Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Mariano

«La habitación era bastante espaciosa, aunque eso no mitigaba en absoluto la sensación de estar entrando en una prisión.

Con la pistola en la mano, apunté hacia un hombre que bebía su coñac tranquilamente, mientras observaba a la mujer semidesnuda encerrada en una jaula; la chica solo llevaba unas braguitas minúsculas.

En cuanto oyó el disparo, que derribó al hombre como si fuera un saco de patatas, ella me miró.

Nunca volví a ser el mismo después de eso.

Nunca olvidé esa mirada».

***

—Tienes cara de quien ha comido y no le ha gustado. —Oí decir a Fillipo, lo que me hizo mirar en su dirección, justo detrás de mí. Me estaba mirando fijamente con sus ojos curiosos y perspicaces. El look desenfadado era su sello distintivo, vaqueros mezclados con ropa de vestir.

—¿Acaso fue alguna de nuestras chicas? —Hizo un gesto a nuestro alrededor, tratando de entender.

Estábamos en uno de nuestros clubes nocturnos.

Puse los ojos en blanco ante su comentario.

—¿No tienes nada mejor que hacer que ponerme de los nervios? —le gruñí, y él se rió.

Pasó a mi lado, dándome un puñetazo en el hombro.

—Creo que me equivoqué —murmuró, provocador. —Necesitas echar un polvo, hermano.

Estiré la pierna y le di una patada en el trasero, lo que le hizo reír aún más. Acabé riéndome con él.

Al instante siguiente, di un sorbo a mi coñac, volviendo a concentrarme en la planta baja.

— ¿Qué pasa entre tú y Paola?

— ¡Joder! —maldije, porque me había sobresaltado. Manuele se rió de mí mientras se colocaba a mi lado, pero de espaldas a la pista de baile y de cara a mí.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, intentando ignorar su pregunta—. Pensaba que ya estarías en casa con tu mujer.

Mi gemelo negó con la cabeza, dando una calada a su cigarrillo y mirándome con los ojos entrecerrados.

—No eludas la pregunta, Mariano —murmuró, soltando el humo lentamente y arqueando las cejas hacia mí, en señal de desafío—.

Te conozco y sé que algo está pasando. Lo noto.

De hecho, lo noto desde que hiciste ese maldito viaje a Rusia.

—Volvió a dar una calada, estudiando mis reacciones.

—Vamos, hermano, no sirve de nada negarlo. ¿Qué hay entre vosotros? —insistió.

—¿A qué te refieres? —le pregunté, frunciendo el ceño, aunque intentaba disimular el nerviosismo que me había causado su pregunta.

Resopló, impaciente, mientras señalaba con la barbilla la planta baja. Paola estaba haciendo de seguridad esa noche, junto con Enzo y los demás. Había pasado una semana desde que ella y yo estuvimos en el despacho del superintendente.

—Últimamente la miras más de lo normal —argumentó—. Además, como ya te dije, está claro que pasó algo en Rusia cuando viajaron juntos. —Me miró entrecerrando los ojos—. ¿Qué fue? ¿Os acostasteis?

Solté una risa nerviosa. Ni siquiera sabía por qué todavía me sorprendía que él me conociera tan bien, dado que éramos gemelos.

Bajé la mirada una vez más, hacia el lugar donde podía verla hablando animadamente con ese idiota de Enzo.

Odiaba admitir que estaba celoso.

—No digas tonterías —murmuré, concentrándome en mi propio vaso de bebida. —Paola es un problema, y uno gordo. —Eso no era mentira.

—En eso tienes razón —rió, sacudiendo la cabeza—. Pero también es una compañera leal —añadió, acercándose a mí—. Además de ser una de las mujeres más atractivas y excitantes que he visto. ¿Te imaginas lo delicioso que debe ser follarla con ella llevando solo esas botas?

Mi sangre se hirvió al instante, y le agarré el cuello de la camisa con mi mano libre.

— ¡Joder, Manuele! ¡Estás casado con Beatrice! ¿Qué te crees que estás haciendo al hablar de Paola de esa manera tan irrespetuosa? —rugí, mirándole a la cara burlona con los ojos inyectados en sangre por la rabia.

Volvió a reírse.

—Solo era una prueba para provocarte, idiota —dijo, sin inmutarse—. Ahora estoy seguro de que no solo os acostasteis, sino de que además estás loco por ella.

Lo solté, sintiéndome aún más abatido por el peso de su información.

Me tocó reírme a mí, pero fue una risa nerviosa.

—Estás fuera de ti —murmuré—. No sabes de lo que estás hablando. —Negué con la cabeza.

A Manuele le hizo gracia mi intento de negarlo.

—Sigue engañándote —declaró, ajustándose el cuello de la camisa—. Siempre hay alguien obstinado —señaló de nuevo hacia abajo, mostrando la interacción de ella con Enzo—. Así que, cuando menos te lo esperes, la habrás perdido. Para siempre.

Al decir eso, se alejó, alegando que tenía que irse a casa. Me dejó perdido en mis pensamientos.

Era más que obvio que mi destino con esa mujer había comenzado hacía mucho tiempo, desde que posé mis ojos en ella. Y luego nos acostamos y todo se intensificó.

El hecho de que me dejara solo en el hotel, en Moscú, me irritó hasta el extremo, porque me sentí utilizado e insignificante. Además de haber herido mi ego.

A pesar de todo, Manuele tenía razón... estaba loco por ella. Completamente enamorado.

Al terminar de beberme lo que me quedaba, decidí bajar mientras seguía con la mirada el instante en que ella y Enzo desaparecieron por uno de los pasillos.

Desde que Maya me comentó, meses atrás, lo de Paola y Enzo, sentí que iba a estallar de celos, rabia, frustración y rencor.

¿Qué tenía él que yo no tenía?

¡Joder!

Atravesé rápidamente la pista de baile y, al llegar al pasillo, me topé con Enzo, que estaba parado frente a una puerta cerrada.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté con tono severo.

—La señora Paola está ahí dentro resolviendo un problema con un hombre que intentó acosar a una de las bailarinas, señor.

Negué con la cabeza.

—¡Claro! Lo que no entiendo es qué haces tú parado aquí. —Entrecerré los ojos.

Él carraspeó:

—Bueno, yo... —gesticuló.

— ¿Acaso la señorita Paola necesita ayuda para hacer su trabajo? —fui aún más brusco.

—No, señor.

—¡Genial! Eso es lo que pensaba. —Hinché el pecho, en un ridículo intento de parecer más intimidante. ¡Joder! Estaba siendo patético. —Vuelve a tu puesto —ordené.

Suspirando, esperé unos instantes antes de entrar en la sala.

—¿Qué te parece escuchar una historieta, eh?

—la oí decirle al hombre que estaba sentado en una silla, justo en el centro de la habitación.

No estaba atado, aunque el terror se reflejaba en sus ojos, al igual que los hematomas visibles en su rostro.

—Érase una vez un hombre que pensó que podía entrar en un lugar privado como este —gesticuló a su alrededor— y hacer lo que le diera la gana...

—Me recosté contra la pared, solo para observar—.

Era arrogante y extremadamente predecible, porque las quejas de su molesto vecino se fueron acumulando cada vez más, hasta que un día lo pillaron in fraganti.

—Paola se plantó frente a él, apoyando las manos en los brazos de la silla.

Incliné la cabeza hacia un lado solo para admirar su trasero, que se había arqueado debido a la postura depredadora.

Mi polla se agitó en señal de reconocimiento.

—Lo primero que le hicieron fue lo habitual: le arrancaron los ojos.

—¿Qué? —tartamuró, dándose cuenta sin duda de que la historia que se narraba tenía que ver con él.

—Sin los ojos, ya no tendría a quién mirar de forma incómoda, ¿verdad?

—argumentó ella, divertida. Llevando las uñas al rostro del hombre, fue bajando hasta llegar a la entrepierna, donde le agarró los testículos.

—Después de los ojos, le tocaría el turno a su maldita polla —rugió, presionando rápidamente la hoja de su daga contra la yugular del maldito, que se atrevió a avanzar contra ella.

—Y si eso aún no fuera suficiente para hacerle entender con quién se estaba metiendo, entonces su pobre esposa e hija sufrirían las consecuencias —amenazó, fría como un glaciar, haciendo que el hombre respirara con dificultad—.

Porque no fue difícil descubrir la dirección: Vila Indipendenza, 90129.

El silencio se hizo presente durante unos segundos. Paola quería que el hombre asimilara la amenaza velada.

—Por-por favor, no les haga daño —suplicó.

—La historia puede tener dos finales, querido —le confió—. Depende de ti decidir cuál.

Después de eso, se alejó de él y, a continuación, señaló la puerta, sorprendida al verme allí.

—Espero no volver a verte por aquí. De lo contrario, tendré el mayor placer de terminar la historia a mi manera. — a comisura de mis labios se curvó en una media sonrisa, pues sabía lo malvada que podía llegar a ser.

Haciendo espacio, abrí la puerta para que el idiota saliera. Sin embargo, sin resistirme a la tentación, le puse el pie delante, lo que le hizo caer de bruces al suelo. Con dificultad, intentó levantarse, pero le di una patada en el trasero, obligándole a salir de la habitación de una vez.

—Considérate afortunado por poder salir aún por tu propio pie —declaré con un gruñido.

Cerré la puerta y dirigí la mirada hacia la chica que llevaba años quitándome el sueño, aunque ella ni siquiera lo supiera.

—No sabía que estabas aquí en la discoteca —murmuró con indiferencia, comprobando su arma—. ¿Algún problema?

Negué con la cabeza, mientras daba unos pasos para acercarme a ella.

—Por cierto, los de siempre —añadí—. Los malditos shadows metiéndose en nuestros asuntos.

— ¿Ni rastro de dónde está Louis?

Louis Moran, el famoso Papa, era el líder de esa escoria.

Volví a negar con la cabeza, sin apartar la mirada de ella, que empezó a mirarme con desconfianza. Sus ojos lanzaron chispas en mi dirección.

—¿Algún motivo especial para que estés invadiendo mi espacio personal como si te creyeras el dueño de mi aire? —Arqueó ambas cejas.

—Tú y Enzo estáis... —No pude terminar la pregunta, porque mis nervios bullían solo con la escena en mi mente.

La muy descarada se rió en mi cara.

—No es que sea asunto tuyo, pero sí —confirmó, analizando mis reacciones—. Enzo y yo nos acostamos de vez en cuando.

Todos los colores de mi campo de visión se desvanecieron, quedando solo el rojo.

Rojo de pura rabia.

Sin controlar el impulso, la atraje hacia mí, rodeándole la cintura y oyéndola jadear de susto. Pero fue breve, porque era obvio que ella lograría zafarse de mi agarre con facilidad.

—No te atrevas a tocarme sin mi permiso, Mariano —gruñó señalándome con el dedo índice, más nerviosa de lo habitual.

Esbocé una sonrisita y volví a la carga, pero esta vez con el cuidado de sujetarle las muñecas a la espalda.

—¿Por qué? ¿Porque sabes que no vas a resistirte si me acerco así... —acercé nuestros labios, pero sin tocarlos realmente—... ¡tan cerca...!?

—No seas presuntuoso —se quejó ella—. Ya te he dicho que te olvides de ese polvo, Mariano, será mejor...

—¿Mejor para quién? ¿Eh? —la interrumpí, mientras caminaba con ella hasta apoyar su cuerpo contra la pared—.

Ni siquiera puedo correrme bien sin imaginar que te estoy follando —confesé, viéndola tragar saliva—.

No hay un maldito día en que no me despierte pensando en ti...

en aquella noche en que follamos como dos locos —hice una pausa, mirando sus labios entreabiertos, mientras le acariciaba el perfil de la cara—.

Y si tú, por fin, eres sincera conmigo y me dices que aquella noche realmente no significó nada, entonces te juro que nunca más volveré a sacar el tema.

Me aseguré de mirarla directamente a los ojos. A continuación, le solté las muñecas.

Sabía que se había quedado pegada a mí porque quería, ya que obviamente habría sido capaz de liberarse de mi agarre.

Respirando con dificultad, ella también se fijó en mi boca, con pura lascivia y lujuria.

—¿Es en mí en quien piensas cuando te estás follando a las demás? —quise saber, con una pizca de diversión y... ¿orgullo?

Apoyándome en la pared a su lado, la inmovilicé con mi cuerpo.

—De todas las formas imaginables e inimaginables —fui sincero.

Apenas terminé de hablar y Paola acercó sus labios a los míos, tan desesperada como yo. Nos convertimos en un caos de manos y lenguas. Las respiraciones se hicieron ruidosas, mientras luchábamos por quitarnos la ropa, ignorando por completo el lugar en el que estábamos.

Sin que pudiera impedirlo, Paola cambió de posición conmigo, empujándome contra la pared mientras caía a mis pies y llevaba las manos a mi entrepierna. Mi boca se abrió en una «o» muda en el instante en que su mano se cerró sobre mi polla, iniciando un movimiento de vaivén tortuosamente lento.

Gemí enloquecido cuando esa zorra me la metió entera en la boca, sin dejar de mirarme a los ojos con esa expresión de guarra; una expresión de quien sabía que me tenía en sus manos.

El movimiento de su boquita se fue intensificando y podía sentir la presión de su lengua en el glande, lo que me hacía gemir cada vez con más placer.

Enredando la mano en su pelo —recogido en una coleta— empecé a empujar las caderas al ritmo de los movimientos de su boca, aunque mi desesperación por correrme dentro de su coño era mucho mayor.

Volví a levantarla, avanzando hacia sus labios carnosos y frotando su trasero con mis manos hambrientas mientras apretaba su cuerpo contra mi polla palpitante.

—Quiero correrme con tu coñito aplastándome —susurré contra su boca, mientras ella me mordía los labios.

— Eres muy exigente —murmuró, sin aliento, aunque esbozaba una sonrisa—. Siéntate ahí —señaló una silla.

Sonriendo, pero sin querer quitarle las manos de encima, hice lo que me pidió. Seductora, caminó hasta quedar frente a mí, preparándose para sentarse en mi regazo. Sin embargo, sonó su teléfono y vi cómo se quedaba paralizada en el sitio.

—¿Qué pasa? —pregunté, al notar su cambio de postura—. ¿Qué ha pasado?

Sacudiendo la cabeza, ella solo me miró con ojos culpables.

— Lo siento, pero...

— No, no, no...

—Tengo que irme —aviso, ya corriendo hacia la puerta.

— ¡Paola?! —grité, pero ella fue más rápida en escapar. — ¡Cazzo[1] !

Levantándome, me ajusté los pantalones y me preparé para ir tras mi seductora y mortal fugitiva.