Capítulo 19
Paola
«Atrapada en el mundo que yo misma había creado —uno en el que podía fingir no ser una esclava—, me vi abriendo los ojos a mi verdadera realidad cuando un hombre desconocido apareció en mi campo de visión.
Era diferente, podía sentirlo. Su olor invadió mis fosas nasales provocándome una mezcla de sentimientos.
Sus ojos se encontraron con los míos, haciéndome ver una vulnerabilidad que se equiparaba a la mía, allí dentro de esa jaula.
Increíblemente, no sentí miedo cuando disparó al hombre que estaba haciéndome suya. A continuación, se acercó al lugar donde estaba encerrada.
No hubo palabras.
Solo esa extraña conexión de miradas.
Antes de abrir la puerta de la jaula de hierro, tuvo el cuidado de coger la sábana para cubrir mi desnudez.
Por instinto, me encogí ante su intención de tocarme, pero su voz suave me tranquilizó:
—Por favor, ven conmigo —me pidió—. Confía en mí, no te haré daño. Te lo prometo.
Parpadeé, sintiendo cómo las lágrimas bañaban mi rostro.
Estaba debilitada por la mala alimentación, ya que lo único que importaba era entregar mi cuerpo a los hombres.
Temblando, logré salir de la jaula, pero acabé cayéndome al sentir que las piernas me fallaban. El desconocido me sujetó a tiempo, y su tacto me provocó todo tipo de emociones diversas. Nuestros rostros quedaron muy cerca.
—Te sacaré de aquí —juró—. Nunca más serás prisionera de nadie.
La promesa se reflejaba en cada palabra.
—¿C-cómo... te llamas? —pregunté, en un susurro.
Levantándome en sus brazos, empezó a sacarme de aquel lugar.
—Mariano.
Mariano... repetí en mi mente.
Me liberaron de mi cautiverio, pero aquel hombre me robó el corazón, que creía que ya ni siquiera existía.
El único que me vio.
El único que me tocó de verdad, sin exigir nada más que mi confianza».
***
—Te van a tener que dar puntos —oí decir a Mariano, mientras examinaba la herida de mi ceja.
Seguíamos en el baño, pero yo estaba sentada en el lavabo, dejándome cuidar por él.
—No importa —murmuré, encogiéndome de hombros—. No será la primera vez. —Me reí un poco, pero él no me devolvió la sonrisa.
La verdad es que me estaba esforzando por no dejar que mi mente se sumergiera en todos los últimos acontecimientos, porque sabía que me derrumbaría. En pocas horas, me habían abrumado con tanta información que temía no ser capaz de asimilarlo todo.
Mi hijo estaba vivo... mi bebé...
De repente, me concentré en el rostro de Mariano mientras me cosía la herida; desde la primera vez que lo vi, se convirtió en mi ideal, el único hombre capaz de desarmarme por completo.
Siempre supe lo que sentía por mí, aunque fingía no darme cuenta, porque temía perder lo que acababa de ganar... una familia.
—¿En qué estás pensando? —preguntó de repente.
—En ti… en nosotros —fui sincera—. Mi carga es muy pesada, y no creo que sea buena idea hacerte cargarla conmigo.
—¿Por qué no me dejas decidir eso?
Al terminar, suspiró y extendió ambas manos a mi alrededor, aprisionándome entre su cuerpo.
Su mirada me debilitaba… siempre había sido así.
—Necesito un baño —dije, ignorando su pregunta, pero mirándole a los ojos de cerca—. A solas —añadí.
Asintiendo, se alejó.
Cuando oí el clic de la puerta al cerrarse, salté de la encimera y corrí a cerrarla con llave. Con la frente pegada a la madera, me permití un respiro del tormento que me oprimía el pecho...
Mi hijo estaba vivo... mi bebé...
Minutos después, bajo la ducha tibia, cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación placentera y relajante.
Paola, concentrada y centrada, seguía dominando.
***
Cuando salí del baño, envuelta en la toalla, me encontré a Mariano sentado en mi cama. Su mirada me siguió hasta el armario, cuando dejé caer la toalla mostrando mi desnudez por completo.
Bajo su mirada atenta, me puse unas braguitas y, a continuación, me puse una camiseta cualquiera.
—¿Tienes hambre? —preguntó él, cauteloso.
Negué con la cabeza mientras me dirigía a la cama, arrastrándome por el colchón mullido.
Sin decir nada más, Mariano se acurrucó junto a mí —que me tumbé de espaldas a él— rodeándome la cintura con el brazo en un gesto protector. Posesivo, tal vez.
Pero lo ignoré.
Lo ignoré porque estaba cansada.
Agotada.
Cerré los ojos al sentir el roce de sus suaves labios en mi nuca y mi cabeza, con besos cariñosos.
Todo, dentro y fuera de mí, se contrajo. Por desgracia, con él, me sentía vulnerable.
—¿Crees que merezco amor, Mariano? ¿Crees que soy digna de amar y de ser amada después de todo lo que hice y de lo que me pasó? —pregunté de repente.
No me volví para mirarle a los ojos, sino que seguí de espaldas, aunque noté que su abrazo alrededor de mi cintura se intensificaba.
—No solo eres digna de amor, sino que también te mereces el mundo —afirmó con toda la convicción de que fue capaz—. Nuestro oscuro pasado no debe ser un obstáculo para nuestra felicidad, querida.
Fruncí el ceño, sintiéndome nerviosa.
—Nunca os lo he contado, pero mi pasado, antes de que me rescataran de aquel lugar, fue como otra prisión —confesé, preparándome mentalmente para revivir aquellos malos recuerdos—.
Cuando tenía dieciséis años, mi padre me obligó a casarme con el hijo de su mayor enemigo, Francesco Ferrari.
Era un enemigo de generaciones, ¿sabes? No quería casarme tan joven, porque tenía otros planes y sueños, pero como siempre fui una buena hija, acepté.
—Me callé por un instante, reorganizando mis pensamientos—.
La noche de bodas, mi marido me violó. Yo era virgen.
—¡Maldito e[9] ! ¡Hijo de puta[10] ! —rugió Mariano, pero no me interrumpió.
—A los ojos de los demás, éramos una pareja feliz, porque yo tenía que fingir.
Tenía que fingir que mi marido no me maltrataba; tenía que fingir que no me torturaba día y noche; tenía que fingir que no me humillaba al traer a sus amantes a nuestra casa y obligarme a atenderlas, yo...
—hice una pausa, tragando saliva con dificultad— solo tenía que fingir.
Mariano volvió a apretarme con más fuerza por la cintura, pero no dijo nada.
—Lo aguanté todo en silencio —dije, seca. No había ni una lágrima en mis ojos—. Lo aguanté porque era una buena hija y quería complacer a mis padres, aunque eso significara mi infelicidad —declaré—. ¿Sabes por qué tengo la costumbre de contar historias?
—¿Por qué? —preguntó con voz ronca.
—Porque mi marido me obligaba a contar las historias de las muertes de mis familiares —respondí—.
Massimo quería escuchar todos los detalles de cómo mis antepasados murieron a manos de los suyos.
Mi sufrimiento era su placer. —Contorsioné el rostro , sintiendo cómo la furia me dominaba con los recuerdos de aquel hombre.
—Y... ¿qué hay de su hijo? —preguntó, después de que me quedara en silencio un rato.
Mi corazón se oprimió al instante.
Me volví hacia él, encontrándome con sus hermosos ojos, preocupados y atentos a mis reacciones.
—Mis recuerdos son como pequeños destellos —respondí con sinceridad—.
Así que no recuerdo con claridad el momento en que acabé en ese lugar del que tú y tus hermanos me rescatasteis.
De hecho, no solo me rescataron a mí, sino también a otras pobres chicas —añadí, frunciendo el ceño al intentar recordar—.
Sé que hubo un ataque que acabó con toda mi familia...
menos conmigo. Sobreviví, así que me vendieron.
En aquel entonces, tenía diecisiete años.
Miré a Mariano, que me escuchaba atentamente.
—Los recuerdos de mi hijo llegaron días después, cuando ya estaba cautiva —declaré, sintiendo cómo se me hacía un nudo en la garganta. Mi autocontrol parecía desvanecerse—. ¿Qué clase de madre es capaz de olvidarse de su propio hijo, Mariano?
Él parpadeó, asimilando toda la información.
—Tu mente bloqueó los recuerdos dolorosos —concluyó, serio—. Por eso no recuerdas con claridad el día de la masacre. Por eso, por un momento, te olvidaste de tu hijo.
Secándome la cara, continué:
—No hubo un solo día, desde que recordé a mi bebé, en el que no preguntara por él mientras estuve en ese lugar. —Sollocé—. Durante los malditos tres años de cautiverio, pregunté por mi hijo, pero todas las respuestas eran la misma: ¡Está muerto! Murió, como el resto de su familia.
Mi pecho se oprimió, demasiado dolorido por todo lo que mi mente me mostraba.
—Después de que llegaran y me liberaran, me concentré primero en recuperarme —recordé—. Necesitaba recuperar el equilibrio de mi cuerpo y mi mente, para solo entonces intentar descubrir el paradero de mi hijo. Intentar descubrir lo que realmente había pasado.
—Fue entonces cuando decidiste pasar una temporada en Rusia, entrenándote con Alexei —concluyó.
—Fue la mejor decisión que tomé —argumenté—. Por desgracia, ninguna de las pistas que encontré me llevó a ninguna parte. Descubrí que todas las personas que conocía, tanto de mi familia como de la de mi marido, habían muerto en la masacre —murmuré—. Excepto uno de ellos...
—Giacomo.
Asentí con un gruñido.
—Desde entonces se convirtió en mi presa, porque creo que es el culpable, ya que fue el único que salió ileso.
Además, no me buscó en ningún momento, lo que no hizo más que reforzar mis sospechas de que fue el instigador de la masacre.
El muy desgraciado pensó que yo había muerto como el resto de la familia —respiré hondo—.
Sin embargo, no fue fácil encontrarlo; tuve que investigar mucho para dar con su paradero.
Llegué incluso a amenazar al antiguo comisario.
— ¿El Colombo?
Asentí con la cabeza.
—¡Era un cobarde! —exclamé, poniendo los ojos en blanco—. Pero aún así lo prefería a él antes que al que lo ha sustituido ahora.
—Romano no es más que un hombre que intenta cambiar el mundo. Pero, en realidad, ni siquiera es capaz de arreglar el desastre de su propia vida —comentó, haciéndome mirarle a los ojos, desconcertada.
—¿Qué sabes?
Negó con la cabeza.
—Nada relevante —se esquivó.
Respirando con fuerza, dejé que el aire se escapara poco a poco.
—La verdad es que creí que mi hijo había muerto aquella noche —expuse mi dolor—.
Mi objetivo en la vida, después de regresar de Rusia, era encontrar a Giacomo para matarlo.
Anhelaba hacerle pagar por mi desgracia.
¿Pero ahora? No sé nada más. —Me acurruqué más en sus brazos, odiando esa sensación de vulnerabilidad—.
—Puede que ese hijo de puta mintiera solo para librarse de una muerte segura, pero...
¿y si mi bebé realmente sigue vivo? —Me estremecí, sintiendo cómo se me humedecían los ojos de nuevo.
—Si lo está, ¡lo encontraremos! —Me sujetó la cara, sujetándola con sus manos callosas—. Iré hasta el infierno si es necesario, pero te garantizo que lo encontraremos.
La promesa estaba en cada palabra.
No dije nada.
En el fondo, me sentía tan frágil que mi único deseo era perderme en el calor de esos brazos, que siempre me habían protegido, y embriagarme con ese olor.
El aroma del hombre que se había impregnado en cada parte, dentro y fuera de mí.