Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Mariano

Todo... dentro y fuera de mí estaba en ebullición.

Temblando.

Ni siquiera podía explicar lo que fue escuchar, de boca de Paola, que ella también me amaba.

Levantándola en mis brazos, caminé hasta sentir el borde de la cama contra mis piernas.

—Dilo otra vez —le exigí contra sus labios—. Quiero oírlo otra vez.

Desesperada, ignoró mi petición y, simplemente, llevó las manos hasta el dobladillo de mi camiseta y me la quitó, arañándome la piel en el proceso.

Gruñendo, le mordí la barbilla y los labios, mientras me quitaba los pantalones y los zapatos.

Empujándola contra el colchón, me coloqué sobre su cuerpo. Paola parecía tan ansiosa como yo. Deslicé las manos por e e su piel febril, sintiéndola jadear y abrirse un poco más para recibirme.

—Dime... —le volví a pedir.

Deslicé la mano hacia abajo, adentrándome entre sus piernas mientras le apartaba las braguitas a un lado. Gemí salvajemente al encontrarme con su coñito empapado.

Sus mejillas estaban sonrojadas, lo que delataba su evidente excitación.

De repente, apoyé el peso de mi cuerpo sobre el codo y, a continuación, le sujeté la barbilla con la mano libre, sin dejar de masturbarla.

—Dilo otra vez.

Ella seguía en silencio.

Entonces detuve los movimientos de mis dedos y ella me miró con furia y frustración.

Me reí y me alejé. Sin embargo, rápidamente, giré su cuerpo para dejarla con el trasero en pompa.

Le bajé las braguitas por las piernas y luego le abrí las nalgas deslizando los dedos allí, en su puntita necesitada y palpitante.

— ¡Joder, Mariano! Me estás provocando...

Volví a reírme.

Cuando me acomodé mejor, metí la cara entre sus piernas, lamiéndole desde el coño hasta el culito. Paola se arqueó toda, como una gata en celo.

Pasé los siguientes minutos provocándola con mi lengua y mis dedos, pero sin dejarla correrse nunca.

Irritada conmigo, se las arregló para sujetarme las piernas con su cuello y, a continuación, giró el cuerpo para sentarse en mi cara.

Sus manos se dirigieron a mis calzoncillos, donde, rápidamente, liberó mi polla y la mordió con avidez mientras se contoneaba sobre mi boca. Le mordí la nalga, frotando su suave carne, demasiado excitado para no desbordar el placer que estaba sintiendo.

—Ah, así... —gimió.

Le pellizqué los pezones, ya que se había quitado la blusa y el top.

—Dime que me quieres —exigí.

De nuevo, silencio.

Intensifiqué los movimientos de mi lengua, aguantando sus contoneos. Sus gemidos se hicieron cada vez más audibles, lo que me pareció genial.

Sentí cuando su cuerpo se tensó y ella apoyó las manos en mi pecho.

—Oh, joder... ¡Joder! Te quiero... Te quiero... —confesó al final, llenando mi corazón de amor y mi ego de orgullo.

Volví a tirarla contra la cama, pero, justo después, me puse de pie y la empujé hasta dejarla a cuatro patas.

Después de ponerme el condón, la penetración fue de un solo impulso, arrancándonos suspiros a los dos.

Con los ojos cerrados, me concentré en los sonidos que inundaban la habitación; el sonido de nuestros gemidos; el sonido de nuestros cuerpos chocando.

Amándose.

Marcándonos.

— ¡Joder, nena! ¡Eres solo mía, joder!

Le di una palmada en el trasero, haciéndola reír, mientras ella movía ese delicioso trasero al ritmo de mis embestidas.

— ¡Fóllame fuerte!

Alucinado, le abrí las nalgas y fijé la mirada en su ojete arrugado; sin resistirme a la tentación, empecé a jugar con él, acariciándolo y presionándolo con mi pulgar. Al contrario de lo que pensaba, Paola no se quejó, así que seguí.

A punto de correrme, le metí dos dedos en el culito, gritando cuando exploté en mi orgasmo. Sentí que ella también se estaba corriendo de nuevo, así que seguí embistiendo un poco más.

Me dejé caer a su lado, exhausto.

Cuando giró la cabeza, a centímetros de la mía, los dos nos reímos.

—Tengo que confesarlo —comenzó ella, sin aliento—. Eres bueno.

Me eché a reír.

—Soy jodidamente bueno, amor.

Atraje su boca hacia mí para un beso más tranquilo.

— ¿Nos damos una ducha? —preguntó.

— ¿Solo un baño? —le pregunté con tono provocador.

— Ahora me estás asustando.

Me eché a reír a carcajadas, y ella me siguió.

***

—Ahora di la verdad, Mariano. Estabas jugando conmigo, ¿verdad? —preguntó ella, después de acomodarse de espaldas, c e contra el cabecero de la cama. Acabábamos de salir del baño.

—Tu negación sobre lo nuestro ya empezaba a irritarme —confesé, encogiéndome de hombros—. Necesitaba presionarte para medir la intensidad de tus sentimientos hacia mí. ¿Y qué mejor manera que provocando celos?

Divisé un atisbo de sonrisa en la comisura de sus labios pequeños, pero carnosos.

—¡Idiota!

Solté una risita, inclinándome para robarle un beso, pero acabé recibiendo un mordisco.

—Me encanta tu lado salvaje —admití, hundiendo el rostro en el pliegue de su cuello mientras inhalaba su delicioso aroma.

—¿No me vas a contar de qué has hablado con Daniel? —preguntó, curiosa.

Respiré hondo, poniéndome tenso de repente, porque siempre que el tema tenía que ver con ese demonio, me ponía a la defensiva.

—No se dijo mucho, porque Daniel no conoce todos los detalles —expliqué, soltando un suspiro de frustración—. Pero, básicamente, uno de los miembros del club está recluido en la prisión de aquí, y le contó a Daniel que vio a Louis cuando fue allí a visitar a un recién llegado.

—¿Un recién llegado? ¿Quién?

—Charles Pierce —respondí—. Es el líder de una pequeña organización dedicada exclusivamente a la exportación de armas. Daniel descubrió que lo arrestaron, víctima de una emboscada. Fue a hacer una transacción y acabó cayendo en manos de la policía.

— ¿Qué crees que quiere Louis de él?

Negué con la cabeza.

—Eso es lo que vamos a descubrir mañana.

Paola asintió, suspirando mientras se acomodaba en mis brazos. Me encantaba cuando bajaba la guardia y se permitía estar así conmigo.

— ¿Mariano? —llamó, de repente.

— ¿Eh?

— ¿Pensará mi hijo en mí?

Se me encogió el corazón por ella, porque no tenía ni idea de qué decir. Detrás de toda esa fachada de mujer dura, sabía que había una mujer destrozada... una madre a la que le habían arrebatado a su hijo de los brazos.

Le besé la cabeza.

—Estoy seguro de que sí —murmuré en voz baja.

***

Apenas había amanecido y ya me sentía lleno de celos, lo que también me ponía de mal humor, ya que esa emoción me hacía sentir vulnerable. No es que me sintiera amenazado por otros hombres, ni mucho menos, pero descubrí que detestaba la forma maliciosa en que miraban a Paola.

Que era una pasada, todo el mundo lo sabía —y cuando no lo sabían, ella misma se encargaba de dejarlo claro—; lo que pocos sabían era que era mía.

Prueba de ello era la emoción de Ethan, vicepresidente del club de moteros, al verla.

Su larga melena rubia me recordaba a Jack, el investigador de nuestra familia.

Él y los otros dos miembros principales estaban fuera en una misión.

Daniel quiso asegurarse de que nuestro viaje a la Penitenciaría, en Houston, Texas, no tuviera ningún contratiempo.

—Todavía no me creo que me perdiera el espectáculo de anoche —dijo , refiriéndose al episodio de celos de mi chica.

Él, Daniel, Paola y yo estábamos reunidos en una de las salas de la planta baja.

—Me hubiera encantado ver cómo manejaste la situación, cariño.

Me encantan las mujeres salvajes, y más aún las italianas —declaró, mirando a Paola con ojos golosos.

Puse mala cara al instante, pero me contuve, pues sabía que ella se enfadaba cuando no la dejaba lidiar con sus propias batallas.

—Si quieres, puedo repetir la escena, pero contigo —sugirió ella, pícara—. Tu pelo es perfecto para la acción. Puedo arrastrarte por el suelo si te apetece.

La risa fue unánime mientras el idiota se callaba, frunciendo el ceño, molesto.

—Ni siquiera hace falta que te diga que te mantengas alejado de Paola, ¿verdad, Ethan? —se burló Daniel, entre risas.

En ese momento, ambos miramos hacia la entrada del club, justo cuando Oliver y Joshua entraban. Respetivamente, el sargento de armas y el capitán de la carretera, miembros del club.

—Todo listo para partir —aviso Joshua—. —La prisión está de acuerdo con la visita y ya hemos acordonado el perímetro. El camino hasta Houston está seguro.

De repente, se detuvo y miró fijamente a Paola, que estaba parada cerca de la puerta.

—¿Fuiste tú quien causó todo el alboroto de ayer, guapa? —preguntó, sonriendo de lado.

Ella lo miró con tranquilidad.

—Sí, ¿por qué? ¿Te gustaba esa zorra? —se burló, haciéndole sonreír.

—La verdad es que me gustan las peligrosas —insinuó, lleno de malicia, mientras se masajeaba por encima de los pantalones.

Apreté los dientes, incapaz de controlar los celos.

Como él estaba frente a mí y de espaldas, no se dio cuenta de cuando me acerqué y le rodeé el cuello con el brazo en un estrangulamiento casi mortal.

—Creo que las cosas no han quedado muy claras por aquí —susurré, ignorando los insultos a mi alrededor.

Ethan sacó su arma y me apuntó con el cañón a la cabeza.

—Suéltalo, Fratelli. Ahora —siseó.

—Mariano, por favor, deja eso —añadió Daniel, tenso.

Seguí ignorándolos por completo, concentrado en mi objetivo.

—Paola es miembro de mi familia y, sin duda, es capaz de enfrentarse a cualquier grandullón que se atreva a subestimarla —intentaba liberarse de mi agarre, pero sin éxito—, sin embargo, antes de eso, ella y yo estamos juntos, y no voy a tolerar ninguna broma.

Ningún tipo de broma con contenido sexual.

—Mariano... —volví a oír la advertencia de Daniel, pero la ignoré de nuevo.

—Paola y yo estamos juntos, ¿me has oído bien? —Él asintió—. Ahora repítelo —exigí, mientras aflojaba un poco el agarre.

—Tú y... ella... estáis juntos —repitió con dificultad.

Apretando la mandíbula, decidí soltarlo.

Aún podía sentir la furia exhalando por mis poros.

— Puedo hacer palomitas si alguien quiere —se burló Oliver, sin importarle lo más mínimo la tensión del ambiente.

—¡Vete... a la mierda, Oliver! —gruñó Joshua, tosiendo—. ¡Joder, tío! —se volvió hacia mí—. Eres muy impulsivo.