EPÍLOGO
Té vacío
Tiempo después, cuando completé el dinero del tratamiento y vi a mi hijo mejorando de verdad, hice lo que me había prometido.
Corté. No con drama. No con culpa. Corté con una frase simple, firme.
Y me quedé con una sola imagen para cerrar el círculo: Una tarde, en la cocina de mi casa, puse dos tazas.
Serví té. Mi madre me miró y no preguntó nada.
Una taza era para mí. La otra quedó ahí, intacta. No como ritual mágico. Como acto humano.
Como homenaje. Como forma de decirle al aire lo que no hay a quién decirle: “Gracias por estar.” Andryí nunca volvió.
Y esa es la parte que no se cura, jamás.
Pero mi vida siguió, porque tengo un hijo, porque tengo trabajo, porque tengo gente que me quiere, porque aprendí a caminar con sombras sin dejar que me coman completa.
La última línea de mi cuaderno, escrita con mano tranquila, fue esta: “El amor me encontró. La guerra se lo llevó. Yo sigo.”