo que he dicho es verdad. No puedo entregarle los anillos a Namreth.
No sé cómo sacarlos de mi cuerpo. Por eso vine a Engel en primer lugar.
Pero ese pensamiento me consuela muy poco ahora, mientras siento el peso de su mirada y la amenaza silenciosa y asfixiante que conlleva.
Mi corazón late fuerte, pero mantengo mi rostro impasible, mi sonrisa afilada, negándome a mostrar el miedo que se retuerce en mis entrañas.
Me observa por un momento, examinando mi rostro como si estuviera estudiando su próximo movimiento.
–Quizá te he subestimado. No eres tan fácil de doblegar como esperaba –dice por fin, casi con admiración, aunque está claro que su intención es provocarme.
Sé que esto no es más que otra artimaña para sacarme de quicio, así que me encojo de hombros y esbozo una sonrisa forzada, aunque me duele la boca y tengo sabor a sangre.
–Podríamos haberlo hablado como lo hacen las familias normales –digo con sarcasmo.
Frunce los labios con desdén, el breve destello de diversión se desvanece mientras me mira desde arriba. Su presencia es asfixiante.
–¿Por qué dejas que mis guardias te hagan daño? –pregunta con voz aguda y calculada–. ¿Por qué no les muestras de lo que es capaz el verdadero poder? ¿Por qué no usas el Silbido para detener sus manos? Puedo sentirlo en ti. Tú puedes dominar los vientos.
Se me revuelve el estómago mientras habla.
Cada palabra se me clava como una navaja.
Agradezco que nunca más me haya dado una dosis de beleño después de que eso no le diera las respuestas que buscaba en aquella primera comida.
¿Es este el momento en que por fin obtendré algunas respuestas?
Mis hombros se tensan, pero logro mantener la voz firme.
–No puedo controlarlo.
–Todavía –advierte, en un tono suave pero amenazante, como si hubiera estado esperando este momento.
Entrecierro los ojos y mi pulso se acelera. ¿Este desgraciado ha estado tratando de obligarme a usar mi poder todo este tiempo? ¿Torturándome para que desate el Silbido? Aprieto la mandíbula mientras siento que la ira hierve bajo mi piel.
Ojalá pudiera. Ojalá mi ira pudiera despertar el Silbido tan fácilmente como lo hacían mis pesadillas.
Pero el poder permanece en silencio: nada surge en mi interior, ni siquiera el susurro de una brisa.
Los Anillos del Destino han permanecido inactivos desde que comenzaron sus tormentos. Son tan inútiles como yo.