Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3) Prólogo
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Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3)

Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3)

Por Estelle Matarazzo

© inepub.com

Prólogo

Paola

Hace algún tiempo

Moscú, Rusia

En mis veintiséis años de vida, he pasado por muchas etapas, desde las buenas hasta las malas; me he enfrentado cara a cara con el hombre del saco y me he obligado a enfrentarlo una, dos, tres, cuatro, cinco veces...

Por encima de todo, de todas mis batallas, nada era más difícil que tener que lidiar con la forma en que Mariano me miraba, como si pudiera ver todas mis cicatrices internas.

Ni siquiera necesitaba mirar para saber que me estaba observando; la fuerza de la conexión que teníamos me desestabilizaba, y no podía evitarlo.

De hecho, eso era lo único que no podía soportar. Y ese hecho me ponía de los nervios.

—¿Qué pasa? —pregunté, incapaz de levantar la vista para encontrar la suya, porque sabía que su intensidad me debilitaría. Me sentía una cobarde cuando se trataba de él.

—Nada —respondió—. Solo me pregunto si estás lista para volver a ese lugar.

Estábamos en el jet, de camino a Moscú, Rusia.

Según la última información descubierta, Nero Bianchi, hermano de Beatrice, la protegida de la familia, había sido entrenado por Alexei Pavlova, el ruso que me enseñó a luchar años atrás.

Nuestra misión era intentar descubrir quién era el mandante de Nero, ya que el maldito se había infiltrado entre nosotros solo para sonsacar los secretos de los Fratelli.

Me mordí el labio, esforzándome por mantener mis recuerdos en lo más profundo de mi mente. Desde donde estaba, en el asiento frente a él, finalmente levanté la vista y miré al único hombre capaz de conmover mi corazón, incluso cuando pensaba que este ya no existía.

—Estoy bien —murmuré al final—. Volver a Moscú será como regresar a mis raíces. —Le dediqué una sonrisa pícara, que él no me devolvió, y eso me irritó—. ¡Venga ya, Mariano! Esa preocupación tuya es tan ridícula como fuera de lugar. —Me levanté, empezando a sentirme inquieta.

—Puedes hacerte la fuerte, pero te conozco —afirmó él, sujetándome por el brazo mientras me miraba a los ojos—. Lo veo.

Mi corazón se convirtió en un torbellino de latidos acelerados. Aquel rostro hermoso estaba a centímetros del mío; cabello corto y e , y barba rala. Los labios finos eran tan tentadores como él en su totalidad.

—Solo ves lo que yo te permito ver —forcé mi voz a sonar dura—. No te hagas ilusiones.

Al decir eso, me zafé de su tacto, que parecía quemar mi piel clara, y me alejé hacia otro compartimento.

Necesitaba estar sola para recomponerme.

Necesitaba recuperar el equilibrio.

***

En cuanto aterrizamos en Moscú, Mariano empezó a hacer algunas llamadas en cuanto cogimos un coche. Se reforzó nuestro equipo de seguridad, teniendo en cuenta todo lo que habíamos estado enfrentando con los Shadows, y con el padre y el prometido de Beatrice Bianchi.

—Estás demasiado callada. ¿Qué pasa? —La voz de Mariano interrumpió mis pensamientos.

Me obligué a mirar hacia un lado y lo vi muy cerca... cada vez que eso ocurría, tenía que emplear todo mi autocontrol para mantenerme indiferente ante lo que nuestra proximidad me provocaba.

—Es extraño volver aquí después de tantos años —fui sincera—. Este lugar me acogió cuando solo era una sombra de mí misma —fruncí el ceño al recordarlo—. Así que estar aquí hoy es... nostálgico.

Tomándome por sorpresa, me tomó de la mano, aunque, al principio, intenté rechazar su contacto.

—¿Qué significa eso? —pregunté, fijándome en nuestras manos entrelazadas.

—Eso significa que te estoy demostrando que te entiendo y que estoy aquí —respondió, con gran intensidad, sin apartar sus ojos grises de los míos—. De hecho, siempre estaré aquí.

Tragué saliva, sintiéndome entumecer en el asiento del coche.

Por eso siempre lo evitaba; Mariano sabía leerme como nadie más era capaz.

No dije nada. Sin embargo, mantuve mi mano en la suya.

***

Tardamos casi una semana en conseguir el permiso para entrar en el edificio oficial de la organización de Alexei. Me di cuenta de que la misma rigidez en la seguridad, de hacía un año, seguía existiendo.

Aunque intentaba evitarlo, me sorprendí recordando aquella época, una época en la que lo único que hacía era reunir y pegar mis pedazos destrozados.

Cada marca...

Cada cicatriz...

Cada contusión me hacía más fuerte.

—¿Recordando los viejos tiempos? —Me giré a tiempo para vislumbrar al dueño de esa voz. El ruso que cambió mi vida por completo.

Me permití sonreír y, a continuación, me incliné en señal de respeto.

—Solo las cosas buenas, maestro —respondí en su idioma.

Devolviéndole la sonrisa, se acercó y me atrajo hacia él en un fuerte abrazo. Me fue imposible no emocionarme, pues ese hombre había obrado un verdadero milagro en mi interior.

—¿Qué te ha traído de vuelta? —preguntó sin rodeos.

Respiré hondo, preparándome para convencerlo de que dejara entrar a Mariano y nos contara todo lo que sabía sobre Nero Bianchi.

***

—¿Sabías que tu antiguo maestro entrenaba a gente con el propósito de convertirlos en espías? —preguntó Mariano, en cuanto entramos en la habitación del hotel en el que nos alojábamos.

—No, no lo sabía.

—Pero llevaste años en ese lugar.

Puse los ojos en blanco mientras me dirigía directamente al minibar.

—Ahora solo te falta preguntarme si, al igual que Nero, yo también soy una infiltrada.

—No digas tonterías —murmuró mientras se quitaba la chaqueta de cuero. A continuación, empezó a dejar las armas sobre el aparador.

Alexei nos contó que cada infiltrado recibía la misión a través de una pequeña ficha con poca información, pero relevante sobre el objetivo; el mandante transfería el pago en línea, de forma no rastreable, y no necesariamente tenía que mostrarse, como fue el caso de Nero.

Lo único que descubrimos fue que el hombre que lo contrató tenía como apodo: el Papa.

El desgraciado quería conocer las debilidades y los puntos fuertes de los hermanos Fratelli.

—¿Por qué estás tan seguro? —Cogí una botellita de agua—. En aquella época, yo solo era un fantasma, Mariano, así que, desde luego, no tenía nada que perder.

Sus ojos se encontraron con los míos casi al instante, lo que me hizo contener la respiración por un segundo.

—Sí que tenías —afirmó, serio—. A mí. —Algo brilló en su mirada en ese momento, pero fue breve, porque enseguida añadió: —Además de Rossi, Luca, Manuele y Fillipo. Tu familia.

Me mordí el labio, nerviosa.

Tenía razón.

Que mi destino se cruzara con el de ellos fue mi momento de alivio tras tantos años de tormenta.

—Si Nero estaba recopilando información, entonces obviamente la guardaba en algún lugar —comenté, cambiando de tema—. Tenemos que descubrir qué estaba tramando antes de que Beatrice le metiera una bala en la cabeza.

Ese maldito abusaba de su propia hermana, así que, en una mezcla de pavor e instinto de supervivencia, la chica le disparó en la cabeza. Manuele llegó justo en ese momento y decidió llevársela con él, convirtiéndose en su protector desde entonces.

Suspirando, se desahogó:

—Por ahora, lo único que necesitamos es descubrir la verdadera identidad de ese papa.

Di otro generoso trago de mi agua helada.

— Lo único que quiero ahora es darme un baño —declaré, inspirando profundamente—. ¿Piensas salir?

—No —respondió—. Voy a llamar a Manuele para ponerlos al corriente de los nuevos descubrimientos.

Asentí con la cabeza y, a continuación, me dirigí al baño.

***

Unos largos minutos después, cuando salí del baño envuelta solo en una toalla blanca, no estaba preparada para encontrarme con Mariano. Se dirigía a su habitación, que comunicaba con la mía, pero se detuvo al verme.

Mis ojos se abrieron como platos.

—Perdóname, no quería ser indiscreto —murmuró, tan nervioso como yo—. Se me había olvidado el móvil aquí. —Agitó el aparato en el aire para enfatizar lo que acababa de decir.

Carraspeé:

—No pasa nada —dije, esforzándome por no parecer afectada por su mirada ardiente.

Me dirigí hacia mi maleta, pero, de lo nerviosa que estaba, acabé tropezando con la alfombra y, para no caerme, tuve que usar las manos para mantener el equilibrio. Eso hizo que se me cayera la toalla.

El ambiente se paralizó.

Cuando busqué a Mariano con la mirada, me sorprendió encontrarlo más cerca, a pocos centímetros de mi cuerpo desnudo.

Su mirada tenía ese fuego abrasador que me mantenía cautiva.

Durante unos instantes, ninguno de los dos dijo nada; era como si nos estuviéramos comunicando con la mirada.

Así había sido desde la primera vez que nos vimos, hacía seis años.

—Si no me detienes ahora, te voy a besar, Paola —me advirtió con un tono casi ahogado, pero extremadamente excitante—. Y que Dios me ayude, porque no voy a parar hasta que seas mía.

El aire amenazó con escaparse de mis pulmones.

Me tenía en sus manos sin ningún esfuerzo aparente, y eso me asustaba.

Sin embargo, en ese momento, sintiendo cada parte de mi cuerpo vibrar de deseo, me di al carajo y, simplemente, me dejé llevar por el sentimiento que llevaba tanto tiempo ahogándome.

Gemí, derretida, cuando, en un movimiento abrupto, Mariano me besó.

El beso fue diferente a todo lo que había imaginado; no había prisa, aunque tampoco tanta delicadeza.

Sus e s manos se deslizaron hasta mi trasero, presionándome contra su deliciosa protuberancia, que me estaba haciendo la boca agua.

Como estábamos cerca de la cama, lo empujé sobre ella, haciendo que cayera sentado y parpadeara, asombrado.

Sin embargo, su asombro pronto dio paso a la lujuria cuando me senté en su regazo, con las piernas abiertas.

Deslizando las manos, le bajé la camiseta, y él me ayudó a quitársela por la cabeza.

Nuestras bocas volvieron a unirse, enzarzadas en un duelo de lenguas sedientas.

Ninguno de los dos decía nada.

No había nada que decir, solo que sentir.

Apretándome contra su regazo, Mariano empezó a frotarse contra mí, haciéndome sentir la fricción de sus vaqueros justo en mi punto más necesitado. Gemí contra su boca.

Levantándome sin ningún esfuerzo, cambió de posición al tirarme sobre el colchón, esta vez quedando encima.

Los tatuajes de su pecho llamaron la atención de mis ojos ávidos; era tan guapo...

los músculos no eran exagerados, sino en su justa medida.

A pesar de ser hermano gemelo de Manuele, me parecía impresionante lo distintos que eran los dos, tanto en apariencia como en personalidad. Al menos, eso pensaba yo.

De repente, se apartó y terminó de quitarse la ropa; contemplé su cuerpo por completo, sintiendo cómo me calentaba de dentro hacia fuera.

La forma en que nos mirábamos en ese momento era diferente… intensa.

Acostarme con él estaba mal, pero también parecía lo correcto. Los dos parecíamos hechos el uno para el otro.

Después de ponerse el condón, Mariano volvió a acurrucarse entre mis piernas, concentrado en mí y en mis reacciones; lo único que sabía hacer era gemir y hacerle saber lo mucho que estaba disfrutando de la forma en que estaba amando mi cuerpo.

Cuando me penetró, cerró los ojos y se mordió los labios de una forma tan sexy que casi me corro; me sentí la mujer más especial y jodidamente increíble de la faz de la Tierra solo por ser capaz de hacer eso con él.

—Siempre he querido esto... —confesó, haciendo que mi corazón galopara aún más en mi pecho—. Siempre he querido estar así... contigo.

Sus ojos estaban fijos en los míos mientras se declaraba. Mi pecho y mi mente se paralizaron; no había lugar para nada más dentro de mí, salvo el miedo a perder lo único bueno que me había pasado.

Desesperada, rodeé sus hombros con mis brazos y atraje su cabeza hacia mí, cubriendo sus labios con los míos.

Necesitaba silenciarlo.

Necesitaba asegurarme de que de su boca no salieran más palabras bonitas que, una y otra vez, tenían el poder de confundirme aún más.

***

05:12 h.

De pie, junto a la cama, admiraba al hombre dormido entre las sábanas; aún podía sentir mi piel vibrando y mi cuerpo reclamando la ausencia del calor de aquellos brazos que me habían aprisionado horas atrás.

Mi noche con Mariano no se redujo solo al increíble sexo que tuvimos, sino al significado de todo lo que vino después...

Sus cuidados.

Sus promesas.

Sus declaraciones.

Su intensidad.

Su cariño conmovedor.

No lo dijo con todas las letras, pero sentí que me quería. Ese no era el problema, porque yo también lo quería.

Lo que me angustiaba era precisamente el miedo a permitir que eso entre nosotros dos tomara mayores proporciones, porque, tal vez, no saliera bien.

Podría lidiar con mi corazón roto, pero no sabría lidiar con la decepción de mis hermanos.

No sabría lidiar con su juicio respecto a mi relación con Mariano.

No, eso era sin duda una pésima idea.

Suspirando, me acerqué y me incliné para poder dejar un suave beso en sus labios.

—Ha sido la mejor noche de mi vida —susurré, sabiendo que él no podría oírme, ya que estaba durmiendo—. Nunca la olvidaré.

Enderezándome, di media vuelta y atravesé la habitación en dirección a mi maleta.

Tenía la intención de marcharme antes que él, ya que nuestra misión allí en Moscú ya había concluido. Dejar que se despertara solo le haría pensar que lo que hubo entre nosotros no significó nada para mí, cuando en realidad lo significó todo.

Pero, por desgracia, mi miedo a perder a mi familia era mayor que el valor para admitir lo mucho que lo quería.